Atilio también faltaba. Un compañero de juego le había enseñado en el

Casino los pequeños cartones partidos en columnas que sirven para marcar

las alternativas del «rojo» y el «negro». Varias damas extraían de sus

sacos de mano, entre el pañuelo, la caja de polvos, el lápiz para los

labios, los billetes de Banco y las fichas de diversos colores, que son

el dinero del juego, unos documentos de igual clase. Todos los textos

estaban acordes. Por la mañana y por la tarde perdían los «puntos» y

ganaba la casa; pero á partir de las ocho de la noche, una fortuna loca

sonreía á los jugadores. Las estadísticas no podían ser más claras:

imposible la duda. Y Castro renunciaba á la buena mesa de Villa-Sirena,

contentándose con un _bock_ y un emparedado en el _bar_. Luego regresaba

á media noche en un carruaje de alquiler, pagando á manos llenas al

cochero asombrado. Otras veces, de pie ante la verja, rebuscaba en su

portamonedas antes de reunir el precio de la carrera. Los hados habían

mentido. Los augures de los cartoncitos estaban á aquellas horas tan

limpios como él.

Toledo mascullaba protestas. Este desorden le hacía lamentar una vez más

la escasez de personal. La servidumbre se levantaba tarde, á causa de

sus esperas nocturnas. Por esto el coronel sentía la satisfacción de un

gobernador de fortaleza que ve todas las poternas cerradas y siente las

llaves en su bolsillo, las noches en que no faltaba ningún compañero del

príncipe. Después de la comida escuchaban á Spadoni. Sentado ante un

gran piano de cola, hacía música á su capricho ó seguía las órdenes del

príncipe, melómano de gustos pervertidos por un excesivo refinamiento,

que sólo deseaba obras de autores extravagantes y obscuros.

Castro, que era pianista, no podía á veces ocultar su entusiasmo ante

los prodigios de este ejecutante.

--¡Y pensar que es un imbécil!--exclamaba con la franqueza de la

emoción--. Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado,

concentrándolas en la música, sin dejar nada para los demás... No

importa; es un idiota... pero un idiota sublime.

Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente

en la diestra, como si la música le ensimismase, cuando, en realidad, lo

que danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos

naipes y treinta y seis números formando tres filas presididas por el

cero. El príncipe, molestado por este silencio, se dirigía á Castro.

--Cuéntanos algo de tu abuelo don Enrique.

Este abuelo había sido casado con una tía del general Saldaña; y aunque

Atilio no alcanzó á conocerle, hablaba con frecuencia de él como de un

personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo ó amargas ironías,

según el estado de su ánimo. Era un hombre de belicoso humor y sombríos

entusiasmos, que había acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya

quebrantada por los antecesores. Emparentado con un gran número de

aristócratas, terminó por negar este parentesco, como si fuese algo

vergonzoso. Los títulos de nobleza de su familia dejó que los tomasen

otros. El lema que figuraba, desde siglos en el escudo de los Castro lo

había reemplazado con uno de su invención, que resumía su vida entera:

«Mañana más revolucionario que hoy.» Durante treinta años no hubo en

España insurrección triunfante ó abortada en la que no interviniese este

caballero de gesto sombrío, quisquilloso, espadachín, que trataba á los

hombres como un déspota y estaba dispuesto á morir por la libertad del

género humano.

--¡Un don Quijote rojo!--decía Castro.

De niño recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un

arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del

descubridor y conquistador Alvaro de Castro, que había sido Adelantado

en las Indias. Pero en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponían su

mote de fidelidad á Dios y al rey, él había hecho grabar «¡Viva la

República!». Sin este sable caballeresco, se negaba á tomar parte en

una revolución. Lo había llevado de Sicilia á Nápoles siguiendo á

Garibaldi para destronar á los Borbones. «Mañana más revolucionario que

hoy»; y sus compañeros le parecían de pronto unos reaccionarios, lo que

le hacía buscar nuevas doctrinas que colmasen su insaciable deseo de

destrucción y renovación. Al fin, este descendiente de Adelantados y

Virreyes acabó por ingresar en la primera «Internacional de

trabajadores». Y lo más extraordinario fué que su primitiva educación,

sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompañaron en esta

vida nueva, haciéndole convertir la más insignificante divergencia de

doctrina en un «asunto de honor».

