Alicia se agitó ante tal suposición. ¡Pobre Delille!... Ella sentía

otras preocupaciones. Su marido no era el único que había ido á la

guerra. Otros con menos años y con razones más poderosas para amar la

existencia habían sufrido la misma suerte. ¡Los duelos ocultos de esta

época!...

Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fué

francamente doloroso.

«Es el pequeño amante, no hay duda--se dijo Miguel--. El chiquillo que

vió Castro.»

Como si adivinase los pensamientos de él y quisiera desviarlos, Alicia

volvió á hablar del motivo de la visita y de su situación.

El príncipe movió la cabeza cuando ella le fué describiendo su asombro

al ver que la riqueza no era algo infinito é inmutable, y que se

deshacía... ¡se deshacía! sin que hubiera recurso alguno para evitar su

desmoronamiento.

--He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner

atención en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vendí

en París, otras aquí mismo... Tú dices que estás arruinado. No; tú no

sabes lo que es eso: yo sí que lo sé. Mi naufragio es más antiguo que

el tuyo; mi buque era mas pequeño... No quiero fatigarte con la relación

de mis pobrezas. Ya no tengo casa en París. Unicamente si mis negocios

se arreglasen volvería allá. No tengo más casa que la de aquí, una

«villa» que compré en mis buenos tiempos. No sonrías; está hipotecada

dos veces: cualquier día me echarán de ella. La tal casa era muy

agradable en otros tiempos, cuando yo tenía dinero; ¡pero ahora, con las

escaseces de la guerra!... No hay carbón, la leña es cara; por las

noches hace frío, y se necesita gastar una fortuna para que funcione el

antiguo calorífero. Además, no tengo más servidumbre que mi antigua

doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso

todas las piezas están cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en

dos habitaciones del primer piso. Allí comemos, allí dormimos... Valeria

es una muchacha de París, una señorita que yo protejo. ¡Figúrate si será

pobre para que yo la proteja!

--Pero tú juegas--dijo el príncipe.

Ella pareció escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una

recriminación.

--Juego; ¿qué quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, ¿y

de qué otro modo puede ganarla una mujer como yo?... Sé lo que vas á

decirme: que he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el

verdadero, lo vendí aquí, y muchas otras joyas; he perdido grandes

cantidades, de las que no quiero acordarme... Pero entonces no sabía lo

que sé ahora... ¡ahora precisamente que tengo poco dinero para jugar!

Lubimoff sintió asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus

conocimientos actuales.

--Además--continuó con tristeza--, ¿qué sería de mí si me faltase el

juego? Tú no debes haber olvidado cómo era yo cuando nos vimos la última

vez. No te pasarían inadvertidos ciertos gustos...

Se acordó Miguel de la invitación «á la pipa», de aquel perfume que

llenaba el «estudio» del palacete de la Avenida del Bosque.

--Todo aquello se acabó; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar.

Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la

corazonada de que la suerte volverá á buscarme aquí y no en otra parte.

¿Tú no juegas?

Se irritó Miguel ante esta pregunta. ¿No le había dicho que estaba

arruinado? ¿Iba á imitarla á ella, que empeoraba su situación perdiendo

los restos de su fortuna?

--¡Arruinado!--exclamó Alicia--. Tu mala época no puede ser larga. Eso

de Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá

muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo

que no se compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que

poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil ó trescientos mil

francos, y con esto esperar á que cambien las cosas.

El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer,

dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando

sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo

Castro.

--¿Y qué deseas de mí?

Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa,

como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega

con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el

primer momento cuál era su pretensión: que no la molestase más el

apoderado del príncipe por aquella deuda olvidada.

--La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague

nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba

más.

Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme

deseo, imitó el tono de su voz.

--Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se

olvide de ti.

Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios

intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado

al recibir tal orden.

--Siempre te he creído bueno y generoso--dijo ella--. ¡Gracias, Miguel!

Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla

comprender que eres un hombre de corazón.

--¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!...

--Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas

grandes es un hombre antipático. Precisamente nos peleamos ayer para

siempre. No hablemos de ella. Tengo algo más que pedirte...

¿Más?... El príncipe la miró con asombro; pero Alicia se apresuró á

decir que era un consejo lo que solicitaba.

La guerra había trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los

valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecían más

sólidas se venían abajo.

--Esto pasará, ¿no es cierto?... Es imposible que dure.

--Sí, es imposible--dijo él con gravedad.

A los dos les parecía vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias

de una pesadilla. ¡Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que había

sido hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos

el sol, el aire ó el agua; viéndose obligados á perseguirlo en su fuga

por caminos que desconocían!... No, esto no era lógico: un breve

capricho del destino. Sus vidas volverían á ser como antes, con la

regularidad de las leyes naturales, que parecen desviarse un momento,

pero tornan al fin á su ordenado curso.

Más necesitada y más vieja en esta vida de apuros económicos, ella no

podía imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentánea ruina.

--Pasará, es seguro; pero mientras tanto, ¿cómo puedo vivir?... Acabas

de librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo

agradezco. Pero yo necesito trabajar, ¡yo quiero ganar dinero! ¿Qué me

aconsejas?...

El quedó estupefacto. ¿A qué trabajo podía dedicarse Alicia?... Su

pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente á

él, grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el

luminoso consejo, como si de él dependiese su destino.

Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio,

empezó á exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba

las más desatinadas resoluciones. Una gran señora podía adoptar medios

de existencia que años antes hubieran provocado escándalo. Ella conocía

en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones

antes de la guerra, y ahora, caídas en la pobreza, se ingeniaban para

ganarse el pan á su modo. Una iba á abrir una tienda de sombreros,

contando con sus antiguas amistades para formarse una clientela. Otra

había convertido su «villa» del Paseo de los Ingleses en casa de

huéspedes. Sólo quería admitir personas distinguidas, militares de los

países aliados, pero de coronel en adelante. Trataría á sus pensionistas

como visitas, con toda la distinción de una gran señora que recibe;

solamente que ahora sus días de recepción iban á ser todos los de la

semana.

--¿Qué te parece si yo convirtiese mi «villa» en casa de huéspedes?...

¿Podrías tú ayudarme con algún dinero para renovar muebles y lo que

hiciese falta?... Huéspedes de marca nada más: generales, embajadores

retirados que vienen en busca de sol...

El príncipe contestó con una carcajada.

--¡Pero estás loca!... Te harían todos la corte. A las pocas semanas, tu

establecimiento sería un infierno.

Alicia no insistió, encontrando muy justa la observación. La rusa de

Niza era vieja y horrible comparada con ella. Además, le parecía regular

y lógico que todos los huéspedes se enamorasen de su persona.

«La Generala» le había sugerido otro proyecto. Podía instalar en

Monte-Carlo una casa de té, muy elegante. El atractivo de verla á ella

en el mostrador haría correr á la gente. Para esto necesitaba también el

apoyo de una capitalista.

Otra risotada de Lubimoff.

--¡El té de la duquesa de Delille!... Sería gracioso: pero una vez

agotada la curiosidad, no tendrías otros parroquianos que los que se

interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio.

Ella mostró un desaliento algo cómico; ¿qué hacer?... Una señora deseosa

de trabajo no encontraba ocupación en este mundo dirigido y acaparado

por los hombres. Sólo le quedaba como recurso el juego. Era un placer

emocionante que lo hacía olvidar sus preocupaciones, y al mismo tiempo

una esperanza. Diariamente abría con el juego una ventana á la Fortuna,

por si se dignaba acordarse de ella. ¡Quién sabe si alguna tarde

plegaría sus alas de oro sobre una mesa del Casino, dejándose acariciar,

como un águila domada, por las finas manos de Alicia!...

--En los primeros meses de la guerra--continuó--no necesitaba

distracciones; tenía bastante con la realidad de los acontecimientos.

