XXXIV

La retórica —la musical como la literaria— solía venir cubierta con

una bella máscara: el virtuosismo. El «virtuoso» musical es retórico

del ritmo, como el seudoimpresionista es el retórico del color. El

«virtuoso» literario pretende hacer de la prosa una cadena de fáciles

primores. Mientras el creador sincero se desgarra silenciosamente la

carne para hundir la mirada en sus entrañas y hallar dentro el reflejo

del mundo circundante, el «virtuoso» apenas se araña la epidermis.

No suele ver en sí imagen alguna, porque prefiere hallar en el arte

ciertos luminosos rafagueos, cierta vibración comunicable a todas las

membranas, provocadora del torbellino de aplausos.

El «virtuoso» reparte en torno suyo puñados de bengalas, para ocultar

bien la ausencia de una estrella. El «virtuoso» es un paciente

sembrador de luciérnagas que quiere hacer pasar por brillantes. Su obra

será siempre un caracoleo en derredor de sí mismo, un monótono carrusel

de primores capaces de seducir a la gran multitud. Haya o no en el

carrusel talcos deslumbradores, la obra del «virtuoso» está muy lejos

de la obra del artista.

Es muy fácil romper el equilibrio entre el bello contenido —si acaso

existió— y los medios de expresión que falsamente suele poner en juego

el «virtuoso». Hay siempre en el platillo muchos gramos de impureza,

inútiles injertos, amorosas fruiciones. Si puede el artesano gozarse en

el hallazgo de un magnífico instrumento, el artista solo ha de ver en

el suyo cierta limitación por superar.

No vale complacerse en el brillo del arado, sino en la hondura del

surco. Allá el gran «divo» con sus piruetas de laringe y el poeta

arrobador de multitudes, conocedor de todas las válvulas del aplauso.

Ellos conocen la gloria inmediata, apremiante. Para ellos la obra es

una amante por rendir, no un mundo de materia vibrante por modelar.

Para el artista verdadero, la obra es siempre un edificio por alzar, y,

ante cada primera piedra, debe sentirse aprendiz.

Ejercicios · 第 36 / 51 题