VI

Muy entrada la noche navegaba la _Garbosa_ en aguas del cabo de San

Antonio.

Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos

reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las

aguas.

Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y

bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con

ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la

inmensidad azul.

El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un

cíclope acechando á los navegantes.

Era flojo el viento de la costa, y la _Garbosa_ había pasado todo el día

en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en

la entrada del verdadero camino de Argel.

_El Retor_, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la

obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un

viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz

del farolillo que iluminaba el barco.

Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de

á bordo, él era el único que había estado en Argel.

El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña

al Sudeste! y no había más que dejar á la _Garbosa_ que siguiese su

camino si el viento era bueno.

_El Retor_ se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca,

exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje

que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar

lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la

obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja

rojiza con el rebullir de la estela.

Ahora á dormir.

Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y

cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta

media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.

_El Retor_ era el único que velaba á bordo de la _Garbosa_. Á pesar del

rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á

sus pies.

Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes

hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo.

Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por

cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura?

¿Resistiría la _Garbosa_ si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le

pillarían cuando volviese cargado hacia España?

Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo

enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja _Garbosa_ como si

los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la

punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo,

parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado,

por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el

resplandor de lo infinito.

Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas

rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.

Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias

ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y

azulada como espejo veneciano.

La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el

horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de

color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.

La _Garbosa_ avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto

anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos,

marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.

Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las

aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la

cubierta con su orla.

Desde la cubierta de la _Garbosa_ alcanzaba la vista las hondas

profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca

reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con

nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de

estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines,

sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de

polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que

se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de

vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de

colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres

otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y

cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se

agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos

esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.

Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El

_gato_ de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla

del mediodía, y _el Retor_, paseando por la estrecha popa y mirando al

horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La _Garbosa_,

aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.

Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la

calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban

por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha

chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación;

_trigueros_ que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando

en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.

El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas,

burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como

si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la _Garbosa_ ardían

las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.

La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del

mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo

plato.

Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma

bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar

las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar

que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera

caliginosa.

Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían

perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.

Iban á dormir en la _zorra_ de aquel carro viejo, y uno tras otro

deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que

rezumaban, quejándose al menor vaivén.

Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el

viento, y la _Garbosa_, como un caballo viejo de buena casta que siente

la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.

Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y

poco después todos los tripulantes de la _Garbosa_ vieron salir

pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios,

con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes

pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que

avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando

una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de

leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.

Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo

evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con

asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El

más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de

banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo

señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que

rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las

vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres.

¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría

estornudar?...

Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el

respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.

Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin

dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el

inmenso azul.

Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el

arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet

recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la

_Mala Dòna_. A babor estaba Argel.

La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una

atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se

levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría

de espumarajos, y toda la _Garbosa_, crujiente y conmovida, avanzaba

veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra

y el descanso.

Caía la tarde, y en los flancos de la _Mala Dòna_, esfumados por la

distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas

blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la

atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de

hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.

La _Garbosa_ inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á

estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del

pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.

Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada

crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de

misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra

la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y

delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del

Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en

África.

Percibíase desde la _Garbosa_ el choque del oleaje sobre los

acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los

moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde

el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta,

brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.

Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se

multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de

luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á

centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la

costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio,

apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.

Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados

contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por

ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.

Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo

abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás,

la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de

la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna

fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las

aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se

divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las

linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad

de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre

los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con

resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes

tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces

carruajillos con toldos de lienzo blanco.

Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa

de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los

cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros

árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una

ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las

mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al

llegar la noche con el apetito excitado.

_El Retor_, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba

las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela

para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y

agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces

tras una lona que sostenía el _gato_ de la barca.

Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más

obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con

curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja.

Los del _entrepôt_ contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.

_El Retor_ explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No

convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia

que allí habían muchos _moscas_ prontos á telegrafiar á España el nombre

y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor

era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer

hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de

Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!

Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando

interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.

Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de

la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros,

sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban

codiciosos la iluminada ciudad.

Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á

sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba

las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas

escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los

cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el

_gato_ de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja,

brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices

casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el

tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.

Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada

hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el

_Boulevard de la República_, con sus grandes cafés, donde iban los

señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los

morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de

seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y

hermosas tiendas; la _plaza del Caballo_ con la mezquita principal, un

gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados

á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo

último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante

pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las

calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como

patitos y diciendo _mersi_ á cada chicoleo; soldados con gorro de

datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia;

gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí

huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la

acera, donde se servía la absenta á vasos.

Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y

guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían

prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.

¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? _¡Redeu!_ Aquello sí que era

notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en

que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera,

comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre

cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de

inmundicia bajando por los escalones del empedrado.

Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir

tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos

en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué

cosas en su jerga de perros.

Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año.

El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á

puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se

zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como

los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón,

tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al

son de una flauta y dos panderos.

Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común,

que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas

teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas

de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo

frotaros con sus manazas, y otras _¡rediel!_... otras que eran las

señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un

ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo

del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de

platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y

medias lunas.

¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota

rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era

así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los

zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la

negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos

y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca

marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los

llevaron al _violón_, de donde los sacó el cónsul después de dos días de

encierro.

Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras

reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los

pies con expresión de hombre cansado:

--_¡Ay!_... _Entonses tenía yo més humor_.

El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una

luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si

nadase un perrazo con dirección á la barca.

Era el vaporcito del _entrepôt_. Saltó á la cubierta de la _Garbosa_ un

buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los

puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió

cuenta al _Retor_ de su comisión.

Habían recibido á tiempo el aviso de _mosiú_ Mariano, de Valencia; les

esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba

el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las

autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios

despachar pronto.

