IX

Pasaron años. Desde que Valeria recogió los niños de manos del _Santo_

hasta que se hicieron hombres no le causaron más penas que los

disgustillos que dan de sí la infancia y la primera época de la

juventud: jugarretas, trastadas, bromas y travesuras. Llegada la edad de

la razón, Juan y Pedro fueron buenísimos para ella. Sus corazones no

cesaban de brotar y consagrarle nuevos tesoros de ternura. ¿Quién la

quería mas? Era imposible averiguarlo. Del carácter sensato y juicioso

del uno, de las genialidades prontas e irreflexivas del otro, surgían

continua e inesperadamente pruebas de amor filial. Ella, en tanto, hoy

mimaba a Juan, mañana prefería a Pedro, igual cariño profesaba a los

dos, pero cariño ciego, vacilante, inseguro, como si viviese condenado a

la incertidumbre de su propia sinceridad. Ambos ante su conciencia eran

hijos suyos, mas siempre le quedaba en el fondo del alma la duda, nunca

satisfecha; la esperanza, jamás colmada, de que el mejor fuese el que

ella había llevado en las entrañas.

Andando el tiempo, Valeria, exclusivamente dedicada a estudiar aquellas

dos almas, hizo un descubrimiento que la llenó de angustia. Ambos tenían

novia y cada cual quería a la suya, no con un sentimiento vulgar y

pasajero, sino con pasión digna de ellos. Aquella era la ocasión de

probarles.

Había pagado su deuda haciéndoles buenos y felices: ninguno tenía

derecho a proferir la menor queja: ella lo tenía a saber cuál era su

verdadero hijo, forjándose la ilusión de creer que lo sería el que

mostrase quererla más. En otro tiempo le cegó la gratitud: ahora le

cegaba el ansia de cariño.

Luego de haber madurado su propósito, con la astucia propia de su índole

y carácter, les juntó un día y les dijo:

--Os llamo porque ocurren grandes novedades. Estamos medio arruinados.

No podemos seguir viviendo con la holgura relativa que hemos disfrutado

hasta ahora. Es necesario que uno se separe de mí y de su hermano. Tengo

la seguridad de conseguir un buen destino para Ultramar. Mientras cambia

la fortuna, es preciso que uno de vosotros se vaya muy lejos y ayude a

los que aquí quedemos. ¿Quién quiere separarse de mí? ¿Quién se quiere

quedar? Resolvedlo vosotros, y decídmelo mañana.

Oyéronla ambos en silencio y aquella misma noche se reunieron a

deliberar.

Valeria, descalza, para no ser sentida, fue hasta la puerta del cuarto

donde estaban, y pegando la oreja al ojo de la llave escuchó todo lo que

hablaron.

--¿Has oído a madre?--dijo Juan.

--Sí--repuso Pedro.

--¿Y qué dices?

--Que no me voy.

--Ni yo tampoco.

--¿Por qué?

--Porque no me separo de ella... ni de ti.

--Lo mismo digo.

--Pues ella dispone que se vaya uno.

--Ya le haremos ceder.

--¿Y si no cede?

--Ya no pienso en casarme. Estoy dispuesto a ganar un jornal, a arrancar

piedras con los dientes, a todo, menos a separarme de ella.

--Tienes razón. Igual pienso yo. Aquí a su lado soportaré escasez,

pobreza, lo que venga: yo también renuncio a la mujer que amo; pero

¿irme lejos, exponerme a que mi madre se muera sin verla? ¡Eso no!

Aunque lo mande. Si quieres, márchate tú.

--Y ¿por qué he de ser yo el sacrificado? ¿No soy tan hijo suyo como tú?

Aquellos dos muchachos, que se querían entrañablemente, que jamás

habían reñido por nada, ni de niños ni de mozos, estuvieron a punto de

venir a las manos. Con todo transigían, todo lo aceptaban menos lo que

pudiera significar despego hacia su madre. Cruzáronse entre ellos

algunas palabras fuertes, algunas frases agrias; pero al fin pudo el

cariño más que ningún otro sentimiento, y Juan dijo:

--Mira, no añadamos a la pesadumbre que ya tenemos la pena de enfadarnos

uno con otro. No hay remedio: si madre lo manda, uno tendrá que

sacrificarse. Que ella lo designe, y ese que baje la cabeza, obedezca y

se resigne sin chistar. ¿Convienes en ello?

--Convenido, ella decidirá.

Y abriéndose mutuamente los brazos, lloraron juntos, como dos niños.

* * * * *

Valeria les escuchó henchida el alma de alegría. Aquel fue el único

momento egoísta de su vida. Todas sus penas hallaron resarcimiento,

todos sus dolores tuvieron premio. Luego, andando de puntillas, se alejó

de junto a la puerta, y a los pocos días, con fingida tranquilidad, dijo

que las circunstancias habían variado y que la separación no era

precisa.

Nunca supo quién era su verdadero hijo, pero adquirió el convencimiento

de que ambos adoraban en ella. En un mismo culto la confundían el que

llevó en las entrañas y el que formó con la bondad de su alma. Aquella

doble maternidad fue la recompensa de su vida.

La prueba de un alma.

Durante el verano de 188... la concurrencia de bañistas fue en Saludes

mayor que nunca: desde la fundación del balneario no se había visto allí

tanta gente, ni tan lucida y bulliciosa.

Los enfermos graves eran pocos, y como por razón de su estado se

hallaban recluidos en sus habitaciones, no molestaban a los que querían

divertirse; los cuartos eran limpios, la comida, si no muy delicada,

abundante y sabrosa, las camas aceptables, el campo delicioso, y las

excursiones salían baratas; de suerte que todo el mundo estaba contento,

sin acordarse el bolsista de sus negocios, ni el empleado de su oficina,

ni la mujer hacendosa de los quehaceres de su casa, ni mucho menos el

estudiante de sus libros: las niñas en estado de merecer disfrutaban

bastante libertad para dejarse galantear a sus anchas por los muchachos;

y, según malas lenguas, de igual libertad se aprovechaban algunas

casadas, si no para permitir que fuese invadido allí mismo el cercado

ajeno, a lo menos para demostrar que no lo defenderían mucho cuando, de

regreso en la corte, fuesen menor el peligro de la murmuración y las

ocasiones más seguras.

A que resultara grata la permanencia en Saludes contribuía mucho el

director facultativo, hombre de treinta o pocos más años, simpático, muy

inteligente, y en quien se daban reunidas raras circunstancias y

envidiables prendas.

El doctor Ruiloz era el primogénito de un banquero, socio principal de

la casa Ruiloz y Compañía, de Madrid. Desde muchacho se empeñó en seguir

la carrera de médico, dejando a su segundo hermano el cuidado y la

gloria de continuar amontonando millones. En un principio la familia

trató de quitarle de la cabeza aquel propósito, mas tan resuelto y

decidido le vieron, que no hubo sino dejárselo lograr. «Aunque le falten

enfermos--cuentan que dijo su padre--no ha de faltarle dinero, teniendo

yo tanto como tengo.» Con la tenacidad mostrada al elegir carrera, y con

la conducta que observó al estudiarla, quedaron probadas la energía y la

fuerza de voluntad que Dios había puesto en el alma de Juan Ruiloz,

porque sin mermar a la juventud sus fueros, ni dejar de divertirse

durante aquella edad en que la alegría es media vida, fue primero modelo

de estudiantes y luego espejo de médicos.

Trabajando mucho, prescindiendo de la influencia y riqueza de sus

padres, verdaderamente obstinado en deberlo todo a su propio esfuerzo,

se hizo hombre y comenzó a labrarse la reputación, logrando verla

consolidada en pocos años con algunos buenos escritos referentes a su

facultad, y gracias a unas cuantas curas y operaciones tan sabias como

afortunadas. Su estancia en Saludes fue puramente accidental. El médico

en propiedad del balneario, que era un intimo amigo y compañero suyo,

cayó enfermo, pidió licencia, concediéronsela, necesitó prórroga, se la

negaron, y cuando se hallaba a punto de perder la plaza, le dijo Juan:

--No te apures: para estas ocasiones son los amigos de mis padres; yo

haré que me nombren director de Saludes, como supernumerario, en

comisión, sin sueldo, de cualquier modo... y en paz: te curas, y cuando

puedas trabajar me retiro modestamente por el foro.

