Tú, consecuente amigo de la gran trompetería, te sentirás defraudado
al oír vibrar la eterna variación en una sola cuerda. Un verso es
nada para ti, que no sueles saciarte sino con espléndidos lotes de
cuartetas. No nos prestarás oídos, y volverás «a tus clásicos» —y a
tus neoclásicos—, lleno de altanería y suficiencia. Vete enhorabuena.
Ya sabemos que tampoco has de acudir a los verdaderos clásicos. O
los leerás «por tradición», como aún llevas hongo. Quien desdeña la
sobriedad en arte está siempre muy cerca de adquirir un kilométrico
para «El tren expreso».
Y si me preguntas por qué el arte se despojó de tan ostentosas
hopalandas, contestaré: Es, sencillamente, que el arte se ha limitado.
Eso es todo. Al limitarse, se amputó injertos extraños, se trazó en
torno la mágica circunferencia que no pueden saltar ni la ciencia
ni el oficio. Cuando se le pidió, declaró su intrascendencia. Le
era indiferente infiltrarse en la política, en las normas del buen
vivir. Un día balbuceó como un niño, volvió a leer ingenuamente en las
cuartillas del pasado, y declaró —también ingenuamente— que tal lección
era estúpida y tal otra era incomprensible.
Nada le importó que las gentes no le saludasen, al pasar, como a los
príncipes del Renacimiento y a los histriones del ochocientos. Se
perdió a sí misma todo respeto, y no lo exigió tampoco a los demás.
Se miró serenamente al espejo y aprendió a desechar todo ademán
desmesurado. Asesinó deliciosamente la tragedia, y resolvió llevar por
dentro las melenas. Dejó en paz los cielos y la tierra, los bosques y
los mares, sin hacerlos ya cómplices de cualquier trivial intemperancia
femenina. Cuando Charlot cruza la pantalla, todo su bagaje va con él.
Charlot se nos ofrece siempre aislado, hermético, dentro de la urna de
su propia creación, que es él.
No conozco nada más opuesto a un «virtuoso». El «virtuoso» irradia
siempre, como las devotas imágenes de bazar, haces de melifluos rayos
de purpurina. Su emoción es cierto grifo que salpica de iluminado
aljófar al resto de los satélites actores, a todos los embobados
espectadores. Charlot recoge en sí mismo todas las vibraciones de
la escena. Es un condensador de energías emocionales. Pero nos da
perennemente la impresión de hombre desplazado, de niño perdido entre
la turba, aunque puede sentarse entre los definidores de la ley
estética. Charlot desdeña todo apoyo en la moldeable realidad que acude
a ofrecerle a cada paso su vaso de vino sentimental, tomando de ella,
siempre receloso viajero, los sorbos precisos para poder seguir andando.
Para poder seguir soñando.
Charlot sueña siempre. En «La quimera del oro», sueña, efectivamente,
que le rodea un grupo de amigas. Para divertirlas inventa un inocente
espectáculo. Organiza un baile. No una fácil mascarada de trajes de
ayer o de mañana, sino un ingenuo baile de panecillos de la cena. Está
sentado a la mesa, extiende las manos y, con lo primero que tropieza,
realiza su intuición genial.
Lo mismo podría realizarla con un frutero o con una servilleta. No
dejemos al alcance del falso artista una moneda de oro, porque nos
la devolverá trocada en un pesado saco de mohosa calderilla. Es mal
agente de cambio. El arte verdadero todo lo devuelve trocado en el
mismo artista, porque toda materia goza en él del milagro de la
transustanciación. Decimos Charlot, como podríamos decir Strawinsky
o Picasso; todos ellos lograron convertir los humildes panecillos en
encantadores zapatitos de hada.