La sorpresa pierde su alta jerarquía estética al convertirse en
_leit-motiv_.
V
Se habla de una gran «amplitud de onda», y es cierto que todo
movimiento vibratorio del espíritu produce ondas indefinidas. También
lo es que la amplitud crece con el ímpetu de la masa vibrante. Pero
no nos importe seguir la sucesión, la multiplicación, de las ondas.
Basta con el encanto de la primera, la más cercana al diapasón mental.
A medida que los círculos se ensanchan, van perdiendo sugerencia; van
muriendo, olvidados, en el confín.
Lo que importa es repetir el ímpetu armonioso. Que la campana no cese
de lanzar sus guijarros al viento. Así la viva ondulación se renueva y
al eco borroso que envía el aro de montañas, sale a recibirlo un nuevo
tañido. Que otra nota explote en las cuerdas, y nadie siga el viaje
monótono de las ondas.
Hay libros donde solo unos pocos guijarros han roto el diáfano
silencio. Todo el resto es amplitud de onda, sucesión, multiplicación
de onda. Libros que no provocan un solo comentario, porque, aun los más
lejanos y difusos, ya están allí, como enormes nimbos retóricos, en
torno al guijarro hundido y perdido en el cauce.
Se habla —aún— de la «llama de la inspiración». Los enemigos del puro
contorno sienten la voluptuosidad de sumergirse en el agua y en el
fuego. La refracción y el humo desfiguran bien toda impureza de líneas.
Y ni la llama ni el torrente purifican nada. O dejan esqueletos y
cenizas de las cosas, o ciegan de lodo y despojos de suburbio el cauce
limpio y luminoso. Un chisporroteo de hoguera hace mover, sí, las
figuras, pero el incauto afirma que viven, cuando solo oscilan.
Brasa, brasa lenta del esfuerzo cotidiano; fuego escondido de
disciplina, para que el arte madure y la prosa se dore como un fruto
en la rama ofrecida al sol.