El arte nuevo prefiere la pista al escenario. Por eso Ramón Gómez de la
Serna pudo escribir en su tarjeta: «Cronista oficial del Circo».
Con _Ramón_, el arte nuevo prefirió subir a un trapecio a hundirse en
los académicos sillones. Y cambió su concepto de la gloria. Gloria no
es cierta corona de laurel, sino cierta diadema de sonrisas. Cuando el
hombre ríe, se abre de par en par, y entonces —la observación es de
Jean Cocteau— vemos dentro de él un tesoro o un vacío.
Pero antes de que _Ramón_ subiese al trapecio, ya su arte era glorioso.
Glorioso en el más tremendo sentido: en sentido teológico. No le
faltaba dote alguna. Era ágil, claro, sutil, impasible. Ni siquiera le
faltaba esta cuarta dote, tan peligrosa...
Pupila impasible de _Ramón_. Despiadada, serena, inatacable por los
ácidos de todo eso que un filósofo llamaría el «no yo». Pupila de
espectador, no del que se sienta en la terraza, sino del que se sienta
en medio de la calle, aunque evite el roce de la calle. Materia hecha
pedazos, implacablemente, en la clínica silenciosa de un torreón.
Desentrañada, desarticulada. No vaciló en invertebrar las cosas por
temor de volver a las viejas arquitecturas.
Ágil pupila la de _Ramón_. Ubicua. Ir tras ella es rendirse de
cansancio. Arte que brinca en derredor de las cosas sin dejar en ellas
plano alguno donde no trace una rúbrica, es decir, una greguería. Arte
de gran malabarista que sabe sorprender en el aire todas las caras
de las cosas. Tenía que ser cronista oficial del circo, porque solo
en el circo se juega con los hombres y las cosas en el confín de la
vida, más allá del cual está la nada, el puñado de vidrios rotos.
Solo allí la carne pierde su turbia irradiación y se convierte en un
objeto más que puede ser volteado y zarandeado alegremente por un ágil
malabarista de sensaciones. Solo en el circo puede exprimirse bien la
ternura, arrojándola fuera de los hombres y las cosas, para que riegue
los huertos sentimentales del burgués, franciscano u horaciano. Así en
el arte de _Ramón_ apenas hay posos. Ni siquiera le queda en el fondo
ese residuo romántico, tan denso de negaciones, negación él mismo,
que llaman «infinito». En el arte de _Ramón_ solo hay arterias vivas,
rebosantes de fresca tinta roja.
Sutil pupila la de _Ramón_. Ir tras ella es resignarse al zurrón de
Lázaro, porque solo deja migajas de las cosas. Arte que agudizó muchos
ojos, que pudo agudizar otros muchos escondidos bajo espesas gafas
doctorales. _Ramón_, monstruo de mil pupilas, ha abierto un ancho
polígono donde se aprende a abatir falsas siluetas. _Ramón_, campeón
de tiro. Primer espada en las corridas literarias europeas.
Arte claro y cínico. Ajeno a todo sentido de esa moralidad, banco de
algas viscosas, donde tantas intenciones naufragan. Desnudó las cosas,
enseñándoles a no envanecerse de su fino contorno, a no avergonzarse de
sus perfiles grotescos. Lo desnudó todo, hasta esos frágiles relicarios
del amor, esos juguetes íntimos, que ya nunca podremos perseguir entre
batistas cómplices y encajes cosquilleantes. Porque _Ramón_ dio un
tirón de todas las camisas, y ha mostrado todos los senos —asustados,
trémulos— en la más pura e ingenua desnudez. Los ha bañado en la
piscina de la sinceridad, les ha cortado el falso nervio del pudor que
les hacía huir de nuestras manos codiciosas. Ahí están, ya inofensivos,
sobre el mármol, ¡los últimos idolillos que aún valía la pena de
adorar un poco!
Arte limpio de lógica, el de _Ramón_: de esa lógica de la razón que
no es la lógica de las cosas. Ha cortado esos canales que enlazaban
cada realidad con los vagos focos del sentimiento. Ha cegado esos
otros que hacían desparramarse cada cosa por las tierras áridas de la
historia y de la ética. Ha dado, en suma, a todos los símbolos un viril
tijeretazo. Ha podado la maraña que el ayer fue juntando en torno a
las cosas. Ha podado esos tallos adventicios que chupan los jugos de
arte, esos injertos fáciles de la sensualidad y del huero didactismo.
Ha dejado las cosas en todo su contorno ilógico y cínico, como ellas
son. Quizá les ha robado, al agitarlas dentro de la piscina, un poco
de calor, un poco de esa misteriosa penumbra en que las envolvían
tantas vegetaciones esporádicas... No importa. Ahora en el arte de
_Ramón_ —que es, en suma, el arte nuevo— las cosas corren su propio
albur, sin otro amparo celestinesco, sin más lógica que la suya, sin
más irradiación que la de su propia llama. Ahora las cosas habrán de
_verse_. No a través de nada, sino con los ojos bien lavados y frescos.
Sin otra prolongación que la de su propia atmósfera.
(«_Ramón_ o de la fecundidad». Tema sugestivo. Ahora, a esto que
llamamos arte nuevo le salieron muchos definidores. Hay un saldo enorme
de pautas. Después de muchas disquisiciones, ya casi aprendimos _cómo_
ha de escribirse... Solo faltan los libros.
Fueron amontonándose comentarios sobre libros inéditos, sobre libros
posibles, sobre libros en blanco, sobre esbozos de libros...
_Ramón_ iba, entretanto, escribiéndolos).