--_¡A la faena!_--gritó el Retor á su gente--. _Cárrega á bordo_.

Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el

montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos

envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.

Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de

la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los

fardos, y la _Garbosa_, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose,

lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la

excesiva carga.

El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca.

¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y _el Retor_

contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que

comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le

ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de

allí á dos noches en la playa del Cabañal.

La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja

cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos

y que no cayesen al mar.

--_Buona sorte, patrón_--chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y

estrechando con fuerza la mano del _Retor_.

Se alejó el vaporcillo; la _Garbosa_ extendió su vela, y comenzó á

correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos

brillante.

Al _Retor_ se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que

Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo!

Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta

la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las

olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si

estuviera corriendo un temporal.

Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la

barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á

flor de agua.

Cuando amaneció, el cabo de la _Mala Dòna_ veíase por la popa como una

vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.

La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la

noche, la recordaba _el Retor_ como si fuese un sueño, ahora que se veía

de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no

dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación

fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre

_Garbosa_, que navegaba torpemente como una tortuga.

Lo único que tranquilizaba al _Retor_ era el tiempo. Buen viento y mar

bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora

comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato.

Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en

su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso,

lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido

como un salivazo de las olas.

La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El

cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie

del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así

como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base

cortada por dos fajas de nubes.

La _Garbosa_, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la

ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.

El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar

hasta la noche para hacer el alijo.

De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón.

Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo...

_¡Futro!_ No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una

escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo.

Algún _mosca_ había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la

_Garbosa_ había salido á algo más que á pescar.

Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su

hermano con inquietud.

Aun era tiempo; á tomar mar. Y la _Garbosa_, inclinando un poco su proa,

se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en

esta maniobra, y la _Garbosa_ navegaba con gran rapidez hundiendo

muchas veces bajo las olas su abrumado casco.

La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella

barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba

considerable, y _el Retor_ pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á

dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las

aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.

La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la

altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.

_El Retor_ adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era

muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el

convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la _Garbosa_ hacia

tierra para echar sus fardos.

Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un

refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar

en un zapato como la _Garbosa_. ¡Á las Columbretas, refugio de los

hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del

comercio!

Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y

lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada

_Garbosa_, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta

Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas,

que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de

los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila

siempre que no sopla el Levante.

La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una

alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el

ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde

ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos

de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de

tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable

distancia, están las Columbretas menores; la _Foradada_, surgiendo de

las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes

rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso

prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.

La _Garbosa_ quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros

estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se

refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se

fijaran en ellos.

Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las

habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos,

pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que,

refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes

estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera

escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo

del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta

ondulación.

Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de

peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta

extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la

cerrazón del tiempo.

No se veía ni una vela; pero _el Retor_ estaba intranquilo, temiendo que

sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como

refugio de contrabandistas.

La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto

la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su

audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de

menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?

El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque

el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los

ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.

Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la _Garbosa_ y

salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á

nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros,

agrupadas en la plazoleta frente á la torre.

¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la _Garbosa_ tan pronto se

encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba

de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban

los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos

del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada

choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas

resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y

atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de

cabeza á pies.

Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca...

bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.

Mas _el Retor_ no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía

en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más

furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la

mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no

abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles

vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un

estertor de agonía.

Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía

allá en el Cabañal.

Aquello no era nada, _¡recordons!_ No había que apurarse. Y si la

zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de

ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las

tabernas... ¡Atención con esa que viene!... _¡Brrum!_ Ya pasó. Si

llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De

todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni

se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para

morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son

gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol.

¡Atención, que viene otra!...

Y _el Retor_ hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico

adquirido en su aprendizaje con el _tío Borrasca_. Pero el único que le

oía era el _gato_, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la

emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes,

como si no quisiera perder nada del espectáculo.

Cerraba la noche. La _Garbosa_ navegaba á media vela, dando espantosas

cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar

desapercibido que evitar un choque.

Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las

olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.

_El Retor_ no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto

reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de

audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á

los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de

soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes,

en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!

Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del

Rosario.

Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo.

¿Pero les esperarían?

_El Retor_, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa

serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí

aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el

viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente

á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por

ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de

fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían

desmenuzando, hasta hacerla astillas.

Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la

_Garbosa_ marchó recta, empujada más por las olas que por el viento,

hacia la obscura playa.

Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un

grito de felicidad.

Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido

tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una

manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.

La _Garbosa_ extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba,

sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas;

marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y

encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar,

hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con

un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca

se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la

vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando

hombres y arrebatando fardos.

Acababan de encallar á pocos metros de tierra.

Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de

la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de

los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena

de brazos tendida hasta la playa.

--_¡Tío, tío!_--gritó _el Retor_ lanzándose al agua, que no le pasó del

pecho.

--_Presente_--contestó una voz desde la playa--. _Mutis y á la faena_.

Era un espectáculo extraño: una pesadilla.

El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa

doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos

enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y

una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando

fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las

espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde

desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al

calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se

alejaban. _ El Retor_ vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra

con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver

en la mano.

No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban

_untados_ y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había

que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga,

gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo,

y creía aquello de _quien roba á un ladrón_, etc. No; pues de él no se

reirían, _¡redeu!_ al primero que escondiera un fardo, le pegaba un

tiro.

La descarga fué como un sueño. Cuando _el Retor_ comenzó á reponerse de

la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras,

se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir

palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.

Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían

sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la

arena.

Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y

lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al _gato_ lo pescaron

cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento

de encallar.

_El Retor_, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por

fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios

todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un

hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado

lo tenía.

Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada

á la infeliz _Garbosa_, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la

arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada

empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo

de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga

vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino,

cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.

Flor de mayo · 第 14 / 36 题