mucho.
Miguel asintió mudamente. Lo sabía. La princesa Lubimoff era el único
sostén de esta apasionada sin escrúpulos que se iba á fondo en la
consideración de las gentes. Ella la había defendido cuando las otras
mujeres del gran mundo, cediendo al instinto de conservación, le hacían
la guerra y le cerraban la entrada de sus casas, temiendo por la
fidelidad de sus maridos. Como jugaba en Monte-Carlo todos los
inviernos, había acompañado á la princesa hasta sus últimos instantes.
--Me quería más que mi madre... Tal vez se acordaba de que pude ser su
hija.
El príncipe se alejó, como molestado por esta alusión. ¡Le habían dicho
tantas cosas de ella!... Pero su imagen le fué acompañando durante el
resto de la ceremonia. Continuaba siendo hermosa, mas con una belleza
extraña. Había perdido su dorado cutis de fruto sazonado, y era pálida,
con una blancura pajiza de papel japonés. Sus ojos, abiertos
desmesuradamente, tenían unos reflejos metálicos; miraban con una
tenacidad molesta y al mismo tiempo parecían vagorosos, como si se
tendiese ante ellos una telaraña invisible. Sus enemigas menos
implacables la acusaban de cierta propensión á los licores. Bebía, como
un cliente asiduo de _bar_, toda clase de mezclas americanas. Otras
atribuían su palidez y sus ojos eternamente asombrados á la morfina, al
opio, á todos los líquidos y perfumes del estupor, creadores de
«paraísos artificiales». La pequeña Alicia de otros tiempos apuraba su
vida á grandes tragos, hasta el fondo de la copa.
Lubimoff creyó no verla más, pero á los pocos días empezó á recibir
cartas de ella. Estaba solo, debía sentirse triste, y le invitaba á
comer, sin ceremonia, como parientes que eran. Sus excusas provocaron
nuevas invitaciones por teléfono. El príncipe, como el que cumple un
aburrido deber social, acabó por ir un anochecer á su palacete de la
Avenida del Bosque, una de las numerosas imitaciones del Pequeño Trianón
que existen en el mundo.
La duquesa de Delille estaba orgullosa de este edificio y su reducido
jardín, ante cuyas verjas de lanzas doradas pasaba todo el París
elegante. Miguel conocía sus salones sin haber estado nunca en ellos.
Los periódicos ilustrados que se ocupan de modas y de la vida de los
ricos llevaban publicadas muchas fotografías del interior de esta casa
en Europa y en América. Los comentarios de la gente le habían enterado
de la singular existencia de Alicia. De pronto sentía un deseo furioso
de recibir visitas, de ser admirada, de asombrar con sus dispendios, y
organizaba grandes fiestas, lamentando que el Municipio de París no le
permitiese iluminar á sus expensas, como en una fiesta nacional, toda la
Avenida de los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo, para que los
invitados llegasen hasta su puerta entre fulgores de apoteosis. Había
dado una _garden-party_ en una sección del Bosque de Bolonia, con juegos
náuticos, danzas de bailarinas sagradas traídas de Asia y un _buffet_
para tres mil invitados. Otra vez gastó medio millón transformando una
gran parte de su hotel en interior de palacio persa, para un solo baile
de trajes, volviendo el día siguiente á restaurar los salones en su
primitivo estado.
De pronto desaparecía. Las gentes comentaban su ocultamiento con guiños
maliciosos. Algún nuevo amor; y sus amores casi siempre eran andantes,
necesitando el viaje largo y el cambio de horizontes. Tal vez estaba en
Constantinopla ó en Egipto; tal vez se ocultaba en uno de los enormes
hoteles de Nueva York. A veces era cierto; en otras ocasiones, los más
íntimos de la duquesa afirmaban que no había salido de París. El
automóvil permanecía ante su puerta.
Esta era otra de las originalidades de Alicia. A todas horas del día y
de la noche, uno de sus diversos vehículos de lujo se hallaba
estacionado frente á la escalinata. Tres mecánicos se repartían el
servicio, permaneciendo en el pabellón del portero; y apenas sonaba el
timbre, no tenían mas que correr á su carruaje poniéndose los guantes y
dar la vuelta á la manivela de marcha. La señora sentía deseos de salir
á las horas más extraordinarias: cuando acababa de llegar de un baile,
muchas veces después de haberse acostado, ó en las primeras horas de la
mañana, que eran para ella lo que son las horas de profundo sueño para
los demás mortales.
