La intimidad del hogar fomentó el cariño nacido en el convento. Dos
mujeres vulgares se hubieran dejado insensiblemente sojuzgar por las
circunstancias anormales de la situación. En Susana y Valeria sucedió lo
contrario: ellas se impusieron a la índole del caso. Ni la protectora
imperaba como ama, ni la protegida parecía dominada como sierva. El
afecto, más aún, la buena educación y delicadeza de sentimientos, hacían
las humillaciones imposibles. Valeria no era en la casa una amiga pobre
benévolamente acogida, no era una _demoiselle de compagnie_ tratada con
consideración: era la hermana menor. Ambas poseían ese maravilloso arte
de ceder a tiempo y resistir con dulzura, ante el cual se allanan los
disgustos y rozamientos que producen inevitablemente las pequeñeces de
la vida.
Ni aun la belleza podía mover discordia entre ellas, porque sus
atractivos ofrecían caracteres opuestos. Susana era grande, blanca,
gruesa, rubia y a pesar de su edad y su doncellez tenia aspecto de Venus
flamenca, perezosa y carnal. Valeria era pequeña, morenilla, delgada,
pelinegra, tipo de mística española, poca materia y mucho espíritu; un
fraile de Zurbarán hecho hembra. Los ojos azules de Susana alborotaban
los sentidos; los ojos negros de Valeria, por dulces y serenos,
inspiraban más cariño que deseo. No había entre ellas rivalidad posible.
El hombre que se prendase de una no podía racionalmente enamorarse de
otra.
Gracias a la fortuna y desprendimiento de Susana, vivían con lujo, iban
a bailes, teatros y saraos; viajaban, tenían coche, vestían con
exquisita elegancia, trayendo para ambas de París la mayor parte de las
galas, y, en una palabra, capricho sentido era en ellas gusto
satisfecho. Servíales de acompañante una hermana del tutor de Susana,
llamada doña Gregoria, señora entrada en años, pero tan amiga de
divertirse, que nunca ponía obstáculo ni entorpecimiento a cuanto las
muchachas fraguaban para lucir y brillar. Lo único que le disgustaba era
ver que las galanteasen, con la circunstancia extrordinaria de que su
enojo no estallaba cuando ellas coqueteaban, sino cuando se presentaba
alguien que asiduamente las cortejase. Un observador cuidadoso hubiera
podido notar que les dejaba tontear frivolamente, permitiéndoles oír
piropos y requiebros atrevidos, mientras quien se los decía no pasaba de
halagar su inocente vanidad de niñas bonitas, pero que en cuanto alguien
les buscaba con frecuencia, mostrando afán de serles agradable, doña
Gregoria ponía empeño en estorbarlo, sobre todo si se trataba de Susana.
En una palabra: aquella señora, obediente a las instrucciones del tutor,
su hermano, toleraba cuanto podía contribuir a que las jóvenes tuviesen
fama de coquetas e insustanciales, y en cambio desarrollaba un mal
humor inaguantable y una astucia increíble apenas surgía la posibilidad
de que un hombre ganara terreno en el corazón de Susana. El tutor y su
hermana le dejaban gastar cuanto quería, haciendo la vista gorda en
presencia de sus devaneos, pero ante la idea de una pasión seria
mostraban profundo desagrado. Indudablemente se habían propuesto no
reprenderla si tiraba el dinero, para que cuanto más derrochase con
mayor facilidad pudieran ellos englobar sus robos en los gastos, y al
mismo tiempo, estorbando que se casase, dilatar la época de la rendición
de cuentas.
Quien primero descubrió el juego fue Valeria: comunicó a Susana la
sospecha y trataron ambas de ponerse a la defensiva; mas por desgracia
era tarde para evitar gran parte de los males que temían. Pronto
comprendieron que debían, primero, gastar con más prudencia, porque las
rentas iban mermando considerablemente, y segundo, andarse con pies de
plomo en lo que se refería a dejarse galantear, porque entre sus propias
imprudencias y la malignidad del tutor y su hermana, iban ellas cobrando
reputación de frívolas y ligeras. Desde entonces vivieron con relativa
economía, y fueron verdaderamente sensatas.
