--Sí, me duele--dijo al fin resueltamente--. ¿Por qué negártelo? Esa

mujer me interesa. Cuando no la veo, no me acuerdo de ella. He pasado

meses y años sin que volviese á mi memoria. Pero así que la encuentro,

me domina... la deseo. Yo, sin ser tú, he tenido también mis

satisfacciones amorosas. ¡Pero esta mujer es tan distinta á las

otras!... Además, ¡el placer de vencerla, esa necesidad de dominación

que hay en el fondo de nuestros deseos amorosos!... Cada vez que

hablamos, y ella con su voz de pájaro y su sonrisa compasiva marca la

enorme distancia que existe entre los dos, quedo triste, mejor dicho,

desalentado, como si necesitase alcanzar algo á que no llegaré nunca por

más que me esfuerce. Hoy debería estar alegre: hace meses que no he

tenido una tarde igual. He jugado, y mira... ¡mira! Diez y siete mil

francos.

Había sacado de un bolsillo interior un fajo de billetes azules,

arrojándolo sobre la mesa con cierta furia.

--Llegué á ganar hasta veintiséis mil. Una suerte de amante desesperado,

de marido infeliz... Y sin embargo, no estoy contento.

El príncipe volvió á sonreir, como si una verdad palmaria acabase de

demostrar la certeza de sus afirmaciones. ¡La mujer! Aquella Clorinda,

generala de mil demonios, era una verdadera mujer, que con sólo breves

minutos de conversación había perturbado á Castro y tal vez acabase por

quebrantar la vida dulce, sin placeres violentos pero sin tristezas

desesperadas, que llevaban los huéspedes de Villa-Sirena.

--Y tú, Atilio--dijo con tono de reproche--, te emocionas por esa

especie de virago de voz suave... Tú crees en el amor como un colegial.

Castro adoptó un tono fríamente agresivo. De él podía decir el príncipe

lo que quisiera; ¡pero llamar virago á la otra!... ¿con qué derecho?

Ocultó, sin embargo, la verdadera causa de su enfado, fingiéndose herido

por la alusión á su credulidad.

--Yo no creo en nada; creo tal vez menos que tú. Sé que todo lo que nos

rodea es falso, convencional; mentiras que aceptamos porque nos son

necesarias momentáneamente. Tú admiras, como si fuese algo divino é

inconmovible, la música y la pintura. Pues bien; que se modifique un

poco la forma de nuestro oído, y las sinfonías de Beethoven serán

verdaderas cencerradas; que se cambie el funcionamiento de nuestra

retina, y todos los cuadros célebres habrá que quemarlos, porque nos

parecerán lienzos manchados por un juego de niños... que se transforme

nuestro cerebro, y todos los poetas y los pensadores resultarán pueriles

idiotas. No; no creo en nada--insistió rabiosamente--. Para vivir y

para entendernos necesitamos que haya arriba y abajo, derecha é

izquierda; y también esto es mentira, pues vivimos en el infinito que no

tiene límites. Todo lo que consideramos fundamental no es mas que un

cuadriculado que inventaron los hombres para que sirva de marco á sus

concepciones.

El príncipe se encogió de hombros, mirándole con extrañeza. ¿A qué venía

todo esto, con motivo de una mujer?...

--Todo mentira--prosiguió--; pero no por ello voy á vivir como una

piedra ó un árbol. Yo necesito falsedades dulces que me canten hasta la

hora de la muerte. La ilusión es una mentira, pero deseo que venga

conmigo; la esperanza otra mentira, pero quiero que marche ante mis

pasos. Yo no creo en el amor, como no creo en nada. Cuanto digas contra

él lo sé hace muchos años; pero ¿debo darle con el pie si me sale al

paso y quiere acompañarme? ¿Conoces tú una quimera que llene mejor el

vacío de nuestra existencia, aunque sea poco durable?...

Miguel acogió la vehemencia de su amigo con un gesto sardónico.

