El jardín estaba cubierto de nieve. Aún era de noche, y la luna fugitiva

lo iluminaba con unos rayos diagonales, extendiendo desmesuradamente la

sombra de los árboles. Más de cien hombres formaron dos masas negras en

los bordes de una avenida. El coronel vió llegar á varios criados: uno

traía los sables, los demás llevaban grandes bandejas con botellas y

copas.

Miguel Fedor se inclinó ante el enemigo con los ojos brillantes de

amabilidad y de alcohol.

--¿Quiere usted beber algo mas?

Dió las gracias el cosaco en voz baja y Toledo lo vió de pronto

despojarse de su larga levita con el pecho adornado de cartucheras. A

continuación se quitó la camisa, quedando sin más que los pantalones y

las altas botas. Luego se inclinó, y agarrando dos puñados de nieve,

empezó á frotarse el tronco, un poco angosto, y los brazos nervudos.

El príncipe se estremeció de sorpresa y de frío, lo mismo que muchos de

los espectadores. Pero consideraba indispensable imitar á este rudo

adversario, para que las condiciones del combate fuesen iguales.

Mientras se despojaba de la parte superior de su uniforme, se abrieron

en la penumbra lunar del jardín las rojas estrellas de varias antorchas.

Don Marcos vió á los dos hombres frente á frente, desnudos de cintura

arriba, brillándoles los bustos con la humedad de la reciente frotación,

cimbreando en sus manos unos sables con filos de navaja de afeitar.

«¡Adelante!» Alguien dirigía el combate.

«¡Pero esto es una barbaridad!--pensó el español--. Estos hombres son

unos salvajes.»

No se atrevía á decirlo en voz alta porque era un coronel; pero toda su

vida se acordó de esta escena.

Cruzaban sus sables, se esquivaban, se atacaban, el príncipe con paso

firme, el otro con una agilidad felina. Toledo, viéndolos rojos, creyó

que era un efecto de la luz de las antorchas. Al aproximarse á él en una

de las evoluciones de su juego mortal, se dió cuenta de que estaban

cubiertos de sangre. Sobre sus troncos se extendían unas casacas de

púrpura partidas en harapos que temblaban con incesante chorreo. Sus

brazos surgían blancos de esta vestidura caliente y húmeda. El príncipe

llevaba la peor parte. Toledo lo vió de pronto con un profundo corte en

la frente; luego creyó distinguir que una de sus orejas estaba medio

despegada del cráneo. Aquel gato salvaje de las estepas se escurría bajo

su sable. Nadie osaba intervenir; el duelo era sin misericordia, sin

descanso, sin otra condición definida que la muerte de uno de los dos.

Se confundían, formando un solo cuerpo erizado de relámpagos blancos en

la penumbra de los árboles; se mostraban luego despegados y buscándose

en el círculo de incendio de las antorchas.

Oyó de pronto el coronel un maullido de dolor, un alarido de pobre

bestia sorprendida. Lubimoff era el único que estaba de pie. Con un

golpe de punta había cortado la yugular á su adversario. Luego de

permanecer inmóvil un segundo, lo abandonó la fuerza sobrehumana que le

había sostenido hasta entonces, sintió caer de golpe sobre él todo el

cansancio de la lucha, toda la pérdida de sangre de sus heridas, y se

desplomó á su vez, pero en los brazos de varios amigos. No había un solo

médico entre los espectadores: nadie había pensado en esto. Consideraban

inútil su presencia en un encuentro que sólo podía terminar la muerte.

Todos los curiosos abandonaron el jardín siguiendo al desmayado

príncipe. Sólo unos criados permanecieron junto al cuerpo del cosaco,

tendido de bruces, viendo respetuosamente cómo se agitaban por última

vez sus piernas, cómo se iba vaciando lentamente por el cuello, cómo se

extendía una mancha negra en la nieve, que empezaba á azulear bajo la

lividez del alba.

Este suceso tuvo gran resonancia en la corte, que ya se había ocupado

muchas veces de las ruidosas aventuras del príncipe. Sus duelos, sus

amores, sus escandalosas fiestas, irritaban al joven emperador, empeñado

en moralizar las costumbres de sus allegados. En las reuniones

aristocráticas volvieron á recordarse las extravagancias de la casi

olvidada Nadina Lubimoff. El joven cosaco estaba emparentado con

personajes influyentes y su muerte contribuía al descrédito total de la

hermana.

