La fama de la hermosura de Julia estaba esparcida por toda la comarca
que ceñía a la vieja ciudad de Renada; era Julia algo así como su
belleza oficial, o como un monumento más, pero viviente y fresco,
entre los tesoros arquitectónicos de la capital. «Voy a Renada—decían
algunos—a ver la catedral y a ver a Julia Yáñez.» Había en los ojos de
la hermosa como un agüero de tragedia. Su porte inquietaba a cuantos
la miraban. Los viejos se entristecían al verla pasar, arrastrando
tras sí las miradas de todos, y los mozos se dormían aquella noche más
tarde. Y ella, consciente de su poder, sentía sobre sí la pesadumbre de
un porvenir fatal. Una voz muy recóndita, escapada de lo más profundo
de su conciencia, parecía decirle: «¡Tu hermosura te perderá!» Y se
distraía para no oírla.
El padre de la hermosura regional, don Victorino Yáñez, sujeto de muy
brumosos antecedentes morales, tenía puestas en la hija todas sus
últimas y definitivas esperanzas de redención económica. Era agente de
negocios, y éstos le iban de mal en peor. Su último y supremo negocio,
la última carta que le quedaba por jugar, era la hija. Tenía también
un hijo; pero era cosa perdida, y hacía tiempo que ignoraba su paradero.
—Ya no nos queda más que Julia—solía decirle a su mujer—; todo depende
de como se nos case o de como la casemos. Si hace una tontería, y me
temo que la haga, estamos perdidos.
—¿Y a qué le llamas hacer una tontería?
—Ya saliste tú con otra. Cuando digo que apenas si tienes sentido
común, Anacleta...
—¡Y qué le voy a hacer, Victorino! Ilústrame tú, que eres aquí el único
de algún talento...
—Pues lo que aquí hace falta, ya te lo he dicho cien veces, es que
vigiles a Julia y le impidas que ande con esos noviazgos estúpidos, en
que pierden el tiempo, las proporciones y hasta la salud las renatenses
todas. No quiero nada de reja, nada de pelar la pava; nada de novios
estudiantillos.
—¿Y qué le voy a hacer?
—¿Qué le vas a hacer? Hacerla comprender que el porvenir y el bienestar
de todos nosotros, de ti y mío, y la honra, acaso, ¿lo entiendes...?
—Sí, lo entiendo.
—¡No, no lo entiendes! La honra, ¿lo oyes?, la honra de la familia
depende de su casamiento. Es menester que se haga valer.
—¡Pobrecilla!
—¿Pobrecilla? Lo que hace falta es que no empiece a echarse novios
absurdos, y que no lea esas novelas disparatadas que lee, y que no
hacen sino levantarle los cascos y llenarle la cabeza de humo.
—¡Pero y qué quieres que haga...!
—Pensar con juicio, y darse cuenta de lo que tiene con su hermosura, y
saber aprovecharla.
—Pues yo, a su edad...
—¡Vamos, Anacleta, no digas más necedades! No abres la boca más que
para decir majaderías. Tú, a su edad... Tú, a su edad... Mira que te
conocí entonces...
—Sí, por desgracia...
Y separábanse los padres de la hermosura para recomenzar al siguiente
día una conversación parecida.
Y la pobre Julia sufría, comprendiendo toda la hórrida hondura de
los cálculos de su padre. «Me quiere vender—se decía—para salvar sus
negocios comprometidos; para salvarse acaso del presidio.» Y así era.
Y por instinto de rebelión, aceptó Julia al primer novio.
—Mira, por Dios, hija mía—le dijo su madre—, que ya sé lo que hay, y
le he visto rondando la casa, y hacerte señas, y sé que recibiste una
carta suya, y que le contestaste...
—¿Y qué voy a hacer, mamá? ¿Vivir como una esclava, prisionera, hasta
que venga el sultán a quien papá me venda?
—No digas esas cosas, hija mía...
—¿No he de poder tener un novio, como le tienen las demás?
—Sí, pero un novio formal.
—¿Y cómo se va a saber si es formal o no? Lo primero es empezar. Para
llegar a quererse, hay que tratarse antes.
—Quererse..., quererse...
—Vamos, sí, que debo esperar al comprador.
—Ni contigo ni con tu padre se puede. Así sois los Yáñez. ¡Ay, el día
que me casé!
—Es lo que yo no quiero tener que decir un día.
Y la madre, entonces, la dejaba. Y ella, Julia, se atrevió,
afrontándolo todo, a bajar a hablar con el primer novio a una ventana
del piso bajo, en una especie de lonja. «Si mi padre nos sorprende
así—pensaba—, es capaz de cualquier barbaridad conmigo. Pero, mejor,
así se sabrá que soy una víctima, que quiere especular con mi
hermosura.» Bajó a la ventana, y en aquella primera entrevista le
contó a Enrique, un incipiente tenorio renatense, todas las lóbregas
miserias morales de su hogar. Venía a salvarla, a redimirla. Y Enrique
sintió, a pesar de su embobecimiento por la hermosa, que le abatían
los bríos. «A esta mocita—se dijo él—le da por lo trágico; lee novelas
sentimentales.» Y una vez que logró que se supiera en toda Renada
cómo la consagrada hermosura regional le había admitido a su ventana,
buscó medio de desentenderse del compromiso. Bien pronto lo encontró.
