administrador pagó deudas enormes, y él pudo mantenerse en París sin
hacer economías; en un París que terminaba su tercer año de guerra con
inexplicable confianza, reanudando sus placeres, como si todo peligro
hubiese pasado. Sus amores con dos grandes señoras cuyos maridos habían
sido llamados á las armas--aunque no estaban en el frente--le hicieron
pasar unos meses en Biarritz, en la Costa Azul y en Aix-les-Bains.
Turbó su apoderado estas delicias. Siempre repetía el mismo consejo:
«Hay que vender.» La fortuna del príncipe era ya un barco viejo y sin
rumbo. El administrador había cegado las antiguas brechas con el
producto de la última venta, pero advertía á cada momento nuevas vías de
agua.
Miguel Fedor acabó por acostumbrarse á la desgracia, acogiéndola con
serenidad.
La venta del palacio construído por su madre le produjo menos emoción
que la del yate.
Un cambio se inició al mismo tiempo en sus deseos. Se sintió fatigado de
las empresas sensuales, que parecían ser la única finalidad de su
existencia. Aquel vigor siempre fresco y renovado que asombraba á Castro
se derrumbó de pronto. Pero esto obedecía á una preocupación, más que al
desgaste físico.
Se consideraba pobre, y él estaba acostumbrado á pagar regiamente sus
amores. No pudiendo recompensar á la mujer con el lujo, huiría de ella,
para no ser su deudor y someterse á sus caprichos. Prefería domar al
deseo á dejar de satisfacerlo con la grandeza de un señor oriental.
Además, ¡estaba tan cansado del amor y de todo lo agradable que puede
encontrar un hombre sobre la tierra!...
Pensó en su amigo Atilio, en el coronel, en Villa-Sirena, blanca é
irisada por el sol del Mediterráneo, entre olivos y cipreses.
--El diluvio cae sobre el mundo. Tal vez las antiguas tierras vuelvan á
emerger; tal vez queden sumergidas para siempre... Vamos á esperar,
refugiados en nuestra Arca.
IV
Después de pasear una mirada de satisfacción por la enorme masa de
Villa-Sirena, sus dependencias y las arboledas inmediatas, el coronel
dijo á Novoa:
--Aquí costó menos lo que se ve que lo que no se ve. Hay mucho dinero
enterrado.
Y volviendo la espalda al edificio, don Marcos señaló los jardines que
se extendían en diversos planos, unos casi al nivel de los techos de la
«villa», otros escalonándose en descenso hasta cerca de las olas.
Recordaba el promontorio tal como era cuando la difunta princesa tuvo la
humorada de adquirirlo: un antiguo refugio de piratas; una lengua de
rocas batidas y desordenadas en los días de viento mistral, con
profundas cuevas abiertas por el oleaje roedor, que hacían desmoronarse
las tierras superiores y amenazaban fraccionar su longitud en una cadena
de isletas y escollos.
--¡Las murallas que hemos levantado!--continuó--. ¡La piedra que hemos
metido aquí!... Basta para cercar á toda una ciudad.
Había muros de más de veinte metros que descendían en suave pendiente
desde los jardines al mar. En unos lugares, estos muros tenían como
cimiento visible las rocas que emergían como verdosas cabezas, lavadas
incesantemente por las espumas; en otros, bajaban hasta perderse en la
profundidad acuática, lo mismo que los diques de los puertos, cubriendo
las antiguas oquedades del promontorio, las cuevas, las caletas en
formación, todos los ángulos entrantes que habían sido rellenados con
tierra vegetal.
Estos trabajos enormes de albañilería eran el orgullo de Toledo por su
costo y su grandeza. Llamaba la atención de su compatriota sobre las
proporciones de las murallas, dignas de un monarca de la antigüedad.
--Y no sólo son fuertes--continuó--. Fíjese, profesor: todas son
«artísticas».
Los bloques de piedra habían sido cortados en grandes exágonos
regulares, y formaban, incrustados unos en otros, un mosaico uniforme,
marcándose cada pieza por su reborde de cemento. A trechos se abrían en
los muros largas aspilleras para que la tierra expeliese su humedad;
pero cada una de estas ventanas cegadas tenía una planta silvestre, una
planta de vida dura y acre perfume, que se esparcía con la
indestructible voluntad de vivir del parasitismo, derramándose muro
abajo, cubierta de flores la mayor parte del año. Las espesas arboledas
de la cima, los interminables balaustres blancos con arcos de clemátides
color de vino, parecían chorrear una vida inferior florida y verde por
estos desgarrones de las murallas, enviándola al mar.
