IV

La intimidad del hogar fomentó el cariño nacido en el convento. Dos

mujeres vulgares se hubieran dejado insensiblemente sojuzgar por las

circunstancias anormales de la situación. En Susana y Valeria sucedió lo

contrario: ellas se impusieron a la índole del caso. Ni la protectora

imperaba como ama, ni la protegida parecía dominada como sierva. El

afecto, más aún, la buena educación y delicadeza de sentimientos, hacían

las humillaciones imposibles. Valeria no era en la casa una amiga pobre

benévolamente acogida, no era una _demoiselle de compagnie_ tratada con

consideración: era la hermana menor. Ambas poseían ese maravilloso arte

de ceder a tiempo y resistir con dulzura, ante el cual se allanan los

disgustos y rozamientos que producen inevitablemente las pequeñeces de

la vida.

Ni aun la belleza podía mover discordia entre ellas, porque sus

atractivos ofrecían caracteres opuestos. Susana era grande, blanca,

gruesa, rubia y a pesar de su edad y su doncellez tenia aspecto de Venus

flamenca, perezosa y carnal. Valeria era pequeña, morenilla, delgada,

pelinegra, tipo de mística española, poca materia y mucho espíritu; un

fraile de Zurbarán hecho hembra. Los ojos azules de Susana alborotaban

los sentidos; los ojos negros de Valeria, por dulces y serenos,

inspiraban más cariño que deseo. No había entre ellas rivalidad posible.

El hombre que se prendase de una no podía racionalmente enamorarse de

otra.

Gracias a la fortuna y desprendimiento de Susana, vivían con lujo, iban

a bailes, teatros y saraos; viajaban, tenían coche, vestían con

exquisita elegancia, trayendo para ambas de París la mayor parte de las

galas, y, en una palabra, capricho sentido era en ellas gusto

satisfecho. Servíales de acompañante una hermana del tutor de Susana,

llamada doña Gregoria, señora entrada en años, pero tan amiga de

divertirse, que nunca ponía obstáculo ni entorpecimiento a cuanto las

muchachas fraguaban para lucir y brillar. Lo único que le disgustaba era

ver que las galanteasen, con la circunstancia extrordinaria de que su

enojo no estallaba cuando ellas coqueteaban, sino cuando se presentaba

alguien que asiduamente las cortejase. Un observador cuidadoso hubiera

podido notar que les dejaba tontear frivolamente, permitiéndoles oír

piropos y requiebros atrevidos, mientras quien se los decía no pasaba de

halagar su inocente vanidad de niñas bonitas, pero que en cuanto alguien

les buscaba con frecuencia, mostrando afán de serles agradable, doña

Gregoria ponía empeño en estorbarlo, sobre todo si se trataba de Susana.

En una palabra: aquella señora, obediente a las instrucciones del tutor,

su hermano, toleraba cuanto podía contribuir a que las jóvenes tuviesen

fama de coquetas e insustanciales, y en cambio desarrollaba un mal

humor inaguantable y una astucia increíble apenas surgía la posibilidad

de que un hombre ganara terreno en el corazón de Susana. El tutor y su

hermana le dejaban gastar cuanto quería, haciendo la vista gorda en

presencia de sus devaneos, pero ante la idea de una pasión seria

mostraban profundo desagrado. Indudablemente se habían propuesto no

reprenderla si tiraba el dinero, para que cuanto más derrochase con

mayor facilidad pudieran ellos englobar sus robos en los gastos, y al

mismo tiempo, estorbando que se casase, dilatar la época de la rendición

de cuentas.

Quien primero descubrió el juego fue Valeria: comunicó a Susana la

sospecha y trataron ambas de ponerse a la defensiva; mas por desgracia

era tarde para evitar gran parte de los males que temían. Pronto

comprendieron que debían, primero, gastar con más prudencia, porque las

rentas iban mermando considerablemente, y segundo, andarse con pies de

plomo en lo que se refería a dejarse galantear, porque entre sus propias

imprudencias y la malignidad del tutor y su hermana, iban ellas cobrando

reputación de frívolas y ligeras. Desde entonces vivieron con relativa

economía, y fueron verdaderamente sensatas.

