Marcos Toledo. El sabio ruso había quedado en segundo lugar. Cierta
parte de la gloria del muerto se reflejó sobre este compatriota humilde
que había presenciado sus hazañas. Una tarde, la princesa, que
conversaba en su salón-museo con unos nobles parientes llegados de
Rusia, lloró tanto al recordar á su esposo, que quiso ausentarse un
momento.
--Coronel, el brazo.
Toledo estaba presente acompañando á su discípulo, y miró en torno de él
con extrañeza, lo que dió lugar á que la orden se repitiese en un tono
más imperioso. ¡El coronel era él!... Durante algún tiempo creyó don
Marcos en un capricho de la princesa. El día que menos lo esperase le
retiraría el coronelato.
Pero cuando, pasados los primeros meses de luto y cansada de su
retraimiento, se lanzó la viuda á hacer visitas, quiso ser acompañada
por Toledo, presentándolo á sus amistades del mundo aristocrático.
--Es el ayudante de campo del difunto marqués.
¡Lo mismo que él había inventado para darse importancia ante sus
compañeros de hambre! No dudó más de su graduación. Ya que la princesa
lo presentaba como ayudante de su marido, bien podía ser coronel. Y lo
fué hasta para el joven príncipe, que al principio le daba este título
con cierta sorna y acabó por llamarle «coronel» maquinalmente.
Sus deseos de lujosa y abundante indumentaria se realizaron
espléndidamente. Con la princesa no había que temer los escrúpulos que
mostraba algunas veces Saldaña, enemigo del despilfarro. La gran señora
hasta sentía desprecio por las personas que se aprovechaban parcamente
de su generosidad. Don Marcos pudo cambiar de traje varias veces al día
y sostuvo largas conferencias con sastres de renombre. Buscaba una
elegancia personal; quería ser un señor distinguido, pero que denuncia
en su modo de llevar la ropa á un hombre acostumbrado al uniforme: algo
así como el aire de un mariscal napoleónico obligado á vestir el frac.
Su cabeza fué objeto igualmente de grandes retoques. Imitó el peinado de
su general, con la raya de la frente á la nuca, mechones en las sienes
alisados hacia adelante y bigotes unidos con las patillas, á la rusa.
Acompañando á la princesa, se habituó á besar la mano á las señoras con
una gracia de viejo cortesano; aprendió también á sostener largas
conversaciones sin decir nada, á mantenerse aparte y casi invisible
mientras hablaban las gentes de origen superior.
Cuando la princesa, una vez terminado el primer año de viudez, volvió
resueltamente á su palco de la Opera, don Marcos la acompañó, quedando
discretamente en el fondo, como el chambelán de una reina. Una noche,
durante un entreacto, al pasar ella al antepalco, oyó cómo el coronel
contaba á un viejo general francés amigo de la casa el combate de
Villablanca.
--...y el marqués me dijo: «Ahora te toca á ti, Toledo; á ver cómo
cargas á la bayoneta.» Entonces, yo desnudé el sable, y á la cabeza de
mi regimiento...
--Es un verdadero soldado--interrumpió la princesa--. Un digno compañero
de mi héroe... El marqués me habló muchas veces de él.
Y estaba segura en aquel momento de haber oído contar al taciturno
Saldaña las proezas de su ayudante de campo.
El maestro ruso, que era para Toledo un hombre antipático é inquietante,
abandonó de pronto el palacio Lubimoff. Tal vez sentía celos de la
influencia creciente del coronel; tal vez asuntos misteriosos lo atraían
lejos de París. La princesa no experimentó ninguna pena con esta
desaparición del sabio. Había olvidado á sus rusos de aspecto sedicioso:
ya no les daba dinero: otras eran ahora sus aficiones.
De pronto, mostró deseos de vivir una larga temporada en Londres, y esto
la hizo ceder á la petición de su hijo, que ansiaba realizar un viaje
solo por toda Europa.
--Ya eres un hombre; vas á tener catorce años. Viaja, no repares en
gastos; piensa siempre que eres el príncipe Lubimoff... El coronel irá
contigo: será tu ayudante, como lo fué del heroico marqués.
