El libro más bello sería aquel donde un niño nos hablase de su primer
asombro ante los guiños de las cosas, de su primera inquietud ante la
belleza desnuda. Esos libros siempre los escriben los viejos, y, entre
una infancia y una caducidad, hay muchos muros de vidrio que irisan o
borran la pura perspectiva.
Hay un momento en el niño en que ya puede ser loco, porque ya le es
dado razonar. El más bello momento de la vida quizá sea el de este
nacimiento de la locura, anterior a la fiebre de los sentidos. El niño
ya persigue el misterio de la belleza femenina, aunque apenas conoce
los signos de lo bello. Entre dos mujeres, aún no acierta a elegir la
más hermosa. De las cosas solo ve el color más agrio, la arista más
aguda.
Pero el niño presiente algo más que el frenético voltear de una
campana. Un día se le revela el ritmo de una boca, la rosa de luz de
una frente, el escorzo de unos brazos que se trenzan en la nuca. Otro
se le revelan los misterios de la línea en el curvo perfil de unos
senos. El niño comienza a preferir. Fiesta de la epifanía del buen
gusto. Luego los maestros le enseñarán a dudar, a cerrar los ojos, le
prohibirán el himno de la Venus Armoniosa. Le hablarán de una carne
procaz a quien es preciso declarar la guerra. Y a la ingenua gracia
del ritmo la llamarán «vil acicate».