XLVI

Es bueno intentar alguna vez la fuga de toda red fascinadora; hurtarse

a la primera e inevitable sorpresa del arte, y avizorar serenamente en

la colmena silenciosa donde se elabora la forma inesperada de creación,

entrar en esa penumbra sensitiva donde las membranas se adelgazan y

estremecen esperando las vibraciones más lejanas. Sorprender la actitud

de cazador que adopta el artista ante las cosas transeúntes, su primer

gesto de saludo, de incorporación de la vida circundante a ese mundo

singular donde todo se somete a un nuevo molde, y aprende un nuevo

idioma.

Y, sobre todo, fijar el instante en que la intuición alerta se

debilita o muere y se inicia o robustece la fantasía, en que la pupila

estética se cansa de perseguir el hondo latido de las cosas y fía a

las hermanas menores en la escala de percepción la tarea de cubrir

de músculos y de piel coloreada los finos organismos sorprendidos en

plena y vibrátil desnudez. Hay un momento de cansancio en todo creador,

que decide a favor de la memoria o de la fantasía ese tenaz dilema

entre la intuición indisciplinada, recreadora, y esas otras facultades

reproductoras, acopladoras de fáciles y más asequibles elementos.

Aun en las grandes obras maestras, hay momentos de cansancio. El arte

nuevo, acotador de más breves y acaso más gratas parcelas, puede

asistir al desfile de las cosas sin sentir fatiga alguna. Él espera,

además, a que ellas le muestren sus aristas más finas, su curva más

ágil. Quiere situarse y escoger. Quiere ofrecernos un haz seleccionado

de todas las posibilidades estéticas de las cosas, eliminar lo intuido

con menos fragancia. Es un agudo geómetra que aspira a trenzar en la

red de su prosa las precisas coordenadas.

Ejercicios · 第 48 / 51 题