De esta manera llegó a ser médico del humilde balneario el doctor

Ruiloz, a pesar de que por entonces ya su nombre corría de boca en boca,

seguido de tales alabanzas, que nadie pudo comprender cómo ni por qué

aceptó destino tan poco lucrativo. Los que estaban en el secreto de la

cosa y conocían íntimamente a Juan, no se sorprendieron, sabiendo que,

a más de ser amigo de hacer favores, había en él cierta innata tendencia

a buscar en lo anormal y extraordinario el encanto de la vida. ¿Y dónde

cosa menos vulgar y más desacostumbrada para un médico rico y mimado por

la suerte, que ir a encerrarse en un balneario de tercera clase, en el

cual no había de ganar honra ni provecho, sólo por servir a un

compañero?

Tal es la excelencia de las buenas acciones, que a veces el favor que se

hace en obsequio de uno redunda en provecho de muchos, y así sucedió en

este caso, porque cuando su clientela adinerada y elegante de Madrid

supo que Ruiloz iba aquel año de médico a Saludes, allá se fueron tras

él muchas familias de la corte; unas por tener cerca a su doctor

favorito, y otras esperanzadas en que, no hallándose tan cargado de

trabajo, podrían consultarle más despacio, con lo cual acudió tanta

gente, que todo el verano fue agosto para el humilde lugarejo.

Iba ya vencida la temporada, y Ruiloz estaba, aunque no arrepentido del

favor hecho a su amigo, cansado de tener más trabajo que en Madrid,

cuando llegó a Saludes un matrimonio joven, acompañado y servido por una

doncella y un ayuda de cámara: albergáronse amos y criados en la mejor

casa del pueblo, y en seguida el marido, que se llamaba D. Javier

Molínez, se presentó a Ruiloz diciéndole que su esposa venía enferma, y

que sólo para que él la asistiese habían hecho el viaje. Fue el doctor a

visitarla, preguntó cuanto creyó conveniente, hizo los reconocimientos

propios del caso, infundió ánimo en el abatido espíritu de aquella

señora, que además de joven era hermosa, y luego, llegada la noche, y en

vista de las reiteradas súplicas que Molínez le hizo para saber el

verdadero estado de su mujer, le habló de este modo mientras paseaban

por el jardín del balneario.

--Ya que V. la exige y tiene valor para escucharla, le diré la verdad.

El caso no es desesperado, pero poco menos. Cuando llegan a este grado

de desarrollo, las afecciones del corazón son peligrosísimas. Aquí no

deben Vds. permanecer más tiempo que el preciso para que recobre

fuerzas: vuélvanse Vds. pronto a su casa. Ni sé cómo ha podido soportar

el viaje en las condiciones en que está.

Hizo luego una breve explicación científica, y terminó diciendo:

--Puede vivir unos cuantos meses... tal vez años, aunque

desgraciadamente no lo espero... y cualquier contratiempo en la marcha

de la enfermedad puede también ocasionar un desenlace fatal en pocos

días. Acaso la saquemos adelante; pero hoy por hoy su estado es muy

grave. Si mejorase algo, lo más juicioso sería llevársela a Madrid.

--¿De modo que no hay esperanza?

--Eso... sólo Dios puede saberlo.

--¿Y cree V. que debo avisar a mi suegra para que venga?

--Indudablemente, con tal de que halle V. pretexto para justificar su

llegada, porque su señora de V. no está para soportar emociones fuertes.

Sin duda Molínez tenía, o halló, modo de justificar el viaje de su madre

política, pues le telegrafió para que acudiese a Saludes, donde llegó a

las treinta horas, acompañada de una mujer entrada en años, que era su

ama de llaves, y de una señorita de gracioso rostro y gentil figura a

quien llamaba Julia.

Pocos días bastaron para que los Molínez y el doctor simpatizaran: entre

los atractivos personales de éste y el agradable trato de aquéllos, que

se esforzaban en atraerle y agasajarle en beneficio de la enferma,

pronto se hicieron amigos. Ruiloz y Javier daban juntos largos paseos,

jugaban al ajedrez y con frecuencia comía el primero en casa del

segundo; de suerte que los forasteros siempre tenían cerca al médico y

éste se complacía en el afable trato de la familia madrileña.

Esto sucedía a principios de Agosto.

Transcurrido un mes, todos los habitantes del balneario sabían que la

señora de Molínez estaba muy aliviada, y que, sin embargo, el doctor

cada día pasaba más tiempo en su casa, con lo cual hallaron fundamento

las suposiciones de los malévolos y ocupación las lenguas de los

murmuradores. «Las enfermedades del corazón deben de ser

contagiosas--cuentan que dijo un chusco--porque desde que llegó esa

señora de Molínez el médico está muy grave.»

Realmente, la variación sufrida por Ruiloz en poco tiempo era tal, que

sólo un ciego podía dejar de observarla. De alegre, decidor y bromista,

se hizo triste, callado y serio; algunos días hasta se mostraba

desabrido y seco con los enfermos; en el salón del balneario apenas

ponía los pies; negose a recibir fuera de las horas marcadas para la

consulta y, por último, su semblante adquirió una expresión de

melancolía que hubiese justamente alarmado a sus padres y amigos si de

improviso llegaran a Saludes.

Este cambio, casi repentino, y las constantes visitas a la familia de

Molínez, daban cierta apariencia de verdad a la suposición de que al

doctor no le preocupaba única y exclusivamente el cuidado de un enfermo

grave. La mejoría de Clotilde Molínez valió a Ruiloz muchas

enhorabuenas, pero a espaldas suyas dio pábulo a grandes murmuraciones.

Todo el mundo, pasándose de listo y sin recordar que en aquella casa

había dos mujeres, una soltera y otra casada, creía o fingía creer que

el médico estaba enamorado de la segunda. Sin embargo, el marido de ésta

podía dormir tranquilo.

Quien ocasionaba las cavilaciones del doctor era Julia, la joven que

llegó a Saludes con la suegra de Molínez.

Representaba más de veinte y menos de veinticinco años: tenía la mirada

inteligente y expresiva, las facciones delicadas, el andar airoso y el

cuerpo bien formado; pero su principal encanto estaba en la

conversación, en el lenguaje, y no sólo en lo que decía sino en el modo

de decirlo, porque además de gran claridad de entendimiento y mucho

ingenio, descubrían sus palabras superior bondad de alma y sinceridad

extraordinaria.

Era ilustrada sin afectación, religiosa sin fanatismo, honesta sin

hipocresía y franca sin descaro. La única condición que pudiera deslucir

algo estas cualidades consistía en cierta dureza y sequedad de genio y

acritud en las frases, cuando en la conversación salían a plaza

determinadas flaquezas humanas: la mentira y el engaño, el disimulo y la

astucia le eran aborrecibles.

Su tía doña Carmen, madre de Clotilde y suegra de Molínez, parecía fiar

y descansar en Julia para todo lo referente al cuidado de la casa,

tratándola como a hija y siendo por ella considerada con grande amor y

respeto. El cariño que tía y sobrina se profesaban era prueba indudable

de la buena índole de ambas: las atenciones y el mimo que Julia

prodigaba a doña Carmen contribuyeron mucho a que Ruiloz descubriese en

la primera las cualidades que, hábilmente dirigidas, pueden ser la base

de un hogar dichoso.

La sorpresa y las dudas del médico nacieron cuando, poco a poco, fue

observando que entre Julia, de un lado, y de otro entre su prima y el

marido de ésta, no reinaba la misma cordialidad. Para doña Carmen era

toda mansedumbre y cariño: respecto de Clotilde y Javier, parecía vivir

en sumisión forzada; les dirigía la palabra cortés y casi

afectuosamente, pero siempre con tal circunspección y mesura, siempre

con tan escasa confianza, que la reserva robaba espontaneidad a su

lenguaje: diríase que medía y pesaba las palabras, evitando

cuidadosamente todo lo que pudiese ocasionar piques y roces. La frialdad

que reinaba entre aquellas tres personas era evidente. En vano se

esforzaban marido y mujer por cubrir con frases pulidas y mentidos

halagos aquella tirantez; inútil era también la habilidad desplegada por

doña Carmen para ocultar aquella hostilidad mal contenida.

Nada de esto escapó a la penetración de Ruiloz.

