estuches de arte y de porquería. Los arquitectos modernos han hecho más
en treinta años por la dulzura de vivir que hicieron en tres mil los
constructores-artistas tan admirados por la Historia. Han declarado
indispensable el cuarto de baño, que no conocían los reyes de hace un
siglo, y las aguas corrientes; han inventado la calefacción central y el
_water-closet_. Que no me hablen de los magníficos palacios de
Versalles, donde no había un solo gabinete de necesidad, y todas las
mañanas los lacayos vaciaban doscientos sillicos del rey y de los
cortesanos. Algunas veces, para terminar más pronto, arrojaban su
contenido por las majestuosas ventanas, y venía á caer sobre la litera y
el séquito de una delfina ó de un embajador.
Toledo se dedicó á vigilar la construcción de Villa-Sirena, blanca, lisa
y sin estilo definido, con arreglo á los deseos del príncipe. Este se
encargaría de «hacer arte» cuando llegase su hora, colocando el cuadro
célebre, la estatua, el tapiz ó la alfombra allí donde diesen más placer
á sus ojos. La casa sólo debía ser una envoltura de líneas puras y
simples, en cuyos flancos estuviesen almacenados el calor ó la frescura,
según la estación, el agua pronta á correr por todas partes, la
electricidad escapando en chorros luminosos ó agitando la atmósfera con
el aleteo de la brisa.
Le fué más fácil transformar con rapidez su vivienda errante sobre los
mares. Vendió el _Gaviota_, que le recordaba su dependencia como hijo de
familia, y fué á los Estados Unidos atraído por un anuncio. Cierto
multimillonario había empezado tres años antes la construcción de un
yate, con el deseo de que fuese superior en lujo y tonelaje á los de
todos los soberanos de Europa. Cuando veía próximo á realizarse este
triunfo de los reyes republicanos de la industria sobre los reyes
históricos del viejo mundo, el americano murió en un accidente de
automóvil y sus herederos no sabían qué hacer del tal Leviatán, que sólo
podía servir á un viajero inmensamente rico y además, en su opinión,
algo loco. Pensaban ofrecerlo al kaiser Guillermo II, resignados á
sufrir sus exigencias de aprovechado comerciante, cuando se presentó el
príncipe Lubimoff. Una semana después, la blanca popa del buque y las
dos caras de su proa ostentaban un nombre en letras de oro, repetido
además en los rollos salvavidas y en las diversas embarcaciones
secundarias, balleneras, botes á vapor, botes automóviles: _Gaviota II_.
Tenía el tonelaje de un pequeño trasatlántico y la velocidad de un
torpedero. Por su doble chimenea se escapaba diariamente la fortuna de
un hombre. Su presencia en ciertos archipiélagos lejanos dejaba limpios
los depósitos de carbón. Un vapor de carga alquilado por el príncipe
salía al encuentro del _Gaviota II_ en los mares más remotos para llenar
sus bodegas de combustible.
Puertos tranquilos se iluminaron por la noche como si hubiese salido el
sol. El príncipe Lubimoff daba una fiesta á bordo, y su buque se
dibujaba, desde la línea de flotación hasta los topes, ribeteado de
bombillas eléctricas de diversos tonos, mientras los potentes
reflectores lanzaban chorros movibles de luz, sacando de las entrañas de
la noche las olas, las playas, el caserío de la ciudad. Otras veces, el
fuego blanco de sus ojos monstruosos resbalaba sobre muros de hielo que
se perdían en las altas tinieblas, y los pingüinos, las focas y los osos
polares interrumpían su sueño, asustados por este monstruo luminoso y
jadeante que partía como un relámpago el misterio de la noche.
Ser dueño del movible palacio que al anclar frente á las ciudades hacía
correr á las muchedumbres como un espectáculo raro no era suficiente
para Miguel Fedor. Y creó algo más interesante aún que los salones
lujosos y las refinadas comodidades del _Gaviota II_: su orquesta.
La sensualidad de la música era para él la más preciosa de las
emociones. Con el oído harto de música suculenta, buscaba autores
ignorados y muchas veces extravagantes que excitaban su curiosidad; pero
siempre volvía á exigir como platos fuertes de estos banquetes auditivos
los maestros de sus primeras adoraciones, y entre todos ellos,
Beethoven.