Porque una mañana bajó Julia descompuesta, con los espléndidos ojos
enrojecidos, y le dijo:
—Ay, Enrique; esto no se puede ya tolerar; esto no es casa ni familia:
esto es un infierno. Mi padre se ha enterado de nuestras relaciones, y
está furioso. ¡Figúrate que anoche, porque me defendí, llegó a pegarme!
—¡Qué bárbaro!
—No lo sabes bien. Y dijo que te ibas a ver con él...
—¡A ver, que venga! Pues no faltaba más.
Mas, por lo bajo, se dijo: «Hay que acabar con esto, porque ese ogro
es capaz de cualquier atrocidad si ve que le van a quitar su tesoro; y
como yo no puedo sacarle de trampas...»
—Di, Enrique, ¿tú me quieres?
—¡Vaya una pregunta ahora...!
—Contesta, ¿me quieres?
—¡Con toda el alma y con todo el cuerpo, nena!
—¿Pero de veras?
—¡Y tan de veras!
—¿Estás dispuesto a todo por mí?
—¡A todo, sí!
—Pues bien, róbame, llévame. Tenemos que escaparnos; pero lejos, muy
lejos, adonde no pueda llegar mi padre.
—¡Repórtate, chiquilla!
—¡No, no, róbame; si me quieres, róbame! ¡Róbale a mi padre su tesoro,
y que no pueda venderlo! ¡No quiero ser vendida: quiero ser robada!
¡Róbame!
Y se pusieron a concertar la huida.
Pero al siguiente día, el fijado para la fuga, y cuando Julia tenía
preparado su hatito de ropa, y hasta avisado secretamente el coche,
Enrique no compareció. «¡Cobarde, más que cobarde! ¡Vil, más que
vil!—se decía la pobre Julia, echada sobre la cama y mordiendo de rabia
la almohada—. ¡Y decía quererme! No, no me quería a mí; quería mi
hermosura. ¡Y ni esto! Lo que quería es jactarse ante toda Renada de
que yo, Julia Yáñez, ¡nada menos que yo!, le había aceptado por novio.
Y ahora irá diciendo cómo le propuse la fuga. ¡Vil, vil, vil! ¡Vil como
mi padre; vil como hombre!» Y cayó en mayor desesperación.
—Ya veo, hija mía—le dijo su madre—, que eso ha acabado, y doy gracias
a Dios por ello. Pero mira, tiene razón tu padre: si sigues así, no
harás más que desacreditarte.
—¿Si sigo cómo?
—Así, admitiendo al primero que te solicite. Adquirirás fama de coqueta
y...
—Y mejor, madre, mejor. Así acudirán más. Sobre todo, mientras no
pierda lo que Dios me ha dado.
—¡Ay, ay! De la casta de tu padre, hija.
Y, en efecto, poco después admitía a otro pretendiente a novio. Al cual
le hizo las mismas confidencias, y le alarmó lo mismo que a Enrique.
Sólo que Pedro era de más recio corazón. Y por los mismos pasos
contados llegó a proponerle lo de la fuga.
—Mira, Julia—le dijo Pedro—, yo no me opongo a que nos fuguemos; es
más, estoy encantado con ello, ¡figúrate tú! Pero, y después que nos
hayamos fugado, ¿adónde vamos, qué hacemos?
—¡Eso se verá!
—¡No; eso se verá, no! Hay que verlo ahora. Yo, hoy por hoy, y durante
algún tiempo, no tengo de qué mantenerte; en mi casa sé que no nos
admitirían; ¡y en cuanto a tu padre...! De modo que, dime, ¿qué hacemos
después de la fuga?
—¿Qué? ¿No vas a volverte atrás?
—¿Qué hacemos?
—¿No vas a acobardarte?
—¿Qué hacemos, di?
—Pues... ¡suicidarnos!
—¡Tú estás loca, Julia!
—Loca, sí; loca de desesperación, loca de asco, loca de horror a este
padre que me quiere vender... Y si tú estuvieses loco, loco de amor por
mí, te suicidarías conmigo.
—Pero advierte, Julia, que tú quieres que esté loco de amor por ti para
suicidarme contigo, y no dices que te suicidarás conmigo por estar loca
de amor por mí, sino loca de asco a tu padre y a tu casa. ¡No es lo
mismo!
—¡Ah! ¡Qué bien discurres! ¡El amor no discurre!
Y rompieron también sus relaciones. Y Julia se decía: «Tampoco éste me
quería a mí, tampoco éste. Se enamoran de mi hermosura, no de mí. ¡Yo
doy cartel!» Y lloraba amargamente.
