El vigor y la gracia se besan en un grumo de piedra, y nace el capitel,
la historia de estos amores solo podría ser contada —y cantada— por un
alto juglar.
Pero, a veces, la armoniosa pareja emprende un viaje por zonas de
mármol y va creando el friso. Acorde único, trocado en tema melódico.
Rompe su fanal el poema y se lanza a correr por la faja de piedra. Se
desparrama el lírico manojo produciendo una novela.
Al esparcirse, claro está que pierde aroma. A la vibración intensa
suceden ondas más débiles, pero en cada una, aun en la más lejana,
percibiremos el primitivo ritmo, quizá más lento, más perezoso. Durante
todo el friso, viviremos dentro de la misma atmósfera del poema. Sube o
baja la temperatura según la calidad de la materia que vaya nutriendo
de anécdotas el viaje, pero nunca el friso sofocará el poema. Si el
poema se extingue, la buena novela morirá también. Si el friso es un
capitel desarrollado, la novela es un poema en marcha.
Y el novelista debe de ser siempre un poeta viajero. Como todo viajero,
desfallecerá, se sentará a descansar, olvidará un poco al hermes
alado que le guía; pero, colgado al cinto, llevará siempre su pomo de
generoso vino lírico. Un sorbo le bastará para curarse del cansancio. Y
escondido en el pecho, el fiel termómetro.
La novela se lanzó muchas veces al viaje sin proveerse de ese pomo de
ideales esencias. Contó con tropezar con el suceso, como si la alta
temperatura irradiase de un choque, no del viajero. Es pretender que a
un jinete le vayan iluminando, en una noche oscura, las chispas que al
pasar vayan arrancando los cascos del corcel. El clima estético en que
un poema ha de retoñar en brotes nuevos, solo puede ser producido por
esta máquina de maravillosa electricidad que es un artista.
Un día Cervantes quiso burlarse de las febriles temperaturas de
Angélica, de Roldán, del Cid; pero, a poco de emprender su genial
romería, ya se había contaminado de la fiebre de Angélica, de Roldán,
del Cid. Fue empujado fuera del recinto de la Mancha y sumergido en las
regiones hiperbóreas adonde, efectivamente, voló el irreal Clavileño.
Pero descartado Clavileño, quedan en España muchos rocines que
se atuvieron a la hierba rala, sin pensar nunca en peligrosas
exploraciones. Pocas páginas de la novela picaresca española dejan
de ser un catálogo pintoresco de sucesos. Llamaban a esto novela
realista... Como si solo fuera realidad eso que nos vamos encontrando
por un camino cualquiera.
Creo en la excelsa realidad que Don Quijote afirma ante las
atropelladas realidades de carneros y molinos. Una realidad novelesca
es tal cuando ha sido cernida por la realidad del novelista. Si el
poeta suele ser un violín donde palpitan las ondas armoniosas que
golpean el maravilloso estuche, el novelista es el pulmón que purifica
el aire en torno, convirtiéndolo en materia artística respirable,
asimilable por el lector. Un novelista situado en medio de la realidad
cotidiana, sin otro objeto que reproducirla fielmente, hace profesión
de cronista, de historiador. Pero el historiador solo recibe la versión
oficial mientras el novelista recibe las más peregrinas confidencias.
«La confidencia no tiene sitio en la historia» —escribe Alain—. La
historia y la novela se nutren de hechos, pero los de la historia
necesitan de testigos, y la novela se complace en desdeñarlos.
Creo en la sola realidad que inventa el novelista, tan lejana de la
reproducida por el historiador. Realidad que no la produce un suceso
—capaz de coincidir con el suceso del cronista—, sino el timbre y el
tono peculiares con que la voz de cada suceso habla al lector. Timbre
y tono que son, en definitiva, los mismos del novelista. Las novelas
no están repartidas por el mundo de modo que baste salir a recogerlas.
Las novelas dormitan en el regazo del autor, y es un suceso —una
llamada cualquiera exterior— el que acude inopinadamente a despertar en
el artista la novela dormida. Recordemos las gacetillas de periódico
que un día fueron a despertar en Stendhal «Le rouge et le noir», en
Flaubert, «Madame Bovary».
El viejo novelista atendió más a agrupar hechos que a suministrarles un
acento. No se qué empeño de alejar entre sí los «géneros literarios»,
le llevó a separar lo inseparable. A la novela —poema épico ya desnudo
de su enfático traje de gala— se le negaban la miel y el vino, líricos,
mientras era recargada de sal y de mostaza plebeyos...
Era el tiempo en que no podía hablarse en verso de un atraco, porque
—apunta donosamente Stendhal— no era poética la voz «pistola». Era
mejor que cada personaje de novela picaresca fuese un héroe de presidio
y de albañal. La prosa y el verso tenían señalados sus ambientes, sus
climas, sus vehemencias. Así un novelador, metido a poeta, cuando
acabase de crear su soneto tendría que dejar largo tiempo reposando el
pulso, para que la fiebre del poema no contagiase el llano estilo de su
novela.
Por fortuna, la novela española va pasando del estado llano de la
literatura a la aristocracia del poema. De un poema no sintético, no
grumo de capitel, sino faja vibrante de friso.