XLII

El vigor y la gracia se besan en un grumo de piedra, y nace el capitel,

la historia de estos amores solo podría ser contada —y cantada— por un

alto juglar.

Pero, a veces, la armoniosa pareja emprende un viaje por zonas de

mármol y va creando el friso. Acorde único, trocado en tema melódico.

Rompe su fanal el poema y se lanza a correr por la faja de piedra. Se

desparrama el lírico manojo produciendo una novela.

Al esparcirse, claro está que pierde aroma. A la vibración intensa

suceden ondas más débiles, pero en cada una, aun en la más lejana,

percibiremos el primitivo ritmo, quizá más lento, más perezoso. Durante

todo el friso, viviremos dentro de la misma atmósfera del poema. Sube o

baja la temperatura según la calidad de la materia que vaya nutriendo

de anécdotas el viaje, pero nunca el friso sofocará el poema. Si el

poema se extingue, la buena novela morirá también. Si el friso es un

capitel desarrollado, la novela es un poema en marcha.

Y el novelista debe de ser siempre un poeta viajero. Como todo viajero,

desfallecerá, se sentará a descansar, olvidará un poco al hermes

alado que le guía; pero, colgado al cinto, llevará siempre su pomo de

generoso vino lírico. Un sorbo le bastará para curarse del cansancio. Y

escondido en el pecho, el fiel termómetro.

La novela se lanzó muchas veces al viaje sin proveerse de ese pomo de

ideales esencias. Contó con tropezar con el suceso, como si la alta

temperatura irradiase de un choque, no del viajero. Es pretender que a

un jinete le vayan iluminando, en una noche oscura, las chispas que al

pasar vayan arrancando los cascos del corcel. El clima estético en que

un poema ha de retoñar en brotes nuevos, solo puede ser producido por

esta máquina de maravillosa electricidad que es un artista.

Un día Cervantes quiso burlarse de las febriles temperaturas de

Angélica, de Roldán, del Cid; pero, a poco de emprender su genial

romería, ya se había contaminado de la fiebre de Angélica, de Roldán,

del Cid. Fue empujado fuera del recinto de la Mancha y sumergido en las

regiones hiperbóreas adonde, efectivamente, voló el irreal Clavileño.

Pero descartado Clavileño, quedan en España muchos rocines que

se atuvieron a la hierba rala, sin pensar nunca en peligrosas

exploraciones. Pocas páginas de la novela picaresca española dejan

de ser un catálogo pintoresco de sucesos. Llamaban a esto novela

realista... Como si solo fuera realidad eso que nos vamos encontrando

por un camino cualquiera.

Creo en la excelsa realidad que Don Quijote afirma ante las

atropelladas realidades de carneros y molinos. Una realidad novelesca

es tal cuando ha sido cernida por la realidad del novelista. Si el

poeta suele ser un violín donde palpitan las ondas armoniosas que

golpean el maravilloso estuche, el novelista es el pulmón que purifica

el aire en torno, convirtiéndolo en materia artística respirable,

asimilable por el lector. Un novelista situado en medio de la realidad

cotidiana, sin otro objeto que reproducirla fielmente, hace profesión

de cronista, de historiador. Pero el historiador solo recibe la versión

oficial mientras el novelista recibe las más peregrinas confidencias.

«La confidencia no tiene sitio en la historia» —escribe Alain—. La

historia y la novela se nutren de hechos, pero los de la historia

necesitan de testigos, y la novela se complace en desdeñarlos.

Creo en la sola realidad que inventa el novelista, tan lejana de la

reproducida por el historiador. Realidad que no la produce un suceso

—capaz de coincidir con el suceso del cronista—, sino el timbre y el

tono peculiares con que la voz de cada suceso habla al lector. Timbre

y tono que son, en definitiva, los mismos del novelista. Las novelas

no están repartidas por el mundo de modo que baste salir a recogerlas.

Las novelas dormitan en el regazo del autor, y es un suceso —una

llamada cualquiera exterior— el que acude inopinadamente a despertar en

el artista la novela dormida. Recordemos las gacetillas de periódico

que un día fueron a despertar en Stendhal «Le rouge et le noir», en

Flaubert, «Madame Bovary».

El viejo novelista atendió más a agrupar hechos que a suministrarles un

acento. No se qué empeño de alejar entre sí los «géneros literarios»,

le llevó a separar lo inseparable. A la novela —poema épico ya desnudo

de su enfático traje de gala— se le negaban la miel y el vino, líricos,

mientras era recargada de sal y de mostaza plebeyos...

Era el tiempo en que no podía hablarse en verso de un atraco, porque

—apunta donosamente Stendhal— no era poética la voz «pistola». Era

mejor que cada personaje de novela picaresca fuese un héroe de presidio

y de albañal. La prosa y el verso tenían señalados sus ambientes, sus

climas, sus vehemencias. Así un novelador, metido a poeta, cuando

acabase de crear su soneto tendría que dejar largo tiempo reposando el

pulso, para que la fiebre del poema no contagiase el llano estilo de su

novela.

Por fortuna, la novela española va pasando del estado llano de la

literatura a la aristocracia del poema. De un poema no sintético, no

grumo de capitel, sino faja vibrante de friso.

Ejercicios · 第 44 / 51 题