Aún no había convalecido Miguel Fedor completamente de sus heridas,

cuando recibió la orden de salir de Rusia. El zar lo desterraba por

tiempo indefinido. Podía vivir en París al lado de su madre.

--Está bien, ya que respeta la fortuna del príncipe--dijo el coronel

como único comentario.

Al llegar á París, Miguel Fedor se convenció de que la princesa estaba

loca, cosa que sospechaba hacía tiempo al leer sus largas cartas. Sir

Edwin había muerto en Inglaterra, tres años antes, casi repentinamente,

á continuación de una derrota electoral. El palacio del barrio de

Monceau había sufrido una transformación interior que representaba un

gasto de millones. Su dueña dedicaba á esto todo su tiempo. Los salones

árabes, persas, griegos ó chinos, cuya construcción y adorno habían

hecho la fortuna de dos arquitectos y de varios comerciantes de

antigüedades, acababan de desaparecer, esparciéndose cual residuos sin

valor los muebles adquiridos en otro tiempo como piezas rarísimas.

Aunque el palacio se mantenía lo mismo por fuera, á partir de la

escalinata imitaba el interior de un castillo antiguo. No quedaba una

ventana sin vidriera de colores, ni una pieza que no estuviese en una

penumbra de bodega. Todo el gótico convencional inventado por los

constructores modernos era empleado en esta restauración deseada por la

princesa. Los tres pisos de un ala entera habían sido echados abajo para

formar una nave de catedral.

Lubimoff vió á una mujer alta, enjuta, con las manos largas y

transparentes, los ojos agrandados é inquietantes, que avanzaba hacia

él. Iba vestida de negro, con mangas sueltas que casi barrían el suelo y

un bonete blanco encañonado bajo los tules de luto. A pesar de que

tenía un rosario en la muñeca y adoptaba al hablar una expresión de

víctima, su hijo creyó ver á una cantante de ópera.

La expulsión del príncipe no le había causado extrañeza ni pena.

--Esos Romanoff nos han tenido siempre mala voluntad. No pueden olvidar

á tu ilustre abuelo, que, según cuentan, le daba palizas á Catalina al

pillarla con otros.

Su pensamiento volaba por encima de estas miserias terrenales. Ella, que

nunca se había preocupado de las religiones, declaró á su hijo que ahora

era católica. Prescindía, por considerarlos inútiles, de los actos

públicos de conversión, pero debía adoptar esta creencia; lo exigía su

nueva y definitiva personalidad.

--Tu padre lo aprueba. Hablo con el héroe muchas noches, y está contento

de verme en el buen camino.

Miguel Fedor y el coronel se dieron cuenta, apenas llegados, de los

extraños visitantes que frecuentaban el palacio. A los melenudos

terroristas de otros tiempos habían sucedido numerosas echadoras de

cartas, pitonisas, videntes y tétricos profesores de ciencias ocultas.

Un velador modesto y viejo, que parecía haber subido solo de la

habitación del portero, saltaba á todas horas, hablando por medio de sus

patas, en el dormitorio de la princesa.

Un día se decidió ésta á comunicar á su hijo el gran secreto de su

existencia. Al fin sabía quién era; las revelaciones de los espíritus le

permitían conocer su verdadera personalidad. En una de sus muchas vidas

anteriores había sido una reina desgraciada y hermosa; la mas

«romántica» de las reinas. El alma de Nadina Lubimoff, princesa rusa,

vivía ya siglos antes en el cuerpo de María Estuardo.

--Siempre sentí una predilección especial por la historia de la reina

infeliz. Ahora me explico cómo al ver á sir Edwin en Londres me enamoré

inmediatamente de él de un modo irresistible. Sus antepasados fueron

escoceses.

Estas razones resultaban tan incontestables como todas las que habían

guiado su existencia. Y para honrar el alma regia reencarnada en ella,

cuya autenticidad reconocían todos sus visitantes misteriosos, quiso

vivir como la decapitada soberana de Escocia, imitando sus vestidos tal

como los había visto en los cuadros, convirtiendo su palacio en un

castillo, comiendo á solas en vajillas antiguas los manjares que un

profesor de Historia se encargaba de buscar en las viejas crónicas.

