VII

Luego de enterrada su amiga, Valeria se marchó a Galicia con los niños,

aposentándose en la casa de Rivaria.

Su primer cuidado, después de arregladas las cosas necesarias a la vida,

fue observar la índole y carácter de los colonos, marido y mujer, de

quienes Susana había dicho que nunca pagaban el arrendamiento.

Afortunadamente, él, como buen gallego, era muy listo, y ella se pasaba

de buena. Valeria se propuso aprovechar las cualidades de ambos, y entre

tanto, poseída por su idea fija, procuró ver poco a los niños;

lentamente fue desentendiéndose de ellos; casi no les miraba, mostrando

una fuerza de voluntad increíble.

Haciendo vida campestre y retirada en aquel lugar, había un acaudalado

caballero a quien por lo caritativo llamaban sus convecinos _el Santo_,

y en éste se fijó principalmente Valeria para realizar su propósito. Le

dijo que, viéndose obligada a emprender un largo viaje por mar, y no

atreviéndose a llevar consigo los pequeñuelos, quería confiarlos a su

cuidado; le dio dinero para cuanto necesitasen durante cierto tiempo, y

dispuso que el labriego y su mujer le obedecieran ciegamente. Por

último, obrando astuta y sagazmente, tuvo la horrible precaución de

ocultar los verdaderos nombres de los niños, que eran los de sus padres,

llamándolos Juan y Pedro, ardid en que estaba fundado su propósito:

hecho todo lo cual desapareció del pueblo.

Cerca anduvo de arrepentirse por su condescendencia aquel santo varón;

casi se asustó de haber aceptado tamaña responsabilidad, pero jamás

llegó a preocuparse formalmente: primero, porque su compromiso era sólo

verbal y no había pruebas que pudieran perjudicarle; segundo, porque

¿quién habría en la comarca capaz de perseguirle ni acusarle? Sobre

todo, sin saber la causa, sin que él se diera cuenta de ello, Valeria le

había inspirado simpatía profunda y confianza ciega. Estaba persuadido

de que aquella mujer era mediadora de buena fe o víctima en una de esas

intrigas amorosas, donde sólo el misterio puede estorbar la iniquidad.

Lo principal para él era que, con caer las criaturitas en sus manos, se

habría casi seguramente evitado un crimen. Resta sólo decir que inducido

a error llamó Juan al mayorcito de los niños y Pedro al menor.

De esta suerte comenzaba a lograrse la confusión que Valeria deseaba.

Cada tres meses recibía _el Santo_ en pliego certificado un billete de

Banco, cuyo valor era bastante a cubrir los gastos ocasionados por los

niños. Lo que jamás recibió fue carta, mensaje, ni visita que le hablase

de la desaparecida. Cuantas tentativas hizo para saber su paradero

fueron inútiles. Así pasaron cinco anos.

En tan largo lapso de tiempo, Valeria estuvo muchas veces a punto de

renunciar a su tremendo sacrificio: en más de una ocasión le faltó poco

para volver a la aldea, exigir que le devolviesen los niños y

escudriñarles el cuerpo para distinguirlos, hasta recobrar la certeza de

cuál era el ajeno y cuál el suyo. Su vida fue un martirio insoportable;

mas lo padeció sin arrepentirse de lo hecho.

Fuese extravagancia de entendimiento perturbado, fuese abnegación

premeditada, había en su conducta heroica grandeza, algo casi

sobrehumano, que consistía en imponerse el doble sacrificio de privarse

de su hijo, y aceptar por tal al que no lo era, para que esta ignorancia

la hiciese luego tratar a ambos con el mismo cariño. Ignoraba que alma

de su temple jamás hubiera perjudicado al ajeno en provecho del propio,

mas quiso colocarse en tales condiciones, que hasta le fuesen imposibles

la preferencia y la injusticia.

¿Quién podía prever la suerte que les estaba deparada? ¿Qué haría ella,

por ejemplo, el día en que por los azares del mundo fuese preciso

anteponer en su corazón uno a otro, darle mayores facilidades de éxito,

o salvarle de un riesgo? ¿A quién acudiría primero? ¿No juró

confundirles en el mismo cariño? ¿Pues que mejor manera de realizar el

juramento que conseguir la imposibilidad de quebrantarlo? Según su

corazón, que estaba sorbido y dominado por la gratitud, todo aquello y

más debía a Susana, que la libró de ser arrojada del convento, la trató

como hermana, y finalmente, la unió al hombre de quien estaba enamorada.

¿Qué hubiera sido de ella sin Susana? ¿Hasta dónde hubiera rodado

impulsada por vientos de desgracia?

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 15 / 19 题