Por discusiones de comité se había batido en París con un «camarada»

obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibió un corte en la

cabeza.

--Es justo--dijo el herido limpiándose la sangre--. El marqués, que ha

podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.

Don Enrique palideció ante esta ironía, y por restablecer la igualdad,

por suprimir sus ventajas históricas, levantó el sable, dándose una

feroz cuchillada en el cráneo, mientras corrían los testigos á sujetarle

para que no reincidiese.

Después de seguir por segunda vez á Garibaldi en la guerra de 1870,

batiéndose contra los prusianos en Dijón, el movimiento insurreccional

de la Commune le atrajo á París.

--Creo que lo hicieron general--decía Atilio--. En aquella mascarada

trágica debió sufrir mucho. Lo cierto es que lo fusilaron las tropas del

gobierno y nadie sabe dónde fué enterrado.

La admiración por este abuelo de vida novelesca se amortiguaba al pensar

en su madre. Pobre, huérfana y olvidada de sus parientes, había tenido

que casarse con un hombre que casi podía ser su padre, llevando fuera de

España la vida errabunda de las familias del cuerpo consular. Atilio

había nacido en Liorna, recibiendo el mismo nombre de su padrino, un

viejo señor italiano amigo del cónsul de España. El recuerdo de su

abuelo venía á entenebrecer de vez en cuando la existencia de su pobre

madre, resignada y devota. En Roma, los españoles de paso, todos gentes

de sanas ideas que llegaban para ver al Papa, torcían el gesto al

enterarse de su origen. «¡Ah! ¡Usted es la hija de Enrique de

Castro!...» Y ella parecía encogerse, pedir perdón con sus ojos tristes

y humildes.

--Yo no reniego de mi abuelo--añadía Atilio--. Me hubiese gustado

conocerle. Lo único que lamento es que nos dejase tan pobres; aunque sus

antecesores ya habían hecho más que él para arruinarnos.

Los días en que había perdido se mostraba más quejumbroso, recordando

las inmensas posesiones de los Castro de la conquista americana.

--Hay ahora inmensas ciudades en campos que dió el rey á mis

antecesores. Uno de mis remotos abuelos apacentaba sus caballos y

construía su barraca colonial donde existen actualmente jardines,

monumentos y grandes hoteles. Eran centenares de millones de metros: á

una peseta el metro, ¡imagínate, Miguel! Sería más rico que tú, más rico

que todos los millonarios del mundo... Y no soy mas que un mendigo bien

trajeado. ¡Ira de Dios! ¿Por qué no guardaron mis abuelos sus tierras,

en vez de dedicarse á servir al rey ó al pueblo? ¿Por qué no hicieron lo

que cualquier patán que conserva religiosamente lo que le entregaron sus

antecesores?...

Otras noches, sentados en la _loggia_, escuchaba el príncipe á Novoa

ante el nocturno espectáculo del cielo y del mar. No había más luz que

el velado resplandor que llegaba desde un salón lejano. La costa estaba

obscura. La silueta de Monte-Carlo y de Mónaco se recortaba sobre el

fondo estrellado, sin un solo punto rojo. Eran escasos los reverberos en

la ciudad, y además tenían los vidrios pintados de azul. Los farolones

de la escalinata del Casino estaban enfundados como las linternas de un

coche fúnebre. La amenaza de los submarinos alemanes mantenía á todo el

principado en la obscuridad, lo mismo que las costas de Francia. Sólo á

la entrada del puerto de Mónaco las dos torrecillas octogonales tenían

en sus cimas un faro rojo y un faro verde, que derramaban sobre las

aguas un zigzag de rubíes y otro de esmeraldas.