Su primer viaje fué á España. Miguel Fedor deseaba conocer la tierra de
su padre. Toledo creyó del caso mostrar cierta inquietud para que le
admirase el joven príncipe. ¡Un coronel carlista que no había querido
acogerse á indulto ni acataba á la dinastía reinante!... Pero viajaron
tres meses por España, sin que se fijasen en ellos mas que por la
largueza de sus propinas. Bien es verdad que Toledo evitó ponerse en
contacto con sus antiguos camaradas. Se consideraba ya de otro mundo;
sentía interiormente el mismo cambio que su general.
Cuando Miguel Fedor sació su primer entusiasmo por las corridas de
toros, continuaron el viaje á través de Europa, hasta llegar á Rusia,
mucho después de las numerosas cartas de presentación dirigidas por la
Lubimoff á sus parientes. Un año permaneció allá el príncipe, visitando
sus propiedades menos lejanas, conociendo á todas las grandes familias
amigas de su madre. El coronel habló gravemente de cosas de guerra con
varios generales que le acogieron como un igual. Era el ayudante, el
compañero de heroísmos de Saldaña, al que habían conocido, de jóvenes,
en la guerra contra Turquía siendo oficiales.
Las antiguas amigas de la princesa Lubimoff dieron al hijo una noticia
inesperada. Su madre pretendía casarse con un señor inglés y había
escrito al zar solicitando su autorización. Esta noticia sólo impresionó
á Miguel Fedor. Los tiempos de la extravagante Nadina estaban muy lejos.
Sus actos no producían eco alguno. Otras princesas jóvenes la habían
borrado con aventuras todavía más ruidosas. Sólo algunas damas de la
antigua corte, cuando olvidaban sus preocupaciones de madres, hacían
memoria de la princesa Lubimoff, recordando con esto á la perdida
juventud, siempre más interesante que los tiempos actuales.
Al volver el joven al palacio de París encontró á su madre tan princesa
como siempre, pero casada con un señor escocés, sir Edwin Macdonald.
--Tú me dejarás algún día--dijo ella con su voz trágica de los grandes
momentos--. Un príncipe Lubimoff debe vivir en la corte, servir á su
emperador, ser oficial de la Guardia; y yo necesito un compañero, un
apoyo. Sir Edwin es la distinción personificada; pero no creas que
olvido á tu padre. ¡Nunca!... ¡Héroe mío!
Miguel Fedor vió á un señor que, efectivamente, era «la distinción
personificada»; atento con todos, muy digno en sus ademanes, parco en
las palabras, y que pasaba encerrado largas horas, estudiando, según
decía la princesa. Le preocupaba la política de su país, y su ilusión
era volver al Parlamento, de donde le había hecho salir una derrota
electoral.
Este hombre frío, de pálida sonrisa y una corrección extremada hasta en
los actos más insignificantes, no le inspiró antipatía como padrastro,
ni simpatía como amigo. Fué un hombre poco molesto y algo borroso que se
acostumbró á encontrar todos los días ocupando el antiguo lugar de su
padre, y que le hubiese sorprendido no ver de pronto.
Otras personas penetraron en el palacio Lubimoff con toda la confianza
del parentesco, á causa de este matrimonio.
Un hermano de sir Edwin había tenido que lanzarse por el mundo para
ganar su vida, como todos los segundones de las familias británicas.
Después de una existencia de aventuras, había acabado por instalarse en
el Sur de los Estados Unidos, junto á la frontera de Méjico, y de pronto
se encontró mucho más rico que su hermano mayor, al casarse con una
heredera del país.
Su esposa era mejicana. Poseía famosas minas de plata tierra adentro y
extensas llanuras en la frontera. Sólo tuvieron una hija; y cuando ésta
iba á cumplir ocho años, Arturo Macdonald murió á consecuencia de una
caída del caballo. La viuda, con su pequeña Alicia, se trasladó á Europa
para vivir en Londres, cerca de su cuñado sir Edwin, miembro entonces
del Parlamento, y admirado por la mejicana como uno de los directores
del mundo. Luego se instaló en París, por ser esta capital más de su
gusto y poder encontrar en ella á numerosos compatriotas.