--¿Sabes por qué parezco más joven de lo que soy?--continuó Atilio, cada

vez más exaltado--. ¿Sabes por qué seré joven cuando otros de mi edad

serán ya viejos?... Me finjo irónico, parezco escéptico, pero poseo un

secreto, el secreto de la eterna juventud, que guardo para mí... Puedo

revelártelo. He descubierto que la gran sabiduría de la vida, lo más

importante, es «pasar el rato»; y lleno el vacío que todos llevamos

dentro con una orquesta: la orquesta de mis ilusiones. Lo necesario es

que toque siempre, que no queden los atriles vacíos; una vez terminada

una partitura, hay que colocar otra nueva. A veces, la sinfonía es de

amor... Las mías han sido hermosas pero breves. Por eso las he

reemplazado con otra interminable, la de la ambición y la codicia, cuyos

compases son infinitos como las estrellas del cielo, como las

combinaciones de las cartas. Juego. Veo en el girar de la ruleta un

castillo que será mío, un castillo más suntuoso que todos los que

existen; un yate superior al que tú tenías; fiestas interminables. La

baraja me hace contemplar magnificencias como no las soñaron los

cuentistas persas. Sus colores son montones de gemas preciosas. Las más

de las veces pierdo y la orquesta me acompaña en sordina, con una marcha

fúnebre de hermosa desesperación; pero á los pocos compases, esta marcha

se convierte en himno triunfal: la salida del nuevo sol, la resurrección

de la esperanza.

Ahora la mirada del príncipe era de piedad. «Está loco», parecían decir

sus pupilas.

--Esta tarde, mi orquesta--continuó--me ha hecho conocer una nueva

sinfonía, algo que no había oído nunca. Mientras ganaba dinero, no pensé

una sola vez en mí. Nada de palacios, ni de yates, ni de fiestas.

Pensaba únicamente en «la Generala», y pensaba con verdadero odio,

deseando vengarme de ella. Quería ganar cien mil francos...(¡qué sabe

uno!... ¡tal vez los gane mañana!) y luego de ganarlos comprar un collar

de perlas á la salida del Casino (los cien mil completos) y enviárselo

con un simple anónimo que dijese así, poco más ó menos: «Homenaje de

antipatía de un hombre inútil y despreciable.»

Una carcajada del príncipe despertó con sobresalto al coronel, que, como

buen madrugador, se había adormecido en su asiento. Luego, al notar que

Su Alteza no se fijaba en él, se deslizó fuera del _hall_, como si le

atrajese algo más importante que aquella conversación de los dos amigos,

que parecían ignorar su presencia.

--Pero ¿qué encuentras tú en el amor?--dijo Miguel--. Porque yo creo que

tú sabes lo que es verdaderamente el amor. Todas esas ilusiones de los

adolescentes, todos los idealismos de los poetas, no son mas que caminos

tortuosos que conducen á un mismo término, al único: el acto carnal. ¿Y

no estás fatigado de él? ¿no te acobarda su monotonía?

La voz del príncipe tomó cierta entonación lúgubre, como si clamase

sobre los escombros de su vida entera. Había encontrado centenares de

mujeres de las que levantan á su paso una muda explosión de deseos. La

resistencia femenil le era desconocida. Es más: habían corrido á él,

haciendo espontáneamente la mitad del camino, acosándole sin orden,

obligándolo, por un pundonor varonil, á sobrepasarse en sus fuerzas con

una prodigalidad que hacía doloroso el placer... ¡Y todas eran iguales!

El comprendía el espejismo de la ilusión en los que admiran desde lejos

lo que no pueden conseguir. Es la curiosidad por lo secreto, el deseo

que infunde el obstáculo, las fantasías mentales que inspiran los

trajes, los adornos, todo lo que cubre el cuerpo femenino, dando á su

monotonía la seducción de un misterio continuamente renovado. Para él,

¡ay! eran todas como si marchasen desnudas. Nada podía excitar ya su

interés: todo lo conocía.

--Además--y su voz se hizo más sorda--, á ti solo te lo confieso. El

amor y la mujer me hacen pensar en la miseria de nuestra existencia, en

el inevitable final, en la muerte. Desde que vivo emancipado de sus

engañosas seducciones, me siento más alegre, más seguro de mí mismo;

gozo con ingenuidad del momento que pasa... No quiero hablarte de las

vergüenzas físicas de esos cuerpos que pretendemos divinizar, de las

impurezas diarias ó mensuales que les hace sufrir la vida con sus

exigencias. La mujer es menos sana que el hombre. La Naturaleza lo ha

querido así. Déjala sin los cuidados de la higiene moderna, y resultará

una bestia inmunda, roída por internas suciedades... Pero no es eso lo

que me hace huir de ella.

