Hay palabras eslabones y palabras gemas. La prosa escoge buena porción
de los primeros, dejando al verso cofres casi intactos de brillantes.
El verso puede crear aéreos engranajes, metáforas sutilmente engarzadas
por voluptuosos contactos. La prosa —menos afortunada— no logró nunca
prescindir de serviles engranajes sintácticos. Tampoco el tren de
unidades más ricas y bellamente iluminadas, puede nunca desdeñar las
cadenas oscuras, rechinantes, que hacen de él, en medio de la noche,
un compacto y espléndido alud.
Se deben terminar los dibujos y las frases. Cada período limita cierta
zona verbal íntegra, aislable, donde se cumple una intención del
artista. Y debe ser trabajado como la columna en un peristilo. Que el
aire y la luz discurran a su antojo por entre los fustes, refloreciendo
la gracia del contorno, arañándole toda granalla intersticial,
desnudándole de toda hiedra retórica. Pero en la prosa, muchas palabras
han de resignarse a su función de esclavos.
Para que florezca más gallardo el haz de palmas en la bóveda ojival, es
preciso que quede a la intemperie un botarel.
Brota del gracioso vientrecillo de cada capitel la rama flexible,
armoniosa, que se lanza a recoger el ímpetu de otra rama; pero la onda
de savia venía ya del humilde zócalo, aunque solo en la copa cincelada
se desborde. Solo el oscuro enlace de las raíces, mantiene erguida la
más aérea arquitectura.