Rara vez entraba un carruaje en el patio de honor del palacio. La gran

escalinata criaba musgo entre sus peldaños, mientras por la escalera de

los proveedores subían diariamente aquellos profesionales del «más

allá», mal vestidos y de aspecto inquietante, que explotaban á la

princesa, generosa como una reina--lo que era--, á cambio de ayudarla en

el manejo del velador y de evocar fantasmas históricos que movían los

tapices, hacían caer los cuadros de las paredes, cambiaban los sillones

de sitio y cometían otras diabluras pueriles para hacer constar su muda

presencia.

Doña Mercedes evitaba las visitas á la princesa. Su sencillez de buena

creyente la hacía sentir miedo por las reinas que duran siglos y por

aquellos salones obscuros con muebles viejos que parecían palpitar á

impulsos de una vida misteriosa. Prefería la conversación plácida y

saludable con los sacerdotes mantenidos por ella. El cura aragonés se

había dejado arrebatar por otra devota millonaria, fatigado sin duda de

las exageradas comodidades que le proporcionaba su penitente y de las

observaciones astronómicas sobre los tejados de los Campos Elíseos.

Ahora tenía alojado en su vivienda á un monseñor, obispo _in pártibus_,

que canalizaba el dinero de la viuda hacia muchas obras pías de su

invención.

Alicia se había casado con un duque francés que tenía veinte años mas

que ella, y á los pocos meses de matrimonio daba mucho que hablar á las

gentes. Doña Mercedes, ofendida, la castigaba viéndola muy de tarde en

tarde, con la esperanza de que este desvío hiciese imitar finalmente á

la duquesa de Delille las tradiciones maternales. Mientras tanto,

concentraba todos sus afectos de familia en monseñor, un santo y un

hombre de mundo, que por las noches, para no ser una nota discordante,

se despojaba de su sotana para sentarse á la mesa puesto de _smoking_,

mientras un enjambre de pájaros mecánicos contaban y aleteaban en la

gran jaula dorada del comedor de la criolla.

Miguel Fedor encontró dos veces á Alicia en el palacio Lubimoff. Ella no

sentía el miedo de su madre, y hasta consideraba muy originales é

interesantes las manías de la princesa. Cuando la visitaba, en tardes de

aburrimiento, parecía creer en su velador y en sus protegidos de gestos

misteriosos. También consultaba á éstos para saber si sería feliz, y

sobre todo si la amarían mucho, aunque sin decir nunca quién debía

amarla. Otras veces preguntaba al trípode, con una ansiedad de celosa,

lo que estaría haciendo á aquellas horas un personaje incógnito cuyo

nombre no se atrevía á pronunciar, pero que unos meses era moreno y

otros meses rubio. Ella y el velador se entendían.

--Siempre he dicho que esta niña tiene más talento que su

madre--afirmaba la princesa.

Al encontrarse Alicia con el príncipe, rompió á reir y casi le abrazó.

--¿Te acuerdas cómo nos odiábamos?... ¿Te acuerdas del día que nos

pegamos en el Bosque?...

Le miraba con interés, examinándolo de arriba á abajo, sin encontrar

nada del jovenzuelo antipático de otra época. Conocía sus aventuras en

Rusia, sus amores, sus duelos, su expulsión. ¡Un hombre interesante! ¡Un

personaje byroniano!... Además, algo bárbaro con las mujeres.

--Ven á verme. Debemos ser amigos... Acuérdate que somos parientes.

Lubimoff la examinó también, pero con cierta gravedad. Al llegar á París

le habían hablado mucho de ella. En los tres años que llevaba de

matrimonio, el duque había querido divorciarse por dos veces. Le era

penoso gozar de una enorme fortuna á cambio de que esta mujer llevase su

nombre. Cuando estrechaba la mano de un amigo, nunca estaba seguro de lo

que podía ser éste con relación á su esposa. Pero Alicia se había casado

para ser duquesa, y al fin llegaron á un arreglo práctico. La mitad de

su renta fué para el duque, que viajaba ó vivía en París en casa de una

antigua amante, mientras Alicia podía hacer su voluntad en su palacete

blanco de la Avenida del Bosque, ostentando una corona ducal un sus

ropas interiores, en sus vajillas y en las portezuelas de los

automóviles.