El primer sentimiento que Julia le inspiró fue la simpatía: después,

notando su rara situación en el seno de aquella familia, no pudo

librarse de una sospecha en que iba envuelto un desencanto. Imaginó que

entre Julia y Javier _había algo_ y que por encubrirlo fingían: luego

creyó que si entonces no estaban unidos por afecto culpable, acaso lo

habrían estado tiempo atrás, sustituyendo después el rencor a la pasión:

por último, se aferró a la idea de que la aversión que les separaba

obedecía a sentimientos de índole opuesta, porque él mostraba bajeza y

apocamiento ante Julia, y ésta, por el contrario, le miraba entre

despreciativa y soberbia. Ruiloz se dio cuenta también de que doña

Carmen vivía al parecer siempre atormentada por aquel drama íntimo,

esforzándose en limar asperezas, evitar disensiones y alejar conflictos:

ya intervenía en los diálogos para variar la conversación cuando corría

peligro de agriarse, ya entraba oportunamente en las habitaciones

estorbando que Julia se hallase sola con Javier o con Clotilde, ya, por

último, y esto era lo que hacía con más gusto, mimaba y acariciaba a su

sobrina cual si quisiera recompensarla por algún sacrificio o

indemnizarla de alguna grande e inmerecida injusticia. La criada de doña

Carmen también parecía querer mucho a Julia, mirando, por el contrario,

a Clotilde y su marido con respeto, pero sin cariño: todo lo cual

indicaba que en la existencia de aquella familia había un secreto: según

las apariencias Julia era o había sido víctima de alguna infamia.

La triste situación de esta mujer, sus gracias naturales, aumentadas con

el novelesco encanto del misterio, y la particular organización del

médico, que, sin duda harto de estudiar el dolor y la materia, buceaba

con placer en las profundidades del espíritu, hicieron que Ruiloz se

apasionase por aquella víctima de no sabia qué injusticias. A su amor

contribuyeron, tanto como la figura de Julia, la misteriosa situación en

que esta se encontraba y la facilidad con que su propio ánimo se dejaba

influir y dominar por todo lo extraordinario y anormal: sintió un afecto

formado de simpatía y de piedad, robustecido por la prudencia forzada, y

finalmente poetizado por aquella aureola de dignidad y desgracia en que

veía envuelta a la mujer querida. No le seducían sus ojos por

expresivos, ni su boca por fresca, ni su talle por esbelto, sino toda

ella por cierta atmósfera de melancolía que, circundándola como un

ropaje ideal, daba a sus ojos apacible tristeza, y a su boca sonrisa

resignada, y a su cuerpo entero una dejadez y laxitud en mayor grado

poderosas y excitantes que la más espléndida hermosura o la más astuta

coquetería.

Ruiloz ocultó cuidadosamente su amor, pensando que ni la situación de

aquella familia ni el poco tiempo que en su amistad llevaba le permitían

por entonces otra cosa; pero este mismo forzoso secreto sirvió de

incentivo a su deseo.

Entre tanto, la enfermedad de Clotilde volvió a agravarse, precisamente

cuando el balneario se iba quedando desierto. La fecha de la clausura

estaba cercana, y el médico no decía palabra de volver a la corte; si

alguien le hablaba del regreso, respondía con evasivas: pero como nadie

se engaña a sí mismo, harto persuadido estaba de que Julia, únicamente

ella, era quien le retenía allí. Por fin se marcharon de Saludes hasta

los criados y camareros: no quedaron en el lugar más que la familia

Molínez y el doctor. Entonces éste, temeroso de que aun a sus nuevos

amigos pareciese sospechosa tal conducta, mortificado por la suposición

de que pudieran creer que prolongaba su estancia allí para hacer pagar

más caros sus cuidados, y sobre todo aguijoneado por el amor, determinó

salir de dudas.

Una noche vio que Julia tenía los ojos como puños, de haber llorado.

Nada se atrevió a preguntarle; pero al día siguiente, que era domingo,

esperó muy de mañana a la criada vieja de doña Carmen, y acercándose a

ella cuando salía de la iglesia le rogó que le siguiese hasta su

despacho del balneario, donde, primero con astucias y luego con ofertas

trató de averiguar lo que tanto deseaba saber.

Aquella buena mujer le dejó hablar cuanto quiso, sin interrumpirle; oyó

sin chistar los inocentes y mal rebuscados pretextos en que fundó sus

preguntas, y luego, sonriendo como diplomático que no se resigna a darse

por engañado, le dijo con la respetuosa franqueza propia de algunos

sirvientes viejos.

--Mire V., señor doctor, hace muchos días que esperaba esto... vamos,

que me buscara V.

--¿V. lo esperaba?

--Tan seguro lo tenía, que antes de venir he pedido permiso a mi ama

doña Carmen.

--¿Y qué le ha dicho a V.? ¿Y por qué lo sospechaba V.?

--¿Me da V. su permiso para que hable clarito?

--Se lo ruego.

--Pues V. está enamorado de la señorita Julia; V. ha comprendido que en

la casa pasa o ha pasada algo muy gordo, como vulgarmente se dice, y

quiere enterarse... naturalmente, un hombre tiene derecho a saber lo

que puede importarle.

--Y esto que V. dice, ¿lo sospecha también doña Carmen?

--A mi señora no se la escapa nada.

--¿Y doña Clotilde y su marido?

--La enferma, V. lo sabe, no está para nada: el señorito Javier no sé si

se habrá fijado; pero ese... lo mejor que le podía suceder era que la

señorita Julia saliera de casa.

--¿Y _ella_?

--Doña Carmen dice que sí, que la señorita ha comprendido que V. la

quiere; yo, a decir verdad, no lo sé. ¡Ojalá le hiciese a V. caso! todo

se lo merece... aunque no sea más que por lo que ha sufrido.

--Veo que con una mujer como V. no hay que andarse por las ramas, y

menos estando doña Carmen enterada de...

--Pues pregunte V. lo que quiera. Soy vieja, llevo veinte años al lado

de doña Carmen, y ya le digo a V. que estoy aquí con su consentimiento.

Lo que V. desea saber es... la situación de la señorita Julia en la

casa, el por qué no se lleva bien con la señorita Clotilde y con su

marido; en fin todo lo que pasa.

--Cabal.

--Va V. a salir de dudas. La señorita Julia es sobrina carnal de doña

Carmen, hija de una hermana suya que murió hace quince años. La ha

criado como a su propia hija, que es de la misma edad, poco más o menos.

En vez de una hija, han sido dos... y, la verdad, la señorita Julia es

de mejor índole, más cariñosa y dulce.

--¡Eso un ciego lo ve!

--Hace tres años comenzó D. Javier a seguirlas por todas partes: a

teatros, conciertos, paseos... en fin, lo que hace un enamorado.

--¿De quién?

--De la señorita Julia. Por fin le presentaron en la casa; ella no le

puso mala cara, y estuvieron en relaciones... cosa de seis meses.

--Pues no comprendo...

--Al cabo de aquellos seis meses llegó el verano. Mis señoritas tienen

costumbre de salir de Madrid todos los veranos, y se encontraron con que

aquel año no podían: verá V. por qué. La casa donde vivimos en Madrid es

de doña Carmen; un caserón viejo, a la antigua. Mi señora quería hacer

obra, obra grande; tirar tabiques, reformar muchas cosas, tapizar luego

habitaciones... un trajín de todos los diablos; y, por otra parte, no

quería renunciar al viaje, cuestión de salud. Tenemos un administrador

viejecito, un buen señor, pero con tantos años sobre sí, que no sirve

para nada. En una palabra, hacía falta que se quedara alguien con él.

Total; nos quedamos en Madrid el administrador, la señorita Julia y yo,

pasando todo el verano vigilando a los operarios. La señorita Julia

comprendió que debía dar este gusto a doña Carmen... y de ahí nació

todo.

--¿Y qué tiene eso que ver?...

--¿No lo adivina V.? Doña Carmen y la señorita Clotilde se fueron con

una doncella, nosotras nos quedamos y... aquí entra lo feo. Doña Carmen,

que había autorizado los amores de la señorita Julia con D. Javier,

prohibió naturalmente que éste entrase en la casa durante su ausencia, y

ella, más buena que el pan, para evitar toda clase de habladurías, pidió

a su novio que se marchara también de Madrid durante el verano. Y él se

fue, sí, señor; pero se fue donde estaban ellas: primero a San

Sebastián, luego a Biarritz, quince días a París... y donde fue no lo

sabemos, pero...

--¿Clotilde le robó el novio a Julia?

--Sí, señor; robado, esa es la palabra. Parece que la cosa comenzó con

bromas y coqueteos; no sé lo que sucedería; pero o ella le volvió loco,

o él pensó que más valía la rica que la pobre. A mitad del verano dejó

de escribir a Julia. El administrador y yo creímos que la señorita se

moría: doña Carmen llegó a Madrid enferma del disgusto, porque ya se

traía tragada la infamia. ¡Qué cosas le dijo a su hija! No hubo medio de

evitarlo: él amenazó con sacarla depositada, y, ante el escándalo, hubo

que ceder. Este es el secreto de todo. Como V. puede imaginar, se acabó

la tranquilidad.