—¿Ves, hija mía—le dijo su madre—; no lo decía? ¡Ya va otro!
—E irán cien, mamá; ciento, sí, hasta que encuentre el mío, el que me
liberte de vosotros. ¡Querer venderme!
—Eso díselo a tu padre.
Y se fué doña Anacleta a llorar a su cuarto, a solas.
—Mira, hija mía—le dijo, al fin, a Julia su padre—, he dejado pasar
eso de tus dos novios, y no he tomado las medidas que debiera; pero te
advierto que no voy a tolerar más tonterías de ésas. Conque ya lo sabes.
—¡Pues hay más!—exclamó la hija con amarga sorna y mirando a los ojos
de su padre en son de desafío.
—¿Y qué hay?—preguntó éste, amenazador.
—Hay... ¡que me ha salido otro novio!
—¿Otro? ¿Quién?
—¿Quién? ¿A que no aciertas quién?
—Vamos, no te burles, y acaba, que me estás haciendo perder la
paciencia.
—Pues nada menos que don Alberto Menéndez de Cabuérniga.
—¡Qué barbaridad!—exclamó la madre.
Don Victorino palideció, sin decir nada. Don Alberto Menéndez de
Cabuérniga era un riquísimo hacendado, disoluto, caprichoso en punto a
mujeres, de quien se decía que no reparaba en gastos para conseguirlas;
casado, y separado de su mujer. Había casado ya a dos, dotándolas
espléndidamente.
—¿Y qué dices a eso, padre? ¿Te callas?
—¡Que estás loca!
—No, no estoy loca ni veo visiones. Pasea la calle, ronda la casa. ¿Le
digo que se entienda contigo?
—Me voy, porque si no, esto acaba mal.
Y levantándose, el padre se fué de casa.
—¡Pero hija mía, hija mía!
—Te digo, madre, que esto ya no le parece mal; te digo que era capaz de
venderme a don Alberto.
La voluntad de la pobre muchacha se iba quebrando. Comprendía que hasta
una venta sería una redención. Lo esencial era salir de casa, huir de
su padre, fuese como fuese.
* * * * *
Por entonces compró una dehesa en las cercanías de Renada—una de las
más ricas y espaciosas dehesas—un indiano, Alejandro Gómez. Nadie sabía
bien de su origen, nadie de sus antecedentes, nadie le oyó hablar
nunca ni de sus padres, ni de sus parientes, ni de su pueblo, ni de
su niñez. Sabíase sólo que, siendo muy niño, había sido llevado por
sus padres a Cuba, primero, y a Méjico después, y que allí, ignorábase
cómo, había fraguado una enorme fortuna, una fortuna fabulosa—hablábase
de varios millones de duros—, antes de cumplir los treinta y cuatro
años, en que volvió a España, resuelto a afincarse en ella. Decíase
que era viudo y sin hijos, y corrían respecto a él las más fantásticas
leyendas. Los que le trataban teníanle por hombre ambicioso y de
vastos proyectos, muy voluntarioso, y muy tozudo, y muy reconcentrado.
Alardeaba de plebeyo.
—Con dinero se va a todas partes—solía decir.
—No siempre, ni todos—le replicaban.
—¡Todos no; pero los que han sabido hacerlo, sí! Un señoritingo de esos
que lo ha heredado, un condesito o duquesín de alfeñique, no, no va a
ninguna parte, por muchos millones que tenga; ¿pero yo? ¿Yo? ¿Yo, que
he sabido hacerlo por mí mismo, a puño? ¿Yo?
¡Y había que oír cómo pronunciaba _yo_! En esta afirmación personal se
ponía el hombre todo.
—Nada que de veras me haya propuesto, he dejado de conseguir. ¡Y si
quiero, llegaré a ministro! Lo que hay es que yo no lo quiero.
* * * * *
A Alejandro le hablaron de Julia, la hermosura monumental de Renada.
«¡Hay que ver eso!»—se dijo. Y luego que la vió: «¡Hay que conseguirla!»
—¿Sabes, padre—le dijo un día al suyo Julia—, que ese fabuloso
Alejandro, ya sabes, no se habla más que de él hace algún tiempo..., el
que ha comprado Carbajedo...?
—¡Sí, sí, sé quién es! ¿Y qué?
—¿Sabes que también ése me ronda?
—¿Es que quieres burlarte de mí, Julia?
—No, no me burlo, va en serio; me ronda.
—¡Te digo que no te burles...!
—¡Ahí tienes su carta!
Y sacó del seno una, que echó a la cara de su padre.
—¿Y qué piensas hacer?—le dijo éste.
—¡Pues qué he de hacer...! ¡Decirle que se vea contigo y que convengáis
el precio!