En otras temporadas, los chófers se relevaban durante semanas enteras
sin franquear la verja del palacete. La duquesa no quería salir. Ya no
experimentaba repentinos deseos de correr sin objeto por el París
dormido, de hacer visitas á horas intempestivas ó deslizarse por los
bosques de los alrededores en plena tormenta. Y los automóviles parecían
envejecer en su inmovilidad, unas veces con las ruedas hundidas en la
nieve del patio, otras cubiertos de lágrimas por la lluvia oblicua que
se deslizaba bajo la amplia marquesina de cristales. La inquieta y
rebullente Alicia pasaba mientras tanto los días en el lecho, afirmando
á sus íntimos que para conservar la belleza era excelente hacer de vez
en cuando «una cura de reposo». Invitaba á comer á los amigos sin
moverse de la cama. La mesa era servida lujosamente en el gran
dormitorio, y ella, metida entre sábanas, con los platos á su alcance
sobre un velador, reía y conversaba con los convidados. Transcurrían
para ella meses enteros sin ver el exterior de su casa, olvidando los
costosos objetos que su capricho había amontonado en las habitaciones.
Le bastaba con la vanidad de haber fabricado un riquísimo estuche para
albergue de su pereza.
El príncipe la encontró en un saloncito del piso bajo. Verdaderamente,
le recibía con absoluta confianza. Iba vestida con una túnica negra de
su invención, mezcla de peplo y de kimono. Los brazos se escapaban
desnudos de esta seda floja, que parecía vivir apretándose sobre su
cuerpo. Se adivinaban debajo de ella los relieves y el calor perfumado
de la carne, sin velos interiores. Miguel miró su _smoking_ y su
brillante pechera como si hubiese cometido una falta.
Mientras iban hacia el ascensor, blanco y acolchado como una caja de
guantes, ella le dejó entrever los salones del piso bajo, ostentosos,
pero en una penumbra que casi era obscuridad: el gran comedor, desierto
y enfundado; el pequeño comedor, en el que no se veía preparativo
alguno... ¿Adónde le llevaba?... ¿Estaría la mesa puesta en su
dormitorio?...
El ascensor pasó ante el primer piso sin detenerse.
--Vamos á mi estudio--dijo Alicia--. Tú eres de confianza. Allí es donde
como cuando estoy sola.
Lubimoff se asombró del llamado «estudio», una vasta pieza que ocupaba
gran parte del segundo piso, y en el que no pudo ver otros libros que
los de un pequeño estante. El decorado era de falso «Extremo Oriente»:
un amontonamiento de muebles de laca negra y sin adornos, de sedas de
colores desleídos ó de un azul negruzco, de ídolos espantables. Una luz
difusa y verdosa descendía del techo: la luz de los teatros en una
escena de noche. Un biombo cubierto de figuras de oro formaba como una
segunda habitación, más íntima, con el suelo alfombrado de pieles
blancas de largos y sedosos pelajes, sobre las cuales se amontonaban
docenas de almohadones de diversos colores, con reptiles alados y flores
inverosímiles.
Un olor exótico y penetrante arañó el olfato del invitado. Conocía este
perfume. Y miró á la duquesa con severidad.
--Siéntate--dijo ella--; van á servirnos.
Y como el príncipe mirase en torno, sin ver ninguna silla, Alicia le dió
ejemplo dejándose caer en un montón de cojines. Miguel se sentó de igual
modo junto á una mesilla de nácar del tamaño de un taburete. Sobre ella,
una lámpara de pantalla obscura esparcía su redondel de luz suave. El
príncipe empezó á sentirse agitado por una cólera sorda al pensar en su
noche malograda.
--Tú habrás comido así muchas veces--continuó ella--. Has viajado más
que yo. Debes conocer esta decoración.
