I
En cierto colegio monjil de las cercanías de Madrid había hace más de
veinte años dos educandas que se querían muchísimo. El sentimiento de
amistad que los unía nació merced a circunstancias extraordinarias de la
situación de ambas, fue favorecido por sus caracteres y acabó de
consolidarse en la batalla de la vida.
La mayor, que se llamaba Susana, tenía diez y seis años: era huérfana de
padre y madre y dueña de una gran fortuna. Un tío, que le servía de
tutor y curador, se la confío a las monjas, quienes, sabedoras de la
riqueza de la niña, procuraron ante todo despertar en ella vocación
religiosa; mas persuadidas pronto de que no era catequizable, pusieron
gran empeño en educarla de modo que su ilustración y buenos modales
redundaran en honra del convento. Gracias a la inteligencia de Susana,
las madres vieron coronados sus desvelos por el resultado más
lisonjero. Era primorosa en cuantas labores ponía mano, escribía
admirablemente, pintaba flores con gusto de artista, cantaba como un
ángel, bordaba como una madrileña del siglo XVII, hablaba francés como
si hubiese nacido en Orleans, y finalmente, para cuanto fuese brillar,
lucirse y cautivar, tenía maravillosas aptitudes, gracia irresistible y
atractivos de gran señora.
Según unos, porque el tutor quería seguir con la administración de los
bienes, y según otros, porque deseaba para la pupila brillante y
completa educación, era cosa resuelta entre aquel caballero y las
respetables madres que Susana permaneciese en el convento hasta los diez
y ocho años. Gentes menos maliciosas afirmaban que, dada la belleza de
la colegiala, lo que el tutor procuraba era recogerla lo más tarde
posible, sabiendo que no hay nada tan difícil de guardar, dirigir y
encarrilar, como una mujer rica y bonita.