Don Victorino atravesó con una mirada a su hija, y se salió sin
decirle palabra. Y hubo unos días de lóbrego silencio y de calladas
cóleras en la casa. Julia había escrito a su nuevo pretendiente una
carta—contestación henchida de sarcasmos y de desdenes, y poco después
recibía otra con estas palabras, trazadas por mano ruda y en letras
grandes, angulosas y claras: «Usted acabará siendo mía. Alejandro Gómez
sabe conseguir todo lo que se propone.» Y al leerlo, se dijo Julia:
«¡Este es un hombre! ¿Será mi redentor? ¿Seré yo su redentora?» A los
pocos días de esta segunda carta llamó don Victorino a su hija, se
encerró con ella, y casi de rodillas y con lágrimas en los ojos, le
dijo:
—Mira, hija mía, todo depende ahora de tu resolución: nuestro porvenir
y mi honra. Si no aceptas a Alejandro, dentro de poco no podré ya
encubrir mi ruina y mis trampas, y hasta mis...
—No lo digas.
—No, no podré encubrirlo. Se acaban los plazos. Y me echarán a
presidio. Hasta hoy he logrado parar el golpe..., ¡por ti! ¡Invocando
tu nombre! Tu hermosura ha sido mi escudo. «¡Pobre chica!», se decían.
—¿Y si le acepto?
—Pues bien; voy a decirte la verdad toda. Ha sabido mi situación, se ha
enterado de todo, y ahora estoy ya libre y respiro, gracias a él. Ha
pagado todas mis trampas; ha liberado mis...
—Sí, lo sé, no lo digas. ¿Y ahora?
—Que dependo de él, que dependemos de él, que vivo a sus expensas, que
vives tú misma a sus expensas.
—Es decir, ¿que me has vendido ya?
—No, nos ha comprado.
—¿De modo que, quieras que no, soy ya suya?
—¡No, no exige eso; no pide nada, no exige nada!
—¡Qué generoso!
—¡Julia!
—Sí, sí, lo he comprendido todo. Dile que, por mí, puede venir cuando
quiera.
Y tembló después de decirlo. ¿Quién había dicho esto? ¿Era ella? No;
era más bien otra que llevaba dentro y la tiranizaba.
—¡Gracias, hija mía, gracias!
El padre se levantó para ir a besar a su hija; pero ésta, rechazándole,
exclamó:
—¡No, no me manches!
—Pero hija.
—¡Vete a besar tus papeles! O mejor, las cenizas de aquellos que te
hubiesen echado a presidio.
* * * * *
—¿No le dije yo a usted, Julia, que Alejandro Gómez sabe conseguir todo
lo que se propone? ¿Venirme con aquellas cosas a mí? ¿A mí?
Tales fueron las primeras palabras con que el joven indiano potentado
se presentó a la hija de don Victorino, en la casa de ésta. Y la
muchacha tembló ante aquellas palabras, sintiéndose, por primera vez en
su vida, ante un hombre. Y el hombre se le ofreció más rendido y menos
grosero que ella esperaba.
A la tercera visita, los padres los dejaron solos. Julia temblaba.
Alejandro callaba. Temblor y silencio se prolongaron un rato.
—Parece que está usted mala, Julia—dijo él.
—¡No, no; estoy bien!
—Entonces, ¿por qué tiembla así?
—Algo de frío acaso...
—No, sino miedo.
—¿Miedo? ¿Miedo de qué?
—¡Miedo... a mí!
—¿Y por qué he de tenerle miedo?
—¡Sí, me tiene miedo!
Y el miedo reventó deshaciéndose en llanto. Julia lloraba desde lo
más hondo de las entrañas, lloraba con el corazón. Los sollozos le
agarrotaban, faltábale el respiro.
—¿Es que soy algún ogro?—susurró Alejandro.
—¡Me han vendido! ¡Me han vendido! ¡Han traficado con mi hermosura! ¡Me
han vendido!
—¿Y quién dice eso?
—¡Yo, lo digo yo! ¡Pero no, no seré de usted... sino muerta!
—Serás mía, Julia, serás mía... ¡Y me querrás! ¿Vas a no quererme a mí?
¿A mí? ¡Pues no faltaba más!
Y hubo en aquel _a mí_ un acento tal, que se le cortó a Julia la fuente
de las lágrimas, y como que se le paró el corazón. Miró entonces a
aquel hombre, mientras una voz le decía: «¡Este es un hombre!»
—¡Puede usted hacer de mí lo que quiera!
—¿Qué quieres decir con eso?—preguntó él, insistiendo en seguir
tuteándola.
—No sé... No sé lo que me digo...
—¿Qué es eso de que puedo hacer de ti lo que quiera?
—Sí, que puede...
—Pero es que lo que yo—y este _yo_ resonaba triunfador y pleno—quiero
es hacerte mi mujer.
A Julia se le escapó un grito, y con los grandes ojos hermosísimos
irradiando asombro, se quedó mirando al hombre, que sonreía y se decía:
«Voy a tener la mujer más hermosa de España.»
—¿Pues qué creías...?
—Yo creí..., yo creí...