Calló, añadiendo poco después con tristeza:

--No puedo estar al lado de una mujer sin encontrarme con la imagen de

la muerte. Cuando acaricio su cabellera sedosa, tropiezo con un cráneo

pulido, duro, amarillento, como los que asoman á flor de tierra en los

cementerios abandonados. Un beso en la boca, un mordisco en la barbilla,

me hacen ver el maxilar óseo con sus dientes, casi igual al de los

antropoides que están en los museos. Los ojos morirán; la nariz de

graciosas alillas y ventanas sonrosadas se disolverá igualmente; lo

único sólido y cierto son las cuencas negras y la grotesca chatez de la

calavera. Los pechos turgentes no pasan de ser simples tumores engañosos

que disimulan la fúnebre jaula del costillaje; las piernas que nos

parecen adorables columnas son agua y piltrafas que se disolverán,

dejando al descubierto dos largas flautas de cal. Creemos adorar la

suprema belleza, y abrazamos á un esqueleto. Nos horroriza la imagen de

la muerte, y toda mujer la lleva dentro, obligándonos á adorarla.

Ahora era Castro el que miraba con ojos de asombro. «Está loco»,

parecían decir sus pupilas, fijas en el príncipe.

--Lo que tú tienes, Miguel, es que estás ahito--dijo después de un largo

silencio--. Me recuerdas á esas personas que, al sentarse á la mesa,

disimulan con ascos su inapetencia. Las carnes asadas, de suculento

perfume, son para ellas cadáveres, envolturas de pus; los frescos

vegetales, las dulces frutas, concreciones del estiércol y de todos los

zumos malolientes que vigorizan la tierra. El pan y el vino les hacen

pensar en las manipulaciones de su elaboración... Pero si sus sentidos

despiertan, si resucitan sus necesidades, lo ven todo como si acabase de

salir el sol y encuentran un encanto inefable en lo mismo que les

repugnaba... ¿Qué me importa que una mujer lleve dentro un esqueleto?

También lo llevo yo, y esto no me impide encontrar muy agradables los

placeres de la vida y considerar que de todos esos placeres el más

interesante es... el encuentro de dos esqueletos.

Castro reía con una conmiseración afectuosa contemplando á su amigo.

--Estás harto, lo repito; tienes la inapetencia y las visiones fúnebres

de los que sufren una dolorosa indigestión... Tú te restablecerás. Eres

joven aún para permanecer en esa atonía: el apetito volverá á ti. Deseo

que no encuentres la mesa puesta como en el pasado, que la dificultad te

exalte, que la negativa te haga sufrir; y entonces... ¡entonces!...

V

Nunca había visto don Marcos tan enfadado á su príncipe como esta mañana

al anunciarle que la duquesa de Delille le esperaba abajo, en el _hall_.

--Debías haberle dicho que me he ido; un pretexto cualquiera, un

almuerzo en Niza... Pero estáis de acuerdo, seguramente. ¡Cómo proteges

á tu Infanta!...

El coronel, rojo de emoción, intentó refutar estas acusaciones. Si la

duquesa se presentaba de pronto en Villa-Sirena, era tal vez porque él

se había negado á recibir sus encargos para el príncipe.

Al bajar éste al _hall_, encontró á Alicia de pie junto á una ventana,

mirando los jardines y el mar. Estaba de espaldas, como la había visto

al salir del concierto. Cuando volvió la cabeza, Miguel se dijo que no

la habría reconocido seguramente de encontrarla en otro lugar. Era una

hermosa mujer, pero no se parecía á la que había visto por última vez en

aquel «estudio» de la Avenida del Bosque, lleno de chinerías y malsanos

perfumes. Varios años habían pasado por ella, y sin embargo parecía más

fresca, más joven. Había perdido aquella luz turbia é inquietante que

agrandaba sus ojos, dándoles una fijeza antinatural. Su tez, de una

blancura mate y enfermiza, estaba coloreada ahora por el sol y el aire

libre. La antigua esbeltez ondulante y ligera se había espesado, dando á

su organismo la calma y la estabilidad de los cuerpos que empiezan á

cristalizarse en su forma definitiva.

No pudo continuar el príncipe este rápido examen, molestado por la

sonrisa y los ojos de Alicia. Parecía, por su aire tranquilo, que

hubiese estado allí mismo la tarde anterior. Además, Miguel se sintió

repentinamente preocupado por el modo de iniciar la conversación. ¿Le

hablaría en inglés ó en francés? ¿La tutearía como antes?... Ella

resolvió sus dudas hablándole en español, y de tú, lo mismo que cuando

eran muchachos.