En esta penumbra, puesto de pie y mirando á los astros, Novoa hablaba de

la poesía de la inmensidad, de las distancias que dan el vértigo al

cálculo humano. A Spadoni le era imposible imitar la atención del

príncipe y de Castro. ¿Qué podía importarle la llamada estrella

tricolor? Los millones de millones de leguas de que hablaba el sabio

despertaban su bostezo; y por una asociación de ideas, se dedicaba á

jugar mentalmente, suponiendo que acertaba cincuenta veces seguidas,

siempre doblando.

Ponía una simple moneda de cinco francos--la puesta menor que admiten en

el Casino--, y á los veinticinco golpes se detenía con espanto. Había

ganado treinta y tres millones y medio de duros: más de ciento sesenta y

siete millones de francos. ¡Solamente en veinticinco minutos!... El

Casino cerraba sus puertas, declarándose en quiebra; pero esto no

conseguía sacarle de su delirio. La prodigiosa pieza de cinco francos

continuaba sobre el paño verde al lado de una montaña de dinero que

seguía creciendo y creciendo. Había que completar los cincuenta golpes,

siempre doblando. Dió cinco más en su imaginación y se detuvo. Ya había

ganado mil setenta y tres y pico de millones de duros: más de cinco mil

millones de francos. Tendrían que entregarle el principado entero de

Mónaco, y aun esto tal vez no alcanzase á cubrir la deuda. Al golpe

treinta y cinco, el simple «napoleón» se había convertido en treinta y

cuatro mil millones de duros: ciento setenta y un billones de francos.

No le iban á pagar; estaba seguro de ello. Sería necesario que se

reuniesen todas las grandes potencias de Europa, que se aliasen como

para una gran guerra, y aun así tal vez no hiciesen honor al crédito que

les presentaba el pianista Teófilo Spadoni.

Ya no podía calcular mentalmente. A los veinte golpes tuvo que valerse

del lápiz que le servía en el Casino para marcar la marcha del juego y

de aquellos cartones divididos en columnas que facilitaban los

empleados. El dorso resultaba estrecho para sus ganancias, que se

ensanchaban, formando cantidades quiméricas. Siguió su juego triunfador.

En el golpe cuarenta se detuvo. Cinco millones de millones de francos.

Decididamente, no le podían pagar ni en Europa ni en el mundo entero.

Las naciones tendrían que ponerse en venta, el globo terráqueo saldría á

pública subasta, los hombres serían esclavos, todas las mujeres se

alquilarían para entregarle el producto de su deshonor; y aun así, sería

preciso que solicitasen un plazo de unos cuantos miles de años para

quedar bien con él, acreedor del universo, sentado en su banqueta de

pianista como sobre un trono.

Aunque tenía la certeza de que le engañaban, de que nadie en la tierra

ni el cielo podía afianzar á la banca, siguió jugando. Sólo quedaban

diez golpes. Y cuando dió el que hacía cincuenta, tuvo un rasgo

magnánimo. Regaló con el pensamiento á los empleados del Casino los

centenares, los miles, los millones y los millones de millones. El se

quedaba simplemente con la cifra que figuraba á la cabeza de la

ganancia, y escribió en su cartoncito:

5.000.000.000.000.000 de francos

¡Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo,

no estaba mal.

Llamó de pronto su atención el silencio con que el príncipe y Castro

escuchaban á Novoa, y fijó en éste sus ojos de visionario todavía

deslumbrados por el revoloteo áureo de la Quimera.

También el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no podía

abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de

ceros. El pianista creyó entender que profetizaba la vejez del sol

dentro de un plazo (aquí una cifra interminable), la desaparición de la

vida presente, la fuga del astro hacia una constelación remotísima, su

apagamiento y su muerte (otra cifra que infundía miedo).