La princesa Lubimoff trataba bien á esta parienta, pero su amistad
sufría bruscas alteraciones, pasando por cariñosos entusiasmos y
repentinos desvíos.
Ella y doña Mercedes podían hablar de minas y vastísimas propiedades,
aunque ninguna de las dos conocía con certeza su fortuna, apreciándola
únicamente por las enormes rentas--millones al año--que enviaban los
lejanos administradores, y que consumían ambas sin saber cómo. Otro
motivo de simpatía para la Lubimoff en sus días de benevolencia: ella
era rubia y la criolla conservaba los restos de una belleza
hispano-azteca, con la tez de un moreno algo verdoso, los ojos enormes,
rasgados, oblicuos, en forma de almendra, y una cabellera asombrosa por
su intensa negrura, su brillo y su longitud.
Pero una rivalidad instintiva amargaba frecuentemente las relaciones de
las dos multimillonarias. La princesa estaba segura de que su fortuna
era enormemente superior. Cuando doña Mercedes hablaba de la plata
mejicana, la Lubimoff aludía al platino de Rusia. «¡Y qué vale la plata
comparada con el platino!» Para acabar de aplastarla, hacía la historia
de su familia. A partir del remoto abuelo cosaco, que casi se convertía
en esposo legítimo de Catalina la Grande, iban desfilando generales,
mariscales de palacio, _halemanes_ seguidos por sus mesnadas de jinetes
medio salvajes, príncipes y embajadores. La mujer de sir Edwin hablaba
como si perteneciese á la familia reinante, dando á entender que su
famoso abuelo había intervenido en la formación de algún zar. Por eso en
la corte la habían tratado siempre á ella con una predilección especial.
Vejada interiormente doña Mercedes por tanta grandeza, sonreía, sin
embargo, con una dulzura de india, como diciendo: «Todo eso está muy
lejos y tal vez sea mentira.»
De pronto, empezaba á hablar en su francés rápido y caprichoso,
revestido para siempre de una coraza de adherencias españolas.
--Mamá era íntima amiga de Eugenia... ¿No sabe usted qué Eugenia? La
emperatriz, la esposa de Napoleón III. Cuando anunciaban en las
Tullerías á madama Barrios (que era mamá), las puertas se abrían de par
en par... Papá fué de los que hicieron emperador á Maximiliano.
Y frente á las grandezas aristocráticas de Petersburgo elevaba la imagen
de la corte mejicana, del breve Imperio que había tenido por epílogo el
fusilamiento del archiduque Maximiliano y la locura de su esposa
Carlota. La buena señora lo contaba todo tal como lo había oído á su
madre. El emperador quería establecer la rancia etiqueta austriaca, pero
las matronas mejicanas, al visitar á la joven emperatriz, le decían
maternalmente, con una llaneza criolla: «¿Cómo le va, Carlotita?... ¿Qué
le parece este país, hija mía?»
A impulsos de una franqueza semejante, doña Mercedes terminaba diciendo:
--Papá, al ver que el Imperio iba mal, reconoció á Juárez y se fué con
los republicanos. Había que salvar nuestras minas.
Luego hablaba de los Barrios, procedentes, según ella, de la más vieja
aristocracia española. Todos los nobles de Madrid resultaban parientes
suyos: era cosa sabida. De niña había visto en su casa muchos papeles
que probaban su derecho á un título de marqués; pero por las
revoluciones del país y por sus viajes, ya no sabía dónde encontrarlos.
Si la princesa alababa las magnificencias de su palacio, la criolla
hacía alusión inmediatamente al elegante hotel particular comprado por
ella en los Campos Elíseos. La llegada del coronel Toledo, héroe
decorativo que volvía á dar á la vivienda principesca un prestigio
militar, no intimidó á doña Mercedes. También ella tenía su español: un
clérigo aragonés, que era algo así como su capellán de honor, y al que
consideraba un sabio, porque, aburrido de su sinecura, se había dedicado
á la astronomía elemental, instalando un telescopio en el tejado de la
casa.
Cada vez que la mejicana su atrevía á imitar las fiestas, los carruajes
ó los vestidos de la princesa, ésta lamentaba que París no estuviese en
Rusia, para llamar al general de la Policía y recordarle el respeto que
debe guardarse á las castas superiores. Pero á continuación de sus
cóleras, sentía un fulminante cariño por doña Mercedes, asegurando que,
aunque iletrada, era mujer de talento natural y la única con quien podía
hablar horas enteras.
