En todos los escrutinios hay una ventana. Nosotros —tenaces
inquisidores de nuestra propia obra— debemos arrojar por ella todo
lastre inútil. Primero, el cofre de los símbolos —¡ya hay abiertos al
gran público bazares enormes!—: luego, todos nuestros ficheros, para ir
aprendiendo a pensar en soledad.
Y parte de nuestro arcón metafórico, que aún creemos nuevo, debemos
regalarlo a los sencillos fabricantes de género bordado. (Ellos aún
construyen telas «recamadas» para cubrir la «desnudez de la realidad».
Velos de «fantasía», a precios económicos).
No hay que bordar, sino tejer. Y con hilos de la propia entraña. Hilos
con que trenzar la red caliente y armoniosa de un poema, tan vivos
como los de un pentagrama. Y tan pronto salte en las cuerdas el loco
chisporroteo de un trino, como un reflexivo y lento bordoneo las combe.
Siempre ondule la emoción, derramada a lo largo de las fibras en copas
de imágenes.