Sí; conocía esta «decoración» con toda autenticidad, y por eso no le
placía volver á encontrarla imitada. Además, ¡obligarlo á comer en el
suelo en plena Avenida del Bosque!... _¡Snob!_
Pero al poco rato fué modificando su opinión. Indudablemente, merecía
este nombre; pero su snobismo era ya algo habitual que había acabado por
formar en ella una segunda existencia. Adivinó en los menores detalles
que todo esto no había sido preparado para él, que Alicia vivía y comía
cuando estaba sola lo mismo que en el presente, dominada por un deseo de
diferenciarse de los demás hasta cuando nadie podía observarla.
Un doméstico de color de cobre sucio y caídos bigotes, con _smoking_
negro, una tela blanca arrollada á las piernas lo mismo que una falda y
una enorme cabellera de mujer sostenida por un peine de concha, era el
encargado de servir la comida. Este asiático fué colocando sobre el
suelo enormes bandejas que contenían los manjares: unas de plata antigua
repujada á martillo, otras de laca multicolor ó de materias
semitransparentes que imitaban la esmeralda, el topacio y el lacre rojo.
Miguel se imaginó la locura de un gran maestro de cocina que en pleno
delirio dispusiera el orden de un banquete. No había un solo plato que
recordase el armónico curso de una comida ordinaria. El paladar influía
en la imaginación, evocando recuerdos de remotos viajes, visiones de
países antitéticos. Las confituras exóticas alternaban con los platos
calientes: las pastelerías aderezadas con violentos perfumes eran
servidas al mismo tiempo que ciertas salsas agrias, picantes ó de
intensa amargura.
Alicia estaba casi tendida en los cojines, mirando los platos con
inapetencia, y sólo avanzaba un brazo perezoso sobre los manjares más
raros y de sabor ardiente, demostrando la honda perversión de su
paladar. Ella misma se encargaba de ir llenando el vaso del convidado
con una bebida de su invención, á base de champaña, que anestesiaba la
boca con arañazos de frescura y de cauterio y hacía subir á las fosas
nasales un perfume de flores raras y especias asiáticas.
Hablando de la difunta princesa, acabó por mencionar á su propia madre.
Vivían las dos en abierta hostilidad. Sus ojos tomaron un brillo
agresivo al recordar á doña Mercedes confinada en los Campos Elíseos
con su corte de sotanas y mostrándose en público únicamente para la
organización de obras devotas. ¡Quería matar de hambre á su única
hija!... Y como Miguel sonriese ante este grito colérico, ella explicó
sus quejas.
--No me da casi nada; una miseria: medio millón. Y yo tengo que entregar
á mi marido doscientos mil francos por año: una querida algo cara, que
evito ver. Tú eres verdaderamente rico, hijo mío, y no comprendes estas
cosas... Como toda la fortuna es de ella, me sitia por hambre y guarda
su dinero para derrocharlo con los curas... ¡Pobre señora! No puede
encontrar ya otros admiradores que ese monseñor y otros igualmente
pedigüeños... Y yo, que soy su hija, la suplico como una mendiga para
que me dé unas migajas con acompañamiento de sermones... ¡Ay, si no
hubiese sido por tu madre! Esa sí que era una gran señora: nunca le
lloré en vano; hasta me daba más que yo pedía. Tú sabes indudablemente
que le debo algún dinero. Un poco... No sé cuánto... ¿De veras que no lo
sabes?... Yo te lo pagaré cuando herede.
Y con una franqueza brutal exteriorizó su pensamiento:
--¡Cuándo me dejara en paz esa beata!... Los viejos deberían ceder su
puesto á los jóvenes. ¿Qué placer pueden encontrar en seguir viviendo?
Habían terminado de comer. Ella siguió llenando los vasos de los dos con
aquella bebida. Al principio repugnaba á Miguel, pero había acabado por
seducirle con su frescura olorosa que perturbaba dulcemente los
sentidos, como si su embriaguez fuese de perfumes.
--Tú fumarás indudablemente la pipa--dijo Alicia con sencillez.
El hizo un gesto negativo y recordó el olor que había asaltado su olfato
al entrar allí. Sabía qué «pipa» era ésta, y extendió su mirada por el
estudio. En algún rincón oculto debía estar el fumadero.
--¡Un hombre como tú!--continuó ella--. ¡Un navegante!... ¡Y yo que me
había hecho la ilusión de que fumaríamos juntos!