Tratados como si fuesen oficiales, retribuídos á su placer y con el
aliciente de visitar una gran parte de la tierra, se presentaban músicos
de todos los países solicitando su ingreso en la orquesta del yate.
Concertistas de fama y jóvenes compositores entraron en ella como
simples ejecutantes. Unos estaban enfermos, y buscaban su salud en un
viaje alrededor del mundo con verdadero lujo y sin dispendios; otros se
embarcaban por amor á las aventuras, por ver gentes nuevas desde este
alcázar flotante, donde todo parecía organizado para una eterna fiesta.
Nunca eran menos de cincuenta.
«Mi orquesta es la primera del mundo», contestaba con orgullo el
príncipe cuando le cumplimentaban sus invitados; pero sólo de tarde en
tarde, estando en los puertos, permitía que la gente de tierra viese á
sus músicos.
En las noches tibias del trópico, bajo una luna enorme de color de miel
que convertía el mar en planicie de azogue, los ejecutantes, vestidos de
frac y sentados en la cubierta superior ante las filas de atriles
iluminados por lamparillas eléctricas, iban desarrollando en una
atmósfera dormida--que guardaba tal vez los primeros vagidos del
nacimiento del planeta--las melodías más originales, las combinaciones
de sonidos más refinadas que engendró el sublime delirio del artista
hecho dios. La música iba quedando detrás del buque, en el misterio
oceánico, como una cinta que se estira, se rompe y se pierde en
fragmentos lo mismo que el humo de las chimeneas. Durante las pausas de
la orquesta surgía el sordo y lejano rodar de las hélices levantando un
zumbido de espumas; luego, de tarde en tarde, el lento badajeo de la
campana anunciando el paso del tiempo, ó el grito del vigía acurrucado
en el «nido» del palo mayor, revelando su vigilancia con una melopea
igual á la del muecín en lo alto de su minarete. Y esta música monótona
del mar comunicaba una sensación de noche y de inmensidad á la música de
los hombres.
Al pie de las escaleras ó en los salientes de las cubiertas inferiores
se agrupaban los oficiales y los empleados del príncipe para oir el
nocturno concierto. En la proa, la marinería, puesta en cuclillas,
escuchaba con el religioso silencio de los hombres simples ante algo que
no comprenden, pero que les infunde respeto. Arriba no había más oyente
que Miguel Fedor, lejos de los músicos, de espaldas á ellos, mirando á
sus pies las aguas espumosas y partidas que escapaban como un doble río
á lo largo del buque, llevándose á la boca el cigarro, que hacía surgir
por un momento de la sombra, coloreado de rojo, su rostro pensativo.
El yate guardaba otra corporación más silenciosa. Los que conseguían
subir á él en los puertos siempre alcanzaban á distinguir de lejos
alguna dama con zapatos blancos, falda azul, chaqueta cruzada con
botones de oro, corbata y cuello masculinos, gorra de oficial. Nadie
sabía con certeza cuántas eran. Los hombres de la tripulación tenían
vedado el acceso á los departamentos centrales del buque y su cubierta
superior. Algunos, al contravenir por descuido la orden, se habían
encontrado con las compañeras del príncipe más ligeras de ropa que
cuando llevaban su elegante uniforme marino, ó con trajes ricos y
exóticos, como figurantas de baile. En los grandes puertos saltaban á
tierra por unas horas estas tripulantes misteriosas, vestidas con
discreta elegancia y expresándose en diversos idiomas.
Cuando el _Gaviota II_ tornaba á anclar en una bahía visitada el año
anterior, los curiosos encontraban completamente renovado este harén
errante. Algunas veces llegaban á reconocer á una ó dos de las damas,
pero tenían la expresión melancólica y paciente de la odalisca venida á
menos, que se considera contenta en el lujo y el olvido.
Miguel Fedor cortaba algunos años sus viajes, durante el verano, para
instalarse en las playas de moda. Las mujeres de las largas travesías
quedaban á bordo con todas los comodidades y despilfarros á que estaban
acostumbradas. Otras veces las despedía como se licencia á una
tripulación al desarmar un buque, finalizada su campaña.