--Como es imposible ponerse en comunicación contigo--dijo Alicia

sentándose, después de estrechar su mano--, me he decidido á hacer esta

visita. No es muy correcto que una señora venga á visitar á un hombre

tan malfamado como tú; pero ¡habrán venido tantas aquí antes que yo!

Y estas palabras fueron acompañadas de una risa maliciosa. A

continuación se puso seria, y dijo con timidez:

--Vengo por negocios... por un asunto de dinero.

Queriendo retardar la exposición de estos negocios, habló de las

dificultades que la habían obligado á presentarse en Villa-Sirena sin

anunciar su visita. El príncipe podía tener confianza en la exactitud

con que su «chambelán» cumplía sus órdenes. Una buena persona el tal

coronel, pero intratable, lo mismo que un perro feroz, cuando alguien

pretendía que desobedeciera á su amo. Ella le había pedido inútilmente

que anunciase su visita; hasta se negó á aceptar una carta para su

señor.

--Hubiera podido escribirte; pero temí que no contestases ó me enviaras

simplemente á entenderme con tu apoderado en París. ¡Hace tanto tiempo

que no nos vemos! ¡Ha sido tan rara nuestra amistad!... Por eso,

finalmente, me decidí anoche á venir á sorprenderte en tu retiro, con la

esperanza de que no me pondrías en la puerta.

Miguel sonrió, haciendo un gesto de escandalizada negativa.

--He venido por mi deuda... por los préstamos que me hizo en otro tiempo

tu madre... Yo ignoraba á cuánto ascienden. Tu apoderado dice que son

más de cuatrocientos mil francos. Así debe de ser, cuando él lo

asegura. Yo pedía en momentos de apuro, y la princesa, que era tan gran

señora, daba y daba, sin que la una ni la otra nos fijásemos en las

cantidades... Ahora comprendo que fué enorme su bondad.

Lubimoff quedó sorprendido por esta noticia. Luego fué recordando que al

morir su madre había dejado una larga nota de todos los préstamos hechos

por ella, y que el nombre de Alicia figuraba entre los deudores. Pero

los papeles quedaron en poder de su administrador, sin que él se

acordase más de este asunto.

Comprendió inmediatamente el motivo de la visita de Alicia. Su apoderado

quería reunir dinero, y falto de los envíos de Rusia, realizaba todo lo

que él poseía en Occidente: créditos á su favor, adelantos hechos á sus

protegidos, fianzas en depósito, hasta los préstamos de la princesa,

que, según disposición suya, sólo debían exigirse en caso de ineludible

necesidad.

El estrujamiento general impuesto por las circunstancias había alcanzado

á Alicia. Hacía cuatro meses que la administración Lubimoff le enviaba

carta tras carta, reclamando el pago de su enorme deuda. La última nota

del apoderado era amenazante, en vista de su silencio. Anunciaba una

acción ejecutiva ante los tribunales. La administración guardaba muchas

cartas de ella dando las gracias á la princesa por sus bondades. Además,

todos los pagos habían sido hechos por medio de cheques, cobrados por la

misma duquesa.

--Un verdadera insolente tu administrador... El otro día te vi en el

Casino; te vi de espaldas, cuando huías de la gente. Me diste miedo: me

imaginé en aquel momento que eras otro, muy diferente del que yo conocí,

y que nunca nos entenderíamos. Después he pensado que no debes ser tan

fiero como pareces... y he venido.

Miguel, silencioso, parecía hablar con sus pupilas fijas en Alicia. ¿Y

para qué había venido? ¿Qué negocios deseaba proponerle?

Ella sonrió con una expresión de gracioso cinismo.

--He venido para decirte que no puedo pagar ahora... y tal vez nunca;

para suplicarte que esperes... no sé hasta cuándo, y que ese antipático

que administra tu fortuna no me moleste con sus insolencias.

Y como el príncipe permaneciese inmóvil, ella continuó:

--Estoy arruinada.

--Yo también--dijo Miguel--. Todos estamos arruinados. Los que fabrican

para la guerra son los únicos ricos en este momento.

--¡Oh! ¡tú arruinado!--protestó Alicia--. Lo tuyo no es mas que un apuro

del momento. Lo de Rusia se arreglará un día ú otro. Además, tú eres el

príncipe Lubimoff, el famoso millonario. Si yo tuviese tu nombre, ¿quién

me negaría un préstamo?...