--Cuando vea esto desde abajo, en una barca, lo apreciará usted mejor.
El señor de Castro dice que se acuerda de la reina Semíramis y de los
jardines colgantes de Babilonia... Son comparaciones que sólo se le
ocurren á él. Lo único que yo puedo decir es lo que ha costado todo
esto. ¡La piedra que ha habido que traer! Toda una cantera. ¡Y las
barcazas de tierra vegetal para rellenar los huecos, nivelar el suelo y
hacer un jardín decente!...
Le entusiasmaban los parterres modernos en torno del edificio y entre
éste y la verja lindante con el camino de Mentón, por su armonía
elegante, por las reglas majestuosas á que estaban sometidos árboles y
plantas. El entendía así los jardines, como todas las cosas de la
existencia: mucho orden, respeto á las jerarquías, cada uno en su sitio,
sin ambiciones que producen confusión. Pero temía exponer sus gustos de
«hombre rancio», acordándose de las burlas del príncipe y de Castro.
Estos preferían el parque, lo que el coronel llamaba en sus adentros el
«jardín salvaje».
Habían aprovechado los vetustos olivos existentes en el promontorio como
base de este parque. Eran árboles que no podían ser llamados viejos, por
resaltar mezquina é insuficiente esta denominación; eran simplemente
antiguos, sin edad visible, con un aire de inmutable eternidad que los
hacía contemporáneos de las rocas y de las olas. Más que árboles
parecían ruinas, muros de leña negra deformados y derrumbados por una
tormenta, montones de madera encorvada y ahuecada por el chamuscamiento
de un incendio extinguido. También en ellos era más importante lo
invisible que lo expuesto á la luz. Sus raíces, gruesas como troncos,
desaparecían serpenteando en la tierra roja para volver á surgir treinta
ó cuarenta metros más allá. Habían muerto por un lado y resucitaban
vigorosamente por el otro. Lo que quinientos años antes era tronco
aparecía ahora como un muñón negro en forma de mesa, cortado por el
hacha ó el rayo; y la raíz, á flor de tierra, florecía á su vez,
convirtiéndose en árbol, para continuar una existencia sin límites
visibles, en la que los siglos se contaban como años. Otros olivos
tenían el corazón roído, vaciado; sostenían simplemente la mitad de su
coraza de corteza, como una torre partida por una explosión; pero en lo
alto ostentaban su inverosímil cabellera vegetal, unos puñados de hojas
plateadas á lo largo de las ramas sinuosas y negras. A sus pies, la
madera de las raíces, que parecía guardar en sus nudos las primeras
savias del planeta, abarcaba un radio mucho más grande que el ocupado
por el ramaje en el espacio. Algunos olivos que sólo contaban
trescientos ó cuatrocientos años se erguían con una arrogancia de
juventud, frondosos y exuberantes, tendiendo sobre el suelo su sombra
ligera, inquieta, casi diáfana, una sombra de cristal empolvado que
cambiaba de sitio según el capricho del viento.
--Su Alteza dice que hay olivos aquí que fueron conocidos por los
romanos. ¿Lo cree usted, profesor? ¿Algún árbol de éstos será del tiempo
de Jesucristo?...
Ante la indecisión de Novoa, continuó sus explicaciones. Caminaban,
entre muros de vegetación recortada, hacia el final del parque.
--Mire usted: el jardín griego.
Era una avenida de laureles y cipreses, con bancos curvos de mármol, y
teniendo por fondo una columnata en semicírculo.
--A mí me hubiese gustado plantar palmeras, muchas palmeras, de Africa,
del Japón y del Brasil, como las que hay en los jardines del Casino.
Pero el príncipe y don Atilio las aborrecen. Dicen que son un
anacronismo, que jamás han existido en esta tierra, y las han importado
los ricos de gustos ordinarios que edifican desde hace cincuenta años en
la Costa Azul. Ellos sólo admiten el antiguo jardín provenzal ó
italiano, olivos, laureles y cipreses, pero no cipreses como los de
España, copudos, enormes y fúnebres, para adorno de calvarios y
cementerios. Mírelos usted: son ligeros y finos como plumas. Para que no
los tumbe el viento hay que plantar dos ó tres juntos, y forman un solo
penacho.