V
Algún tiempo después, en la tertulia de unas amigas, conocieron a dos
hombres jóvenes, íntimos amigos y compañeros de carrera. Pepe Gutiérrez
y Andrés Pérez, el primero, comandante de ingenieros y el segundo
capitán del mismo cuerpo: ambos dignos de ser queridos. Gutiérrez se
prendó de Susana que por primera vez tomó el amor en serio, fue
correspondido, y entraron en relaciones, procurando que permaneciesen
ignoradas del tutor: únicamente cuando ella adquirió el convencimiento
de que su novio era hombre que valía mucho como inteligencia y como
carácter, le autorizó a que la pidiese en matrimonio.
La situación de Valeria era más libre y desembarazada, pero no
envidiable. Por pobre, estaba libre de los cuidados que da el oro; por
abandonada, no había menester consentimiento de nadie; mas, ¿de qué le
servía aquella independencia, si el compañero de Gutiérrez no se fijaba
en ella? Pérez frecuentaba la casa de Susana, porque iba con Gutiérrez a
todas partes: eran inseparables; estaban unidos por una amistad nacida
en los bancos de la escuela de primeras letras, fortificada en el
colegio militar, y, por último, arraigada en sus corazones, gracias a la
vida que hacían juntos en plena juventud. A Pérez le gustó Valeria desde
que la conoció; pero no se atrevió a requebrarla ni poner seriamente en
ella la esperanza, considerando que ambos eran pobres. La muchacha no
tenía nada: él, sólo su haber de capitán. ¿Qué ventura podía ofrecerla?
Ni siquiera comunicó a Gutiérrez la simpatía que le inspiraba Valeria.
Tan bien supo disimularla, que la misma interesada tomó la indiferencia
por franco y declarado desvío. Susana fue la única que adivinó el doble
secreto de aquellas dos almas: unos cuantos detalles bastaron a su
penetración para comprender que Valeria y Pérez se querían. Convencerse
de ello y formar propósito de favorecerles, todo fue uno. Tanto le
convidó a comer, colocándole junto a ella, tantas veces les dejó solos
a tiempo de que se les transparentara el alma, tales cosas hizo para que
mutuamente se conociesen y apreciasen, que al fin llegaron a entenderse.
Susana, que años atrás había evitado a Valeria la desgracia de verse
arrojada del colegio, y que luego la trató como a hermana, se erigió de
nuevo en protectora cariñosa. «Nos casaremos el mismo día--le dijo--yo
primero, y luego _seremos_ padrinos de tu boda. Si nosotros habíamos de
gastar veinte, nos contentaremos con diez, partiré contigo lo que
tenga..., es decir, ¿para qué hacer números ni cálculos? Viviremos
juntos, y... Cristo con todos.» Claro está que Valeria, deshecha en
lágrimas de gratitud, aceptó aquella nueva demostración de cariño,
aunque en el fondo de su alma, y con aprobación de su futuro marido,
estuviese resuelta a no aceptar favores que, por excesivos, redundaran
en perjuicio de su amiga.
En la primer entrevista que tuvo el novio de Susana, con el tutor de
ésta, se convenció de que la mujer a quien quería unirse había sido
robada a mansalva. Era inútil soñar con restituciones ni pleitos. El
canalla tenia las cosas preparadas con tal maña, que según cuentas,
escrituras y comprobantes, aún resultaba la pupila debiéndole algunos
miles de duros. Una vez más la maldad hizo mofa de la ley. De las
condiciones morales de Gutiérrez y del amor que su novia le inspiraba,
pueden dar idea estas palabras, con que comunicó a Susana el resultado
de la entrevista:
--Mira, nena; coche ni muchos vestidos no tendrás, porque ese hombre es
un ladronazo...; por ti... lo siento; por mí, casi me alegro, para que
veas que te quiero de verdad. Lo esencial es que nos casaremos cuando se
nos antoje.
En Susana pudo más la alegría del amor probado, que la tristeza por la
riqueza perdida, y arrojándose en brazos de su Pepe, repuso:
--Yo también me alegro, porque así conozco lo que vales. No me equivoqué
al quererte.
Valeria, que hubiera procurado luego de casada sustraerse a la
protección de Susana siendo rica, consintió en vivir con ella viéndola
casi arruinada, y ambas bodas se verificaron la misma mañana, a mediados
de 1873, cuando España estaba en plena guerra civil.
La doble luna de miel fue cortísima. A los seis meses ambos maridos eran
destinados al ejército del Norte y salían de Madrid dejando a sus
mujeres poseídas de la más amarga tristeza, y embarazadas del mismo
tiempo.