Perdió de pronto la sonrisa audaz que había preparado para esta

entrevista. Sus ojos se hicieron más obscuros; su boca se arqueó hacia

abajo.

--Mi ruina es verdadera... Mira.

Señaló el triángulo de carne que dejaba libre el escote de su traje. Un

collar de perlas descansaba sobre el blanco pecho. Miguel acabó por

fijarse en estas perlas, atraído por la insistencia de ella. Falsas,

escandalosamente falsas; todas descascarilladas, opacas y amarillentas

como gotas de cera. El entendía un poco de esto; ¡había regalado tantos

collares!... Luego, Alicia le mostró las manos. Dos sortijas de factura

artística, pero sin una piedra, de escaso valor intrínseco, eran lo

único que adornaba sus dedos.

--Este vestido es del año pasado--añadió con un tono sombrío, como si

confesase la mayor de las vergüenzas--. Ya no me fían en París. ¡Debo

tanto!... Sólo el sombrero es nuevo. ¡Qué mujer, por pobre que se

considere, no compra un sombrero nuevo! Es lo más visible, lo que cambia

incesantemente, lo que hay que defender. Por suerte, con esto de la

guerra no se usan las plumas... Estoy pobre, Miguel, pobre como tú no

has conocido á ninguna mujer.

--¿Y tu madre?...

El príncipe hizo instintivamente esta pregunta. Después tuvo la sospecha

de haber leído años antes, no sabía dónde, tal vez mientras vagaba por

los mares, la noticia de la muerte de doña Mercedes. No estaba seguro;

pero la hija le sacó de dudas.

--¡Pobre señora!... No hablemos de ella.

Pero habló para lamentar sus prodigalidades de devota. Había dedicado

millones á la construcción en España de un hospital enorme por consejo

de su capellán aragonés, el astrónomo de los Campos Elíseos. El mármol

entraba en esta obra como simple material de albañilería; la verja del

jardín era forjada por un célebre fundidor de arte de París dedicado á

fabricar estatuas de salón. Al marcharse el clérigo, fatigado de tanta

largueza, el edificio monstruoso quedaba sin terminar y la preciosa

verja á pedazos en el suelo, como hierro viejo. Luego, el «monseñor»

canalizaba la generosidad de la santa dama en otro sentido. Era

necesario propagar la fe por medio del «buen libro», y surgía en París

una nueva casa editorial, inaudita, inverosímil, en la que los paquetes

de libros eran almacenados en estantes de caoba y las hojas plegadas

sobre tableros de laca.

--Los curas se llevaron casi todo lo mío--continuó Alicia--. Tal vez

para cobrar comisiones, sugerían á mamá los gastos más absurdos.

Numerosos campanarios repicaban en los dos hemisferios gracias á doña

Mercedes. Una fundición de campanas trabajaba únicamente para sus

regalos. Además, se sentía arrastrada, por una especie de debilidad

amorosa, hacia todos los bienaventurados desprovistos de renombre.

--Se dedicó en los últimos años á «lanzar» santos. Todos los que

encontraba en el calendario poco conocidos ó de nombre raro le hacían

sentir el deseo de remediar una gran injusticia. Hacía escribir sus

vidas, les dedicaba iglesias, se carteaba con los señores de Roma para

sacar adelante á muchos difuntos que esperaban inútilmente siglos y

siglos la hora de su santificación.

Lubimoff acabó por reir del tono rencoroso con que Alicia hablaba de

estos placeres místicos de su madre. ¡Famosa doña Mercedes!... Y ella

acabó por reir igualmente.

--Así fué gastando todas nuestras rentas, que eran enormes. Debía

haberme dejado una verdadera fortuna ahorrada en los Bancos. ¡Una señora

que invertía tan poco en el regalo de su persona!... Y sin embargo, tuve

que pagar grandes cantidades por todos los encargos que había hecho

antes de morir. Ten la seguridad de que el «monseñor» y los otros son

mucho más ricos que yo.

--¿Y tus minas? ¿y tus tierras de América?

La duquesa repitió su gesto de desesperación. ¡Como si no tuviese nada!

Pobre, absolutamente pobre.

--Tú dices que estás arruinado, y la escasez de dinero sólo la sufres

desde hace dos años, tal vez menos. Yo no veo un céntimo de mi fortuna

desde mucho antes de la guerra. Todos se ocupan de Rusia, del

bolcheviquismo, porque es algo que toca de cerca al viejo mundo. ¿Y lo

de Méjico, que data de los tiempos de paz europea?...