Y volvió a romper el pecho en lágrimas ahogantes. Sintió luego unos
labios sobre sus labios y una voz que le decía:
—Si, mi mujer, la mía..., mía..., mía... ¡Mi mujer legítima, claro
está! ¡La ley sancionará mi voluntad! ¡O mi voluntad la ley!
—¡Sí.... tuya!
Estaba rendida. Y se concertó la boda.
* * * * *
¿Qué tenía aquel hombre rudo y hermético que, a la vez que le daba
miedo, se le imponía? Y, lo que era más terrible, le imponía una
especie de extraño amor. Porque ella, Julia, no quería querer a aquel
aventurero, que se había propuesto tener por mujer a una de las más
hermosas, y hacer que luciera sus millones; pero, sin querer quererle,
sentíase rendida a una sumisión que era una forma de enamoramiento. Era
algo así como el amor que debe encenderse en el pecho de una cautiva
para con un arrogante conquistador. ¡No la había comprado, no! Habíala
conquistado.
«Pero él—se decía Julia—, ¿me quiere de veras? ¿Me quiere a mí? ¿A mí?,
como suele decir él. ¡Y cómo lo dice! ¡Cómo pronuncia _yo_! ¿Me quiere
a mí, o es que no busca sino lucir mi hermosura? ¿Seré para él algo
más que un mueble costosísimo y rarísimo? ¿Estará de veras enamorado
de mí? ¿No se saciará pronto de mi encanto? De todos modos, va a ser
mi marido, y voy a verme libre de este maldito hogar, libre de mi
padre. ¡Porque no vivirá con nosotros, no! Le pasaremos una pensión,
y que siga insultando a mi pobre madre, y que se enrede con las
criadas. Evitaremos que vuelva a entramparse. ¡Y seré rica, muy rica,
inmensamente rica!»
Mas esto no la satisfacía del todo. Sabíase envidiada por las
renatenses, y que hablaban de su suerte loca, y de que su hermosura le
había producido cuanto podía producirla. Pero ¿la quería aquel hombre?
¿La quería de veras? «Yo he de conquistar su amor—decíase—. Necesito
que me quiera de veras; no puedo ser su mujer sin que me quiera, pues
eso sería la peor forma de venderse. ¿Pero es que yo le quiero?» Y ante
él sentíase sobrecogida, mientras una voz misteriosa, brotada de lo más
hondo de sus entrañas, le decía: «¡Este es un hombre!» Cada vez que
Alejandro decía _yo_, ella temblaba. Y temblaba de amor, aunque creyese
otra cosa o lo ignorase.
* * * * *
Se casaron, y fuéronse a vivir a la corte. Las relaciones y amistades
de Alejandro eran, merced a su fortuna, muchas, pero algo extrañas.
Los más de los que frecuentaban su casa, aristócratas de blasón no
pocos, antojábasele a Julia que debían de ser deudores de su marido,
que daba dinero a préstamos con sólidas hipotecas. Pero nada sabía de
los negocios de él, ni éste le hablaba nunca de ellos. A ella no le
faltaba nada; podía satisfacer hasta sus menores caprichos; pero le
faltaba lo que más podía faltarle. No ya el amor de aquel hombre a
quien se sentía subyugada y como por él hechizada, sino la certidumbre
de aquel amor. «¿Me quiere, o no me quiere?—se preguntaba—. Me colma
de atenciones, me trata con el mayor respeto, aunque algo como a una
criatura voluntariosa; hasta me mima; ¿pero me quiere?» Y era inútil
querer hablar de amor, de cariño, con aquel hombre.
—Solamente los tontos hablan de esas cosas—solía decir Alejandro—.
«Encanto..., rica..., hermosa..., querida...» ¿Yo? ¿Yo esas cosas? ¿Con
esas cosas a mí? ¿A mí? Esas son cosas de novelas. Y ya sé que a ti te
gustaba leerlas.
—Y me gusta todavía.
—Pues lee cuantas quieras. Mira, si te empeñas, hago construir en ese
solar que hay ahí al lado un gran pabellón para biblioteca, y te la
lleno de todas las novelas que se han escrito desde Adán acá.
—¡Qué cosas dices...!
Vestía Alejandro de la manera más humilde y más borrosa posible. No
era tan sólo que buscase pasar, por el traje, inadvertido: era que
afectaba cierta ordinariez plebeya. Le costaba cambiar de vestidos,
encariñándose con los que llevaba. Diríase que el día mismo en que
estrenaba un traje se frotaba con él en las paredes para que pareciese
viejo. En cambio, insistía en que ella, su mujer, se vistiese con la
mayor elegancia posible y del modo que más hiciese resaltar su natural
hermosura. No era nada tacaño en pagar; pero lo que mejor y más a gusto
pagaba eran las cuentas de modistos y modistas, eran los trapos para su
Julia.
