La llama se precipita. Va muy deprisa y siempre olvida algo. Todo no
se quema en la hoguera. Siempre queda intacto ese trozo de carta que
el detective se apresura a examinar cuando el ladrón huyó después de
quemar los papeles. Todo no se borra en la hoguera.
El agua, sí, lo borra todo. Es más serena, más inflexible. Mansamente
lo destruye todo. Es la gran niveladora. Y no deja en pie dramáticos
esqueletos, ni risibles armazones. No entiende de tragedia, ni conoce
la ironía. Como los niños, es risueña e implacable. Engulle lo mismo
un costoso acorazado que un barquito de papel. Después, queda tan
reposada, tan azul.
Dulce muerte la de una metáfora, la de una teoría que se disgrega
silenciosamente, una mañana, sumergida en el estanque, entre risas de
niños. Leve ataúd para la momia de una emoción, este gracioso velero.
Nada de hogueras, Glosador amigo, nada de hogueras. Tal vez no puede
hacer Nerón lo que bien puede hacer un niño.
Barquitos, ¡barquitos de papel!