Hasta dió á entender que la esperanza de proporcionarle este goce
perseguido era la causa principal de su invitación. Se resignó al
enterarse de que el vigoroso príncipe sufría náuseas cada vez que
intentaba saborear esta depravación asiática. Y mientras él encendía un
habano, Alicia sacó de una caja de plata los cigarrillos que fumaba en
presencia de los «no iniciados»: tabaco oriental, pero bien rociado de
opio.
De pronto tuvo Miguel la certeza de algo que había presentido desde que
entró allí, ó mejor aún, desde que se cruzaron sus miradas en el
cementerio. La vió medio incorporada en sus almohadones, con un
encogimiento felino, como si fuese á saltar sobre él. Era el ímpetu
reconcentrado de la bestia hermosa y segura de su fuerza que no puede
esperar ni conoce el disimulo. Se había quedado con la tacita de café
olvidada en una mano, mirándole fijamente. La punta de azul eléctrico
danzante en sus pupilas la conocía Lubimoff. Era la mirada de oferta de
los silencios femeninos, la invitación á la violencia, á la toma de
posesión, que tantas veces había encontrado ante su paso de millonario
vencedor.
Necesitaba hablar cuanto antes para romper el maleficio mudo de esta
hermosa bruja, que, convencida de su triunfo final, le enviaba sonriendo
las bocanadas de humo de su cigarrillo. Y Miguel aludió á la fama
amorosa de ella, al gran número de amantes que le atribuían, como si con
esto pudiera crear una honda separación entre los dos.
--¡Ah! ¿tú también?...--dijo Alicia, riendo con una expresión varonil--.
Supongo que tu moral no es la de mamá, y que no irás á sermonearme por
mi conducta. Aunque, en realidad, mamá no me censura por lo que hago. Lo
que la indigna es mi falta de miedo al qué dirán, y algunas veces el
origen obscuro de los hombres en que pongo mis ojos. ¡Pobre señora! Si
yo tuviera relaciones con un rey ó un príncipe heredero, tal vez
permitiría que nos viéramos en su casa, y hasta su monseñor montaría la
guardia.
Pasó un rato silenciosa, con los ojos inquietantes fijos en Miguel.
--Bueno; he tenido muchos hombres. ¿Y tú? ¿Crees que no conozco tus
vagabundeos por el planeta en busca de mujeres inéditas y sensaciones
nuevas?... Los dos hemos hecho lo mismo; sólo que yo no he necesitado
correr tanto mundo para saber lo mismo que tú sabes... Y no tendrás la
pretensión de imaginarte, como ciertos hombres, que nuestros casos no
son exactamente comparables por pertenecer yo á otro sexo.
El príncipe la escuchó silenciosamente exponer sus ideas. Amaba mucho la
vida, y á cambio de este amor reclamaba de ella todo cuanto pudiera
darle... Otras mujeres sentían preocupaciones de orden material: el
ansia de riqueza, la conquista del lujo, los apuros de familia... Ella
lo poseía todo; ninguna inquietud entenebrecía su mañana; ni siquiera la
de su belleza, sostenida por una salud magnífica y que parecía crecer
con la edad y el abuso de sus fuerzas. Y en esta existencia de vanidades
satisfechas hasta el hartazgo, sólo una cosa le interesaba, por su
variedad infinita, por sus fases, que parecían repetirse monótonas, pero
en realidad eran distintas para los inteligentes de exquisito paladeo:
el amor.
--Compréndeme, Miguel; no te rías en tus adentros. Me conoces demasiado
para imaginar que yo puedo creer en el amor como la mayoría de los
mujeres. Sé que es necesario un poco de ilusión para sazonar su
materialidad; todos ponemos en él un poco de mentira, para gozar de esa
mentira aunque sepamos que lo es: pero en el fondo, yo me río del amor
tal como lo entiende el mundo, así como me río de tantas otras cosas
veneradas por las gentes... Yo no quiero enamorados; quiero admiradores.
No busco inspirar amor; me place más la adoración.
Estaba orgullosa de su belleza. Habló de Venus como de un personaje
real. Admiraba su serenidad olímpica dándose á los dioses y á los
hombres, sin dejar de ser superior aun en el momento en que sufría el
despotismo del sexo asaltante. Ella se consideraba como una
superbelleza, más allá de los vulgares límites del vicio y la virtud,
una obra de arte viviente, y el arte no es moral ni inmoral, pues le
basta con ser hermoso.
