II

La segunda educanda tenía un año menos que Susana y se llamaba Valeria.

Su origen era un misterio que pudiera servir de base a una novela. Un

anciano, que dijo ser su padre la llevó al convento cuando apenas tenía

cinco años, y por espacio de ocho fue a verla todos los meses: luego no

volvió a presentarse allí para nada, ni escribió siquiera a la que

llamaba hija; pero durante otro año envió puntualmente dinero con que

atender a cuanto gastaba, y al siguiente, es decir, al llegar Valeria a

los quince, dejaron las monjas de recibir las mensualidades de

costumbre. Otro año entero siguió Valeria recibiendo los mismos cuidados

que si pagasen por ella, hasta que, cuidadosas las madres de sus

intereses, determinaron poner fin a una situación de que nada bueno

esperaban. ¿Quién era Valeria? Lo ignoraban. Mientras recibieron lo que

su educación costaba, no pensaron en averiguaciones: tal vez de hacerlas

hubieran tenido que rechazarla; pero apenas empezó a serles gravosa

comenzaron a rumiar ideas de desconfianza y a sentir un recelo muy

parecido al miedo. Las visitas cortas y tardías de aquel anciano

misterioso, su desaparición y luego el extraño modo de remitir fondos

sin escribir palabra, todo indicaba algo extraordinario, anómalo, y que

trascendía a pecaminoso. Al mes siguiente de no recibir dinero estaban

persuadidas de que Valeria no era de origen limpio y confesable, y de

que su compañía pudiera constituir un peligro para las educandas que

tenían familias conocidas, siempre puntuales en el pago de cuanto sus

hijas gastaban. Más claro: la prudencia aconsejó a las monjas no

continuar manteniendo y enseñando a una señorita que era juntamente

carga pesada y causa probable de responsabilidad; porque una de dos: o

sus padres habían muerto y la niña iba a quedarse allí gratis para

siempre como flor olvidada, y flor que costaba más que una _victoria

regia_ cultivada en Europa, o dichos padres, por no poder confesar que

lo eran, se desentendían de ella, y en tal caso, ¿quién iría a

recogerla... y pagar? ¿Se presentaría tal vez preguntando por Valeria

una señora falsificada, una aventurera despreciable, una... o lo que

fuera peor, un juez? Sólo pensar en ello les ponía a las madres carne de

gallina. Movida por estas consideraciones, que se discutieron entre las

de más autoridad y consejo, la priora, abadesa, o lo que fuese, mandó

llamar a Valeria, y suavemente, con gran dulzura, le dijo que la

situación era insostenible; que habían consultado con el señor obispo;

que éste no resolvía sus dudas; que la responsabilidad del convento era

tremenda; que allí había un misterio indescifrable; que no podían

continuar así, y otras muchas cosas, todas las cuales venían a

compendiarse en estas horribles frases: «Hija mía, lo sentimos mucho...

Profesar no puedes por carecer de dote; seguir aquí tampoco, por falta

de otros requisitos... Nosotras todas te encomendaremos al Señor en

nuestras oraciones, pero en el colegio es imposible que sigas. Te damos

ocho días de plazo para que digas a quién llamamos, dónde quieres que te

lleven, o cosa parecida. Y si no dices nada..., pues ya nos ha

aconsejado el Padre Dulzón que demos parte al gobernador para que

resuelva.»

¿A quién había de llamar? ¿Dónde había de ir la sin ventura? ¡El

gobernador! ¿Qué podría hacer sino enviarla a un asilo de beneficencia o

dejarla en medio de la calle? Valeria oyó aquello como reo de muerte que

escucha su sentencia; se arrodilló a los pies de la _madre_, le regó las

manos con lágrimas, le besó el hábito, y al fin cayó al suelo desmayada.

Hubo que llevarla a la enfermería, donde pasó tres días con fiebre y

delirio. Al cuarto se alivió algo, y lo primero que pidió fue que

llamasen a Susana; mas parapetadas las monjas en que el reglamento

prohibía a las educandas entrar en la enfermería, negaron el favor.

Susana, sabedora de lo que ocurría, movida del cariño y conocedora del

terreno que pisaba, regaló a una monja que hacía de _pasanta_ una

crucecita de plata, rogándole que a cambio del obsequio, llevase a

Valeria un regalito, consistente en un huevo de marfil, dentro del cual

había un rosario. Lo que ignoraba la monja era que, bajo el algodón en

rama donde descansaba el rosario, iba escondido un papel en que estaban

escritas estas palabras: «No digas que estás mejor; procura ganar tiempo

y no tengas miedo. El domingo debe venir mi tutor, y yo haré que ponga

remedio. Confía en mí.»

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 11 / 19 题