La retórica —la musical como la literaria— solía venir cubierta con
una bella máscara: el virtuosismo. El «virtuoso» musical es retórico
del ritmo, como el seudoimpresionista es el retórico del color. El
«virtuoso» literario pretende hacer de la prosa una cadena de fáciles
primores. Mientras el creador sincero se desgarra silenciosamente la
carne para hundir la mirada en sus entrañas y hallar dentro el reflejo
del mundo circundante, el «virtuoso» apenas se araña la epidermis.
No suele ver en sí imagen alguna, porque prefiere hallar en el arte
ciertos luminosos rafagueos, cierta vibración comunicable a todas las
membranas, provocadora del torbellino de aplausos.
El «virtuoso» reparte en torno suyo puñados de bengalas, para ocultar
bien la ausencia de una estrella. El «virtuoso» es un paciente
sembrador de luciérnagas que quiere hacer pasar por brillantes. Su obra
será siempre un caracoleo en derredor de sí mismo, un monótono carrusel
de primores capaces de seducir a la gran multitud. Haya o no en el
carrusel talcos deslumbradores, la obra del «virtuoso» está muy lejos
de la obra del artista.
Es muy fácil romper el equilibrio entre el bello contenido —si acaso
existió— y los medios de expresión que falsamente suele poner en juego
el «virtuoso». Hay siempre en el platillo muchos gramos de impureza,
inútiles injertos, amorosas fruiciones. Si puede el artesano gozarse en
el hallazgo de un magnífico instrumento, el artista solo ha de ver en
el suyo cierta limitación por superar.
No vale complacerse en el brillo del arado, sino en la hondura del
surco. Allá el gran «divo» con sus piruetas de laringe y el poeta
arrobador de multitudes, conocedor de todas las válvulas del aplauso.
Ellos conocen la gloria inmediata, apremiante. Para ellos la obra es
una amante por rendir, no un mundo de materia vibrante por modelar.
Para el artista verdadero, la obra es siempre un edificio por alzar, y,
ante cada primera piedra, debe sentirse aprendiz.