XV

La buena prosa no ordena ya sus huestes a la luz de ajenos reflectores:

Bruñe cada vocablo, y, a su propia luz, alza los muros de la frase.

El alerta más vibrante para lanzarlo contra la sofística penumbra del

concepto, el clarín más sagaz para ir rasgando el velo que encubría

tantas viejas tablas de valores. En los recodos del idioma solo deben

ya ocultarse esas ideas vestidas de harapos, o esas ideas desnudas,

de raquítica o deforme anatomía. El pensamiento de gran contorno,

de lozano contenido, desnudo o vestido con la túnica polícroma de

las imágenes, no pide escolta alguna retórica o erudita. Así, en el

ejército de conceptos desnudos no habrá otra jerarquía, no se saludarán

otros valores, que la bella y ágil musculatura o la clara emoción de

una virilidad potente.

No es ya la palabra cierta cifra mágica. Pasó el tiempo de la cábala y

del símbolo, refugios del cerebro estéril. Solo el pobre rezagado, o el

humilde filólogo necesitan excavar al pie del tronco para sorprender en

el subsuelo las últimas raíces, ya que las ramas no se encienden para

ellos en graciosas floraciones ni en jugosos frutos.

Es preciso alzar una valla entre el maravilloso universo que la

intuición crea y recrea en cada hora, y toda fatigosa labor de esteva,

de pesquisa de marañas subterráneas, de redes jeroglíficas de sencillo

filólogo. Para estos, del manojo verbal nunca salta el pájaro de la

sorpresa. Ven en la palabra, no un hallazgo, sino copia de ciertos

originales mohosos y dormidos en los museos del idioma. Para ellos,

la palabra tiene un valor de papel moneda, que oscila con el montón

escondido en las criptas del Banco emisor.

Y la palabra no es ese arrugado papel, límite de complicadas

manipulaciones financieras, sino un disco luminoso, de calidad

independiente, con el cual podremos adquirir el buen regalo de la

imagen, el vino delicioso de la emoción pura, en las posadas del azar.

Ejercicios · 第 17 / 51 题