XXII

Los que cantan al compás de un aristón —o de una pianola— el himno

clásico al arte petrificado —al arte «eterno», según ellos—, quedan

invitados a asistir a una misma farsa, en dos tablados diferentes.

Se trata de dos jóvenes desdeñados por su amante: tema ni trascendente

ni pueril, porque en arte el tema es nada, o casi nada. El primer

doncel se adelanta, desmelenado, hasta la batería, y nos recita cinco

páginas de endecasílabos chorreantes de amargura. Si es discreto, nos

recita una sola, pero en ella nos habla de los mares, de los cielos,

de los montes y del mismo eje de la tierra que «podrá romperse como

un frágil cristal» sin que por eso se apague el fuego de aquel amor

infortunado. El otro novio, que espera en vano la visita de la mujer

frívola, _se limita_ a cruzar por la puerta del cabaret donde ella ríe

y bebe, y a escrutar un momento en su interior. Después, abatida la

cabeza, con un solo y definitivo gesto dramático, desaparece.

El impetuoso torrente que en el primer enamorado —Bécquer— nos

salpicaba con su abanico de románticas espumas, en el segundo —Charlot—

se va apretando, adelgazando, hasta fundirse en un hilo tembloroso,

porción refinada de materia vibrante de donde el arco genial arranca

la clara frase patética que todos conocemos. Un poeta de hoy, Pedro

Garfias, nos referiría la escena de este modo:

«Entre el cortejo de tus risas, pasa

mi voz enlutada».

Si se prefiere un tema de más objetividad —ya que en el del amor todos

«pusimos nuestras manos» y nuestros pechos— recordemos «Las bodas del

Caná». El poeta de la paráfrasis nos hubiera pintado toda la Galilea

en torno a Jesús, nos hubiera insuflado en versículos del bello pasaje

evangélico, toda su peculiar carrocería metafórica. Del sencillo pasaje

hubiera hecho un canto a la dicha conyugal. Hubiera añadido al puro

vino lírico algunas ánforas de agua de cualquier Jordán retórico. El

auténtico poeta contempla el sugerente episodio, lo exprime, lo limpia

de adherencias domésticas, despide a la histórica comparsería, deja

frente a Jesús al agua azorada ante el milagro, y ya toda la escena le

cabe en el maravilloso verso:

«El agua púdica vio a su Dios, y enrojeció».

Ejercicios · 第 24 / 51 题