Complacíase en llevarla a su lado y que resaltara la diferencia de
vestido y porte entre uno y otra. Recreábase en que las gentes se
quedasen mirando a su mujer, y si ella a su vez, coqueteando, provocaba
esas miradas, o no lo advertía él, o más bien fingía no advertirlo.
Parecía ir diciendo a aquellos que la miraban con codicia de la carne:
«¿Os gusta, eh? Pues me alegro; pero es mía, y sólo mía; conque...
¡rabiad!» Y ella, adivinando este sentimiento, se decía: «¿Pero me
quiere, o no me quiere, este hombre?» Porque siempre pensaba en él como
en _este hombre_, como en _su hombre_. O mejor, el hombre de quien
era ella, el amo. Y poco a poco se le iba formando alma de esclava de
harén, de esclava favorita, de única esclava, pero de esclava al fin.
Intimidad entre ellos, ninguna. No se percataba de qué era lo que
pudiese interesar a su señor marido. Alguna vez se atrevió ella a
preguntarle por su familia.
—¿Familia?—dijo Alejandro—. Yo no tengo hoy más familia que tú, ni me
importa. Mi familia soy yo, yo y tú, que eres mía.
—¿Pero y tus padres?
—Haz cuenta que no los he tenido. Mi familia empieza en mí. Yo me he
hecho solo.
—Otra cosa querría preguntarte, Alejandro, pero no me atrevo...
—¿Que no te atreves? ¿Es que te voy a comer? ¿Es que me he ofendido
nunca de nada de lo que me hayas dicho?
—No, nunca, no tengo queja...
—¡Pues no faltaba más!
—No, no tengo queja; pero...
—Bueno, pregunta y acabemos.
—No, no te lo pregunto.
—¡Pregúntamelo!
Y de tal modo lo dijo, con tan redondo egoísmo, que ella, temblando de
aquel modo, que era, a la vez que miedo, amor, amor rendido de esclava
favorita, le dijo:
—Pues bueno, dime: ¿tú eres viudo...?
Pasó como una sombra un leve fruncimiento de entrecejo por la frente de
Alejandro, que respondió:
—Sí, soy viudo.
—¿Y tu primera mujer?
—A ti te han contado algo...
—No; pero...
—A ti te han contado algo, di.
—Pues sí, he oído algo...
—¿Y lo has creído?
—No..., no lo he creído.
—Claro, no podías, no debías creerlo.
—No, no lo he creído.
—Es natural. Quien me quiere como me quieres tú, quien es tan mía como
tú lo eres, no puede creer esas patrañas.
—Claro que te quiero...—y al decirlo esperaba a provocar una confesión
recíproca de cariño.
—Bueno, ya te he dicho que no me gustan frases de novelas
sentimentales. Cuanto menos se diga que se le quiere a uno, mejor.
Y, después de una breve pausa, continuó:
—A ti te han dicho que me casé en Méjico, siendo yo un mozo, con una
mujer inmensamente rica y mucho mayor que yo, con una vieja millonaria,
y que la obligué a que me hiciese su heredero y la maté luego. ¿No te
han dicho eso?
—Sí, eso me han dicho.
—¿Y lo creíste?
—No, no lo creí. No pude creer que matases a tu mujer.
—Veo que tienes aún mejor juicio que yo creía ¿Cómo iba a matar a mi
mujer, a una cosa mía?
¿Qué es lo que hizo temblar a la pobre Julia al oír esto? Ella no
se dió cuenta del origen de su temblor, pero fué la palabra _cosa_
aplicada por su marido a su primera mujer.
—Habría sido una absoluta necedad—prosiguió Alejandro—. ¿Para qué?
¿Para heredarla? ¡Pero si yo disfrutaba de su fortuna lo mismo que
disfruto hoy de ella! ¡Matar a la propia mujer! ¡No hay razón ninguna
para matar a la propia mujer!
—Ha habido maridos, sin embargo, que han matado a sus mujeres—se
atrevió a decir Julia.
—¿Por qué?
—Por celos, o porque les faltaron ellas...
—¡Bah, bah, bah! Los celos son cosa de estúpidos. Sólo los estúpidos
pueden ser celosos, porque sólo a ellos les puede faltar su mujer.
¿Pero a mí? ¿A mí? A mí no me puede faltar mi mujer. ¡No pudo faltarme
aquélla, no me puedes faltar tú!
—No digas esas cosas. Hablemos de otras.
—¿Por qué?
—Me duele oírte hablar así. ¡Como si me hubiese pasado por la
imaginación, ni en sueños, faltarte...!
—Lo sé, lo sé sin que me lo digas; sé que no me faltarás nunca.
—¡Claro!
—Que no puedes faltarme. ¿A mí? ¿Mi mujer? ¡Imposible! Y en cuanto a la
otra, a la primera, se murió ella sin que yo la matara.
Fué una de las veces en que Alejandro habló más a su mujer. Y ésta
quedóse pensativa y temblorosa. ¿La quería, sí o no, aquel hombre?
