Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona
vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.
_El Retor_ era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el
peligro. De _gato_ había ascendido á ser el tripulante de más confianza
en la barca del _tío Borrasca_, y cada mes solía entregar á su madre
cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.
Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha:
Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una
semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el _tío
Borrasca_ en calidad de _gato_, pero el patrón se cansó de pegarle, sin
conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era
el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por
fin á los diez y siete años se metió en una _còlla_ del puerto,
cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos
veces por semana, y esto de mala voluntad.
Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de
la _siñá_ Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que
eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato
sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la
chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda
obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.
Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel
Martínez de infausta memoria; pero más _salao_, más audaz y travieso, y
de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.
Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían á su hijo, y estaba
enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le _tirase_ tanto el
maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su
hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.
Una tarde de domingo, en la taberna de _Las buenas costumbres_, título
terriblemente irónico, se tiró los vasos á la cabeza con los de una
_còlla_ de cargadores que trabajaban más barato, y cuando entraron los
carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano persiguiendo por entre
las mesas á los contrarios.
Más de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa
capitular; las lágrimas de la _siñá_ Tona y las influencias del tío
Mariano, que era muñidor en las elecciones, consiguieron sacarle á
flote; pero tanto le corrigió el arresto, que en la misma noche de su
libertad sacó otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses
que, después de beber con él, intentaron boxearle.
Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una verdadera fiera para
resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentándose
en la de su madre en semanas enteras.
Tenía su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos
olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales
relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la hija de
_Paella_ el tartanero le parecía poca cosa. La tal Dolores era descarada
como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse á la pobre
suegra que tuviese que aguantarla.
Era natural que fuese así. Se había criado sin madre, al lado del _tío
Paella_, un borrachón que daba traspiés al amanecer cuando enganchaba la
tartana y á quien el vino tenía consumido, engordándole únicamente la
nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.
Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tenía en
Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco inglés se
ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios de
confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con
blancos _matinées_, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza,
conduciéndolas con sus amigos á los merenderos de la playa, donde se
corrían juergas hasta el amanecer, mientras que él, alejado, sin
abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba, mirando
paternalmente á las que llamaba su ganado.
Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablábala con los mismos
términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz sentía la
necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida, lejos de los
agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en
ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio del
_tío Paella_, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é infamias
presenciadas durante el día.
Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que aquella chica
ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no se había
perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas
vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus
escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el
amo. Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta
muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en
los bolsillos del _tío Paella_ para dar dinero al novio, lo que hacía
lanzar al borracho un vómito interminable de injurias contra la falsa
amistad, creyendo que en los momentos de alcohólica turbación le
robaban las pesetas sus compinches de taberna.
Era un secuestro en regla el que hacía aquella chica, y Tonet,
lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda su ropa
desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.
La _siñá_ Tona se quedaba sola. _El Retor_ estaba siempre en el mar
persiguiendo la peseta, como él decía, unas veces pescando y otras
enganchándose como marinero en algún laúd de los que iban por sal á
Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó metido en casa del _tío Paella_,
y ella aviejándose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra
compañía que aquella chicuela rubia, á la que quería de un modo raro,
con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martínez.
¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...
Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las personas buenas. Los
tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su viudez.
Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido convertidas en
tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella envejecía y
la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.
Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos
parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más
de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando
melancólicamente el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual
no gruñía el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena
de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.
Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía, sumida en una estúpida
somnolencia, de la que la sacaban únicamente las diabluras de Tonet ó la
contemplación de un retrato del _siñor Martines_, puesto de uniforme,
que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento
cruel, como para recordarse la debilidad pasada.
La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca por obra y gracia del
pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su madre. Criábase
como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en su busca
para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y
durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.
¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que había de
arrastrar la pobre Tona.
Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena mojada, cogiendo
conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas enteras
con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de
hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios,
enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que
dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura
deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol había suplido la
falta de medias tostando la piel con un color rojo.
Allí se estaba horas y más horas con el vientre hundido en la arena
mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadísima
capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo con las
ondulaciones caprichosas del moaré.
Era una bohemia incorregible. Lo que decía Tona: _De tal palo_, _tal
astilla_. También el granuja de su padre se pasaba las horas muertas
embobado ante el horizonte, como si soñara despierto y sin servir para
otra cosa.
Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada.
¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna rompía vasos y
platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén si ella
cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la
playa ó que fuese á la _costura_ del Cabañal. Á temporadas dominábala un
deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza, para
ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando
su madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.
En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro uníase á su afán
de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan grande como ella,
iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba audazmente por entre
los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á todas partes
con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y gritando
con su voz débil: _¡Al aigua fresqueta!_ sacada de la fuente del Gas.
Unas veces con esto y otras con el cesto de caña lleno de galletas, que
pregonaba con tono melancólico: _¡Salaes y dolses!_ Roseta conseguía
entregar á su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un
poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos negocios iban haciendo
egoísta.
Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento, acogiendo con
serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet, que nunca
se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al _Retor_, que cuando
bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y
despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un
airecillo de reina orgullosa.
Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar de ser la única
compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno parecía
estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua
preocupación.
Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su familia. Ya no se
contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su hermano _el
Retor_, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida exhalación por
la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del tartanero,
donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.
Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que la influencia que
Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un plan que
acariciaba hacía mucho tiempo.
Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.
Como guapa, no podía compararse con la endemoniada hija del tartanero;
pero la _siñá_ Tona se hacía lenguas de su bondad (la condición de los
seres insignificantes) y se callaba lo más importante, ó sea que
Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era huérfana; sus
padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se surtía
la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi
una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.
¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del
Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y
pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la _siñá_ Tona,
tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda
la población.
Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores,
con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le
soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas
enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en
Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores,
emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de
hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en
alguna timba de calderilla.
En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que
costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con
otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de
la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.
Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la
blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de
Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que
iba destinado.
¡Anda con Dios! Mucho le quería la _siñá_ Tona, pero al fin podía
descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que,
siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de
Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la _siñá_ Tona si había
recibido carta del marinero.
Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos
los viajes y estaciones que hacía la _Villa de Madrid_, fragata en la
que iba Tonet como marinero de primera.
¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el
estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de
pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «_Para la siñora
Tona la del cafetín_, _junto á la casa dels bòus_!»
Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones
desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y
cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y
las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con
países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana,
los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.
¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez
había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así
sentaría la cabeza. Y la _siñá_ Tona, poseída de nuevo por aquella
preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto
despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida
disciplina de á bordo, mientras que el otro, _el Retor_, el que ella
tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en
el gremio de la pesca.
Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el
tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros.
En fin, que ganaba dinero, y la _siñá_ Tona se daba á todos los demonios
viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á
sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.
En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa
de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus
hijos _polvos seguidores_, pues corrían á ella como perros sumisos.
Allí estaba metido _el Retor_, como si en casa del tartanero se le
perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro?
¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía
escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas
de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su
hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía
con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le
guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.
Un día murió el _tío Paella_. Lo trajeron á casa destrozado por las
ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y
murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni
para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana
llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.
Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su _tía Picores_ la pescadera,
protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.
Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la
gran noticia. Dolores y _el Retor_ se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido
produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se
había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que
hacían reír.
Á Tona había que oirla. Aquella _siñora_ de la herradura se había
empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que
se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando
era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único
de la familia que ganaba dinero!
Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la _siñá_ Tona.
Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus
planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó
asistir á la boda y llamar _filla mehua_ al hermoso culebrón, que tan
fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.
Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio
tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que
había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y
los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural
que Dolores se casase, ya que le faltaba _arrimo_. Además--como él
decía--, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su
hermano, que era un buen muchacho.
Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la
licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en
el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que
gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del
servicio.
Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no
había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes.
Y no se preocupó gran cosa de ella ni del _Retor_, atento á gozar el
aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.
Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en
el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de _Paella_, donde ahora
vivía _el Retor_, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de
extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor
asombro de los papanatas que le admiraban.
Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con
sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las
muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el
bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y
bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente
asomando bajo la gorra de seda.
La _siñá_ Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo
como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había
aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda
disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si
bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á
ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido,
sino satisfacer sus egoísmos de vividor.
Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre.
¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un
capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y
esto era lo que él deseaba.
Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente
cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.
Y con gran alegría de la _siñá_ Tona, se casó con Rosario. Todo iba
bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en
él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo
la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de
su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un
prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas
botas impermeables en los días de lluvia.
Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de
soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de
misteriosos deseos.
Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la
mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre
los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco,
como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de
su hijo.
Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las
palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo
hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida
embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase
poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los
charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces
ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por
el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por
el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al
señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera
en maldiciones y alborotos.
Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas
de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su
hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas
entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.
Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse
y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita,
cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus
miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el
dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas
para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella
envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad
exclusiva el mejor mozo del Cabañal.
El infortunio les aproximaba al _Retor_, al otro matrimonio que subía y
subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza
abajo.
Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y
por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y
consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la
atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba _el Retor_, y él era
el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado
para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro
interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.
Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse
de fingir.
Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. _El
Retor_ sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia,
y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura
sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con
la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano,
pasando en ella más tiempo que en el café.
Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres;
entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la
casa del _Retor_, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas
conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.
Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el
chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á
remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros
tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel
vago; y la hermosa hija del _tío Paella_ burlábase de su cuñada la
_tísica_, la _pava_, gozándose en insultar su pobreza, su vida
trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual,
como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.
Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la
antigua casa del _tío Paella_, restaurada y embellecida, á la barraca
miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado
empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las
intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos,
llevando y trayendo recados.
Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba
desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría
un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían
silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la
_siñá_ Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco,
vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su
despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera
era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre
las dos familias.
¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La _siñá_ Tona lo afirmaba, mirando de
soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna.
Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y
Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo
lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:
--_Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia_.