No hay palabras con que expresar el asombro de Ruiloz, asombro mezclado

de pena, pues su primera suposición fue que Julia seguía enamorada de

Javier. Trató, sin embargo, de coordinar sus pensamientos, y preguntó a

la vieja:

--Pero dígame V.: después de todo esto, ¿cómo sigue la señorita Julia

viviendo en la casa?

--Viven y no viven juntos. La señorita Clotilde y su marido tienen el

bajo, que es independiente; doña Carmen, Julia y yo, el principal. En

Madrid _ellas dos_ apenas se veían. Por eso han sido aquí los

rozamientos, en cuanto se han acercado. Además, _ella_ quiso meterse

monja... ponerse de institutriz... ¿cómo había de permitirlo la señora?

--Todo está explicado.

--¡Claro! Aquí han sido los disgustos gordos. Cuando V. mandó llamar a

mi ama, la señorita Julia no quiso que viniera sola: pensó que tendría

calma para ver a la otra, para verle a él... y no ha habido tal calma.

Esta es la situación.

--¿Y no hay más?

--Lo demás es muy delicado.

--¡Pobre mujer!

--¡Figúrese V.! Está colocada en la alternativa de tener que abandonar

a doña Carmen a quien todo se lo debe, o soportar la presencia de los

otros. Y ahora comprenderá V. también la influencia que han de tener

ciertos sacudimientos morales en la enfermedad de doña Clotilde; porque,

a mí no me cabe duda, también ella ha de sufrir... ¡y bien castigada

está! Clotilde sabe que Julia la desprecia, y al mismo tiempo está

celosa de ella.

--¡Si Julia quiere, yo la haré feliz!--exclamó Ruiloz en un rapto de

indignación mezclada de ternura.

Y en aquel momento comprendió que la quería de veras. No, no era sólo la

atracción de lo misterioso y anormal; era que aquella mujer se le había

metido en el alma. Hizo un esfuerzo por serenarse, dominó la impresión

que sentía, y dijo:

--Pues bien; sólo dos cosas deseo saber ahora; primera: ¿cree V. que

Julia quiere todavía a D. Javier?

--Me parece demasiado altiva, demasiado digna...

--Segunda: ¿cree V. que doña Carmen apoyará mis deseos?

--Cuando me ha permitido venir aquí, es que ha visto en V. un hombre

honrado para su Julia.

--Pues si es así, yo aprovecharé la primera ocasión que se me presente

propicia para hablar con Julia. ¡Con tal de que su antiguo amor hacia

Molínez no sea una verdadera pasión!

--Se me figura que no; eso V. lo averiguará. Y ahora, para concluir, yo

también tengo que hacer a V. una pregunta por encargo de mi ama, y claro

está que repetiré con la mayor prudencia lo que V. diga. Vamos a ver:

¿cuál es el verdadero estado de la señorita Clotilde?

[Illustration:... subieron de punto sus cavilaciones.]

--Hoy por hoy, gravísimo. Creo, sin embargo, que de esa crisis

saldremos adelante; pero de las que vengan luego no respondo; en uno

de esos ataques tiene que quedarse. De modo que si ahora se alivia, lo

antes posible, a Madrid con ella.

* * * * *

Desde la mañana en que Ruiloz habló con la criada confidente de doña

Carmen, subieron de punto sus cavilaciones. Ya sabía cuanto deseó saber;

ya conocía el secreto de aquella familia, el motivo de las tristezas de

Julia, y sin embargo, sus dudas eran más dolorosas que antes. Ella en

nada desmereció a sus ojos, siguió pareciéndole tan digna de ser querida

como antes; nada viturable halló en su conducta; había amado a un hombre

que la despreció por otra, ni más ni menos... Allí la traidora, la digna

de censura era Clotilde. Para Molínez no encontraba calificativo

bastante duro: era un miserable vulgar, que sintiendo inclinación hacia

una mujer la dejó en cuanto supo que era pobre, dándole por rival a su

misma prima, prolongando luego una situación en que la infeliz había de

sufrir doblemente con mortificaciones de amor propio y... acaso, acaso

con dolorosísimos celos. Porque ¿quién podría decir si Julia no amaba a

Javier? ¿En qué consistiría su tormento? ¿En la postergación sufrida, o

en el desengaño experimentado? ¿Quién era capaz de saber lo que pasaba

en su alma? El haberle quitado el novio, ¿significaba para ella la

simple humillación del orgullo femenino, herida hecha en la vanidad, que

escuece pero se cura, o sería tal vez el robo de sus ilusiones y la

muerte de sus esperanzas? Aquel odio hacia Clotilde que Julia no podía

encubrir ¿era expresión más o menos exagerada de desprecio y

superioridad, o era el rencor de un alma a quien se habían cerrado las

puertas de la dicha? En una palabra, ¿habría Julia sentido por Molínez

un amor tibio y pasajero, ya extinto, o una de esas pasiones que en la

adversidad se exacerban y llenan toda la vida?

Ruiloz necesitaba saberlo, pues una cosa era para él pretender a quien

sólo fue requerida de amores consintiendo en ello, y otra cosa muy

distinta sería aspirar a enseñorearse de un corazón que tenía dueño,

tanto más adorado cuanto más imposible era poseerlo. Finalmente,

comprendía que le era indispensable averiguar si Julia odiaba a Clotilde

tan sólo por su pasada perfidia, o si estaba celosa de ella porque amase

a Javier.

Las circunstancias le favorecieron, y él las aprovechó, empleando medios

conforme a su índole soñadora y romántica, siempre propensa a recursos

en que la fantasía superaba al raciocinio.

Cualquier otro hombre hubiese comenzado por galantear a Julia hasta

esperanzarse con algún fundamento, para seguir después enamorándola a

fuerza de sinceridad y prudencia: él comenzó a discurrir ante todo la

manera de salir de dudas; lo demás, suponía que se haría solo.

Pronto se le presentó la oportunidad de poner su imaginación al servicio

de su propósito.

A los pocos días de hablar con la criada de doña Carmen se acentuó el

retroceso en el padecimiento de Clotilde, a quien velaban

alternativamente una noche su marido con la doncella, y otra Julia con

doña Carmen, la cual solía echarse en un sofá mientras Julia pasaba el

rato leyendo y pronta al cuidado de la enferma.

Para una de estas noches concibió y dispuso Ruiloz su plan, ideado acaso

con no muy sólido fundamento, por suponer al prójimo capaz de afectos

más vehementes que los por él experimentados, pero que a juicio suyo

había de darle plena certidumbre de los sentimientos de Julia.

Por la tarde el doctor tomó en su casa dos frascos, uno de cabida como

para treinta gramos, y otro muy pequeño: llenolos ambos de agua clara,

y, sin añadir nada al primero y mayor, vertió en el segundo una materia

inofensiva, que dio al agua transparente un color amarillo tan

brillante, que puesto el vidrio al trasluz, parecía contener oro

líquido. Luego tapó cuidadosamente ambos frascos, y esperó a que llegase

la ocasión deseada.

* * * * *

Las habitaciones que servían de albergue a los Molínez eran espaciosas

y estaban amuebladas a estilo de pueblo, contrastando con la vetustez y

modestia de cuanto había en ellas el aspecto moderno y la riqueza de los

utensilios, ropas, neceseres y estuches de los madrileños: un saco, una

manta de viaje valían más que todo lo puesto a su disposición por el

huésped.

Ocupaba el centro de la casa una sala grande con dos dormitorios, uno a

cada lado: el de la derecha para doña Carmen y Julia; el de la izquierda

para Clotilde y su marido.

La enferma, casi privada de poder acostarse, pasaba muchas horas sentada

en una gran butaca, junto a un ventanón, al través de cuyos cristales,

pequeños y emplomados, se descubría un hermoso y pintoresco valle.

Cuando quería dormir se extendía en aquella misma butaca, y apoyada en

varios almohadones, lograba conciliar el sueño. Una lámpara muy lujosa,

llevada de Madrid, iluminaba el gabinete, mientras Clotilde estaba

desvelada, encendiéndose en su lugar, cuando quería dormir, una bujía

puesta en el suelo y tapada con una manta colgada entre dos sillas.

Tal era el aspecto de la estancia una noche en que doña Carmen y Julia

debían velar a Clotilde.