La pequeña amazona de las cabalgadas matinales era ahora una mujer de

soberbia belleza. Miguel pensó en un fruto de California esplendoroso y

dorado, con un perfume intenso de dulce savia. Vaciló interiormente

mientras sostenía la mirada de aquellos ojos negros, invitadores y

dominantes, seguros de su poder... ¡Pero no! Se acordaba de varios

hombres que le eran antipáticos y según la pública murmuración le habían

precedido. Estaba interesado además por una actriz francesa que había

encontrado en el tren al regreso de Rusia. Con un salto de su

imaginación, volvió á ver á Alicia lo mismo que años antes. Sólo había

cambiado exteriormente. Estaba acostumbrada á manejar los hombres con

una mano varonil, á cambiarlos como caballos de relevo. Se pelearían á

la segunda entrevista: tal vez acabarían pegándose...

Y no la vió más. Nuevas preocupaciones torcieron el curso de sus

pensamientos. Un día encontró en la calle á un ruso que parecía viejo y

enfermo: Sergueff, su antiguo maestro. Debía tener unos cuarenta años y

parecía un setentón, con la barba de un blanco sucio, el pelo triste,

como apolillado, y un rostro de profundas arrugas, sin más vida que la

de los agujeros verdes de sus ojos. Andaba algo encogido; tosía al

contar su historia. De Petersburgo lo habían enviado á un presidio de

Siberia. Al fugarse de él, había atravesado media Asia, solo y á pie,

hasta un puerto chino, y allí se embarcó para los Estados Unidos,

viniendo luego á París. Esta vuelta al mundo la relataba con pocas

palabras, como un simple paseo.

Miguel Fedor lo trajo á su palacio, y el coronel pareció achicarse en su

presencia, con una retractilidad hostil, recordando, sin duda, sus

nobles relaciones con personajes de la corte rusa, algunos de ellos

antiguos generales de la Policía.

El hijo de la princesa Lubimoff conversó muchas veces con el fugitivo.

El recuerdo de su expulsión de la corte le hizo simpatizar obscuramente

con este otro desterrado. Además, renacía en su interior una parte de

la voluntad de la madre, con sus incoherencias y sus deseos confusos.

El oficial de la Guardia prestó una atención de escolar á las doctrinas

del revolucionario.

--¡Estos hombres tienen razón!--exclamó con el mismo apasionamiento que

ponía la princesa en toda idea nueva.

Sintió en los primeros días el ansia de sacrificio, la voluntad del

renunciamiento, la abnegación mística de los hombres de su raza. Recordó

á muchos príncipes como él, educados en la corte, con altas situaciones

sociales, que habían distribuído sus bienes para vivir entre los pobres

y dedicar su existencia al triunfo de la verdad y la justicia. El haría

lo mismo, resucitando á la verdadera vida, y estaba seguro de la

aprobación de su madre. Había dado su sangre el general Saldaña por la

reconstitución del pasado; él perdería la suya allanando el camino del

porvenir. Los tiempos cambian. El pasado son unos cuantos siglos y el

porvenir es infinito.

Pero no era un ruso verdadero. El sensualismo latino despertó en él

apenas quiso llevar á la práctica su decisión heroica. La vida es buena

y ofrece cosas agradables. El árbol de su existencia estaba todavía

repleto de savia: aún le quedaban muchas primaveras de hojas, muchos

estíos de frutos. Más tarde, tal vez; cuando fuese leña seca...

Lo único positivo é inmediato que sacó de esta resurrección fué el

convencimiento de su ignorancia y del vacío de su existencia. En el

mundo había algo más que saber idiomas y el manejo de las armas y los

caballos. El hombre debe buscar la conciencia de su grandeza en empresas

más serias que los amores, los desafíos y las apuestas. La suerte le

había eximido de la dura ley del trabajo dándole la riqueza, pero no por

esto debía prescindir de marcar su tránsito por la vida con una

actividad cualquiera, como lo habían hecho miles de predecesores, como

seguirían haciéndolo millones de descendientes.

