Por fin, al comenzar el sexto año de separación, Valeria estuvo enferma,
y entonces, aterrada ante la idea de morir, sintió doblegarse su
entereza. Apenas convaleciente, corrió a la aldea. Su viaje le pareció
un tormento, más largo que el de los cinco años transcurridos. ¿Vivirían
los dos niños? ¿Cómo los encontraría? ¿Cuál sería su índole? ¿Cuál
mostraría mejores sentimientos? ¿Cuál la querría más? De fijo el suyo...
Pero ¿cómo le conocería?
¡Sacrificio inútil, batalla estéril contra la flaca condición humana!
Aún no habían llegado aquellos seres a la edad en que se revelan el
corazón y la inteligencia, y ya instintivamente ambicionaba que su hijo
fuese superior al hermano pegadizo.
* * * * *
Le parecía que el coche no iba bastante aprisa, que los árboles de las
laderas del camino eran siempre los mismos, que huía a lo lejos el
horizonte prolongando la separación..., hasta que al volver un recodo
próximo a la aldea, descubrió dos niños vestidos con relativo esmero.
Estaban jugando bajo un gigantesco grupo de castaños, saltando sobre un
espeso tapiz de musgo aterciopelado, donde el sol y las sombras del
ramaje formaban maravillosos arabescos.
Al llegar el carruaje cerca de aquel sitio, mandó parar, bajó, y
acercándose a los niños y conociéndolos, porque a su lado estaba la
mujer del colono, los envolvió en una mirada indefinible. Clavó en ellos
los ojos, quiso dirigirse primero a uno y luego a otro, vaciló,
llenarónsele las mejillas de lágrimas, y por último, extendiendo
abiertos los brazos, cogió a los dos al mismo tiempo, les atrajo contra
su pecho..., los apartó, tornó a mirarlos, y enloquecida de dudas y
alegrías, apretándoles de nuevo contra sí, abarcando juntas las cabezas,
se las cubrió de besos y caricias, mientras la aldeana, que la reconoció
en seguida, gritaba con su dulce acento gallego:--«Juan, está
quieto;--Pedro non te vayas.»
La mujer de alma grande tenía logrado su propósito. No sabía cuál era el
que había parido.