La buena prosa no ordena ya sus huestes a la luz de ajenos reflectores:
Bruñe cada vocablo, y, a su propia luz, alza los muros de la frase.
El alerta más vibrante para lanzarlo contra la sofística penumbra del
concepto, el clarín más sagaz para ir rasgando el velo que encubría
tantas viejas tablas de valores. En los recodos del idioma solo deben
ya ocultarse esas ideas vestidas de harapos, o esas ideas desnudas,
de raquítica o deforme anatomía. El pensamiento de gran contorno,
de lozano contenido, desnudo o vestido con la túnica polícroma de
las imágenes, no pide escolta alguna retórica o erudita. Así, en el
ejército de conceptos desnudos no habrá otra jerarquía, no se saludarán
otros valores, que la bella y ágil musculatura o la clara emoción de
una virilidad potente.
No es ya la palabra cierta cifra mágica. Pasó el tiempo de la cábala y
del símbolo, refugios del cerebro estéril. Solo el pobre rezagado, o el
humilde filólogo necesitan excavar al pie del tronco para sorprender en
el subsuelo las últimas raíces, ya que las ramas no se encienden para
ellos en graciosas floraciones ni en jugosos frutos.
Es preciso alzar una valla entre el maravilloso universo que la
intuición crea y recrea en cada hora, y toda fatigosa labor de esteva,
de pesquisa de marañas subterráneas, de redes jeroglíficas de sencillo
filólogo. Para estos, del manojo verbal nunca salta el pájaro de la
sorpresa. Ven en la palabra, no un hallazgo, sino copia de ciertos
originales mohosos y dormidos en los museos del idioma. Para ellos,
la palabra tiene un valor de papel moneda, que oscila con el montón
escondido en las criptas del Banco emisor.
Y la palabra no es ese arrugado papel, límite de complicadas
manipulaciones financieras, sino un disco luminoso, de calidad
independiente, con el cual podremos adquirir el buen regalo de la
imagen, el vino delicioso de la emoción pura, en las posadas del azar.