Bajo la ventana, el estanque, no la hoguera.
«La llama es bella». El fuego purifica y glorifica. Si arrojamos a la
hoguera nuestros libros envejecidos, nuestras olvidadas estampas, el
suplicio hará, de todo, antorchas.
Hay que destruir muchas cosas, pero escogiendo bien el arma y el
patíbulo. La tea es grande. Tiene un bello sentido trágico. Pira es
tanto como altar. Es mejor el agua. Es mejor un estanque. Ni siquiera
el mar: un plácido estanque. Y, barquitos, ¡barquitos de papel!
Una mañana quedará limpia nuestra mesa de todos esos libros y papeles
que hicieron de nuestro cerebro un bazar. Todo lo llevaremos a
orillas del estanque. Allí vendrán los niños. Mientras llegan, iremos
descosiendo los volúmenes. Hojas en cuarto, para barcos de vela; hojas
en octavo para góndolas. Con los folios de grandes revistas, haremos
lindos trasatlánticos.
Cuando los niños lleguen, se apoderarán de los barquitos, y lanzarán
su juguete al agua quieta o levemente rizada. Pronto, unos barquitos
se perderán de vista; otros se hundirán, al ser botados. No importa.
Seguiremos construyendo escuadras. Y los niños, sin pensar que
cada barquito lleva dentro un gran ensueño o una vanidosa norma,
irán arrojando al agua sus lanchitas, sus góndolas. Luego, una
ráfaga hundirá el último poema o el último sistema de filósofo. El
agua borrará dulcemente todo rastro de lo pintado o escrito. Sin
chisporroteos, sin trágica apoteosis, todo habrá terminado.