Sonrió Spadoni con desprecio. El sol, la constelación de Hércules adonde

éste se dirige, los cien mil millones de millones de años que necesita

para llegar á ella, los diez y siete millones de años que tardará en

apagarse, dejando de calentar la vida de la tierra, todos los cálculos

de este sabio, ¡miseria, pura miseria! Si él dejaba su moneda sobre la

mesa cincuenta veces más, las cifras de la astronomía iban á resultar

despreciables y ridículas al lado de una ganancia obtenida en cien

minutos. Sólo Dios podía ser su banquero, pagándole con estrellas como

si fuesen monedas; ¿y quién sabe si el mismo Dios sería capaz de

resistir el centésimo golpe de cinco francos, siempre doblando, y no

tendría que declararse en quiebra?...

Se sumió por algún tiempo en la contemplación interna de su grandeza. Al

volver á la vida exterior, la voz de Novoa seguía sonando con cierto

misterio ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de

las estrellas, ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.

El príncipe le había impulsado á hablar del mar como regulador y origen

de la vida. El pianista se enteró de que los océanos cubren las tres

cuartas partes del globo, y como representan una fuerte mayoría sobre

los continentes, éstos viven sometidos á aquéllos, aunque se crean

superiores, como los gobiernos tienen que sufrir la influencia del

sufragio universal y acatar la fuerza de las mayorías. Todas las grandes

leyes atmosféricas se establecen, no en la reducida superficie de las

tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia extensión de los océanos,

que permite á las moléculas obedecer libremente á las leyes mecánicas de

los flúidos.

Spadoni tocó en un codo á Castro. Quería comunicarle en voz baja la

inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repelió su mano

sin volver la vista y siguió escuchando.

Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmósfera

primitiva del globo, que se habían precipitado sobre su corteza en

formación, disolviendo ó arrastrando cuanto encontraban en esta

superficie acabada de nacer.

--Con la sal que hay en los océanos--dijo Novoa--se podría construir

todo el relieve del continente africano.

El pianista volvió á agitarse. ¡Una Africa toda de sal! ¿De qué podía

servir eso?...

--Castro, escúcheme--dijo en voz muy queda--. Yo pongo cinco francos y

doy cincuenta golpes, siempre doblando, ¿sabe usted?...

Pero el otro no quiso saber nada, y rechazó el cartoncito que le tendía

ocultamente.

Spadoni, ofendido, cerró los ojos, queriendo aislarse y no escuchar

estas cosas sin importancia para él. Si el sabio hablaba todas las

noches, él perdonaría la hospitalidad del príncipe, yendo en busca de

otros amigos.

De pronto, una palabra le sacó de su altivo aislamiento, haciéndole

abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias

hirvientes de la creación planetaria y que estaba disuelto en el mar.

--Sólo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe

en los océanos se podría formar una mole tan enorme, que, repartida

proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que

tiene la tierra, nos tocaría á cada uno un lingote de cuarenta mil

kilos, ó sean cuarenta mil toneladas de oro.

El pianista avanzó su rostro, estupefacto. ¿Qué decía el profesor?

--Y teniendo en cuenta--prosiguió Novoa--el curso del oro antes de la

guerra, el lingote que nos corresponde á cada uno de los humanos

representa ciento veinte millones de francos.

Fué cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvió la

cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente

abiertos, comprendió que era un suspiro emocionado, una exclamación de

sorpresa.

--Doy mi parte por cien mil francos en billetes--dijo con voz grave.

Y mientras los demás reían, él quedó con la mirada fija en Novoa. ¡El

mar!... ¡quién diría que el mar!... Aquel sabio sabía mucho; y él, con

repentina veneración, se propuso escucharlo siempre.

* * * * *

Una noche, Atilio y el príncipe comieron solos. El pianista se había

fugado á Niza, al salir del Casino, con sus amigos los ingleses, que

jugaban al _poker_ en el landó. Novoa estaba invitado á comer por un

colega del Museo, y no volvería hasta media noche.