Ruiloz procuró entretenerse un rato con doña Carmen, hasta que Javier se

retiró a descansar; luego fue dejando decaer el interés de la

conversación que sostenía con ella hasta verla dar cabezadas, y cuando

se hubo dormido por completo fue acercándose hacia Julia, que estaba

leyendo junto a un velador, encima del cual lucía la lámpara, cuya

pantalla arrojaba toda la claridad sobre su gentil figura, dejando los

extremos de la habitación en sombra. Tenía puesto un traje de lanilla

gris liso y muy ceñido; la respiración pausada y tranquila imprimía a su

hermoso pecho un movimiento regular, y un rizo sedoso y negro, escapado

de entre las horquillas, le ocultaba parte de la frente.

No parecía interesarle gran cosa la lectura: había instantes en que los

ojos se le quedaban inmóviles, fijos, cual si entre ellos y el periódico

se interpusiese algo indefinido y soñado que abstrajese su alma de

cuanto la rodeaba, dibujándose en su rostro una sonrisa de hastío y de

tristeza; pero otras veces al menor ruido que procediese de donde estaba

Clotilde, aquellos mismos ojos se animaban de pronto, como si en ellos

fulgurase la llamarada de un impulso indomable. Si Clotilde respiraba

fuerte o se movía, haciendo crujir levemente sus ropas, Julia, alzando

súbito la cabeza, quedábase mirándola, con las pupilas incendiadas por

un relampaguear indefinible y extraño, tan extraño, que nadie hubiese

podido decir si era expresión de odio o muestra de terror. En aquellas

miradas imposibles de descifrar estaba retratada su situación. ¿Qué

afecto agitaría su alma? ¿La soberbia de un perdón desdeñosamente

otorgado? ¿La indiferencia del desprecio? ¿Tal vez la compasión que

inspira la desgracia, aun merecida, o acaso el rencor involuntario y

hondo que con ningún infortunio se apacigua?

Al llegar Ruiloz al lado de Julia, ésta dejó caer el periódico sobre el

velador, disculpándose de haber seguido leyendo.

--Creí que se había V. marchado.

--¿Sin despedirme?

--V. ya es de casa.

--¡Ojalá!

--¿Por qué?

Ruiloz, sin contestar a esta pregunta, siguió:

--Me he quedado para hablar con V.

--¿Conmigo?

--Sí; V. es aquí tal vez la única persona con quien se puede hablar

claramente del gravísimo estado de esa pobre señora. ¿Para qué

mortificar más a su madre y a su marido?

--¿Cree V. que hoy está peor?

--Sí; y quisiera hacer una prueba con ayuda de V. Si V. no se hubiese

quedado hoy a velarla, habría esperado, porque para lo que intento, no

puedo fiarme del marido, a quien la emoción quitaría serenidad, ni menos

de la madre...

--V. dirá lo que se debe hacer.

Ruiloz miró hacia doña Carmen para convencerse de que seguía durmiendo,

y sacando del bolsillo los dos frasquitos, el del agua clara y el de

agua teñida de amarillo, dijo enseñándolos a Julia y refiriéndose al

segundo:

--Este es un medicamento de una violencia excepcional; hay que emplearlo

con la mayor precaución; no hay veneno que se le iguale.

--¿Y cómo se da eso?

--Ahora lo sabrá V. Clotilde habrá tomado esta tarde poco alimento...

--Muy poco.

--Probablemente se despertará, y entonces le da V. dos cucharadas de lo

contenido en el frasco grande. Tal vez siga tranquila, y en ese caso,

nada. Pero lo casi seguro es que sobrevenga una excitación muy fuerte, y

entonces le da V. cuatro o seis gotas de lo del frasquito amarillo.

Muchísimo cuidado: es absolutamente necesario que la excitación sea

indudable y fuerte, porque si toma el segundo medicamento sin haberse

producido la alteración, en situación normal... la muerte sería cosa de

dos horas. ¿Me ha comprendido V. bien?

--Creo que sí--repuso temblando.

--Al ponerse agitada, nerviosa, casi delirante, el frasco amarillo; y,

no lo olvide V., si esa excitación no viene, dárselo es matarla.

En seguida Ruiloz, aparentando la indiferencia con que suelen hablar los

médicos de estas cosas, se despidió y salió, dejándola con los dos

frascos sobre el velador y llena de sobresalto el alma.

Realmente aquello era un engaño, sólo posible con una persona ignorante

en cosas de medicina; mas la situación de Julia no dejaba por eso de ser

tremenda.

La casualidad, acaso la Providencia, ponía en sus manos la existencia

de Clotilde. Estaba moribunda, su vida pendía de un hilo, y ese hilo

ella podía cortarlo con completa irresponsabilidad... ¿Matarla? no: no

más que adelantarle un poco la hora de la muerte, y la impunidad sería

absoluta, nadie había de saberlo. Con decir que sobrevino la agitación

prevista por el doctor y que le dio el segundo medicamento...

Sí; aquella era la hora de la venganza, el momento de la expiación, tan

fácil como nunca pudo soñarla un espíritu rencoroso. Además, ¿quién iba

a sospechar de ella, cuando el médico sería el primero que la pusiese a

salvo?

Ruiloz lo calculó todo de un modo diabólico. Las dos supuestas medicinas

eran agua: ni la primera había de causar agitación, ni la segunda podía

producir la muerte; pero si Julia daba la última, su intención no

ofrecería duda de ningún género: habría mentido al decir que vino la

excitación, y habría demostrado, sólo para Ruiloz, el deseo de abreviar

la vida de Clotilde. En una palabra, Ruiloz iba a penetrar en el alma de

Julia: si ésta procuraba la muerte de Clotilde, era señal de que seguía

enamorada de Javier, o de que sin amarle era rencorosa hasta la

perversidad, e indigna de ser querida; si lo contrario, demostraría

primero que su corazón era incapaz de venganza, y tal vez que su amor a

Javier era sentimiento extinguido.

De esta suerte quedaron ambos al separarse, lleno de confusión el

pensamiento: Ruiloz porque aquella prueba había de revelarle el temple y

la índole de la mujer querida, y Julia porque a solas con su conciencia

imaginaba ser juez en causa propia.

* * * * *

¡Qué noche tan larga... y qué ideas tan negras!

Pero su voluntad no vaciló, la entereza de su virtud no desfalleció un

instante; mas la imaginación... a esa ¿quién le corta las alas?

Al través de los vidrios y visillos de las ventanas se veían lucir las

estrellas; turbaban el silencio los ruidos característicos del campo; ya

el campanilleo de una recua, ya el rechinar de un carro, ya los

graznidos de las aves rapaces que buscaban nidos entre la espesura del

ramaje.

A las tres de la madrugada la enferma pidió agua; Julia se la dio. La

tentación no había hecho presa en su alma, y sin embargo, todo su cuerpo

temblaba, no por miedo al delito, sino sólo ante la facilidad de poder

ejecutarlo.

--Te tiembla la mano--dijo Clotilde con voz débil al tomar el vaso.

--Tengo frío--repuso Julia.

Y llena de espanto pensó en cuál otro y cuán distinto sería su temblor

si hubiese aceptado la idea del crimen. Clotilde, apurando el agua, miró

con precaución en torno, y bajando cuanto pudo la voz, preguntó:

--¿Estamos solas?

--Sí.

Entonces, dominada por uno de esos impulsos misteriosos que hacen pensar

a dos almas en una misma cosa al mismo tiempo, atrajo a Julia hacia sí,

diciendo con acento de súplica:

--¿Aún me guardas rencor?

--Calla y duerme--repuso aterrada, pareciéndole que evocar lo pasado era

incitarla al delito.

[Illustration:--Te tiembla la mano--dijo Clotilde...]

A las cuatro y media, cuando empezaba a despuntar el día, Clotilde llamó

otra vez. Julia, con mano firme y pulso seguro, le dio la cantidad que

debía del líquido contenido en el frasco grande, y esperó... ¿Vendría

la agitación esperada y temida por el doctor?

Clotilde quedó inmóvil y adormilada, como en reposo absoluto de espíritu

y de cuerpo; apenas se notaba su respiración.

A Julia se le apagó la lámpara, y cogiéndola sin llamar a nadie, la sacó

fuera para que no diese tufo, yendo a dejarla en uno de los cuartos

inmediatos.

Ya era día claro. Avida de ambiente puro, abrió un balcón que daba al

huerto, y apoyada de pechos en la barandilla, respiró con fuerza, larga

y deleitosamente el aire fresco del amanecer. ¡Qué sol tan hermoso!...

Y en su alma, ¡qué dulcísima paz!

* * * * *

Ruiloz halló a la enferma igual que la víspera. Julia le dijo que había

pasado la noche sin novedad, y le devolvió el frasquito del líquido

amarillo, diciendo con la mayor naturalidad.

--No ha hecho falta.

