Los que cantan al compás de un aristón —o de una pianola— el himno
clásico al arte petrificado —al arte «eterno», según ellos—, quedan
invitados a asistir a una misma farsa, en dos tablados diferentes.
Se trata de dos jóvenes desdeñados por su amante: tema ni trascendente
ni pueril, porque en arte el tema es nada, o casi nada. El primer
doncel se adelanta, desmelenado, hasta la batería, y nos recita cinco
páginas de endecasílabos chorreantes de amargura. Si es discreto, nos
recita una sola, pero en ella nos habla de los mares, de los cielos,
de los montes y del mismo eje de la tierra que «podrá romperse como
un frágil cristal» sin que por eso se apague el fuego de aquel amor
infortunado. El otro novio, que espera en vano la visita de la mujer
frívola, _se limita_ a cruzar por la puerta del cabaret donde ella ríe
y bebe, y a escrutar un momento en su interior. Después, abatida la
cabeza, con un solo y definitivo gesto dramático, desaparece.
El impetuoso torrente que en el primer enamorado —Bécquer— nos
salpicaba con su abanico de románticas espumas, en el segundo —Charlot—
se va apretando, adelgazando, hasta fundirse en un hilo tembloroso,
porción refinada de materia vibrante de donde el arco genial arranca
la clara frase patética que todos conocemos. Un poeta de hoy, Pedro
Garfias, nos referiría la escena de este modo:
«Entre el cortejo de tus risas, pasa
mi voz enlutada».
Si se prefiere un tema de más objetividad —ya que en el del amor todos
«pusimos nuestras manos» y nuestros pechos— recordemos «Las bodas del
Caná». El poeta de la paráfrasis nos hubiera pintado toda la Galilea
en torno a Jesús, nos hubiera insuflado en versículos del bello pasaje
evangélico, toda su peculiar carrocería metafórica. Del sencillo pasaje
hubiera hecho un canto a la dicha conyugal. Hubiera añadido al puro
vino lírico algunas ánforas de agua de cualquier Jordán retórico. El
auténtico poeta contempla el sugerente episodio, lo exprime, lo limpia
de adherencias domésticas, despide a la histórica comparsería, deja
frente a Jesús al agua azorada ante el milagro, y ya toda la escena le
cabe en el maravilloso verso:
«El agua púdica vio a su Dios, y enrojeció».