Habían llegado al fondo del parque, donde estaban los olivos más
frondosos. Marchaban por senderos abiertos á través de altas masas de
vegetación silvestre y olorosa que podía desafiar con su savia brava el
ambiente marítimo cargado de sal. Eran plantas de hoja dura que
exhalaban perfumes exóticos é intensos. Novoa, al aspirarlos, evocó
lejanas visiones geográficas. Un olor de incienso y de arroz sazonado
con _karri_ flotaba sobre este jardín selvático. De un árbol á otro se
tendían una especie de lianas. Estas guirnaldas naturales habían
empezado á florecer en pleno invierno, bajo el soplo de una primavera
precoz, destacándose con una magnificencia de fiesta galante sobre el
verde severo y pálido de los olivos.
--Don Atilio dice que todo esto le hace pensar en una sinfonía de
Mozart.
El Mediterráneo estaba á sus pies, profundamente azul, peinándose con
lentos cabeceos en una fila de escollos puntiagudos que sacaban de sus
hilos acuáticos borbollones de espuma. Se bifurcaba el promontorio aquí,
formando los dos brazos de una horquilla desigual. El más corto era una
prolongación del parque, llevando aguas adentro la magnífica arboleda
que abullonaba su dorso. El otro descendía hasta el mar como un caos de
rocas y tierras sueltas, sin más que algunos pinos retorcidos que se
aferraban al suelo, empeñados tenazmente en prolongar su agonía. La
miseria y el abandono de esta lengua de tierra arrancaban una mueca
dolorosa al coronel cada vez que tendía su vista por encima del muro
divisorio. La punta ruinosa, mordida por el mar, con cuevas que
amenazaban convertirse en estrechos, sin entrada fija, aislada de tierra
firme por los jardines de Villa-Sirena y defendida por una pared hostil,
representación inexpugnable del derecho de propiedad, era para don
Marcos un motivo de indignación y de escándalo.
Sin duda por esto le volvió la espalda, dirigiendo sus miradas más allá
del peñón en que está asentada Mónaco.
--Eso es hermoso, profesor: uno de los panoramas más dulces que existen.
Por algo viene aquí la gente de todos los extremos de la tierra.
Fijó su vista en unas montañas de color violeta que avanzaban sobre el
mar en último término, como el final de un mundo. Eran las llamadas
Montañas de los Moros, con la punta del Esterel, una desviación de los
Alpes Marítimos, un sistema montañoso aparte, que se mete aguas adentro.
Al otro lado existía un pedazo de la llamada Costa Azul que empieza en
Tolón y Hyères; pero este fragmento no interesaba al coronel. Lo que él
veía, con su imaginación mas que con los ojos, recorriéndolo á vuelo de
pájaro, era la verdadera Costa Azul, la suya, la de las gentes bien
nacidas y ricas, á las que visitaba en sus «villas» elegantes ó en los
hoteles de gran precio.
Los Alpes Marítimos formaban una muralla paralela al mar. En algunos
lugares descendía rápidamente sobre el Mediterráneo, con el ligero
declive de un baluarte, sin ninguna alteración que disimulase su
derrumbe. En otros puntos su caída era más suave, creando un oleaje de
piedra, montañas filiales que avanzaban sobre las olas, dibujando cabos
y suaves golfos. Y en estos remansos marítimos, desde el Esterel á la
frontera de Italia, las gentes ricas y friolentas llegadas todos los
inviernos habían acabado por convertir en capitales de fama mundial
adormiladas ciudades de provincia. Las aldeas de pescadores se
transformaban en pueblos elegantes; los grandes hoteles de París y
Londres edificaban sucursales enormes en las desiertas bahías; las
tiendas más lujosas del bulevar instalaban su filial en villorrios donde
algunos años antes todo el mundo andaba descalzo.