Le interesaban de pronto las mujeres de vida sedentaria, la sociedad de
tierra firme, los intrigas veraniegas en los balnearios célebres, y
permanecía en un hotel costero, mientras su yate se balanceaba
gallardamente sobre las aguas azules como un palacio de misterios y
suntuosidades, hacia el que convergían todas las imaginaciones
femeninas.
Viviendo en Biarritz intimó con Atilio Castro al descubrir que eran
parientes por el general Saldaña. El español admiró la fascinación que
ejercía el príncipe sobre todas las mujeres, muchas veces sin desearlo.
Jamás en ninguna época había sentido la hembra más afición al lujo ni
menos escrúpulos para conseguirlo. Esta era la opinión de Castro. Las
grandes ostentaciones, que en otros siglos sólo estaban al alcance de
contadas familias, pertenecían ahora á todo el mundo. Sólo se necesitaba
dinero para poseerlas. Además, había que tener en cuenta los adelantos
materiales del tiempo presente, que hacen la vida más cómoda, pero
aumentan nuestros deseos...
--El automóvil y el collar de perlas llevan hechas más víctimas que las
guerras de Napoleón--decía Atilio.
Eran estas dos cosas como el uniforme de gala de la mujer, y las que
carecían de ellas se juzgaban infelices y maltratadas por la suerte. Su
doble imagen turbaba las ilusiones de las vírgenes y la fidelidad de las
esposas. Las madres burguesas, con el gesto melancólico de la que ha
malgastado torpemente su existencia, aconsejaban á las hijas: «Para
casaros que sea con automóvil y collar de perlas.» Y más allá del
matrimonio modesto se prolongaba este deseo, robustecido por el consejo
maternal. El lujo, sea como sea; el lujo democratizado, al alcance de
todos, conseguido por el dinero, que no tiene sabor, ni olor, ni marca
de origen.
--Tú eres el omnipotente que puede dar el «auto» de buena marca y la
sarta de perlas--continuaba Castro--. Tú eres el sultán de las
magnificencias. Te basta poner tu firma en un cheque para que una lluvia
de oro doble una cabeza. ¡Aprovéchate! Tu época te ha preparado el
camino.
Y el príncipe, que no necesitaba tales consejos, seguía su marcha de
vencedor por un mundo en el que se desvanecían á su paso las virtudes
más acreditadas. Hasta las resistencias sinceras acabaron por parecerle
útiles malicias para retrasar la caída, aumentando el deseo y su precio.
Los millones llegados de Rusia se esparcían y desmenuzaban sosteniendo
el bienestar y la ostentación de muchas casas, fomentando la elegancia
de numerosas señoras, sirviendo de alimento á las industrias del lujo.
Algunas damas se sentían interesadas verdaderamente por la persona de
Miguel Fedor á causa del prestigio misterioso de sus viajes en un buque
del que se hablaba como de un palacio encantado, á causa también de sus
aventuras con mujeres célebres del teatro ó del gran mundo, que le
hacían mas deseable. Pero una vez satisfechas su vanidad y su
imaginación, dejaban hablar al egoísmo. «¿Por qué he de ser yo menos
egoísta que las otras?...»
No necesitaban de astucias y circunloquios para formular su petición.
Algunas, á la segunda entrevista, se mostraban melancólicas y aludían á
las tristes realidades de la existencia. Pero el generoso príncipe se
anticipaba á sus deseos. Quería pagar á sus amantes, abrumarlas con sus
regalos, verlas como esclavas favoritas cubiertas de joyas. Así era más
fácil el rompimiento; podía alejarse cuando quisiera, satisfecho de su
conducta, sin emoción ante las quejas y las lágrimas. De sus
ascendientes rusos, medio orientales, había heredado una gran capacidad
sensual que le hacía buscar á la mujer, y al mismo tiempo un desprecio
inalterable por ella. La mimaba, pero no podía amarla; la adoraba, y se
revolvía indignado siempre que pretendía colocarse á su mismo nivel. Era
capaz de perder su fortuna por ella, de afrontar peligros de muerte,
pero apartándola á continuación con el pie si intentaba influir en su
existencia. Las ambiciosas que fingían una gran pasión con la inaudita
esperanza de un matrimonio, las sentimentales que pretendían interesarle
con refinamientos psicológicos, las que traían al adulterio sus
entusiasmos de madre y susurraban en su oído la felicidad de tener un
hijo que se le pareciese, le esperaban en vano al día siguiente. «¡Ni
grandes pasiones, ni hijos!...» El yate echaba de pronto dos chorros de
humo, llevando á su dueño á otro puerto, tal vez á otro continente: y si
quería huir de una ciudad del interior, ordenaba el enganche de su vagón
especial en el primer tren que partiese.