--Poetas, pintores y músicos buscan entregarse al mayor número de
admiradores; se esfuerzan por engrandecer el círculo del deseo público;
procuran, con una coquetería femenil, atraer nuevos solicitantes. Yo soy
como ellos. No necesito crear belleza, pues, según dicen, la llevo en mí
misma; mi obra soy yo; pero amo la gloria, necesito la admiración, y por
eso me doy generosamente, satisfecha de la felicidad que proporciono,
pero sin dejarme dominar por aquellos que busco, conservando mi público
á mis pies.
Miguel pensó que por la vida de esta mujer debían haber pasado varios
artistas. Se notaba en sus palabras, en las imágenes con que pretendía
expresar el entusiasmo por su propio cuerpo. El orgullo de su belleza
era inmenso. ¿Qué valían las ambiciones perseguidas por los hombres,
comparadas con la satisfacción de verse hermosa y deseada? Unicamente la
gloria de los guerreros, de los conquistadores sanguinarios, cuyos
nombres son conocidos hasta en los lugares salvajes, podía igualarse con
el dominio universal de la mujer.
--Para mí--continuó Alicia--, lo más hermoso y exacto que se ha escrito
es lo del «banco de los viejos».
El príncipe hizo un gesto de extrañeza, y ella continuó. Eran los viejos
troyanos de la _Ilíada_, que protestan del largo sitio de su ciudad, de
la sangre de miles de héroes, de la miseria, todo por culpa de una
mujer... Pero pasa Helena ante el «banco de los viejos», majestuosa de
belleza, arrastrando sus túnicas de oro, y todos ellos quedan absortos
de admiración, lo mismo que si la divina Afrodita acabase de descender á
la tierra, y murmuran como una plegaria: «Bien merece lo que por ella
sufrimos. ¡Es tan hermosa!»
--Me gusta que los hombres padezcan por mí. ¡Qué gloria si yo pudiese
ser la causa de una gran matanza, como esa abuela inmortal!... Siento un
orgullo profundo cuando noto que á mis espaldas mugen la envidia y el
despecho, lanzando todas esas murmuraciones que enfurecen á mi madre.
Sólo las personas extraordinarias levantamos tempestades... Y luego, en
los salones, los mismos personajes austeros que han hecho coro á sus
esposas y sus hijas me miran al pasar con unos ojos disimulados y
admirativos; unos enrojecen, otros se ponen pálidos. Adivino que no
tendría mas que hacer una seña á su muda admiración... Yo también tengo
mi «banco de los viejos».
Se dió cuenta Lubimoff repentinamente de que ella, mientras hablaba, se
había ido aproximando, de almohadón en almohadón, apoyándose en los
codos. Casi estaba á sus pies, con la cabeza en alto, pretendiendo
envolverle en el efluvio magnético de su mirada ascendente y fija.
Parecía una serpiente negra y blanca estirándose poco á poco entre los
cojines; iba saliendo de ellos como si fuesen peñascos de diversos
colores.
--El único hombre que me ha hecho pensar un poco--continuó con una voz
de susurro--, el único que me ha parecido distinto á los otros, eres
tú... No te alarmes: no es amor. No voy á invertir los términos,
haciéndote una declaración. Tal vez ha sido porque de muchachos nos
aborrecimos, porque nunca te inspiré deseos; y esto resulta tan
extraordinario en mi vida, que basta para interesarme.
Sus manos se apoyaron en las rodillas de él como si fuera á
incorporarse.
--Cuando nos encontramos en el cementerio, después de tantos años, me
acordé de todo lo que he oído contar de ti. Muchas mujeres que yo
conozco han sido tus amantes, y yo me dije: «¿Por qué no yo también?»
Luego pensé en los hombres que han pasado por un vida, y añadí: «¿Por
qué no él?...»
Ahora eran los codos de Alicia los que se apoyaban en sus rodillas, y
como el príncipe estaba sentado sobre dos almohadones nada más, casi
quedaban al mismo nivel sus ojos y sus bocas. El aliento de ella, al
hablarle, se esparcía sobre su rostro como una brisa de selva asiática
susurrante bajo la luna. Las especias y las flores que saturaban el vino
parecían voltear en esta caricia flúida.