Toledo recorría con el pensamiento la ondulante línea de localidades
célebres asomándose al mar en la punta de los promontorios ó
encogiéndose en la herradura de los pequeños golfos para recibir mejor
la refracción del sol invernal enviada por las murallas rojas de los
Alpes: Cannes, que le inspiraba respeto por su silenciosa
distinción--los tísicos y los valetudinarios ilustres sólo querían morir
allí--; Antibes, con su puerto cuadrado y sus baluartes, que, según
Atilio Castro, recordaba las marinas románticas pintadas por Vernet;
Niza, la capital adonde convergía toda la gente para gastar su dinero,
remedando la vida de París; la profunda bahía de Villafranca, refugio de
acorazados; el Cap-Ferrat y su hermosa excrecencia de la punta de San
Hospicio, antiguo refugio de piratas africanos: Beaulieu, con sus
palacetes tunecinos habitados por multimillonarios norteamericanos de
mesa siempre abierta, que habían invitado á almorzar muchas veces al
coronel; Eze, el villorrio feudal agarrado tenazmente á una ladera de
los Alpes y cayéndose en ruinas en torno de su cariado castillo,
mientras abajo forman los tránsfugas un nuevo pueblo al borde del golfo
que sus antecesores llamaban orgullosamente el Mar de Eze; Cap-d'Ail,
que es como el atrio del principado inmediato; la roca de Mónaco,
llevando sobre su lomo una ciudad amurallada; enfrente, el flamante
Monte-Carlo; más allá, el Cap-Martin, de sombría vegetación, cerrado y
señorial, último asilo de reyes destronados; y finalmente, tocando á
Italia, el dulce Mentón, dominio de los ingleses, otro lugar de enfermos
distinguidos, donde debe terminar sus días todo tísico que se respeta.
--¡El dinero que se ha gastado aquí!--dijo don Marcos.
El ferrocarril de la Cornisa había sido considerado cincuenta años antes
como una obra extraordinaria, al abrirse paso en esta región de
montañas; pero la misma obra se repetía ahora en todas direcciones, para
comodidad de los invernantes. Caminos de suaves curvas, limpios y firmes
como el piso de un salón, se extendían por el borde del mar ó ascendían
á las cumbres de los Alpes, pasando de cresta en cresta por viaductos de
atrevidos arcos. Las carreteras se sumían en largos túneles. Donde la
roca vertical no permitía abrir una cornisa, el constructor la inventaba
con taludes de muchos metros cuya base se perdía en las olas.
Una nueva ilusión había venido á agregarse á todas las que pueden
realizar los felices de la tierra. ¡Poseer una casa en la Costa Azul!...
Y en cincuenta años, todos los caprichos arquitectónicos, todas las
fantasías de los ricos que desean asombrar con su ostentosidad, cubrían
esta ribera del Mediterráneo de «villas» y palacetes griegos, árabes,
persas, venecianos, toscanos y de otros estilos conocidos ó
indescifrables. La palmera se aclimataba como algo indígena.
--Se han invertido enormes fortunas; se han arruinado tres generaciones
y enriquecido otras tantas. ¡Pensar lo que era esto hace un siglo!...
¡Ver lo que es ahora!...
Habló el coronel de la tumba de una inglesa completamente abandonada en
la punta extrema del Cap-Ferrat. Era una precursora de los invernantes
actuales, una joven contemporánea de Lord Byron, seducida por la belleza
del Mediterráneo y de unas montañas sin caminos, casi inexploradas. Al
morir, la habían enterrado en el promontorio desierto, por ser
protestante. Los pescadores y los cultivadores de esta costa solitaria
repelían al extranjero, negándole hospitalidad hasta en sus cementerios.
--Esto ocurrió aún no hace un siglo... ¡Y qué pobreza! Todos los
productos del país eran naranjas cortezudas, limones y estos olivares,
muy hermosos, muy decorativos, pero que producen una aceituna
pequeñísima, puntiaguda, toda hueso. ¡Al lado de las nuestras de
Andalucía, profesor!... Ahora hay en la Costa Azul millonarios hijos del
país, que no han hecho mas que vender los pobres campos de sus abuelos.