V

Algún tiempo después, en la tertulia de unas amigas, conocieron a dos

hombres jóvenes, íntimos amigos y compañeros de carrera. Pepe Gutiérrez

y Andrés Pérez, el primero, comandante de ingenieros y el segundo

capitán del mismo cuerpo: ambos dignos de ser queridos. Gutiérrez se

prendó de Susana que por primera vez tomó el amor en serio, fue

correspondido, y entraron en relaciones, procurando que permaneciesen

ignoradas del tutor: únicamente cuando ella adquirió el convencimiento

de que su novio era hombre que valía mucho como inteligencia y como

carácter, le autorizó a que la pidiese en matrimonio.

La situación de Valeria era más libre y desembarazada, pero no

envidiable. Por pobre, estaba libre de los cuidados que da el oro; por

abandonada, no había menester consentimiento de nadie; mas, ¿de qué le

servía aquella independencia, si el compañero de Gutiérrez no se fijaba

en ella? Pérez frecuentaba la casa de Susana, porque iba con Gutiérrez a

todas partes: eran inseparables; estaban unidos por una amistad nacida

en los bancos de la escuela de primeras letras, fortificada en el

colegio militar, y, por último, arraigada en sus corazones, gracias a la

vida que hacían juntos en plena juventud. A Pérez le gustó Valeria desde

que la conoció; pero no se atrevió a requebrarla ni poner seriamente en

ella la esperanza, considerando que ambos eran pobres. La muchacha no

tenía nada: él, sólo su haber de capitán. ¿Qué ventura podía ofrecerla?

Ni siquiera comunicó a Gutiérrez la simpatía que le inspiraba Valeria.

Tan bien supo disimularla, que la misma interesada tomó la indiferencia

por franco y declarado desvío. Susana fue la única que adivinó el doble

secreto de aquellas dos almas: unos cuantos detalles bastaron a su

penetración para comprender que Valeria y Pérez se querían. Convencerse

de ello y formar propósito de favorecerles, todo fue uno. Tanto le

convidó a comer, colocándole junto a ella, tantas veces les dejó solos

a tiempo de que se les transparentara el alma, tales cosas hizo para que

mutuamente se conociesen y apreciasen, que al fin llegaron a entenderse.

Susana, que años atrás había evitado a Valeria la desgracia de verse

arrojada del colegio, y que luego la trató como a hermana, se erigió de

nuevo en protectora cariñosa. «Nos casaremos el mismo día--le dijo--yo

primero, y luego _seremos_ padrinos de tu boda. Si nosotros habíamos de

gastar veinte, nos contentaremos con diez, partiré contigo lo que

tenga..., es decir, ¿para qué hacer números ni cálculos? Viviremos

juntos, y... Cristo con todos.» Claro está que Valeria, deshecha en

lágrimas de gratitud, aceptó aquella nueva demostración de cariño,

aunque en el fondo de su alma, y con aprobación de su futuro marido,

estuviese resuelta a no aceptar favores que, por excesivos, redundaran

en perjuicio de su amiga.

En la primer entrevista que tuvo el novio de Susana, con el tutor de

ésta, se convenció de que la mujer a quien quería unirse había sido

robada a mansalva. Era inútil soñar con restituciones ni pleitos. El

canalla tenia las cosas preparadas con tal maña, que según cuentas,

escrituras y comprobantes, aún resultaba la pupila debiéndole algunos

miles de duros. Una vez más la maldad hizo mofa de la ley. De las

condiciones morales de Gutiérrez y del amor que su novia le inspiraba,

pueden dar idea estas palabras, con que comunicó a Susana el resultado

de la entrevista:

--Mira, nena; coche ni muchos vestidos no tendrás, porque ese hombre es

un ladronazo...; por ti... lo siento; por mí, casi me alegro, para que

veas que te quiero de verdad. Lo esencial es que nos casaremos cuando se

nos antoje.

En Susana pudo más la alegría del amor probado, que la tristeza por la

riqueza perdida, y arrojándose en brazos de su Pepe, repuso:

--Yo también me alegro, porque así conozco lo que vales. No me equivoqué

al quererte.

Valeria, que hubiera procurado luego de casada sustraerse a la

protección de Susana siendo rica, consintió en vivir con ella viéndola

casi arruinada, y ambas bodas se verificaron la misma mañana, a mediados

de 1873, cuando España estaba en plena guerra civil.

La doble luna de miel fue cortísima. A los seis meses ambos maridos eran

destinados al ejército del Norte y salían de Madrid dejando a sus

mujeres poseídas de la más amarga tristeza, y embarazadas del mismo

tiempo.

Tres mujeres: La recompensa, Prueba de un alma, Amores románticos · 第 13 / 19 题