Entre estas dos bellezas descendentes, que se habían visto solicitadas y
adoradas en otros tiempos, existía un motivo de unión, algo que las
conmovía como una música amada y lejana, como un recuerdo nostálgico de
la juventud: la hija de doña Mercedes, la vivaracha Alicia Macdonald.
La madre creía ver en ella su propia hermosura repitiéndose con nueva
savia, y se engañaba. Alicia había unido á su moreno esplendor la ligera
esbeltez, la soltura un poco amuchachada de su origen paterno. La
princesa, ante la independencia de su carácter, creía verse también á sí
misma cuando empezó á escandalizar á la corte imperial. Otro error. Ella
había podido seguir los impulsos de su voluntad, sin miedo á los
comentarios. Todo lo poseía. Además de sus inmensas riquezas, contaba
con los privilegios del nacimiento, pudiendo elevar hasta ella á
cualquier hombre, por bajo que estuviese. Alicia tenía una ambición:
unir á su fortuna un gran título de vieja aristocracia para figurar en
una corte, y este deseo lo perseguía á los quince años con una glacial
tenacidad, disimulada por aturdimientos aparentes. Doña Mercedes le
había hablado desde la infancia de matrimonios de leyenda; de príncipes
que en otros tiempos se casaban con pastoras y ahora buscaban á las
millonarias.
Miguel Fedor se sintió algo intimidado al encontrar en su palacio á esta
muchacha que le miraba descaradamente, con ojos de dominación, como si
todo lo existente debiera doblarse ante su paso.
Era hermosa, con una belleza más perturbadora que correcta. Su tez
levemente dorada con el color de la naranja, sus ojos rasgados y algo
subidos en su vértice, la abundante cabellera, que parecía retorcerse y
vivir como un haz de serpientes negras escapándose de la opresión de las
horquillas, le daban un encanto exótico. El resto de su cuerpo revelaba
la educación física moderna, los miembros ágiles y endurecidos por los
continuos deportes.
Doña Mercedes pareció empujarlos á los dos desde los primeros
encuentros.
--Háblense de tú--dijo maternalmente--. Son ustedes primos.
Aunque Miguel no llegaba á comprender este parentesco, tuteó á la joven,
mientras la criolla sonreía viendo ya á Alicia con una corona de
princesa haciendo reverencias ante el zar. La de Lubimoff estaba en una
de sus buenas épocas; no creía por el momento en castas y privilegios;
hasta habría dado dinero á los melenudos que la visitaban años antes, y
aceptó con silenciosa tolerancia los desmesurados planes de su amiga.
El príncipe iba comunicando sus impresiones al coronel.
--Demasiado señorita. Me gustan más las otras.
Don Marcos, compañero de largos y regocijados viajes, sabía quiénes eran
«las otras» para este muchacho que había empezado muy pronto á picar en
los racimos de la vida.
Otras veces le irritaba que se pareciese demasiado á las otras, con sus
atrevimientos de virgen loca.
--Es peor que un muchacho. ¡Si supieras, coronel, lo que me dice!...
Alicia, por su parte, tampoco parecía contenta. Los otros hombres se
esforzaban por adularla y serle gratos, mientras que Miguel mostraba un
carácter imperioso, semejante al suyo, discutiendo con ella,
atreviéndose á contrariarla.
Algunas vecen salían juntos á caballo para galopar por el Bosque de
Bolonia bajo la vigilancia de Toledo. Un tormento para don Marcos. El
había sido héroe de montaña; pero el grado impone deberes, y cabalgaba
todo lo mejor que puede hacerlo un coronel de infantería.
Ella era una amazona infatigable. En el hotel de los Campos Elíseos,
doña Mercedes tenía que buscarla muchas veces en las caballerizas, donde
permanecía entre palafreneros y cocheros, hablando con una autoridad
profesional, mientras vigilaba el cuidado de los animales. Luego, al
subir al salón, su cabellera suelta esparcía un fuerte olor á cuadra.