* * * * *

Aprovechando una pasajera mejoría de Clotilde, se decidió pocos días

después la vuelta a Madrid, pero sin esperanza: ella misma, convencida

de su próximo fin, murmuraba tristemente al salir del pueblo:

--¡A morir a casa!

Ruiloz les acompañó hasta la estación, donde llegaron largo rato antes

de la hora de salida.

El día era hermosísimo: un airecillo manso y saturado de aromas

campestres movía lentamente los árboles; los andenes estaban casi

vacíos; no se oían más ruidos que el rodar del ómnibus que regresaba al

pueblo y el alegre piar de una bandada de gorriones, que venía

revoloteando a posarse en los alambres del telégrafo. Doña Carmen y

Javier estaban al lado de Clotilde, para quien se había dispuesto en la

sala de descanso una butaca. Julia y Ruiloz paseaban calladamente, yendo

y viniendo desde los almacenes de mercancías hasta el depósito de agua,

que servía como de abrevadero a las locomotoras.

De pronto ella, dando, sin saberlo, pie al médico para que dijese lo que

tenia pensado, le preguntó:

--¿Estará V. aquí todavía mucho tiempo?

--No; iré a Madrid muy pronto.

Y al mismo tiempo, fijando en Julia la mirada, se permitió cogerle

familiarmente una mano, y como quien está resuelto a no callar,

continuó:

--¡Por lo que V. ame más en el mundo!... óigame V. un instante. Sé lo

buena que es V..., lo que V. merece, lo que ha sufrido... Le ofrezco a

V. un nombre honrado, una posición independiente... y un tesoro de

cariño. ¿Quiere V. ser mi mujer?

Ella calló un momento entre absorta y halagada, sin gran sorpresa,

exenta de enojo: después bajó los ojos, y alzándolos luego y mirando

cara a cara, repuso:

--¿Está V. seguro de lo que siente? ¿Es que me quiere V..., o que me

compadece? Porque V. sabe algo... No, no será amor... es lástima.

--¿Cree V. que se casa nadie por lástima?

--¿Sabe V. que soy pobre? ¿Que no tengo absolutamente nada?

--Y me alegro con toda mi alma.

Entonces, inundado el corazón de una felicidad tanto más intensa cuanto

menos prevista, le dijo:

--Debemos pensarlo mucho. Venga V. pronto a Madrid... y hablaremos. ¿No

cree V. que debemos conocernos más?

--La conozco a V. mucho más de lo que imagina.

* * * * *

Pocos minutos después partieron los viajeros.

Doña Carmen y su criada cuchicheaban a un extremo del vagón: Javier iba

contando un puñado de monedas de plata; Clotilde, reclinada sobre un

montón de almohadones, tenía impresas en el semblante las señales de un

dolor intenso.

Ruiloz quedó solo e inmóvil en el andén, al borde de la vía... triste,

atormentado de mil cavilaciones; pero pronto abrió el alma a la

esperanza, porque Julia permaneció asomada a la ventanilla hasta

perderse el tren de vista en una curva que comenzaba junto a la salida

de agujas.

Luego se oyeron lejanos los resoplidos del vapor, rasgó los aires un

silbido y en el espacio quedó flotando una nubecilla blanca.

Amores románticos.

Felisa tenía veintitrés años; era hermosa, rica, estaba enamorada, podía

casarse, porque su tutor no lo estorbaba, y sin embargo, iba dilatando

voluntariamente la realización de su ventura: encantos de la juventud,

bienes de fortuna, pasión correspondida, todas las circunstancias que

justificaban y debieran de contribuir a que la boda se celebrase

pronto, quedaban en ella esterilizadas por una resistencia

incomprensible.

Su novio, que se había educado en el extranjero, haciéndose luego

ingeniero en España, tenía cuatro o seis años más que ella, y era

también inteligente, rico, de buena índole y arrogante figura,

cualidades que le rindieron en poco tiempo el corazón de Felisa, pero

que no bastaron a conquistar su voluntad.

La conducta de la muchacha era un verdadero enigma. Estaba en la

situación más favorable a su deseo que pudo soñar mujer amante: para

ella querer era poder, y en vez de fijar el día del casamiento,

constantemente lo aplazaba, cuándo con astucia, cuándo con energía, ya

fingiendo prolongar la vanidosa satisfacción de verse deseada, ya

mostrando recelo de que al ser poseída mermase la vehemencia del amor

que había inspirado, ya negándose clara y resueltamente.

El pobre Manuel no acertaba con la explicación de lo que entre ambos

ocurría.

Felisa era elegantísima; gustábale todo lo artístico y lujoso, pero no

pecaba de manirrota ni derrochadora. Según ella, con lo que habían de

reunir al casarse, tendrían más de lo necesario: no había, pues, que

atribuir a codicia el origen de aquella resistencia.

El tutor, que por honrosa y rara excepción le sirvió de padre cariñoso,

deseaba la boda: primero, suponiendo que sería feliz, y segundo pensando

ahorrarse las molestias que proporcionaba la administración de lo

ajeno; con lo cual Felisa no hallaba oposición que vencer.

¿Tendría tal vez, como a muchas acontece, idea exagerada de sus propios

encantos y esperanza de fundar en ellos un matrimonio más ventajoso?

No: Manuel podía rechazar esta sospecha cumplidamente, porque Felisa era

tan modesta como desinteresada; no con la modestia que aparenta ignorar

la propia belleza, sino con aquella otra que muy pocas mujeres tienen y

que consiste en no abusar del poder que sus hechizos les conceden. Le

gustaba engalanarse, pero luego de vestida pasaba ante los espejos sin

mirarse, y ni a solas era ridículamente vanagloriosa, ni coqueta con los

hombres.

Finalmente, Manuel estaba seguro de haberse ido enseñoreando del corazón

de su novia en diálogos íntimos y largos, donde, sin menoscabo de su

pureza, pudo mostrarse la mujer tal cual era.

Libre y apasionado él, sin madre y enamorada ella, tolerante y dormilona

el aya que había de vigilarles, sus entrevistas no fueren dúos con

centinela de vista, sino momentos de casta expansión en que sinceramente

se dibujaron sus caracteres, contribuyendo los atractivos morales de

cada uno a que se templara el amor de los sentidos en la dulce

servidumbre de las almas.

No sopló el diablo, a pesar de hallarse tan cerca el fuego de la estopa.

Pero cuanto más orgulloso estaba Manuel por haberse apoderado del

corazón de Felisa, menos podía explicarse su terquedad en ir dejando la

boda para más adelante, como si juntamente sintiese amor al hombre y

miedo al matrimonio. ¿En qué se fundaba su temor?

No llegó a sorprenderlo toda la perspicacia de Manuel. Por Noche Buena

del primer año de sus amores, le dijo Felisa que se casarían en la

primavera siguiente; llegado Abril, lo aplazó para el verano; luego dio

largas hasta la vuelta de los baños de mar; en Septiembre ideó nueva

dilación con pretexto de pasar el otoño en París haciendo preparativos y

compras; por último habló del día de año nuevo y santo de él, y hubiese

seguido alargando plazos si Manuel no tuviera el valor de fingir (su

trabajo le costó) que se enfadaba seriamente. Planteó la cuestión,

discutieron, y venció... a medias, que es como siempre vence el hombre a

la mujer.

Manuel tenía necesidad ineludible de ir a Nueva York y permanecer allí

dos o tres meses para arreglar asuntos que, al morir, dejó pendientes su

padre, y que importaban muchos miles de duros; deseando además estudiar

los últimos adelantos realizados por ciertos ingenieros _yankees_.

Echando cuentas galanas, su proyecto era casarse, pasar unos días en

París, y hacer luego el viaje con Felisa durante la luna de miel: a lo

cual ella se negó en redondo, proponiéndole a su vez que fuese solo a

América, que mientras terminaría todos los preparativos, y que a su

vuelta él designaría la fecha definitiva del casamiento.

Con esta nueva demora hubo de transigir Manuel, ya formalmente

esperanzado por la seriedad de la promesa.

--Comprendo que tengas miedo al mar--le dijo;--pero júrame que

documentos, papeles, ropas, muebles, todo, lo tendrás preparado para que

nos casemos a las veinticuatro horas de mi llegada. Si intentas el menor

retraso, creeré que es un pretexto, un modo de reñir conmigo.

Te juro que al día siguiente de tu llegada nos casamos, si tú lo

deseas. ¿Acaso soy la primera que tiene miedo al mar?

Pero mentía.

La navegación no le inspiraba temor: se negó a embarcarse por ganar

tiempo, pareciéndole que aquellos dos o tres meses no habían de acabarse

nunca.

Pocos días después emprendió Manuel su viaje.