Miguel recordó sus impresiones de la tarde. Había ido al Casino para

asistir á un concierto clásico, osando arrostrar la curiosidad

obsequiosa de los empleados y el miedo á tropezarse con algunas de sus

antiguas amistades. Desde la escalinata exterior á las puertas del

teatro tuvo que responder á una serie de profundos saludos de los

funcionarios, unos con kepis y dorados botones, otros de levita solemne,

erguidos y dignos como notarios de comedia. La gente que paseaba por el

atrio se fijó inmediatamente en él. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos

recordaban su yate, sus aventuras, sus fiestas, repitiendo su nombre

como un eco de gloriosa resurrección. Había tenido que pasar á toda

prisa entre los grupos, con la mirada vaga, fingiéndose abstraído, para

no ver ciertas sonrisas conocidas, ciertos rostros invitadores que le

hacían evocar visiones dulces del pasado.

Buscó un asiento de los más ocultos en la sala de espectáculos, un

rincón de diván junto á la pared; pero también aquí le persiguió la

curiosidad. En torno del atril del director estaban los músicos de más

renombre, los que se engalanaban con el título de «solistas de S. A. S.

el Príncipe de Mónaco». Algunos de ellos habían navegado en el _Gaviota

II_ formando parte de su orquesta. Durante unos compases de espera, el

primer violín, al mirar á la sala para reconocer á sus entusiastas,

descubrió á Lubimoff, participando inmediatamente su sorpresa á los

otros solistas. Todos le sonrieron, dedicándole con los ojos lo que

surgía de sus instrumentos, y el público acabó por fijarse en este señor

medio oculto que poco á poco iba atrayendo las miradas de la orquesta

entera.

Al terminar el concierto salió apresuradamente, temiendo que le cortasen

el paso ciertas amigas antiguas que había descubierto entre la

concurrencia. Cruzó el atrio violentamente, hendiendo los grupos que no

le dejaban avanzar. Aquí había llamado su atención un personaje de

ademanes majestuosos y aspecto excesivamente brillante, con sombrero

hongo, pero de seda gris bien peinada, gabán de color de miel con

bocamangas de terciopelo del mismo tono y guantes y zapatos blancos. Las

patillas grises estaban unidas al bigote; la raya del peinado descendía

hasta la nuca, y por encima de las orejas avanzaban, brillantes de

cosméticos, dos mechones recortados y teñidos.

--Creí que era un general ruso ó un personaje austriaco vestido de

invierno, con una elegancia digna de la Costa Azul, y eras tú, querido

coronel. Aún no te había visto fuera de Villa-Sirena.

Toledo se ruborizó, no sabiendo si enorgullecerse ó afligirse por estas

palabras.

--Alteza, siempre me ha gustado vestir bien y...

--¿Quién era la señora que hablaba contigo?...

--Era la Infanta. Me contaba que había perdido siete mil francos que le

enviaron de Italia, que no tiene con qué atender á los gastos de su

vida, y...

--¿Una flaca con un gran sombrero de _cow-boy_?... No, no es esa. Te

pregunto por la otra.

«La otra» sólo la había visto de espaldas, pero atrajo momentáneamente

su atención por su esbeltez y su aire de señorío.

--Alteza--dijo don Marcos titubeando--, era la duquesa de Delille.

Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su príncipe en falta

y necesitara excusarse, se apresuró á añadir:

--Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que

hasta le presta su ropa... ¡Una hija de rey! ¡Una nieta de San

Fernando!... Yo soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos

de agradecer que...

Miguel cortó su protesta con un gesto. Basta: no quería oir más. Y se

dirigió á Castro. También lo había visto cerca de la salida del Casino

hablando con otra dama.

--Y yo te vi igualmente--dijo Atilio--, pero ibas impetuoso y con la

cabeza baja, abriéndote paso lo mismo que un toro acosado. ¿Quieres

saber quién es esta señora? ¿Te interesa?...

Lubimoff levantó los hombros; pero su indiferencia era falsa. En

realidad, le había interesado, aunque ligeramente, esta desconocida,

rubia, alta, con un aspecto de vigor esbelto, de ágil soltura, como las

gimnastas y las amazonas.

