Hay una poesía de alta tensión, por quien la imagen solo es querida
en relación con su calidad de honda. Inquietud del proyectil por
adelantarse a sí mismo. Célula viva que en cada instante sueña con una
metamorfosis. Anarquía creadora. Poesía que proyecta su luz sobre sí
misma, que se destruiría a sí misma cada minuto por renacer más bella
cada minuto. Hambre insaciado de pureza. Disciplina interior, esencial,
implacable.
Hay otra poesía que acaricia los moldes redondeados por el roce del
tiempo; que a la célula informe de hoy prefiere el cristal elaborado
por muchos siglos de geología lírica. Afán de construirse panales,
aun a trueque de restarse energías para fabricar miel. Intención de
serenidad. Cansancio del vuelo. O temor de quebrarse las alas. Tender
los brazos hacia la estrofa, hacia la argolla. Disciplina exterior,
formal. Cristales en que la emoción se recorta simétricamente las
puntas de las alas. Poesía conservadora, que afirma cada minuto su
minuto anterior.
Otra prefiere el sentido musical del poema. Danza de las palabras.
Gracia y sorpresa del choque. Gusta de encerrarse en el corazón de una
guitarra para salir proyectada, en cascabel de copla, hacia el seno de
una amante. Linda invención donde el pensamiento es apenas una ráfaga
de aire que mece un trino. Poesía que prefiere el encanto fugitivo a la
clara emoción duradera.
Hay, en fin, una poesía que prefiere el sentido del color. Rúbrica
encendida. Glosa a veces abigarrada. Vivaz anécdota. Topografía lírica,
goce de bruñir temas del campo, del camino, de la aldea. Mejillas
lozanas, mares verdes, cumbres azules, blancos senderos. Poesía
reproductora.
Arquitecturas donde la idea es apenas un poco de viento coloreado.
Espejo donde se refleja la piel iluminada de las cosas. Afán de
prender, en las redes de una imagen, todas las mariposas del globo.
Cuatro banderines de enganche: Flecha. Estela. Música. Color.