Desde París, desde el Havre, hasta momentos antes de ir a bordo, la

escribió cartas llenas de confianza y de ternura, a las cuales ella

contestó con un telegrama, pues no había tiempo para más, en que

discreta y veladamente ratificaba su promesa.

Luego, cuando durante la navegación dejó de recibir aquellas frases que

le recordaban el compromiso adquirido, volvió de nuevo a la resistencia.

En vano su aya o acompañante, aleccionada por Manuel, intentó que

principiase a buscar casa, tomar criados, comprar ropas de cama y mesa

y encargarse trajes. Felisa no hizo nada; en vez de entregarse a las

ocupaciones gratas para cuantas se casan a su gusto, persistió en su

inacción: antes parecía amante abandonada que novia dichosa. Ni aun el

tutor logró hacerle comprender lo desatinado de su conducta.

--Mira, nena--le decía,--estás jugando con fuego: afirmas que le quieres

y al mismo tiempo te niegas a casarte; de modo que si se da a pensar en

semejante contradicción... ¡Figúrate! Va a creer que hay en tu vida

alguna mancha cuyo recuerdo te obliga a rechazar lo mismo que deseas.

¡Pobre de él y pobre de ti como se le meta eso en la cabeza! Vamos a

ver: ¿en qué fundas tu terquedad?

Cuando tales cosas escuchaba Felisa, dejaba caer la cabeza sobre el

pecho y contestaba con evasivas.

--No sé... rarezas mías... ya nos casaremos.

El origen de su proceder era de tan difícil explicación, que ni ella

misma podía justificarlo: estribaba en una preocupación casi pueril,

meramente sentimental y supersticiosa; pero tan robustecida en fuerza de

darle vueltas con el pensamiento, que no conseguía desterrarla ni

vencerla. Ignoraba el modo de combatirla; pero sabía formularla con esa

terrible claridad que tiene el alma para conocer sus desventuras. He

aquí lo que la atormentaba y sobre lo cual levantaba una serie de

razonamientos insensatos, descabellados, pero que le hacían sufrir como

si fuesen fruto de la lógica más perfecta.

Su madre había sido mujer de extraordinaria hermosura, una de esas

beldades excepcionales que debieran ser premio providencial otorgado a

los mejores hombres; pero que, por azares de la vida, son presa y

juguete del primero que sabe engañarlas, pues es cosa sabida que no

corta la flor quien sabe apreciarla, sino quien anda más cerca de ella

al punto en que se abre. Aquella mujer encantadora fue desgraciadísima

por causa de su propia hermosura: todas sus desdichas, y fueron tantas

que acabaron con ella, tomaron origen en su funesta belleza.

El primer hombre a quien quiso murió loco por no lograr que se la diesen

como esposa. Luego la casaron sus padres con un ricacho desalmado y frío

que, tras una temporada de apasionamiento meramente físico, la dejó

abandonada durante cuatro años. Arruinose después en el juego, y

pensando entonces que las gracias de su mujer podían ser base de nueva

prosperidad, le impuso con amenazas la reconciliación, obligándola a

soportar amantes, a quienes explotaba. De una de estas uniones nació

Felisa que pudo ser el consuelo de su madre; pero el marido la dio a

criar en tierra extraña, y al cabo de unos cuantos meses dijo que había

muerto. Por último, aquel malvado reprodujo con caracteres más

repugnantes la tradición o leyenda de la mujer de Candaules, y una

noche, cenando con tres amigos, subastó entre ellos a su esposa. Los

padres de ésta, sabedores de tanta infamia, pusieron remedio al mal: a

fuerza de oro rescataron a la esposa mártir y a la niña abandonada,

muriendo de allí a poco la primera y heredando la segunda aquella

belleza extraordinaria, germen maldito de tamañas desdichas.

Posteriormente, primero los abuelos y después el tutor, criaron y

educaron a Felisa entre mimos y grandezas.

Más adelante el supuesto padre, que sólo lo era legalmente, pidió a los

abuelos una gruesa suma; no quisieron dársela, y él, por vengarse, hizo

llegar a manos de la nieta un papel donde refería las infamias que había

hecho con su mujer, la vida que le obligó a sobrellevar, y hasta la

lista de los amantes que le impuso.

Todo esto sabía Felisa: tal era el vergonzoso origen que no quería

confesar a su novio. Además, por testimonio de gentes que la conocieron

y por retratos que se conservaban, sabía también que físicamente se

parecía a su madre cuanto una mujer puede parecerse a otra. Tan grande

era la semejanza, que hallándose un verano en un pueblo de baños, un

caballero anciano la habló, comprendiendo quién era sin que nadie se lo

dijese, porque a voces lo declaraban los rasgos su fisonomía.

Esta era la causa de su insistente deseo de aplazar la boda: de una

parte quería ocultar la infamia de su nacimiento, y de otra aquel

extremo parecido perturbaba sus ideas hasta el punto de hacerle temer

que, como heredó la belleza, heredaría también la desgracia y la

deshonra. Calma, reflexión, frialdad, todo era inútil. Mientras

escuchaba las protestas de amor que su Manuel le prodigaba, creía en él

y le adoraba, maldiciéndose a si misma, por imaginar que aquel hombre

fuese capaz de algo malo; pero cuando a solas por la noche besaba el

retrato de su madre, o cuando a la mañana se veía en el espejo, sentía

nuevamente el alma invadida de temores; erguíase en su pensamiento la

resistencia invencible al matrimonio, y en garantía de felicidad ansiaba

ser amada como no lo fue su madre, como acaso no lo fue mujer alguna,

con una pasión despojada de todo sensualismo, con afecto ideal, tan puro

y limpio de deseos, que ni la posesión lograra mancillarlo ni el hastío

destruirlo.

Había en aquella superstición cierta grandeza trágica entre cristiana y

gentílica. De un lado suponía ser de aquellos hijos malditos en quienes

retoñan y se castigan las culpas de los padres; de otra parte se miraba

predestinada al infortunio como las vírgenes de los poemas griegos:

temía juntamente ser víctima expiatoria, y presa de la fatalidad,

viniendo estos sentimientos, por una larga e intrincada serie de

transformaciones mentales, a degenerar en una impresión doble y extraña

que la impulsaba a deleitarse con el pensamiento en el amor, y a temer

al amante como hombre. Diríase que su madre la concibió forzada,

pugnando por sustraerse a la realidad, y que ella, adivinándolo, sentía

horror de ello, procurando aborrecer las perfecciones corporales que

habían de convertirse en desventuras del alma.

Otros tiempos, otras ideas, otro medio social en torno suyo, y Felisa

hubiera sido de aquellas visionarias que se atenaceaban los pechos y se

abrasaban el rostro para no caer en brazos del ángel malo. Era, sin

darse cuenta de ello, una mística del amor; quería sentirlo y poseerlo

en espíritu, con la suave delicia del arrobamiento; y como aquella

belleza que suponía funesta le sujetaba al suelo, maldecía de ella

viendo en la expresión turbadora de sus ojos, en la púrpura de sus

labios, y hasta en el timbre voluptuoso y penetrante de su voz, otros

tantos presagios de irremediables infortunios.

Estas preocupaciones, en un principio voluntarias y solicitadas por el

pensamiento, llegaron a dominarla, convirtiéndose poco a poco en

supersticioso terror; sus cavilosidades adquirieron esa tenacidad

inconsciente de las perturbaciones mentales, y comenzó a odiar sus

encantos, como si fueran obstáculo a su felicidad y causa de que no

pudiera saber hasta dónde llegaba el amor del hombre a quien quería.

Por fin su imaginación enfermiza resumió todos aquellos desvaríos en

esta pavorosa duda:

«Si fuese fea... ¿me querría?»

Jamás mujer bonita se ha hecho pregunta tan terrible.

En estado de ánimo análogo al suyo debió de verse aquella dama que,

perseguida con deseos torpes por un rey de Castilla, se abrasó el rostro

para evitar la ocasión de su deshonra.

Felisa, menos trágica, más moderna, y sobre todo más femenina, se limitó

a procurar saber si Manuel amaba y deseaba en ella algo superior a la

envoltura carnal. Luego de sentirse amada en espíritu, toda hermosura le

parecería poca para que él la gozase; pero alambicando y

quintaesenciando a su modo la índole de la pasión que inspiraba, se

preguntaba constantemente:

«¿Me querría si fuese fea?»

* * * * *

Cuando Manuel tuvo casi ultimados los asuntos que motivaron su viaje,

escribió a Felisa fijando el día de la boda.

«Dentro de quince días estaré en París--decía,--y desde allí

telegrafiaré.»