¡Las angustias que he pasado!... Pero á todo se acostumbra una; las

mayores emociones, al prolongarse, acaban por ser monótonas. No siempre

se puede estar con los nervios en tensión. ¡Y esta guerra es tan

larga... tan aburrida! Podía haber apelado á la caridad para distraerme;

entrar en un hospital, cuidar heridos. Pero nunca he sido hábil para

estas cosas, y no quiero servir de estorbo, por pura vanidad, como otras

muchas... Además, estamos acostumbradas á mandar, á ser las primeras, y

por grande que resulte el espíritu de sacrificio, acaba una por

marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres más hábiles,

más útiles, pero que hasta ahora han sido inferiores á nosotras... Ahí

tienes á Clorinda: los dos primeros años fué enfermera; estaba de lo más

hermosa é interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se

siente atraída por todas las cosas grandes: heroísmos, sacrificios,

etcétera; pero acabó peleándose con sus superiores y renunció á su bello

papel.

Alicia, con la mirada y el gesto, parecía apiadarse de su inutilidad.

--¿Qué podía hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En París me

molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine á Monte-Carlo, y

jugué para distraerme y para vivir. «Hay el amor», me decía un viejo

académico amigo mío, con intenciones egoístas, para ser el primero en

aprovecharse del consejo. ¡Imagínate tú: el amor-pasión, el amor

generoso, como único remedio de las tristezas de la vida, y á estas

horas! ¡Ojalá pudiera ser!... Pero me siento vieja; yo tengo dos mil

años... Tú eres más joven, pero cuentas siglos también. ¡El amor á

nosotros!...

Lubimoff sonrió al principio del tono de ironía y desengaño con que

hablaba ella. Sí; eran muy viejos. Los grandes remedios, útiles para la

mayoría de la humanidad, no obtenían ninguna influencia sobre ellos, que

estaban como anestesiados por la hartura y el cansancio... De pronto, un

deseo indiscreto conmovió al príncipe. Quiso aprovechar esta ocasión

para hacer una pregunta que se le había ocurrido varias veces.

--Pero tú--dijo con una franqueza varonil, como si Alicia fuese un

camarada--, tú crees aún en el amor. Me han hablado de un muchacho, casi

un niño, que llevabas á todas partes antes de la guerra. Realmente

empezamos á ser viejos--añadió sonriendo--, y sentimos necesidad de

rozarnos con la juventud... ¿Era tu amante?... ¿Es él quien motiva tus

preocupaciones?

La duquesa palideció ante estas preguntas, mostrándose indecisa. Luego

quiso hablar. Se notaba en ella el apresuramiento del que desea

sincerarse; pero á su palidez sucedió una oleada de rubor. Por dos veces

quiso decir algo, y al fin hizo un esfuerzo para contener sus palabras,

sonriendo con una malicia forzada.

--No hablemos de eso. Que cada cual guarde sus secretos.

Y para que el príncipe no reincidiese en su curiosidad, siguió

ocupándose del juego. Pero él no la escuchaba, sumido en sus

pensamientos. Había acertado; aquel efebo era su amante, y sufría por

él. Tal vez estaba herido ó prisionero. Este era el gran obstáculo que

se oponía á su viaje, lo que la tenía inmovilizada en Europa, por esa

superstición que nos hace creer que permaneciendo cerca podemos conjurar

mejor el peligro. ¡Y parecía muy enamorada!... Aquí el príncipe hizo

mentalmente una serie de exclamaciones.

¡Cerca de los cuarenta años, con un pasado que era toda una historia,

sentir esta pasión tan vehemente, tan juvenil!... ¡Creer todavía en el

amor!

Miguel la miró con unos ojos que casi eran de odio. Le molestaba su

apasionamiento por el muchacho, sin acertar á definir el motivo; tal vez

por la indignación que inspiran las gentes aferradas á los errores

nefastos, aceptándolos como verdades consoladoras. Lo cierto es que le

molestaba la conducta de ella.