Estas fugas no eran nunca sin un generoso recuerdo. La magnificencia de
Miguel Fedor continuaba existiendo para las abandonadas. Su presupuesto
se iba cargando todos los años con nuevos nombres, como el de una casa
real que distribuye pensiones á los servidores olvidados. Pero las
pensiones del príncipe Lubimoff eran para el mantenimiento del lujo y no
de la vida. Las más modestas pasaban de treinta mil francos anuales. El
tipo medio era de doble cantidad.
--Alteza, habrá que hacer una revisión--decía el administrador.
Miguel examinaba la lista de nombres, vacilando ante algunos. No podía
recordar bien las personas que los llevaban. Luego sonreía, paladeando
ciertas visiones despertadas en su memoria. Era inmensamente rico: ¿por
qué no mantener un lujo que era la suprema ilusión de todas ellas?... No
le ofendía que de este lujo disfrutasen sus sucesores.
Experimentaba un orgullo de dios al hacer sentir á todas horas su
generosidad sin dejarse ver. En París, una joyería dirigida por un judío
de origen español trabajaba solamente para los regalos del príncipe. Sus
alhajas, de un valor sólido é intrínseco, sin añagazas de artífice,
tenían cierto aire de familia, algo así como un perfume imaginario que
hacía reconocerse á las mujeres que las ostentaban. A lo mejor, en un
_hall_ de hotel, á la hora del té, en un balneario elegante ó en un
baile, dos señoras que acababan de reconocerse se examinaban en silencio
las orejas ó el pecho, hasta que la más atrevida, enrojeciendo
invisiblemente bajo sus coloretes, preguntaba con sencillez: «¿Ha
conocido usted al príncipe Lubimoff?...»
Atilio Castro admiraba á su pariente, más que por su riqueza y sus
éxitos, por su inalterable salud.
--¡Qué cosaco!... Es un legítimo heredero del protegido de Catalina.
Sin embargo, muchas veces escapaba el yate mar afuera, emprendiendo
largos viajes, sin que su dueño se viese forzado á huir de una pasión
complicada y peligrosa. Se alejaba de sí mismo, de sus excesos de
tierra, de su imaginación perversa y curiosa, que le hacía buscar y
tentar á nuevas mujeres, perturbando su tranquilidad, sin que
experimentase un verdadero deseo. Emprendía los más extraordinarios
viajes, buscando la paz del mar y su atmósfera reconfortante, la
orquesta iba con él; pero el harén quedaba en tierra. Había dado la
vuelta al planeta siguiendo la ruta más corta; luego repitió esta
circunnavegación por dos veces, pero en zigzag, queriendo conocer todas
las costas de la tierra. Ahora emprendía viajes caprichosos; navegaba de
un hemisferio á otro por el placer de visitar una pequeña isla que
había visto descrita en los libros, una de esas islas perdidas en el
Pacífico, y tan exiguas, que aparecen en las cartas como un simple punto
á continuación de su largo nombre trazado sobre la superficie pintada de
azul.
A la vuelta de una de estas excursiones, que le hacían correr el mundo
como si fuese su propiedad, recibió por el telégrafo sin hilo la noticia
de que Alemania acababa de declarar la guerra á Rusia y á Francia.
No experimentó gran extrañeza. Conocía personalmente á Guillermo II. El
era la causa de que el príncipe Lubimoff evitase navegar en verano por
las costas de Noruega.