Buscó por primera vez la compañía de los libros, y de estas lecturas

preliminares fué surgiendo un deseo nuevo. Quiso conocer el mundo, ver

países raros, luchar con las fuerzas ciegas que son los latidos del

planeta, vivir las aventuras gruesas y rudas de los hombres que van de

puerto en puerto. Su padre le había hablado de remotos ascendientes que

alcanzaron nobleza y fortuna tendiendo su vela en humildes puertos

españoles para lanzarse como gaviotas por el Océano Tenebroso, en busca

de tierras de misterio, detrás de los primeros derroteros de Colón y los

Pinzones. Un ascendiente suyo había sido descubridor de los modernos

Estados Unidos al desembarcar con el viejo Ponce de León en la Florida,

buscando la legendaria «Fuente de la Juventud». El primer Saldaña noble

había obtenido el _don_ al fundar un pueblo en las cercanías de Panamá.

El sería navegante como sus antecesores, marino vagabundo, gozador de

placeres exóticos, y tal vez consiguiera arrancar de paso algún secreto

al gran misterio de las llanuras azules.

La vida en aquel palacio afeado por las manías de su madre le resultaba

incómoda y penosa, impulsándolo á huir. La princesa, no hizo la menor

objeción al enterarse de que su hijo deseaba comprar un yate para

navegar por todos los mares. Podía hacerlo: era un placer de gran señor

digno de él. Estaban cada vez más ricos. El petróleo, el platino, todos

los yacimientos preciosos de su propiedad, y el producto de sus tierras,

vastas como Estados, formaban una renta enorme. El año anterior había

llegado á diez y seis millones: más de un millón por mes. Para un

particular era fabuloso. Y la Lubimoff, que por unos momentos había

recobrado su buen sentido, añadió luego con modestia:

--Pero para una reina no es gran cosa.

Miguel adquirió en Inglaterra un yate velero, de proa afilada y

arboladura audaz, con máquina auxiliar, y le puso un nombre de ave

marina, pero en español: _Gaviota_.

Deseaba prolongar en el Océano su vida terrestre, seleccionando de ella

todo lo más interesante, y por esto quiso embarcar á Sergueff. El

maestro parecía melancólico, como si le pesasen lo mismo que un

remordimiento las comodidades que le proporcionaba el príncipe y sus

larguezas pecuniarias. Tenía ocupaciones más urgentes que navegar á

capricho en un buque de lujo. Y desapareció para volver á Rusia, como

si la horca tirase de él, como si deseara, en caso de mejor suerte, dar

por segunda vez la vuelta á la tierra.

El coronel tuvo que embarcarse como ayudante de campo del príncipe.

Nunca se había separado de él. Pero ¡ay! no tenía el pie marino, y menos

aún el estómago: era un héroe de montaña; y desde un puerto del Brasil

hubo que reexpedirlo á París.

Cinco años duraron las navegaciones del _Gaviota_. En el segundo, creyó

Miguel Fedor que iba à interrumpirse su carrera de navegante. Acababa de

estallar la guerra entre Rusia y el Japón, y él cablegrafió desde una

escala del Pacífico pidiendo su antiguo puesto en la Guardia. La

contestación fué dilatoria. El zar aún estaba enojado con él y mantenía

su destierro.

«¡Mejor!», acabó por decirse una vez extinguida su cólera. Adivinaba lo

que iba á ocurrir: la suerte final de aquellos bravos de sable afilado

frente á los hombrecillos astutos y amarillos que se habían ido

apropiando en silencio el arte de matar de los occidentales.

Sus aventuras en los puertos, su trato con mujeres de todas razas y

colores, bastaban para llenar su existencia. «Hago estudios de geografía

amorosa», escribía á don Marcos después de preguntarle por la salud de

su madre.

Tuvo que interrumpir de pronto sus cruceros para visitar á la princesa.

Los médicos la habían hecho abandonar el palacio de París, con su

lúgubre decorado que excitaba su locura, enviándola á la Costa Azul para

que se saturase de sol y de aire libre. Y la pobre María Estuardo, de

riguroso incógnito, iba de gran hotel en gran hotel, ocupando un piso

entero con su cortejo de domésticos rusos acostumbrados á los golpes, de

adivinas y maestros en evocaciones, siendo la desesperación de los

hoteleros, que la veían partir con gusto á pesar de que pagaba ella sola

más que el resto de los huéspedes.

