Hay poetas de infinitos planos, como el cono, es decir, de un solo
plano infinito, que no admite dones de la luz, que nos la devuelve más
pura, más blanca. Hay otros que solo tienen muchos planos, como la
pirámide, y en ellos la luz incidente desparrama su gavilla de colores.
Hay poemas curvos, suaves, en que el alma no puede herirse al rozar
su contorno. Hay otros en cuyas aristas tememos sangrar, donde los
prismas irisados no dejan deleitarse con el puro cristal. Un cono es lo
más semejante a una colina viva, tan grata de recorrer en torno, tan
dulce para reposar en ella. Una pirámide es semejante a esos altivos
mausoleos donde una tenaz vehemencia fue juntando bloques. Ambas nos
incitan a escalar la cumbre, pero la vida es redonda y la muerte acecha
en las aristas.
Podemos elegir entre el poeta que solo piensa en la vida y el poeta que
solo piensa en la inmortalidad.