Allá en su tierra se había sostenido agarrada á las crines de un caballo
antes de saber andar. En París se metía audazmente entre los vehículos y
atropellaba á los transeuntes, viéndose atajada por la policía en sus
locos galopes. El coronel intentaba seguirla silenciosamente, pero con
el corazón oprimido. El príncipe protestaba de estas carreras, buenas
para los prados natales, y sus recriminaciones establecían entre los dos
un alejamiento hostil. «A ella no le chillaba ni su madre. Ya era mayor
de edad para saber lo que debe hacerse...» Y tenía quince años.
Una mañana, al llegar á una encrucijada del Bosque, Alicia echó su
caballo por la avenida que le pareció preferible, sin consultar á su
acompañante.
--No; por aquí--dijo imperiosamente Miguel.
--No me da la gana; ¡por aquí!--contestó ella con tono enfurruñado.
Intentó el príncipe cerrarla el paso cruzando su caballo en el camino, y
ella lanzó el suyo contra el de Miguel con un impulso que hizo doblar
las patas delanteras de las dos bestias. Toledo, que iba detrás, vió que
mediaban entre ambos miradas iracundas acompañadas de duras palabras.
Alicia levantó su latiguillo, golpeando al príncipe en un hombro.
--¡A mí!... ¡A mí!
El descendiente del cosaco Lubimoff cambió de rostro, adquiriendo una
fealdad salvaje. Su nariz pareció ensancharse aún mas. Levantó á su vez
el látigo y tiró un golpe. Pero el coronel había metido su caballo entre
los dos, recibiendo parte del fustazo en una mejilla, que empezó á
sangrar. La vista de la sangre y la consideración de que el golpe era
para ella enloqueció de cólera á la joven.
--¡Bruto! ¡Salvaje!... ¡Ruso!
Le pareció esto poco, y se mantuvo silenciosa un segundo, buscando una
injuria mayor. Los recuerdos de la niñez le dieron ayuda; las leyendas
oídas allá en sus tierras á los mestizos le sugirieron un nuevo insulto,
como si Miguel Fedor fuese Hernán Cortés.
--¡Español!... ¡Asesino de indios!
Y temiendo un segundo fustazo después de tales palabras, hizo dar vuelta
á su caballo, huyendo en una carrera frenética que no se detuvo hasta el
Arco de Triunfo.
Después de este incidente, doña Mercedes perdió toda esperanza de que su
hija fuese una Lubimoff.
--¡Princesa rusa!--decía Alicia con desprecio--. ¡Pero si en Rusia todo
el mundo es príncipe!... Vale mas un simple barón inglés, un conde de
Francia ó de España.
Miguel no se mostró mas acomodaticio al sermonearle el coronel.
--No quiero saber nada de esa p...
La princesa, en uno de sus saltos de humor, encontró muy justa la
apreciación. Estas parientas de sir Edwin siempre le habían parecido
gente ordinaria. También encontraba natural que su hijo pensase en
volver á Rusia para seguir sus destinos de príncipe. La vida de
privilegios y castas de allá era más adecuada á su rango que la
existencia democrática de París, donde unas indias americanas, porque
tenían millones, podían creerse iguales á un Lubimoff.
Hasta los veintitrés años estuvo en Rusia el príncipe Miguel. Sus
estudios militares fueron brillantes, según Toledo, distinguiéndose
entre los más famosos oficiales de la caballería de la Guardia. Alcanzó
premios en los concursos hípicos, partió á pistoletazos monedas
sostenidas por sus camaradas á cincuenta pasos, manejó el sable con una
maestría que hubiese admirado al general Saldaña y á su abuelo el
cosaco. Todos los días, en un patio de su palacio de Petersburgo, le
esperaba un monigote de tamaño natural hecho con la arcilla pegajosa y
compacta que emplean los escultores, y permanecía ante él media hora
ejercitándose. Lo importante no era asestar un golpe al enemigo, sino
darlo bien, con la mayor profundidad y fuerza posibles. Y la cabeza y
los miembros del monigote volaban segados por la hoja de acero. El
estudio de las ciencias militares quedaba para los de infantería y
artillería, hijos de empleados y de mercaderes.
