¿De qué nació el afecto que aquellas dos muchachas se profesaban?
Primero, del misterioso engranaje formado por las semejanzas y
diferencias que existían en sus caracteres. En bondad de corazón y
lucidez de inteligencia, eran iguales; de modo que podían quererse y
estimarse. Segundo, en lo vario de sus genios, de suerte que mutuamente
se buscaban, deseosas, por instinto, de hallar a sus facultades
contraste y complemento. Susana era bulliciosa y alegre; Valeria,
tranquila y melancólica; la ligereza y vivacidad de una hallaban
compensación y freno en la sensatez y reposo de otra: lo que al parecer
debiera separarlas era precisamente lo que les unía. Pero aún estaba su
amistad asentada en fundamento más firme.
Susana, por demasiado convencida de su hermosura, era de condición tan
altiva, que se había hecho antipática a todas sus compañeras: Valeria,
amargada del abandono y olvido en que vivía, y sin que aquel amargor se
convirtiera en envidia, consideraba como un peligro su belleza, no
alardeaba de bonita, sentía la incertidumbre de lo por venir, y privada
de esperanzas, era humilde. Desde que se conocieron fue la sola
compañera de Susana capaz de escuchar, sin sonreír burlonamente, sus
primeros arranques orgullosos, propios de señorita mimada por la
naturaleza y la fortuna, llegando a ser la única confidente de sus
ambiciosas ilusiones. No las compartía, pero no las ridiculizaba.
Susana hallaba en ella un corazón amigo, que aun contrariándola,
mostraba comprenderla, distante por igual de la adulación y de la
envidia; porque en la humildad de Valeria no había sombra de bajeza. Ni
ella la hubiera tolerado, pues era tan altiva a lo grande e incapaz de
pretender que le atribuyesen cualidades que le faltaban, como celosa de
que se reconocieran las que estaba segura de tener. Valeria era sincera
sin dureza y cariñosa sin lisonja, armonizándose por ello las
condiciones morales de ambas, en tal grado, que no hubiera podido
precisarse cuál valía más, si la orgullosa cuando sabía ceder, o la
humilde cuando sabía imponerse. Milagros del corazón, que dobla lo
fuerte y se somete a lo débil.
Llegado el domingo, fue el tutor de Susana a visitar a su pupila, la
cual, después de referirle lo que ocurría, le dijo en sustancia, poco
más o menos, lo siguiente:
--No me importa estar aquí un año más: tarde V. lo que quiera en ponerme
al tanto de lo que es mío, administre V. como le acomode, pero quiero
que pague V. cuanto Valeria debe al colegio, de modo que continúe tan
considerada como antes: quiero también que haga V. esos pagos a nombre
del caballero que antes venía a verla, para que nadie le eche en cara su
pobreza; y deseo, por último, que salgamos juntas del colegio y vivamos
luego como hermanas; es decir, que venga a mi casa, porque de vivir
como hermanas me encargo yo.
Si fue por mira interesada o en acatamiento de aquel impulso de
caritativa amistad, nadie lo sabrá nunca, pero lo cierto es que el tutor
accedió al ruego, y pasados unos cuantos meses, ambas educandas salieron
el mismo día del colegio, yendo Valeria a vivir a casa de Susana.