Al año siguiente de la adquisición del _Gaviota II_ se había tropezado
en dichos parajes con el yate imperial. El kaiser, como un vecino
entremetido y omnisciente, vino á verle para curiosear en su buque,
examinándolo todo, dando consejos, pasando revista á los hombres y á las
cosas, disertando sobre las máquinas é interrumpiéndose para aconsejar
variaciones en el uniforme de la tripulación. Después de un almuerzo en
su propio yate y un _lunch_ en el del emperador, el príncipe Miguel
quedó harto de esta inesperada amistad. El Lohengrin con casco de
aletas, capa blanca y las dos manos en la empuñadura del sable resultaba
menos insufrible que este señor de enhiestos bigotes y dientes de lobo
vestido de marino, que reía con una risa falsa y brutal y desempeñaba el
papel de hombre sencillo, de monarca sin ceremonias, cuando encontraba
en el mar á un multimillonario de América ó de Europa. El dinero
inspiraba una gran veneración al héroe de leyenda, al místico nutrido
con sublimidades. Nunca había participado Miguel del entusiasmo que el
emperador alemán inspiraba á los _snobs_. Sonreía ante sus gustos
escénicos, sus bravatas guerreras y sus ambiciones cerebrales que
intentaban abarcarlo todo.
--Es un comediante--dijo al recibir la noticia de la guerra--, un
comediante que al sentirse viejo va á hacer llorar al mundo... ¡Y que la
suerte de los hombres dependa de él!...
Miguel Fedor se consideraba aparte de los hombres. Lamentó la guerra
como algo terrible para los demás, pero que no podía influir en su
propia suerte. Ya que Europa había caído en una demencia sanguinaria, él
seguiría navegando por los mares lejanos. Gracias á su riqueza, podía
mantenerse al margen de la lucha.
Pero los tiempos cambiaban rápidamente; la vida era otra: todos los
valores habían perdido su antiguo aprecio. El _Gaviota II_, á pesar de
su bandera rusa, se vió detenido por los torpederos ingleses, que lo
sometieron á una minuciosa inspección, no comprendiendo que se navegase
por gusto cuando todos los mares estaban convertidos en un campo de
batalla. A la altura de las Azores tuvo que forzar sus máquinas para
librarse de un corsario alemán.
Además, escaseaba el carbón. Los depósitos esparcidos en las costas lo
guardaban para los buques de guerra. Noticias importantes llegaban con
frecuencia al yate por el telégrafo sin hilo desde el lejano París,
donde estaba el primer apoderado del príncipe. Se había roto la
comunicación entre él y las administraciones de la fortuna Lubimoff
establecidas en Rusia. No llegaba dinero de allá, y los Bancos de París,
con las cajas cerradas por el _moratorium_, facilitaban secretamente
dinero á un millonario como el príncipe, pero no tanto como exigían sus
necesidades.
El yate fué á amarrarse en el puerto de Mónaco, y Miguel Fedor, al
llegar á París, casi rió como en presencia de un cambio grotesco de las
leyes naturales. ¡El heredero de los Lubimoff necesitando dinero y
teniendo que esforzarse por adquirirlo, lo que no había hecho en toda su
existencia; solicitando adelantos horriblemente usurarios con la
garantía de sus lejanas y famosas riquezas, que por primera vez eran
menospreciadas!...
Cuando se restablecieron las comunicaciones de un modo intermitente
entre la Europa occidental y la Rusia casi aislada, el administrador
mostró un gesto desesperado, la recaudación había descendido un ochenta
por ciento.
--Según eso, ¿voy á ser pobre?--preguntaba Lubimoff, riendo: tan
inverosímil y disparatada le parecía la noticia.
Resultaba muy difícil enviar dinero á París, y el valor de los rublos
descendía vertiginosamente. Los millones pasaban á ser en Francia
simples centenas de mil. La movilización militar había dejado las minas
sin brazos; los productos no obtenían salida; los _mujiks_, viendo sus
hijos en el ejército, se negaban á pagar y hasta á trabajar. El gobierno
ruso, para que el dinero quedase en el país, limitaba los envíos
monetarios á los compatriotas residentes en el extranjero.
--¡El zar sometiéndome á una pensión!--decía asombrado el príncipe--.
¡Mil ó dos mil francos al mes!... ¡Qué absurdo!
