III

¿De qué nació el afecto que aquellas dos muchachas se profesaban?

Primero, del misterioso engranaje formado por las semejanzas y

diferencias que existían en sus caracteres. En bondad de corazón y

lucidez de inteligencia, eran iguales; de modo que podían quererse y

estimarse. Segundo, en lo vario de sus genios, de suerte que mutuamente

se buscaban, deseosas, por instinto, de hallar a sus facultades

contraste y complemento. Susana era bulliciosa y alegre; Valeria,

tranquila y melancólica; la ligereza y vivacidad de una hallaban

compensación y freno en la sensatez y reposo de otra: lo que al parecer

debiera separarlas era precisamente lo que les unía. Pero aún estaba su

amistad asentada en fundamento más firme.

Susana, por demasiado convencida de su hermosura, era de condición tan

altiva, que se había hecho antipática a todas sus compañeras: Valeria,

amargada del abandono y olvido en que vivía, y sin que aquel amargor se

convirtiera en envidia, consideraba como un peligro su belleza, no

alardeaba de bonita, sentía la incertidumbre de lo por venir, y privada

de esperanzas, era humilde. Desde que se conocieron fue la sola

compañera de Susana capaz de escuchar, sin sonreír burlonamente, sus

primeros arranques orgullosos, propios de señorita mimada por la

naturaleza y la fortuna, llegando a ser la única confidente de sus

ambiciosas ilusiones. No las compartía, pero no las ridiculizaba.

Susana hallaba en ella un corazón amigo, que aun contrariándola,

mostraba comprenderla, distante por igual de la adulación y de la

envidia; porque en la humildad de Valeria no había sombra de bajeza. Ni

ella la hubiera tolerado, pues era tan altiva a lo grande e incapaz de

pretender que le atribuyesen cualidades que le faltaban, como celosa de

que se reconocieran las que estaba segura de tener. Valeria era sincera

sin dureza y cariñosa sin lisonja, armonizándose por ello las

condiciones morales de ambas, en tal grado, que no hubiera podido

precisarse cuál valía más, si la orgullosa cuando sabía ceder, o la

humilde cuando sabía imponerse. Milagros del corazón, que dobla lo

fuerte y se somete a lo débil.

Llegado el domingo, fue el tutor de Susana a visitar a su pupila, la

cual, después de referirle lo que ocurría, le dijo en sustancia, poco

más o menos, lo siguiente:

--No me importa estar aquí un año más: tarde V. lo que quiera en ponerme

al tanto de lo que es mío, administre V. como le acomode, pero quiero

que pague V. cuanto Valeria debe al colegio, de modo que continúe tan

considerada como antes: quiero también que haga V. esos pagos a nombre

del caballero que antes venía a verla, para que nadie le eche en cara su

pobreza; y deseo, por último, que salgamos juntas del colegio y vivamos

luego como hermanas; es decir, que venga a mi casa, porque de vivir

como hermanas me encargo yo.

Si fue por mira interesada o en acatamiento de aquel impulso de

caritativa amistad, nadie lo sabrá nunca, pero lo cierto es que el tutor

accedió al ruego, y pasados unos cuantos meses, ambas educandas salieron

el mismo día del colegio, yendo Valeria a vivir a casa de Susana.

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 12 / 19 题