Y esta repentina animadversión contra Alicia acabó por hacer que se

fijase otra vez en lo que estaba diciendo.

--¡Si tuviese el mismo dinero que antes, cuando tu madre vivía aún, y

nos encontrábamos en Monte-Carlo!... Pero entonces yo no sabía lo que sé

ahora. Jugaba por aturdirme, por saborear la emoción de la pérdida, que

en realidad no me afligía mucho. Sólo apuntaba con placas de mil

francos. Creía denigrante tocar otras con mis manos, y además nunca las

arriesgaba solas. Siempre las ponía formando columna.

--¿Cuánto llevas perdido?...

Ella encogió los hombros, haciendo un mohín desdeñoso:

--¡Quién puede saberlo!... Vengo aquí hace más de doce años. Ni los del

Casino llegarían á calcular el dinero que les he dado. Antes no llevaba

yo cuenta alguna; cuando me hacía falta dinero telegrafiaba á París.

Además tenía á tu madre, tenía á la mía, que acababa por ceder á mis

peticione. No quiero saber cuánto he perdido: me daría rabia... Deben

ser millones.

La sonrisa de conmiseración con que la escuchaba Miguel pareció

enardecerla.

--Pero entonces yo no sabía... Ahora necesito ganar, y juego de otro

modo. Lo que me falta es capital. ¡Si yo tuviese capital para

trabajar!...

Esta última palabra convirtió la sonrisa de él en franca carcajada.

«¡Trabajar!...» Pero la duquesa siguió hablando seriamente de su

«trabajo». Lamentaba la escasez de sus medios. Unos treinta mil francos

era el único capital de que podía disponer. A veces disminuía de un modo

alarmante: los treinta mil bajaban á ser una simple unidad. Luego

resurgían los ceros, y el producto del «trabajo» se hinchaba, iba

subiendo más allá de los treinta mil; pero como si esta cifra resultase

fatídica para Alicia, la ganancia volvía á descender al nivel ordinario.

--Anoche estuve de suerte: llegué á ganar catorce mil francos. Pero la

semana pasada fué mala. Total, que estoy siempre en los treinta mil:

imposible ir más allá. Y es que no me arriesgo, tengo miedo, y no

aprovecho las buenas series como deben aprovecharse, doblando, siempre

doblando. Temo que un golpe se lo lleve todo. ¡Si tuviese capital para

trabajar!... ¡Si entrase en el Casino una tarde con ciento cincuenta ó

doscientos mil francos!... Así hay que ir para dominar á la suerte. Debo

hacer el gran juego... ¡Yo apuntando ahora con fichas de cien francos y

hasta de veinte, como una prestamista retirada!... Por eso la Fortuna no

me reconoce y pasa de largo.

El príncipe movió la cabeza. Se negaba á ayudarla en sus locuras. ¿No

era mejor que guardase esos miles de francos, en vez de perderlos

rápidamente, como le ocurriría el día que menos lo esperase?

--Tú no eres jugador: lo sé--dijo ella--. Nunca te sentiste atraído por

esa voluptuosidad. Por eso ignoras la fuerza misteriosa del juego y das

consejos sobre lo que no entiendes. Si yo dejase de jugar, sentiría

inmediatamente mi miseria; entonces sería pobre de verdad. Mientras

juegas, siempre tienes dinero á mano; ganas, pierdes, pero nunca te

falta lo que necesitas para la vida. Y si pierdes definitivamente,

encuentras lo necesario para recomenzar. Yo no sé como es, pero un

jugador nunca carece de dinero. Una simple moneda rehace su situación en

cinco minutos. El pobre que no juega es el que ve siempre sus bolsillos

vacíos, sin esperanza ni remedio.

Miguel siguió protestando con la mirada. Conocía todo esto: eran las

palabras de Spadoni y del mismo Castro, pero con la fanática certeza de

las mujeres, que llevan siempre á los asuntos de dinero un alma mística

dispuesta á creer en los presentimientos y las influencias misteriosas.

