Por fin, crear el ritmo de los pliegues. Que el viento no arrastre la
túnica por el barro, ni la hinche de humo y de nube, haciendo de ella
ese globo grotesco, que da tumbos risibles por los aleros.
No crear huecos para incrustar palabras recién venidas, sino seguir el
surco con el arado vigilante por si la reja hace sonar la caja metálica
del tesoro. Cuando surja el hallazgo, recogerlo sin detenerse mucho, y
dejar bien arado el bancal. Quede la fruición para el lector. El buen
creador solo goza del deleite de engendrar.
Y, menos, detenerse en el modismo —falso hallazgo—, banco de ripios
a flor de tierra, donde choca el arado sin que estalle el haz de
chispas. Allí el ímpetu armonioso se quiebra y el período se entumece.
Todo modismo es cierta petrificación del idioma; y suele ser el léxico
del sentido común. Si salta el ingenio, nunca se apoye en el idioma
sino en la idea. Que, al apartar las ramas del florecido arabesco,
reposen los ojos en una serena, en una profunda perspectiva. Es penoso
hundir las manos en la fronda, asomar los ojos y no hallar nada detrás.
Una rica maraña oscurece bellamente el contenido; pero, a veces, suele
disimular el caos.