PEPE.»

La lectura de esta carta produjo a Felisa una emoción extraordinaria e

imposible de analizar: sintió pena por el infortunio del ser amado,

incertidumbre de lo que debiera procurar según lo extraordinario de las

circunstancias, y alegría por vislumbrar la ocasión de ver puesta a

prueba la grandeza de su corazón.

Con cierto refinamiento egoísta de idealismo pervertido y femenino, se

complacía en persuadirse de que la desgracia de Manuel daba solución al

pavoroso problema de sus dudas; porque si había de quedarse ciego, ¿qué

importaba ya que en ella subsistiese el encanto de su belleza heredada y

funesta?

Además, ella le hablaría de su hermosura como de un bien ilusorio, por

lo fugaz, y del amor de su alma como de una realidad inacabable y

constante. ¿Qué importaban ni qué valían la púrpura de su boca, ni el

llamear de sus ojos, comparados con la ternura de su espíritu?

La fuente de los placeres terrenos y groseros estaba para él cegada, y

en cambio, ella, en su alma, sentía brotar y correr hacia el amado un

raudal de abnegación y dulzura. Aquello era la purificación de toda

torpeza, la clara visión interna del amor: amar sin ver el objeto de la

pasión, algo semejante a la fe que adora lo que acaso no existe.

* * * * *

Lorenza contestó telegráficamente a Pepe, que Felisa accedía al

matrimonio por poderes, y que enseguida de verificado saldría para París

con dos criados, si, dada su avanzada edad, no podía el tutor

acompañarla.

Envió Manuel los poderes necesarios, y allanó Felisa a fuerza de dinero

cuantas dificultades surgieron, resolviendo, por último, que un primo

suyo representase al novio, y que la ceremonia se verificara en la

Puebla del Maestre, donde todo había de serle más fácil de lograr,

gracias a los amigos y deudos que allí se desvivirían por servirla.

Salieron las cosas a medida de su deseo, y una mañana, muy temprano,

ante poca gente, puesto el pensamiento en el hombre a quien quería, dio

palabra y entregó mano de esposa al que le representaba. Hasta la

anormalidad de ser otro distinto de su amante quien recibió su

juramento, le pareció cosa conforme al estado de su espíritu, porque, en

vez de sentir el terror que le inspiraba la idea de dejarse poseer, pudo

complacerse en saborear mentalmente el casto placer de pensar que su

porvenir y su vida estaban para siempre unidos a los de un hombre que la

quería, y que, no pudiendo verla, no habla de fundar la pasión en sólo

la hermosura.

Hallábase al otro día ocupada en los preparativos para marchar a París,

cuando recibió un telegrama fechado en Burdeos, donde sin mas

explicaciones, decía Manuel:

«No salgas del pueblo: llegaré pasado mañana.»

Su sorpresa no pudo ser mayor; pero ¿qué remedio, sino esperar y

obedecer?

* * * * *

Al expirar el plazo marcado a su impaciencia, Felisa, acompañada de

Lorenza, salió a recibir a Manuel hasta legua y media más allá del

pueblo, esperándole nerviosa y desasosegada, al caer la tarde, en un

recodo del camino.

En la última línea del horizonte, bajo la inmensidad azul, se destacaban

las cumbres violáceas de la sierra, oíase a lo lejos acompasado y lento

el campanilleo de una recua, y una bandada de golondrinas, piando

alegremente, volaba en torno de los murallones de un castillo ruinoso

que parecía perdido y olvidado en la extensa soledad del llano.

De pronto sonó ruido de cascabeles y trallazos, y ambas mujeres vieron

venir por la carretera un coche de colleras tirado por cuatro mulas y

envuelto en una nube de polvo.

Pocos minutos después el coche se detenía, y el amante esperado se

apeaba solo, ligero y ágil, saltando como un muchacho.

Felisa, sin acertar a creer lo que veía, gritó a su compañero:

--¡Es él! ¡Solo! ¡Sin vendas ni trapos!

Manuel la abrazó con fuerza, como quien se apodera de algo propio

largamente codiciado, y ella se dejó estrechar sin sustraerse al

legítimo halago.

--¿Pero qué engaño ha sido este?--preguntó él, trémulo de gozo, viendo

su rostro sin la menor señal de la mentida enfermedad.

--Quise saber--repuso ella--hasta dónde llegaba tu cariño. ¿Pero y tus

ojos y tu ceguera?

--De tu mentira, que creí verdad, nació la mía. ¿Qué te sorprende? Quise

demostrarte que tu corazón me atraía más que tu belleza. Yo te amaba

desfigurada y fea... como tu me has querido ciego. Piensa ahora si

seremos dichosos: tú hermosa, yo pudiendo mirarte, y los dos seguros uno

de otro.

_Este libro se acabó

de imprimir en

Madrid, en casa

de A. Avrial,

el día 12 de

Junio de

1896_

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 19 / 19 题