La travesía de Nueva York al Havre se lo hizo más larga que a los

argonautas toda su expedición: al fin pisó el puerto, tomó el tren y se

detuvo en París, a lo cual le obligaba la necesidad de negociar ciertos

valores, albergándose en la misma fonda donde estuvo algunos días al

hacer el viaje de ida, porque en ella vivía su antiguo y cariñoso amigo

Pepe Teruel, que conocía a Felisa, y a quien constantemente hablaba de

ella: debilidad propia de enamorados, que siempre han menester

confidente.

Manuel y Pepe habían sido compañeros de colegio, condiscípulos de

carrera y camaradas de aventuras en la primera época de su juventud: tal

confianza les unía, que al irse a Nueva York el primero dijo al segundo:

--Ya he dicho a Felisa dónde ha de escribirme y hasta qué fecha; pero

cuando le avise que estoy a punto de volver, me escribirá aquí. Tú me

guardas las cartas hasta que te las pida, si por casualidad he de

permanecer fuera más tiempo.

En cumplimiento de este encargo, el día de su regreso le entregó Pepe

tres o cuatro cartas, diciéndole, al dárselas en el cuarto de la fonda,

mientras les preparaban el almuerzo:

--¿Sabía ella con seguridad cuándo te embarcabas?

--Fijamente, no. ¿Por qué?

--Porque esas cartas son muy atrasadas: estos últimos días no ha

escrito... esta mañana ha llegado otra carta... pero no parece suya la

letra... tómala.

--¿De modo que estas son anteriores?

--Claro: la última vino el 2; estamos a 30; con que...

--¡Veintiocho días sin escribir!

Desazonado por el presentimiento de alguna desgracia, rompió el sobre,

cuya letra no era de Felisa, y miró la firma.

--¿De quién?--preguntó Pepe.

--De Lorenza.

--¿Quién es esa señora?

--La conoces: es aquella viuda graciosa y parlanchína con quien jugabas

al aljedrez; buena y lista, pero demasiado amiga de divertirse. No me

gusta que ande mucho con ella, pero ¡vaya V. a evitarlo! Felisa le da

vestidos, sombreros, la saca de apuros, la lleva al teatro, en coche...

Es el tipo de la parienta o amiga que tienen casi todas las muchachas

ricas; servicial, complaciente, mitad por afecto, mitad por interés...

Felisa la maneja como quiere. Y vaya una carta larga. Verás cómo hacen

encargos, de seguro piden trapos... y, sin embargo, me temo algún

disgusto gordo.

La lectura de los primeros renglones le alarmó: luego se puso pálido,

comenzaron a temblarle las manos, nubláronsele los ojos, como si a

despecho de la entereza varonil quisieran brotar las lágrimas, y por

último, dejándose caer sobre una butaca, alargó el papel a su amigo,

mientras decía entre sollozos:

--Entérate. ¡Pobre Felisa mía!

Pepe leyó en voz alta.

«Querido Manuel: No sé si recibirás en París estas líneas ni cuándo

llegarán a tus manos. Sé que voy a darte una pesadumbre, y, sin embargo,

ni quiero ni puedo dejar de escribirte. Yo lo hubiera hecho de todos

modos, pero además lo hago por encargo de Felisa.

»Tantos rodeos para comenzar y los muchos días que llevas sin recibir

noticias suyas, te habrán hecho temer que aquí sucede algo grave:

desgraciadamente, no hay más remedio que decírtelo. Ha pasado el

peligro, pero ha sido grandísimo: unas viruelas espantosas.

»En cuanto a su vida, puedes estar tranquilo; los médicos la han

salvado. Dicen que la convalecencia será larga, y basta verla para

creerlos. No parece su sombra; en fin, seguiremos cuidándola como

hasta aquí, y recobrará las fuerzas perdidas.

[Illustration:--Entérate. ¡Pobre Felisa mía!]

»Y ahora, pobre amigo, ármate de valor. Ya te lo figuras, ¿verdad?

Consulta bien a tu corazón, haz algo que sea semejante a un examen

amoroso de conciencia, y si quedas seguro de que todavía puedes

quererla, prepárate a sufrir una gran desilusión y a luchar con la más

terca manía que cabe en cabeza humana.

»La violencia de la enfermedad ha sido espantosa: dice el médico que no

recuerda tan fuerte ataque de viruelas. ¿Para qué aumentar tu pena

refiriéndote detalladamente cuánto ha sufrido y nos ha hecho pasar?

Donde más ha tenido ha sido en la cara; fue preciso atarle las manos

para que no se destrozara, y aun así ha quedado completamente

desfigurada.

»Las facciones han perdido su regularidad y su gracia; la tez, todavía

plagada de manchas rojizas, quedará para siempre llena de hoyos, y por

algo que no sé explicarte, pues no entiendo lo que dicen los médicos, la

cara se le ha quedado algo contraída y como atirantada; en las mejillas

y alrededor de los labios es donde tiene más viruelas; los ojos apenas

dan idea de lo que fueron: la viveza y expresión que tenían se ha

convertido en una mirada amortiguada y mate: no hay brillo en sus

pupilas, y casi estoy por decirte que su dulce melancolía contribuye a

que sea mayor la compasión que inspira: parece que en los ojos se le

refleja la amargura del alma.

»Al segundo día de levantarse pidió un espejo. Doña Genara y yo habíamos

quitado los que había en el cuarto, deseando retrasar la horrible

impresión que había de sufrir, tratando al menos de que no fuese una

impresión brutal y repentina. Como comprenderás, los espejos pequeños

podían esconderse fácilmente, y así lo hicimos: con decir que no

parecían, en paz; pero delante del armario de luna tuvimos que poner un

biombo con pretexto de que por una puerta entraba aire.

»Todas las precauciones fueron inútiles: ya sabes lo lista que es.

Enseguida lo notó todo, y dándonos sus llaves, pidió un espejo de mano

que tenía guardado. Hubo que obedecer. Se miró, hizo un esfuerzo

violentísimo por sobreponerse a la impresión que debió de sufrir, y

luego inclinó la cabeza sobre el pecho, mientras por las mejillas le

caían dos lagrimones que no podían resbalar como antes sobre la tersura

de la piel, sino que fueron cayendo de hueco en hueco y de hoyo en hoyo

como gotas de agua arrojadas contra arena dura. ¡Qué escena tan triste!

No es para descrita.

»En muchas horas no hubo modo de arrancarle palabra. No comió ni

durmió. A la tarde siguiente me llamó, haciéndome sentar a su lado y me

encargó que te escribiera.

»He aquí, poco más o menos, sus palabras, que pronunció serena,

fríamente, y las cuales, a mi juicio, son el fruto de una noche de

horrible insomnio y de sin igual tormento:

»Escribe a Manuel, dile que he estado mala, lo que he tenido... y cómo

me he quedado. La verdad desnuda... que estoy horrible, espantosa, que

puedo inspirar lástima; pero que el amor y el mundo se han acabado para

mí: que le devuelvo su palabra... y que sea tan feliz como merece. Ya

ves--añadió--es hombre, y por grande que sea su amor, ¿qué pasión

resiste a esta prueba? Hasta me complazco en creer que sufrirá. ¡Ya ves

si soy egoísta! Pasará una temporada cruel, pero ni puedo ni quiero

exigirle que se case conmigo. ¡Qué desencanto si me viese! En mi

belleza--siguió diciendo se fundaba su amor; la he perdido y tiene

derecho a la libertad: si yo no se la diese ahora, él la recobraría

luego... y sería peor. Esta resolución es irrevocable; nada podrá

torcerla. En cuanto pasen unos días y me sienta más fuerte, me iré a la

Puebla del Maestre, procuraré restablecerme, y trataré de olvidar un

mundo donde, ya lo ves, la dicha depende de una calentura y unos cuantos

granos feos en la cara. ¡Pobre de mí! Escribe a Manuel de modo que sufra

lo menos posible, pero persuádele de que esto se acabó; ahórrale penas,

pero quítale toda esperanza. Bien miradas las cosas, aunque ahora lo

sienta, cuando sepa cómo estoy, bendecirá este arranque mío. No debemos

volver a vernos. Quiero que, de conservar memoria mía, guarde el

recuerdo de la otra Felisa, la de antes.

»He tratado de repetir sus mismas frases: lo que no puedes imaginar es

el acento de amarga y firme resolución con que las dijo.

»Y he aceptado el encargo de escribirte esta carta violentándome mucho,

porque sé la pena que ha de causarte: pero ten la seguridad de que nadie

participará de ella tan sinceramente como tu antigua y buena amiga,

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 17 / 19 题