El coronel se mostró asombrado al principio de las magnificencias y
derroches de la vida rusa; luego acabó por encontrarla regular, como si
estuviese acostumbrado á algo semejante desde su niñez. «Piensa, hijo
mío, en el nombre que llevas--escribía la princesa--. No lo deshonres.
Gasta con arreglo á lo que eres.» Y el hijo seguía fielmente sus
consejos, sin pedirle nada á ella, entendiéndose directamente con los
administradores rusos. Según los cálculos de don Marcos, el teniente de
la Guardia gastaba unos tres millones por año. Su cuadra de caballos de
carrera era la más célebre de la capital. Muchas bellezas famosas de la
corte y de los teatros tenían algo que ver con el príncipe Miguel Fedor.
Sus cenas en el palacio Lubimoff ó en los restoranes de moda eran
buscadas por toda la juventud aristocrática. Verse invitado á ellas
representaba un honor extraordinario, algo así como ser individuo de una
academia de superhombres. Mujeres célebres acababan bailando desnudas
sobre la mesa á las primeras luces del alba, para no desairar al
anfitrión.
A veces se cortaban estas fiestas con una disputa de borrachos,
mezclándose el vino y la sangre. El coronel había visto al final de una
de estas escenas un duelo á pistola entre dos convidados, en el jardín
del palacio, cuando empezaba á amanecer. Un muerto. Sus mejores amigos
habían llevado el cadáver hasta un muelle del Neva, colocando un
revólver al lado para que la policía admitiese la hipótesis de un
suicidio.
No; don Marcos no gustaba de estas fiestas nocturnas. Las consideraba
peligrosas. Un gran duque joven, completamente ebrio, se había
entretenido en embadurnarle las patillas con caviar, hasta que, cansado
de esta confianza, el español metió á su vez la mano en el plato,
ensuciando igualmente de verde el angosto rostro. El borracho dudó un
momento si debía matarlo, pero acabó por abrazarse á él, cubriéndole de
besos y declarando á gritos que era su padre.
Toledo prefería las tranquilas amistades con los antiguos compañeros de
armas de su general: graves personajes que le hablaban de futuras
guerras y de la política del mundo. Además, las larguezas de su príncipe
le permitían diversiones secretas menos ruidosas y dulcemente modestas.
Una noche, al volver al palacio Lubimoff pasadas las dos, vió que había
una cena en el gran comedor de gala. Los convidados eran unos cincuenta,
y en el curso de la noche fueron llegando muchos más. Parecía como que
hubiese corrido una noticia por los lugares de placer de la capital,
atrayendo á toda la juventud libertina.
Frente al príncipe estaba sentado un teniente de cosacos, pequeño,
felino, negruzco, con ojos asiáticos. Su uniforme sucio revelaba un
viaje reciente. Miguel Fedor tenía con él las mayores atenciones, como
si fuese el único invitado. Toledo, conocedor de todos los amigos de la
casa, no logró dar un nombre á este cosaco rústico que parecía llegar de
una guarnición remota de Siberia. Alguien quiso sacarle de dudas, y se
estremeció al saber que era el hermano de una dama de la corte que
precisamente andaba en lenguas por su excesiva confianza con Miguel
Fedor. Los dos hombres se miraban con interés, brindándose mudamente los
vasos enormes de champaña. En el fondo del comedor gemían incesantemente
los violines de unos ziganos. Varias muchachas morenas, con delantales á
rayas de diversos colores, danzaban en torno de la mesa. Pero á pesar de
esto, don Marcos husmeaba algo lúgubre en el ambiente.
--¡León, los sables!
El príncipe se había puesto de pie, después de mirar su reloj, dando
esta orden al criado de confianza, que estaba detrás de él. Todos los
convidados se precipitaron á las puertas con la confusión del público
que asalta un teatro. Cada uno deseaba llegar el primero al jardín. Ya
no había por qué fingir: ansiaban el espectáculo anunciado... Y el
coronel encontró finalmente quien le hablase con claridad.
--Ha llegado al anochecer, para pedir al príncipe que se case con su
hermana. Un viaje de treinta y ocho días... El príncipe no quiere...
Pocas veces se verá esto... Es el primer sable de Siberia.