Ya no reía. Su cólera contra la corte rusa, que se había ido aglomerando
de un modo inconsciente desde su lejana expulsión de Petersburgo,
estalló ahora á impulsos del egoísmo. El zar y sus consejeros, deseosos
de rusificar toda la Europa oriental, eran los culpables de la guerra.
Bien podían haberse mantenido en paz con Alemania. ¿Por qué turbar la
tranquilidad del mundo á causa de un pequeño pueblo balkánico?...
Se burló fríamente de algunos amigos que, siguiendo rutas extraviadas á
través de Europa y de los mares glaciales, volvían á Rusia para
recuperar sus antiguos puestos en el ejército. El no quería morir por el
zar. Le importaba poco que su país fuese gobernado por alemanes. Hasta
en ciertos momentos lo juzgaba preferible, siempre que la paz se
restableciese rápidamente, permitiéndole disfrutar otra vez de sus
riquezas y reanudar la vida de meses antes, que ahora le parecía á medio
siglo de distancia.
Los dos años siguientes transcurrieron para Lubimoff como en una
pesadilla. ¿Qué mundo era éste?... Sus antiguas amistades desaparecían.
Algunas de las mujeres frívolas que habían amenizado su existencia
contemplaban los acontecimientos con una tranquilidad inconsciente; pero
otras se mostraban abnegadas y heroicas, olvidando sus actos anteriores,
sintiendo formarse dentro de ellas un alma nueva.
El príncipe se vió arrastrado por los sucesos de un modo brusco. Una
fuerza misteriosa é irresistible le empujaba, le hacía perder el
equilibrio en lo más alto de aquella vida tan dulce, tan amplia,
coronada de un halo de gloria. Después rodó solo, por su propia inercia,
y cada escalón le reservaba un golpe más fuerte, una sorpresa más
dolorosa. ¿Hasta dónde llegaría en su derrumbamiento?... ¿Qué podría
encontrar al final de esta caída ilógica?...
Las entrevistas con su administrador de París le parecieron algo que
transcurría en otro planeta, sometido á leyes absurdas. Estas
conferencias las terminaba siempre dando la misma orden:
--Busque usted dinero. Pida prestado... Yo soy el príncipe Lubimoff, y
esto no puede durar. Venzan unos ó venzan otros (me da lo mismo), el
orden se restablecerá, y yo pagaré inmediatamente á mis acreedores.
Pero el administrador le contestaba con un gesto de desaliento.
¿Encontrar dinero sobre bienes que estaban en Rusia?... Valiéndose del
antiguo prestigio del príncipe, había podido realizar varios
empréstitos; mas transcurría el tiempo y los intereses enormes iban
acumulándose. Lubimoff, á pesar de haber simplificado sus gastos y
suprimido sus pensiones, necesitaba mucho dinero para vivir.
La caída del zarismo fué una esperanza para este magnate que odiaba al
gobierno imperial. «Con la República se acelerará el fin de la guerra y
volveremos al buen orden.» Su egoísmo le hacia concebir una República
preocupada, ante todo, de devolver sus riquezas á los seres dichosos por
su nacimiento. Los delgados hilillos de su fortuna que aún llegaban con
intermitencias hasta París se cortaron de pronto: la fuente de su
riqueza estaba seca. El desmoronamiento de todo un mundo había cegado su
boca, tal vez para siempre.
--Hay que vender, Alteza--decía el administrador--; hay que desprenderse
de todo lo superfluo. Liquidemos á tiempo. ¡Quién sabe hasta cuándo
durará lo presente!
El yate estaba inmóvil en el puerto de Mónaco. Casi toda su tripulación,
compuesta de italianos, franceses é ingleses, lo había abandonado para
ir á servir en las flotas de sus naciones. Sólo unos cuantos españoles
continuaban á bordo, para mantener la limpieza del buque.
El _Gaviota II_ fué rebautizado por el Almirantazgo inglés antes de
cederlo á la Cruz Roja. Miguel Fedor, al firmar la escritura de venta,
creyó que abdicaba de todo su pasado. El prestigio novelesco de su
existencia iba á desvanecerse; el palacio de las _Mil y una noches_ se
convertía en un hospital... ¡Qué mundo!