* * * * *
¡Pobre Julia! Era terrible aquel su nuevo hogar; tan terrible como el
de su padre. Era libre, absolutamente libre; podía hacer en él lo que
se le antojase, salir y entrar, recibir a las amigas y aun amigos que
prefiriera. ¿Pero la quería, o no, su amo y señor? La incertidumbre
del amor del hombre la tenía como presa en aquel dorado y espléndido
calabozo de puerta abierta.
Un rayo de Sol naciente entró en las tempestuosas tinieblas de su alma
esclava cuando se supo encinta de aquel su señor marido. «Ahora sabré
si me quiere o no», se dijo.
Cuando le anunció la buena nueva, exclamó aquél:
—Lo esperaba. Ya tengo un heredero y a quien hacer un hombre, otro
hombre como yo. Le esperaba.
—¿Y si no hubiera venido?—preguntó ella.
—¡Imposible! Tenía que venir. ¡Tenía que tener un hijo yo, yo!
—Pues hay muchos que se casan y no lo tienen...
—Otros, sí. ¡Pero yo, no! Yo tenía que tener un hijo.
—¿Y por qué?
—Porque tú no podías no habérmelo dado.
Y vino el hijo; pero el padre continuó tan hermético. Sólo se opuso a
que la madre criara al niño.
—No, yo no dudo de que tengas salud y fuerzas para ello; pero las
madres que crían se estropean mucho, y yo no quiero que te estropees:
yo quiero que te conserves joven el mayor tiempo posible.
Y sólo cedió cuando el médico le aseguró que, lejos de estropearse,
ganaría Julia con criar al hijo, adquiriendo una mayor plenitud su
hermosura.
El padre rehusaba besar al hijo. «Con eso de los besuqueos no se hace
más que molestarlos», decía. Alguna vez lo tomaba en brazos y se le
quedaba mirando.
—¿No me preguntabas una vez por mi familia?—dijo un día Alejandro a su
mujer—. Pues aquí la tienes. Ahora tengo ya familia, y quien me herede
y continúe mi obra.
Julia pensó preguntar a su marido cuál era su obra; pero no se atrevió
a ello. «¡Mi obra! ¿Cuál sería la obra de aquel hombre?» Ya otra vez le
oyó la misma expresión.
De las personas que más frecuentaban la casa eran los condes de
Bordaviella, sobre todo él, el conde, que tenía negocios con Alejandro,
quien le había dado a préstamo usurario cuantiosos caudales. El conde
solía ir a hacerle la partida de ajedrez a Julia, aficionada a ese
juego, y a desahogar en el seno de la confianza de su amiga, la mujer
de su prestamista, sus infortunios domésticos. Porque el hogar condal
de los Bordaviella era un pequeño infierno, aunque de pocas llamas. El
conde y la condesa ni se entendían ni se querían. Cada uno de ellos
campaba por su cuenta, y ella, la condesa, daba cebo a la maledicencia
escandalosa. Corría siempre una adivinanza a ella atañedera: «¿Cuál es
el cirineo de tanda del conde de Bordaviella?»; y el pobre conde iba a
casa de la hermosa Julia a hacerle la partida de ajedrez y a consolarse
de su desgracia buscando la ajena.
—¿Qué, habrá estado también hoy el conde ese?—preguntaba Alejandro a su
mujer.
—El conde ese..., el conde ese...; ¿qué conde?
—¡Ese! No hay más que un conde, y un marqués, y un duque... O para mí
todos son iguales y como si fuesen uno mismo.
—¡Pues sí ha estado!
—Me alegro, si eso te divierte. Es para lo que sirve el pobre mentecato.
—Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto, y muy bien educado
y muy simpático...
—Sí, de los que leen novelas. Pero, en fin, si eso te distrae...
—Y muy desgraciado.
—¡Bah; él se tiene la culpa!
—¿Y por qué?
—Por ser tan majadero. Es natural lo que le pasa. A un mequetrefe como
el conde ése es muy natural que le engañe su mujer. ¡Si eso no es un
hombre! No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa. Por supuesto,
que no se casó con él, sino con el título. ¡A mí me había de hacer una
mujer lo que a ese desdichado le hace la suya...!
Julia se quedó mirando a su marido, y de pronto, sin darse apenas
cuenta de lo que decía, exclamó:
—¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la
suya.
—Tonterías—y Alejandro se echó a reír—. Te empeñas en sazonar nuestra
vida con sal de libros. Y si es que quieres probarme dándome celos, te
equivocas. ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en
embromar al majadero de Bordaviella.
«Pero, ¿será cierto que este hombre no siente celos?—se decía Julia—.
¿Será cierto que le tiene sin cuidado que el conde venga y me ronde
y me corteje como me está rondando y cortejando? ¿Es seguridad en
mi fidelidad y cariño? ¿Es seguridad en su poder sobre mi? ¿Es
indiferencia? ¿Me quiere, o no me quiere?» Y empezaba a exasperarse. Su
amo y señor marido le estaba torturando el corazón.