--Para el juego no cuentes con mi ayuda... Además, yo soy pobre. En este

momento el coronel debe tener en su caja menos dinero que tú. Casi

siento la tentación de pedirte prestados tus treinta mil francos.

Los dos rieron ante la idea de este préstamo. ¡Ella que había venido á

suplicarle como deudora!...

--Ignoro lo que podré hacer por ti; no sé cuál es mi situación; pero

haré cuanto pueda. Esperemos; hay que tener paciencia. Estos tiempos no

pueden durar.

--No; no pueden durar.

Otra vez les sorprendió lo extraño de aquella pobreza que había caído

inesperadamente sobre ellos. Pero ¿era lógico que continuase la vida del

mundo con la normalidad de siempre, después de estas anomalías

particulares?...

Se sentían aproximados por la solidaridad de la desgracia: se

encontraban de pronto como hermanos caídos al pie de una cúspide en cuya

altura se habían evitado antes, con irresistible hostilidad, chocando

rudamente.

Miguel experimentaba ahora un motivo de atracción completamente nuevo.

Desde su adolescencia había odiado á la hija de doña Mercedes por su

orgullo, por la superioridad aplastante que conservaba aun en esos

momentos de amor en los que casi todas las mujeres se empequeñecen

voluntariamente para refugiarse, como una esclava feliz, en los brazos

del hombre. Ella sólo sabía dar su cuerpo en forma de limosna altanera,

lo mismo que una diosa.

Y ahora, al verla llegar humildemente, impetrando su auxilio sin el

rencor de la altivez humillada, ocultando su miedo con una alegría de

buena amiga que desea olvidar lo pasado, sintió desvanecerse sus

antiguas prevenciones.

El había sido siempre el protector, el amoroso á estilo oriental,

incapaz de interesarse por otras hembras que las de su harén, que todo

lo deben á su munificencia, desde el chapín á los penachos del turbante,

las joyas que adornan su pecho, las confituras que las nutren, la pipa

que fuman, el instrumento que acompaña sus cantos. No le interesaba

Alicia como mujer. ¡Ni ella ni otra! Pero sentía una simpatía de

compañerismo al verla necesitada de su protección; algo parecido á lo

que le inspiraban Castro, el coronel y los otros habitantes de

Villa-Sirena. Hasta pensó que la desgracia era aceptable, ya que servía

para devolver á las personas su verdadero carácter. Esta Alicia tan

odiosa en su primera juventud, podía llegar á ser una amistad tolerable

ahora que se veía libre de las influencias de la vanidad y de su mala

educación.

Un estrépito de mugidos de vapor, gritos y silbidos cortó sus

reflexiones. Era un tren de soldados que pasaba.

Ella también volvió á la realidad con este incidente. Pareció fijarse

por primera vez en el lujo discreto y sólido de aquella vasta pieza. Se

levantó para ver de cerca algunos cuadros modernos de pintores célebres

que adornaban los muros. Para ella, las firmas de los artistas eran más

interesantes que los lienzos. Valuaba su mérito con arreglo á la fama de

caros que tenían sus autores.

--¡Lo que vale todo esto!--exclamó con admiración.

--¡Con tal que pueda conservarlos!--dijo Miguel escépticamente--. Bien

podría ser que me obligasen á venderlos.

La duquesa, desde una ventana, contempló los jardines, escalonados hasta

el mar. Muchas veces, yendo de paseo con su amiga Clorinda, había hecho

detenerse en el camino al carruaje de alquiler para contemplar las

arboledas de Villa-Sirena. El coronel, tan galante en el Casino, tan

besador de manos, se mostraba intratable, como un dragón guardador de

tesoros, cuando le proponían una visita, aunque sólo fuese á los

jardines. Sin permiso del príncipe nadie franqueaba la verja.

