XXXIII

El libro más bello sería aquel donde un niño nos hablase de su primer

asombro ante los guiños de las cosas, de su primera inquietud ante la

belleza desnuda. Esos libros siempre los escriben los viejos, y, entre

una infancia y una caducidad, hay muchos muros de vidrio que irisan o

borran la pura perspectiva.

Hay un momento en el niño en que ya puede ser loco, porque ya le es

dado razonar. El más bello momento de la vida quizá sea el de este

nacimiento de la locura, anterior a la fiebre de los sentidos. El niño

ya persigue el misterio de la belleza femenina, aunque apenas conoce

los signos de lo bello. Entre dos mujeres, aún no acierta a elegir la

más hermosa. De las cosas solo ve el color más agrio, la arista más

aguda.

Pero el niño presiente algo más que el frenético voltear de una

campana. Un día se le revela el ritmo de una boca, la rosa de luz de

una frente, el escorzo de unos brazos que se trenzan en la nuca. Otro

se le revelan los misterios de la línea en el curvo perfil de unos

senos. El niño comienza a preferir. Fiesta de la epifanía del buen

gusto. Luego los maestros le enseñarán a dudar, a cerrar los ojos, le

prohibirán el himno de la Venus Armoniosa. Le hablarán de una carne

procaz a quien es preciso declarar la guerra. Y a la ingenua gracia

del ritmo la llamarán «vil acicate».

Ejercicios · 第 35 / 51 题