La tierra roja abundante en piedras se compra á metros hasta en los
rincones más desiertos: lo mismo que los solares de las grandes
ciudades. A lo mejor, en un camino, le gusta á usted una casucha con
unos cuantos terruños en torno de ella. El edificio tiene la techumbre
combada y las paredes con grietas, por las que pasa el viento. Los
dueños duermen con las gallinas, el cerdo y el caballo: la miseria y el
descuido de los rústicos en casi todos los países. Se le ocurre á usted
que con poco dinero podría crearse allí un retiro campestre. Estas
buenas gentes no deben pedir mucho, por exageradas que sean sus
pretensiones. Y cuando uno pregunta, después de largas consultas y
dudas, acaban por decir con tranquilidad: «Ciento cincuenta mil francos»
ó «doscientos mil». A la protesta y el asombro responden, señalando las
montañas, el sol, el mar: «¿Y la vista, señor?...»
La tierra roja de Los Alpes representaba poco por su fuerza productora;
era la situación lo que constituía su valor. Y los naturales se habían
enriquecido vendiendo á metros la luz del sol, el azul del Mediterráneo,
el anaranjado de las montañas, las nubes de apoteosis á la hora del
ocaso, el abrigo de la lejana roca, que desvía como un biombo el soplo
helado del mistral.
--¡Y la tenacidad inexplicable de algunas de estas gentes!...
Don Marcos se volvió hacia aquella tierra miserable que parecía clavada
como una maldición en los jardines de Villa-Sirena, señalándosela á
Novoa. La princesa Lubimoff, con todos sus millones, no había podido
comprar esta punta del promontorio. Era de un matrimonio viejo y sin
hijos.
--Aquella es su casa--añadió señalando una especie de cubo amarillento
en mitad de la montaña, al borde de un camino que cortaba la ladera roja
y negra.
La princesa, después de adquirir el promontorio para su castillo
medioeval, había considerado como asunto insignificante la adquisición
de este pequeño extremo de su propiedad. «Deles usted lo que pidan»,
dijo á su hombre de negocios. Y á pesar de su indiferencia por el
dinero, se asombró al saber que se negaban á aceptar doscientos
cincuenta mil francos por unas rocas socavadas por las olas y dos
docenas de pinos moribundos.
--Yo presencié las entrevistas con los viejos. El enviado de la princesa
ofreció quinientos mil, seiscientos mil, sin que el matrimonio pareciera
enterarse de lo que representaban estas cifras... La princesa se
impacientó, lamentando que esto no ocurriese en Rusia y en sus buenos
tiempos. Hasta habló de encargar á Italia un asesino (como lo había
leído en algunas novelas) para que la desembarazase de los dos viejos
testarudos. Su Alteza era así... ¡Pero tan buena! Al fin, un día nos dió
una orden á gritos: «¡Ofrézcanles un millón, y acabemos!...» Imagínese,
profesor, ¡más de dos mil francos por metro! ¡como en el centro de las
grandes capitales!... Subimos á su casucha. Ni pestañearon al oir la
cifra. La vieja, que era la más inteligente, dejó que el apoderado y el
notario de Su Alteza le explicasen lo que era un millón. Miró á su
marido largamente, á pesar de que ella sola pensaba en la casa, y al fin
aceptó, pero con la condición de que la princesa elevaría en la punta
extrema de su propiedad una capilla á la Virgen. Era un deseo de su
imaginación simple que había acariciado toda su vida. Sin la capilla no
aceptaba el millón. «¡Vaya por la capilla!», dijimos. El día de la firma
de la escritura vimos á los dos viejos, sentados juntos y con la vista
baja, en el despacho del notario. Este nos recibió agitando las manos y
mirando á lo alto con desesperación. No aceptaban: era inútil insistir.
Querían conservar las cosas como las habían recibido de sus antecesores.
«¡Qué vamos á hacer con un millón!--gimió la vieja--. ¡Terrible vida la
nuestra!» Intentamos hablar de la capilla para convencerla, pero huyeron
los dos, como el que se ve en perversa compañía y teme malas
proposiciones.
El coronel miró otra vez el muro divisorio.