Lubimoff la vió como un espectro dentro de sus flotantes vestiduras de

luto, más flaca, más alta, con los ojos de una fijeza alarmante. Su tez,

había perdido la antigua blancura, ennegreciéndose como si la tostase un

fuego interior. Por el momento, su única preocupación era construir un

palacio en la Costa Azul. Había comprado en territorio francés, á la

vista de Monte-Carlo, un pequeño cabo, un espolón de tierra y rocas que

avanzaba sobre las olas con el lomo cubierto de olivos seculares y pinos

retorcidos. La entretenía luchar con la testarudez de un matrimonio de

viejos rústicos que se negaban á venderle la punta extrema del

promontorio. Además llevaba gastados muchos miles de francos en planos

del futuro palacio. Pintores, arquitectos y jardineros-paisajistas

trabajaban incesantemente para ella, exprimiendo su imaginación y

haciendo estudios en el pasado. Quería plantar ante el Mediterráneo un

enorme castillo escocés, lo más escocés que pudiera idearse: «una novela

de Wálter Scott hecha de piedra», resumía la princesa.

El hijo se asustó. Iba á repetirse la suntuosa mazmorra de París frente

al mar luminoso, en uno de los paisajes más sonrientes de la tierra.

Habló á espaldas de su madre con todos los que trabajaban para la futura

Villa-Sirena. La princesa había ideado este nombre, segura de que en las

noches de luna vendrían á visitarla las hijas de las profundidades

marinas, cantando en los escollos al pie de sus ventanas. No podían

hacer menos por ella. El misterio se abría cada vez más ampliamente ante

sus ojos, permitiéndole ver lo que no veían los demás.

Don Marcos, que, abandonado por su discípulo, seguía á la princesa,

recibió iguales recomendaciones. Debía evitar que la pobre señora

perpetrase este sacrilegio mediterráneo. ¡Pero qué podía el infeliz

coronel con aquella demente que pasaba semanas enteras sin hablarle,

como si no le reconociese!...

Volvió el príncipe á su yate, y un año después le alcanzó la noticia

triste y esperada, hallándose en el Norte de Noruega, al regreso de una

excursión por los mares árticos. Su madre había muerto cuando empezaban

á elevarse entre los olivos y los pinos del rosado promontorio unos

muros enormes de piedra falsamente negruzca, como las tablas pintadas de

los anticuarios, y que parecían próximos á derrumbarse de puro viejos

apenas salidos de la tierra.

III

Miguel llegó á tiempo para recibir el cuerpo de la princesa en París.

Antes de morir se había sentido iluminada por ese chisporroteo de razón

que anuncia el fin de los grandes desequilibrados, dejando escritos en

varios papeles los préstamos hechos á determinadas personas y juiciosas

indicaciones al hijo para el buen manejo de la enorme fortuna. Quería

ser enterrada junto á su marido, el primero, «el héroe», en el

cementerio del Père Lachaise. En sus últimos años de permanencia en

París, tocada una vez más del afán de construcción, se había ocupado en

preparar su morada definitiva, levantando junto al mausoleo del marqués

de Villablanca, cuya imagen ceñuda é indomable tenía en la mano una

espada rota, otro monumento no menos ostentoso, con una estatua que ella

creía su exacto retrato y no era mas que una reproducción de la infeliz

reina de Escocia tal como aparece en las estampas de la época romántica.

Durante las ceremonias fúnebres, Miguel Fedor volvió á encontrarse con

muchos antiguos visitantes del palacio Lubimoff que él creía muertos.

Doña Mercedes le abrazó llorando. Estaba extraordinariamente obesa, con

la indiánica tez aclarada por una blancura jugosa y monacal. Parecía la

superiora de un noble convento de canonesas. A su lado, el monseñor, con

sotana de seda y gesto compungido, movía los labios por la salvación de

la difunta. «¡Hijo mío! Todos tenemos nuestras penas.» Y la pobre

señora, al hablar así, miró á otra enlutada elegante que se mantenía en

el cementerio á cierta distancia de ella, y parecía anonadada por una

ceremonia que la había obligado á salir del lecho antes de mediodía.

También la duquesa de Delille vino á él, estrechándole las dos manos y

envolviéndolo en una mirada extraña.

Los enemigos de la mujer · 第 4 / 37 段