LORENZA.»

Manuel estuvo abatidísimo durante la lectura de la carta, y concluida,

interrogó a su amigo con la mirada, invitándole a que hablase. Pepe lo

hizo así:

--¿Qué quieres que te diga? El golpe es rudo... pero vamos a cuentas.

Del exceso del mal brota a veces en la vida el consuelo, y si no el

consuelo, la persuasión de que las fuerzas humanas se estrellan contra

la realidad. La cosa es dolorosísima: para un enamorado, saber que su

amada se ha puesto fea es robarle el sol a medio día... En cambio la

situación no puede ser más despejada. Todo te lo dan hecho.

--Explícate.

--Una de dos: o amas a esa mujer de tal modo que aun desfigurada, la

haces tuya... y créeme, ella cederá si lo intentas; o no te atreves a

tanto, y entonces... pues te quedas aquí un año, y chico... ¿cómo ha de

ser? la mancha de la mora... De todos modos, piénsalo mucho, interrógate

y contéstate sinceramente, porque ni debes hacer nuevas protestas de

pasión, movido sólo de conmiseración y lástima, ni exponerte a que un

arrepentimiento tardío te haga desdichado para el resto de tu vida.

Manuel no estaba para sostener discusión, ni siquiera para expresar lo

que sentía.

Pepe siguió haciéndole reflexiones de las que a sangre fría se discurren

cuando no es propio el mal que las motiva.

Así estuvieron todo el día y parte de la noche encerrados en el cuarto

de la fonda: Manuel, triste y silencioso, leyendo y releyendo la carta:

Pepe, aguzando el ingenio y prodigando sutilezas que endulzasen tanta

amargura.

* * * * *

Pocos días después Lorenza recibía la presente carta:

«Mi querida amiga: El ser yo quien conteste a lo que ha escrito V. a

Manuel, necesita previa explicación. Yo también soy medianero de

tristezas: V. experimentará, al leer lo que voy a decirle, una impresión

tan dolorosa como la que yo he sufrido leyendo lo que V. ha escrito.

»Cuando Manuel marchó al Havre para embarcarse, me rogó que recibiese

cuantas cartas llegasen para él. «Casi todas--me dijo--serán de

negocios; las abres y contestas según instrucciones que luego te daré.»

Y después, enseñándome el sobre de una escrita por Felisa, añadió: «Las

que tengan esta letra me las guardas.» Con posterioridad a su partida

llegaron varias que conocí ser de _ella_, y las guardé: luego faltaron,

y como hace tres días recibí la de V., y la letra del sobre en nada se

parece a la de Felisa, claro está, la abrí y leí. Por el mal rato que

habrá V. pasado al escribirla, podrá V. comprender el que yo estaré

sufriendo ahora, porque el objeto de estas líneas es igualmente

doloroso. ¡Razón tienen los que afirman que lo novelesco e inverosímil

abunda más en la realidad que en los libros!

»Hace cuatro días, cuando esperaba la llegada de Manuel, recibí un

telegrama puesto por el cónsul de España en el Havre, que es antiguo

amigo mío, y que estaba redactado en estos términos:

»Ocurrido grave y desgraciado accidente a Manuel al desembarcar

procedente de América. Conviene venga V. por primer tren.»

»A las pocas horas de recibida esta triste noticia, llegué al Havre. El

accidente a que se refería el cónsul había sido horrible. En el momento

en que, recién llegado de Nueva York, saltaba Manuel desde el vapor que

le había traído, al bote que debía conducirle hasta el muelle, estaban

en la entrada del puerto dos ingenieros holandeses haciendo las primeras

pruebas de una lancha movida por un aparato de su invención, llamado

«propulsor de reacción». Quizá, como señora, no entienda V. bien lo que

esto significa, ni esta es ocasión de explicárselo. Bástele a V. saber

que se trata de un nuevo sistema de locomoción marítima, sin ayuda de

remos, velas, vapor ni electricidad.

»La mañana estaba hermosísima; miles de curiosos llenaban los muelles;

el lanchón de los holandeses, que surcaba las aguas con pasmosa

velocidad, pasó junto al bote en que venía Manuel.

»Este, como buen ingeniero y apasionado de su profesión, quiso

presenciar a corta distancia el experimento, y para lograrlo, dio

propina a los remeros, diciéndoles que siguiesen de cerca a la

embarcación de los inventores.

»Pocos momentos después, el aparator motor que manejaban los holandeses,

cargado con sustancias químicas, estalló, causando varias víctimas.

»Uno de los que lo manejaban quedó muerto en el acto; el que hacia de

timonel sufrió graves quemaduras, y nuestro pobre Manolo, que tan

imprudentemente se había aproximado, recibió en la cara gran parte de

la carga química que debía mover el malhadado invento.

»Los remeros, viéndole caer sobre las tablas del bote con el rostro

ensangrentado, le trajeron inmediatamente a tierra.

»Las heridas son, como dicen los médicos, de pronóstico reservado; mas

por lo que yo he podido comprender, el pobre Manuel quedará ciego.

»Fue llevado al hospital de marina, y de allí, con grandes precauciones,

le traje a París en cuanto lo permitió la prudencia. No está en peligro

su vida, por fortuna, pero repito que la pérdida de ambos ojos parece

inevitable: sólo un milagro puede hacer que estos temores no se cumplan.

Ya ve V. lo cruel que sería comunicarle ahora todo lo que V. me dice en

su carta sobre la enfermedad y la resolución de la desgraciada Felisa.

»¿Querrá ella, después de leer estas líneas, renunciar a su propósito?

¿Qué resolverá? Ni puedo ni quiero adelantarme a interpretar su

voluntad, que acaso se modifique dadas las circunstancias.

»El desdichado ignora la gravedad de su situación; supone que se curará

por completo; cree que verá pronto, y a quien más desea ver es a su

Felisa.

»Con tal intensidad se ha posesionado de él este deseo, que me ha dado

encargo de hacer a Felisa la proposición siguiente:

»Dice que, según ellos convinieron, Felisa debe tener arreglados todos

los documentos necesarios para la boda, y que como él tiene también

corrientes los suyos, el matrimonio se puede celebrar en Madrid por

poderes, luego de lo cual espera que ella venga inmediatamente a París,

no a pasar una luna de miel, sino a cuidar a su marido enfermo. Tal es

la mezcla de amor y de egoísmo que se ha imaginado.

»Esto me ha dicho hace dos horas. ¿Cómo quiere V. que yo le entere de

que su Felisa ha perdido aquella belleza que era su orgullo, y además le

diga que ha resuelto no casarse? Se supone querido e ignora que quedará

ciego. A su discreción de V. fío cómo debe enterar a Felisa de todo

este, y con arreglo a lo que resuelva aguardo instrucciones.

»Hable V. con ella y contésteme lo antes posible.

»Suyo afectísimo siempre.

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 18 / 19 题