--Su Alteza, que era de humor guerrero, levantó inmediatamente esta
pared antes de abrir los cimientos de la «villa». Como usted puede ver
desde aquí, los viejos, para entrar en su propiedad, sólo podían hacerlo
por el borde de la playa, y en días de tormenta hay que meterse en las
olas hasta las rodillas. No importa; después de aquello le tomaron más
gusto á su tierra, y descendían de su montaña todos los domingos para
sentarse al pie de la pared. A fuerza de medir la punta, acabaron por
descubrir un error del arquitecto, aturdido por las prisas de la
princesa. Se había equivocado en cincuenta centímetros, y la mitad del
grosor del muro estaba en tierra de los viejos. La campesina, que
experimentaba ante las gentes de justicia un miedo supersticioso,
amenazó, sin embargo, con un pleito, aunque tuviera que vender su
casucha y su campo de la montaña. Hubo que derribar todo el muro y
volver á construirlo medio metro más acá. Unos sesenta mil francos
perdidos; nada para Su Alteza, pero yo sospecho á veces si esto pudo
acelerar su muerte.
Don Marcos creyó necesario hacer una pausa respetuosa en honor de la
difunta.
--La vieja también ha muerto--continuó--, y su marido sólo viene aquí de
tarde en tarde. Si encuentra que uno de sus pinos se ha venido abajo por
el movimiento de las tierras, se sienta junto á él, lo mismo que si
velase á un cadáver. Otras veces pasa las horas mirando el mar y los
peñascos, como si calculase lo que tardarán las olas en partir á trozos
su propiedad. Una tarde, yendo á pie de La Turbie á Roquebrune, tropecé
con él cerca de su casucha, cuando estaba apacentando unas ovejas. Tiene
barbas de patriarca; siempre lo he visto lo mismo, apoyado en su bastón,
una boina mugrienta en la cabeza y envuelto en un capote áspero. Además,
lleva una pipa entre los dientes; pero rara vez humea... «El millón está
esperando--le dije por bromear--. Cuando usted quiera puede venir á
recogerlo.» No pareció entenderme. Me sonreía como á alguien que se
recuerda con vaguedad, pero tal vez creyéndome, otro. Fijaba sus ojos en
Monte-Carlo, que estaba á nuestros pies, á vista de pájaro. Así debe
pasar las horas y las semanas. Su cara es de palo, de arcilla cocida;
habla poco, y nadie puede adivinar sus impresiones. Pero yo creo que
todos los días experimenta la renovación de idéntico asombro, y que
morirá sin salir de él. Ve el mar que es siempre lo mismo, las montañas
eternamente iguales, la casa que construyeron sus abuelos y que ya era
vieja cuando él nació, los olivos, los peñascos... ¡pero esa ciudad que
ha surgido, siendo ya él hombre, de una meseta cubierta de matorrales,
horadada de cuevas, y que cada año se agranda con nuevos hoteles, con
nuevas calles, con más cúpulas y torrecillas!...
El coronel olvidó repentinamente al viejo campesino. Al lado de su
compatriota Novoa se sentía locuaz, se imaginaba pensar con más vigor y
amplitud, á consecuencia de este comercio con un sabio. Además,
experimentaba cierto orgullo al poder hablar, como antiguo habitante del
país, de muchas cosas que ignoraba el recién llegado.
--Esto ha sido casi de nosotros--continuó, señalando el castillo de
Mónaco--. Durante siglo y medio, esa fortaleza ha tenido una guarnición
española. Nuestro gran Carlos V--y el viejo legitimista puso un profundo
respeto en su voz al evocar este nombre--ha dormido allí... Y también
allí.
Volviéndose, señaló en la montaña, encima del Cap-Martin, el pueblo de
Roquebrune aglomerado en torno de su castillo ruinoso.
--El archivero del príncipe de Mónaco estudia las numerosas cartas que
posee de nuestro gran emperador dirigidas á los Grimaldi. Cuando los
historiadores del principado quieren hacer constar la indiscutible
independencia de este pedazo de tierra, evocan como orígenes los
tratados firmados en Burgos, Tordesillas y Madrid.
Resucitaba con breves palabras la historia de este pequeño Estado nacido
en torno de un pequeño puerto. Los navegantes semitas le daban el nombre
de Melkar (el Hércules fenicio), y dicho nombre se convertía poco á poco
en el actual de Mónaco. Los güelfos y gibelinos de Génova se disputaban
el dominio de su castillo, hasta que un Grimaldi disfrazado de monje
entraba por sorpresa en su recinto, abriendo las puertas á sus amigos y
haciendo para siempre del antiguo Puerto Hércules una propiedad de su
familia.