IV

Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que _el Retor_ y

Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo

encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al

mar.

Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor

de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen

en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos

temporales.

El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de

espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado,

y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos

lejanos, haciendo temblar sus contornos.

La playa estaba en reposo. La casa _dels bòus_, donde rumiaban en sus

establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su

cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre

las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla

una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un

campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco

servían de trincheras.

Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus

puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse

las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de

palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una

población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada

hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que

burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena

descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas

de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.

Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para

esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte,

el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.

En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de

cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las

que pescan al _volantí_, pequeños y airosos esquifes, que parecían la

vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del

_bòu_ con idéntica altura é iguales colores.

En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos,

con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las

carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de

plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á

la vejez.

Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las

camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de

este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si

estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante

en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é

hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.

_El Retor_ hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey

manso sobre el mar y la costa.

Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea

verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y

después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de

masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes

tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de

cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre

la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra

adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de

rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.

Ya estaban en el buen tiempo. _El Retor_ era quien lo afirmaba, y

sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el

acierto de su patrón, el _tío Borrasca_. Aun quedaban para la próxima

semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á

Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían

ganarse el pan sin miedo.

Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y

sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre

el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una

muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de

monótona cadencia; sonaba lentamente el _¡oh_... _oh, isa!_ de unos

cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la

soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las

barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los _gatos_, que

estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados

mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos

absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que

envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.

Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su

calma cachazuda acabase de formular todo el plan.

Por fin habló _el Retor_. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar

el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros.

En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa

de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si

tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?

Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja

barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.

Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la

extensión de arena donde en verano se plantan las _barraquetes_ para los

bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles

con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y

grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante

como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una

trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del

Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios,

los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto,

y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos

en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el _Cap de Fransa_, una masa

prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se

alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas

torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas

barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.

No temiendo espionajes, _el Retor_ volvió á sentarse al lado de su

hermano.

Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de

pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un

viaje á la _còsta d'afòra_, á Argel; como quien dice á la pared de

enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como

pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre

quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de

_alguilla_ y _Flor de Mayo_... _¡Rediel!_ ese era el negocio; mil veces

lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?

Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el

alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar

en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le

parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen

hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el

contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre

aburrido de la pesca.

Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase,

enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el

muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado

en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.

Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la

_Garbosa_. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, _el Retor_

entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi

despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada

hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una

guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella;

compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el

mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.

Además--y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande--, con una

barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les

echaba la zarpa.

Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase _el Retor_

de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que

exponía su vida.

Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la

tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía

buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.

Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir

inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba

siendo su tío.

Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de _Carabina_, y

allá fueron los dos hermanos.

Al pasar por cerca de la casa _dels bòus_ miraron la barcaza-taberna,

cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un _¡adiós, mare!_ el

rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo

blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta

sobre el mostrador.

Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas

inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos

confundiendo su monótono _rac-rac_ con la susurrante calma de la playa,

y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas

sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas

despidiendo reflejos metálicos.

Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo

sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un

agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales

emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un

esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un

monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas

de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando

entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable

torno.

Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se

albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del

mar.

Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los

edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho,

según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con

profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos

hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los

transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se

secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.

Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos,

pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores,

como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la

línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla

semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba

el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de

perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.

Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban

plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían

los dueños de las parejas del _bòu_. En lo alto del mástil se secaban

los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un

pabellón consular. _El Retor_ miraba estos palitroques con cierta

envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese

plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?

Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la

gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes,

estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos

con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos

languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches

del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres

pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con

la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca,

marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban

animación y vida.

El de _Carabina_ estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una

aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda

negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del

aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.

Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre

generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío

Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y

otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa

superioridad al _tío Gòri_, un viejo carpintero de ribera que durante

veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde

el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los

días de holganza le oían hasta el anochecer.

--«_Se abre_... _la sisión_. _El siñor Segasta pide la palabra_.»

Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:

--_¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!_

Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por

debajo del blanco y chamuscado bigote:

--«_Siñores: contestando á lo que ayer dijo_...»

Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para

mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:

--_¡Este es un embustero!_

_El Retor_, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de

aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se

dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un _¡hola_,

_chiquets!_ permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus

ilustres amigos.

Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata,

que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y

algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo,

buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de

_Carabina_, aliciente principal del establecimiento.

El señor Mariano (a) _el Callao_ (aunque todos se guardaban de darle en

su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo

cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de

color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en

toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro

cuartos.

Llamábanle _el Callao_ porque cada día hablaba una docena de veces de

aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero

de primera á bordo de la _Numancia_. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez,

á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del

héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo

ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del

glorioso navío: _¡Bum! ¡brurrrum!_

Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la

feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último

carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en

algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad,

prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento

mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que,

después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas

del pueblo.

Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los

alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á

Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.

Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los

pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de

heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más

respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas

veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde

vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes,

que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan

peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su _gato_ el señor

Mariano.

Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido,

¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la

gente, trabajadora y atrevida.

Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante

enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar

del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como

sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para

favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del

estanco.

Gracias á sus _agallas_ y á Dios, que no le había abandonado, tenía con

qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba

recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados

por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos

humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de _los moscas_,

y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á

cambio de ser ciego por una hora.

El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que

venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la

gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero

estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la

idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se

cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera

ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo

á pescar.

¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre

para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel

excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer;

pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; _le

tiraba_ la afición al fardo prohibido.

Y como _el Retor_ expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando,

como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.

Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus

amigos del _entrepôt_ de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo

á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á

venderlo.

--_Grasies_, _tío_--murmuraba _el Retor_ saltándosele las lágrimas--.

_¡Qué bò es vosté!_...

Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se

acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero

de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le

daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido.

La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y _el

Retor_, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con

sendas cabezadas.

Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores,

indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con

la vista fija y sin menear apenas los labios.

¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á

los del _entrepôt_.

Pero _el Retor_ no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él

que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía

que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la

_côlla_ de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando

la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes.

El traje de sayón era de su padre.

El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque

jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave

expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. _El Retor_ y su

hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío.

Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino

para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?

--Bueno; _pues á dinar y hasta la vista_, _chiquets_.

Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera,

volviendo al barrio de las Barracas.

--_¿Qué t'ha dit el tío?_--preguntó Tonet con indiferencia.

Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró.

¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se

hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.

El bondadoso _Retor_ se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y

alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.

Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le

quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.

Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel

escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado

hasta él.

V

Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció

sereno.

La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante,

igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas,

con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á

la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto

estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres

atabales.

Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si,

barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.

La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños

trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la

procesión del Encuentro.

Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados,

_las vestas_, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez

inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga

varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del

fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de

deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de

ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las

cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la

arena, sufría indecibles angustias.

Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados

de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media

con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo

conoce con el nombre vago y acomodaticio de _traje de guerrero_;

tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de

un _apache_; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo

y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente

imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el

despropósito, con las fúnebres _vestas_ y los imponentes judíos, pasaban

los _granaderos de la Virgen_, buenos mozos, con enormes mitras

semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme

negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún

ataúd.

Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el

guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en

todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede

uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la

custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas

todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente;

desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.

Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes;

madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un

_¡Reina y siñora, qué guapos van!_ y la mascarada piadosa servía para

recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora

Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio,

casi á la puerta de la taberna del tío _Chulla_.

Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes

rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido

estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales

marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.

Las _còllas_ se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos,

solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes

para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres

estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los

horripilantes atributos de la Pasión.

_El Retor_ era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche

saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón

durante el resto del año y considerado por toda la familia como el

tesoro de la casa.

¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre _Retor_, cada año más

rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!

Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale

tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón

las cortas piernas y el vientre de su _Retor_, mientras que Pascualet,

sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le

reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el

terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los

muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.

Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de

acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla,

apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores;

apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la

celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la

nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con

voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por

la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.

Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á

otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas;

pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche

con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el

cansancio.

Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera.

Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la

frontera de sus dominios a recibir el ejército.

Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los

pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio,

mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón

por el estandarte.

Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo,

fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un

general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No;

Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas,

ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don

Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían

conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro

de la Marina.

Ya iban todas las _còllas_ camino de la iglesia, con la música al

frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de

un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.

Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos

procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su

guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y

sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el

peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían

la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que

no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor _carácter_, ponían

un gesto feroz de pocos amigos, y las _vestas_, con el capuchón calado y

la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que

los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la

madre.

Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos

desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en

medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos

cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un

cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica _Samaritana_, en

las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus

madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias

rayadas.

Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.

--_¡Siñor!_... _¡Ay Siñor, Deu meu!_--murmuraban con acento angustiado

las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de

la pillería excolmugada.

Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas

sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había

venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado

fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos

que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:

--_¡Morrals!_... _¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?_

¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor!

de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.

La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la

calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas

figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose

por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas,

agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre

los ojos.

Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y

rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en

lugar preferente la procesión.

La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?...

Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la

infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían

las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la

empresa de su acicalamiento.

Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso

que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y

¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la

mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el

aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al

mirar á la gente. ¡Ah, la _arrastrada!_... ¡Y cómo la respetaban y

mimaban todos á pesar de su orgullo!

Las dos cuñadas, con gran desesperación de la _tía Picores_, seguían

mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado

había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de

amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que

hacía presentir nuevas explosiones.

Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se

limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La

muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio

en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía

quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al

momento.

Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran

sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y

comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores

con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus

espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía

inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.

Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso,

deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del

encuentro.

La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por

encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz

erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la

Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de

negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual

brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba

sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.

Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban.

_¡Ay, reina y soberana!_ Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre

á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala)

que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino

del presidio.

Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no

les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.

Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus

destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos;

callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles

frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono

ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del

encuentro.

La gente oía embobada al _tío Grancha_, un viejo _velluter_ que todos

los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella

fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando

los bebedores de la inmediata taberna de _Chulla_ reían demasiado

fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y

los devotos clamaban indignados:

--_¡Calleu_... _recordons!_

Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á

dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y

mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el _tío

Grancha_, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que

contrastaba con su capitán patizambo.

Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien

adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo

quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué

sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la

encontraba sola!

Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia,

la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é

insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de

la hermosa nuca erizada de rizados pelos.

Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien

decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde

le diese la gana?

Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la

pupila de hermoso verde mar.

Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se

comía los hombres con los ojos.

Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una

prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que

estaban medio locas. _Piensa el ladrón que todos_, etc.... Ella

únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.

--_¡Mare!_, _¡mare!_--gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las

faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se

arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban

á ésta por los flacos y nerviosos brazos.

--_¿Qué es asò?_ _¿Sempre lo mateix?_--bramó un vozarrón cascado.

Y la enorme mole de la _tía Picores_ se interpuso entre las

combatientes.

Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. _Tú

Dolores_... _á casa_. _Y tú, mala llengua, que no t'oixca_.

Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.

¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la

procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil

veces! ¡Qué chicas las de ahora!

Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó

con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar

por las amigas.

El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.

En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del

traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.

_El Retor_ habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la

malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la

saludable expansión.

Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su

hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía

menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un

puerco espín.

Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él

á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le

ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores,

pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con

movimientos de cabeza.

En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba

arreglado.

Y ahora al negocio.

Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de

gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos

aporreaban las puertas con garrotes, la _Garbosa_, aquella ruina del

mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina,

blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal;

contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que

oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.

Flor de mayo · 第 13 / 36 题