--Pues es «la Generala»--continuó Castro, sin parar mientes en la falta

de curiosidad de su amigo--. Este generalato no hay que tomarlo en

serio. Es un apodo cariñoso. Creo que lo inventó la de Delille, pues te

advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser

coroneles.

Don Marcos no reparó en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de

mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Debía haber

perdido en el juego.

--La llaman «la Generala» por su carácter algo varonil, por la rudeza

con que trata á veces á las gentes. ¡Una mujer extraordinaria! ¡Una

verdadera amazona!... Tira á las armas, hace gimnasia, nada en los ríos

en pleno invierno, y además tiene una voz como un suspiro de brisa,

gorjea al hablar como un pájaro, parece que va á desmayarse á la menor

emoción lo mismo que una niña tímida... ¿Quieres saber quién es?... Se

llama Clorinda; un nombre de poema y de comedia antigua. Yo la llamo

siempre doña Clorinda; creo que sin esto le falto al respeto, á pesar de

su juventud. Tal vez tiene dos ó tres años menos que su amiga Alicia.

Las dos se detestan, y no pueden vivir separadas. Una semana por mes

chocan, se insultan, cuentan la una de la otra los mayores horrores;

luego se buscan. «¿Cómo estás, corazón mio?» «¿Me guardas rencor, mi

ángel?»

El príncipe sonrió al ver cómo imitaba las palabras y gestos de las dos

señoras.

--Clorinda es americana--continuó Castro--, pero americana del Sur, de

una pequeña República donde sus padres, abuelos y bisabuelos han sido

presidentes, hombres de guerra y padres de la patria. Su generalato no

es sin fundamento. Allá en su país la admiran por su hermosura y por los

grandes éxitos que le suponen en Europa, con ese agrandamiento y

desorientación de la distancia. Su retrato resulta una propiedad

pública; figura en todos los paquetes de café y todos los prospectos de

su país. Es la belleza nacional; y cuando envejezca, siempre existirá un

rincón del mundo donde la consideren eternamente joven. Se casó en París

con un joven francés, soñador, algo artista y algo enfermo del pecho.

Por esto mismo lo amó «la Generala». Con un hombre fuerte é impetuoso

se hubiesen matado los dos á los pocos días. Ahora es viuda. No la creo

muy rica; la guerra debe haber disminuído sus rentas, pero tiene para

vivir con desahogo. Hasta me imagino que debe sufrir menos apuros que la

de Delille. Es mujer de buena cabeza.

Calló un momento.

--¡Pero de tan raras ideas! ¡Tan acostumbrada á imponer su voluntad!...

La conocí en Biarritz hace algunos años. Aquí la he visto muchas veces

en las salas de juego: saludos, conversaciones insignificantes. Cuando

una mujer apunta, no admite galanterías que la distraigan. Hoy es la

primera vez que hemos hablado largamente. ¿Sabes lo que me ha preguntado

en seguida?... Que por qué no estoy en la guerra. En vano le he dicho

que yo soy neutral y le he demostrado que la guerra no me interesa. «Si

yo fuese hombre, sería soldado.» ¡Y si hubieras visto su mirada al

decirme esto!...

Lubimoff dedicó una sonrisa despectiva á esta mujer.

--Para ella--siguió diciendo su amigo--, todos los hombres deben

trabajar en algo, producir, ser héroes. A su pobre marido, dulce como un

cordero enfermo, lo adoró porque pintaba unos cuadros paliduchos y había

conseguido modestas recompensas en varias Exposiciones. Los hombres como

yo son para ella una especie de figurantes alquilados para animar los

salones, los casinos, los balnearios, para sostener la conversación y

ser galantes con las damas; pero no le interesan. Me lo ha dicho esta

tarde, una vez más.

--¿Y á ti te duele su opinión?--dijo el príncipe.

Calló Atilio, como si pesase sus palabras antes de hablar.

Los enemigos de la mujer · 第 9 / 37 段