Intentó él repelerla, pero una mano de Alicia se había posado ya en uno
de sus hombros. Se limitó á hacer con la cabeza un gesto negativo.
--No temas--añadió ella, extremando su susurro acariciador--. Conmigo no
hay compromiso. Me dejarás cuando quieras; tal vez te deje yo antes...
Te deseo desde hace unos días: tú debes desearme como los otros...
Vivamos el momento presente como personas que conocen el secreto de la
existencia y saben lo que ésta puede darnos... Luego, si nos cansamos el
uno del otro, ¡adiós! sin rencor y sin nostalgia.
Al recordar el príncipe de tarde en tarde esta escena, sentía cierta
molestia. Estaba seguro de haberse mostrado brutal y ridículo. El, que
con tanta facilidad realizaba el gesto de amor en sus viajes,
experimentando muchas veces una comezón de repugnancia ni pensar en sus
copartícipes, se rebeló con un pudor irritado ante los avances de la
duquesa. ¡No; con ella, nunca! Despertó en su interior la misma
antipatía que le había hecho levantar el látigo siendo adolescente.
Se vió de pie en el centro del estudio, mirando con inquietud hacia la
puerta, murmurando estúpidas excusas. «Debo irme: es tarde. Me esperan
unos amigos...» Ella se había serenado. También estaba de pie, y le miró
con asombro é ira.
--Tú eres el único que podías hacer esto--dijo, al despedirle, con un
acento cortante--. Ahora veo claro. Te odio como tú me odias. Mi
capricho era estúpido. Te has permitido un lujo que nadie en el mundo
podrá imitar. Si fuese más joven, te daría otro latigazo como el del
Bosque; pero á falta de él, hazte cuenta que te repito lo que dije
entonces.
No se vieron más.
Cuando el príncipe hubo puesto en orden todo lo concerniente á la
herencia de su madre, pensó en reanudar sus viajes, pero con mayor
suntuosidad. Ya no necesitaba pedir dinero á la princesa. Era uno de los
grandes ricos del mundo. Los hombres que estaban al frente de la
administración de sus bienes--una oficina con numerosos empleados, casi
un Ministerio de pequeño Estado--le anunciaban que los diez y seis
millones anuales de la princesa iban muy pronto á ser veinte, por el
desarrollo de los ferrocarriles rusos, que permitiría una explotación
más intensa de sus minas.
El coronel recibió el encargo de echar abajo los muros feudales,
construyendo Villa-Sirena de acuerdo con los gustos del príncipe. Este
odiaba las resurrecciones arquitectónicas. No podía sufrir ciertos
edificios que pretenden copiar la Alhambra, los palacios de Florencia ó
las construcciones ordenadas y solemnes de Versalles, para orgullo de
sus propietarios.
--Los muebles tendrían que ser idénticos á los de la época--decía
Miguel--y habría que vivir en esas casas lo mismo que se vivía en el
siglo que produjo el estilo, vestir y comer como en otras edades... ¡Qué
disparate la reconstrucción de uno de esos cascarones históricos para
instalarse en su interior como hombres modernos, incurriendo á cada paso
en un anacronismo!...
Recordaba el intento de un millonario amigo suyo, miembro del instituto,
que había hecho levantar en la Costa Azul una casa romana, exactamente
romana. Los invitados á la inauguración tuvieron que dormir en camas de
correas, comieron acostados, y para sus excedencias digestivas sólo
encontraron un agujero en el suelo, lo mismo que los antiguos Césares. A
las veinticuatro horas todos fingían haber recibido telegramas
llamándoles con urgencia á París, y el mismo dueño, pasados unos meses,
dejó su casa al cuidado de un conserje para que la enseñase como un
museo.
Miguel amaba la arquitectura presente, cuyas catedrales son las
«galerías de máquinas» y las grandes estaciones de ferrocarril. Aplicada
á la vivienda, le placía por su falta de estilo: paredes blancas, pocas
molduras, rincones semicirculares, carencia absoluta de ángulos, para
perseguir el polvo hasta en sus últimas madrigueras, amplias aberturas
que daban entrada á la brisa ó al sol, dobles muros por cuyos huecos
podía circular el aire caliente ó frío y el agua á diversas
temperaturas.