Sus tierras se habían perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que

pueden ser trasladados y ocultados. Una revolución agraria, cuyos ecos

apenas llegaban al viejo continente, las había devorado, suprimiendo

todo vestigio de la antigua propiedad. Los mestizos se las repartían á

su gusto, para trabajarlas ó para dejarlas más incultas que antes.

¿Contra quién podía reclamar, si estas tierras estaban en provincias que

cambiaban á cada momento de dueño y el gobierno de Méjico no ejercía

sobre ellas ninguna autoridad?...

Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de

Barrios, aún estaban en peor situación.

--Uno de los titulados «generales», un indio, se ha fortificado en el

territorio de mis minas y desde allí desafía á los gobernantes de la

capital. Me dicen que todos los meses saca medio millón de francos en

barras de plata. Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero

para pagar á su gente. ¡Figúrate si le faltarán partidarios con esa

moneda de plata pura, más valiosa que la de los países civilizados!...

Nunca acabarán con él; no tiene mas que ahondar en lo mío, para crear

ejércitos. Esta mala broma viene prolongándose varios años; y yo, que

vivo en Europa, cada vez más pobre, estoy pagando una guerra

interminable al otro lado de la tierra.

A pesar de que el príncipe nunca se había ocupado de sus propios

negocios, quiso darle consejos. Debía ir allá; pedir protección; ella

había nacido en los Estados Unidos.

--Ya lo he hecho--contestó--. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis

asuntos. Pero ¿van á hacer una guerra sólo por mi?... El viaje tal vez

lo emprenda más adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo

preocupaciones terribles en estos momentos, y aún serían más grandes si

me alejase de Francia.

Sus ojos se nublaron; una expresión dolorosa contrajo su rostro. Hizo un

ademán como si buscase el pañuelo en su bolso de mano. Miguel se acordó

de aquel joven que Castro había visto en los últimos años al lado de

Alicia. Tal vez era éste el que provocaba su emoción y le impedía hacer

el viaje.

«¡El amor!--se dijo mentalmente--. ¡El amor, cuando ya ha pasado la

juventud!»

Quiso torcer el curso del diálogo, y le preguntó por el duque de

Delille. Sabía que estaba en la guerra; hasta creyó recordar que lo

habían herido en los primeros combates. ¿Vivía aún?...

Al hablar Alicia de su marido, tomó una expresión grave, con gran

extrañeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio.

Había aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, á

cambio de una pensión enorme. Vivían aparte, y aunque ella encontraba

muy dulce esta independencia, no podía menos de sentir una antipatía

femenil hacia este marido acomodaticio y poco dado á los celos trágicos.

Pero ahora sus ideas parecían cambiadas, y se apresuró á hablar, como si

temiese ver en Lubimoff la misma sonrisa que ella dedicaba otras veces

al duque.

--Sí; fué á la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: más de veinte años.

Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acordó de que en su

juventud había sido oficial, y fué de los primeros en acudir. ¡Quién lo

hubiese creído de un hombre que parecía sin preocupaciones y se burlaba

de todo lo que no tocase á sus egoísmos!...

Los alemanes lo habían recogido moribundo en uno de sus victoriosos

avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Después

de dos años de cautiverio lo habían canjeado como inútil, y vivía

internado en Suiza, con un brazo menos.

--¡Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en el lago de

Ginebra, y piensa en mí más que nunca pensó. Sus cartas casi son de

amor. ¡Cómo transforman las desgracias nuestro carácter! Dice que ve la

vida de otro modo; tiene la esperanza de que después de este cataclismo,

que nos habrá hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. ¡Ah, si

yo quisiera!...

Su tono era irónico al mencionar esta felicidad quimérica, pero mostraba

al mismo tiempo respeto y admiración. El duque cazador de una gran dote,

acomodaticio y sin escrúpulos, estaba olvidado. Ahora sólo veía al

combatiente de cabeza blanca, al inválido, que, según los médicos, no

podía alcanzar una larga existencia después de las operaciones sufridas.

Y ella procuraba mantener sus esperanzas, contestando breve y

afectuosamente á sus largas cartas de desterrado.

--Entonces, ¿es por tu marido por lo que no realizas el viaje?--preguntó

Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.

Los enemigos de la mujer · 第 10 / 37 段