--Y al llegar tú de París, ni siquiera me he aproximado á tu propiedad.

Me dabas miedo. ¡Si hubieses podido ver qué aire de salvaje tenías la

otra tarde! Cree que he necesitado un verdadero esfuerzo para venir...

Pero ahora somos amigos, ¿no es eso? amigos para siempre... Sé galante

con una parienta que viene á visitarte, y enséñame tus dominios.

Lubimoff no pudo ocultar su contrariedad. ¿Qué deseaba ver Alicia?...

¿Iba á examinar á aquella hora matinal las habitaciones, á curiosear en

los dormitorios, á estorbar á Novoa, que tal vez trabajaba en la

biblioteca?... Pensó en la sonrisa irónica de Castro al sorprenderle

guiando por los pisos altos á una mujer. Apenas había entrado una en

Villa-Sirena, empezaban las molestias para su dueño.

Como si adivinase Alicia estos pensamientos, sonrió graciosamente. No

deseaba ver la casa: se contentaba con visitar los jardines.

--Bastante has hecho recibiéndome aquí--continuó--. Conozco la

limitación de mis derechos: estoy en territorio hostil. Esta es la casa

de «los enemigos de la mujer».

El príncipe fingió no entenderla. Alguien había hablado; tal vez era

Castro, que no ocultaba nada á doña Clorinda.

Pasearon por los jardines. Alicia se detuvo ante un pedazo de tierra

cultivada, de la que empezaban á surgir algunas hortalizas.

--¿Aquí es donde tú trabajas? Ya sé que te diviertes cultivando tu

huerta, como otros príncipes rusos hacen zapatos.

¿También esto?... ¡Ah, Castro charlatán!

En el jardín griego, uno de los bancos de mármol sostenido por cuatro

victorias aladas atrajo la atención de ella, haciéndola permanecer

inmóvil y pensativa.

--¿Te acuerdas del «banco de los viejos»?--dijo de pronto.

Miguel no supo qué contestar á esta pregunta; pero pasados unos segundos

se acordó, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visión de

aquella noche en que la había abandonado brutalmente.

--¡Cómo te burlarías de mí! ¡Qué tonta debí parecerte!... Sí; una tonta

insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente,

seres y cosas, se había fabricado para mi persona. Tenía por misión

hacer sufrir al mundo mis caprichos, y el mundo debía agradecerme de

rodillas que me fijase en él... ¡Qué quieres! La juventud, el orgullo

pueril de la primavera, que se cree eterna. Y después... ¡después! ¡Si

yo te contase todos mis desengaños, mis dolores, aun en la época en que

no me preocupaba del dinero!... El invierno borra las ilusiones verdes.

--¡Pero tú no eres vieja!--exclamó Miguel--. Todavía inspiras pasiones á

los jóvenes. Te engañas á ti misma ó quieres burlarte de mí. Aún hay

muchos hombres que al verte...

--Tal vez--repuso ella--; pero tú, hijo mío, no estás entre ellos.

Confiésalo: nunca te he gustado.

El príncipe no quiso confesar nada y desvió la conversación. Le

molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volvía á serle antipática

cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de perturbadora de

hombres.

Vagaron más de media hora por los diversos planos de los jardines. De

vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una

mirada cautelosa hacia la «villa». Nadie en las ventanas; pero él

presintió una agitación interior á causa de esta visita. Le espiaban,

estaba seguro. Atilio, detrás de los visillos, seguía indudablemente sus

paseos entre los árboles. Tal vez Spadoni, que había pasado la noche en

Villa-Sirena, saltaba de la cama, perdiendo dos horas de sueño, para

contemplar esta novedad estupenda. Hasta Novoa habría suspendido su

lectura para mirar hacia el jardín.

Alicia notó esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el príncipe

parecían marchar por un parque encantado.

Al dirigirse hacia la verja encontraron á don Marcos que salía

apresuradamente del pabellón del jardinero.

Los enemigos de la mujer · 第 11 / 37 段