La pobre mujer se obstinaba en provocar celos en su marido, como piedra
de toque de su querer, mas no lo conseguía.
—¿Quieres venir conmigo a casa del conde?
—¿A qué?
—¡Al te!
—¿Al te? No me duelen las tripas. Porque en mis tiempos y entre los
míos no se tomaba esa agua sucia más que cuando le dolían a uno las
tripas. ¡Buen provecho te haga! Y consuélale un poco al pobre conde.
Allí estará también la condesa con su último amigo, el de turno. ¡Vaya
una sociedad! ¡Pero, en fin, eso viste!
* * * * *
En tanto, el conde proseguía el cerco de Julia. Fingía estar acongojado
por sus desventuras domésticas para así excitar la compasión de su
amiga, y por la compasión llevarla al amor, y al amor culpable, a la
vez que procuraba darle a entender que conocía también algo de las
interioridades del hogar de ella.
—Sí, Julia, es verdad; mi casa es un infierno, un verdadero infierno,
y hace usted bien en compadecerme como me compadece. ¡Ah, si nos
hubiésemos conocido antes! ¡Antes de yo haberme uncido a mi desdicha! Y
usted...
—Yo a la mía, ¿no es eso?
—¡No, no; no quería decir eso..., no!
—¿Pues qué es lo que usted quería decir, conde?
—Antes de haberse usted entregado a ese otro hombre, a su marido...
—¿Y usted sabe que me habría entonces entregado a usted?
—¡Oh, sin duda, sin duda...!
—¡Qué petulantes son ustedes los hombres!
—¿Petulantes?
—Sí, petulantes. Ya se supone usted irresistible.
—¡Yo... no!
—¿Pues quién?
—¿Me permite que se lo diga, Julia?
—¡Diga lo que quiera!
—¡Pues bien, se lo diré! Lo irresistible habría sido, no yo, sino mi
amor. ¡Sí, mi amor!
—¿Pero es una declaración en regla, señor conde? Y no olvide que soy
una mujer casada, honrada, enamorada de su marido...
—Eso...
—¿Y se permite usted dudarlo? Enamorada, sí, como me lo oye, enamorada,
sinceramente enamorada de mi marido.
—Pues lo que es él...
—¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Quién le ha dicho a usted que él no me quiere?
—¡Usted misma!
—¿Yo? ¿Cuándo le he dicho yo a usted que Alejandro no me quiere?
¿Cuándo?
—Me lo ha dicho con los ojos, con el gesto, con el porte...
—¡Ahora me va a salir con que he sido yo quien le he estado provocando
a que me haga el amor...! ¡Mire usted, señor conde, ésta va a ser la
última vez que venga a mi casa!
—¡Por Dios, Julia!
—¡La última vez, he dicho!
—Por Dios, déjeme venir a verla, en silencio, a contemplarla, a
enjugarme, viéndola, las lágrimas que lloro hacia adentro...
—¡Qué bonito!
—Y lo que le dije que tanto pareció ofenderla...
—¿Pareció? ¡Me ofendió!
—¿Es que puedo yo ofenderla?
—¡Señor conde...!
—Lo que la dije, y que tanto la ofendió, fué tan sólo que, si nos
hubiésemos conocido antes de haberme yo entregado a mi mujer y usted
a su marido, yo la habría querido con la misma locura que hoy la
quiero... ¡Déjeme desnudarme el corazón! Yo la habría querido con la
misma locura con que hoy la quiero, y habría conquistado su amor con
el mío. No con mi valor, no; no con mi mérito, sino sólo a fuerza de
cariño. Que no soy yo, Julia, de esos hombres que creen domeñar y
conquistar a la mujer por su propio mérito, por ser quienes son; no soy
de esos que exigen se los quiera, sin dar, en cambio, su cariño. En mí,
pobre noble venido a menos, no cabe tal orgullo.
Julia absorbía lentamente y gota a gota el veneno.
—Porque hay hombres—prosiguió el conde—incapaces de querer, pero
que exigen que se los quiera, y creen tener derecho al amor y a
la fidelidad incondicionales de la pobre mujer que se les rinda.
Hay quienes toman una mujer hermosa y famosa por su hermosura para
envanecerse de ello, de llevarla al lado como podrían llevar una leona
domesticada, y decir: «Mi leona; ¿véis cómo me está rendida?» ¿Y por
eso querría a su leona?
—Señor conde..., señor conde, que está usted entrando en un terreno...
Entonces el de Bordaviella se le acercó aún más, y casi al oído,
haciéndola sentir en la oreja, hermosísima rosada concha de carne entre
zarcillos de pelo castaño refulgente, el cosquilleo de su aliento
entrecortado, le susurró:
—Donde estoy entrando es en tu conciencia, Julia.
El _tu_ arreboló la oreja culpable.
El pecho de Julia ondeaba como el mar al acercarse la galerna.
—Sí, Julia, estoy entrando en tu conciencia.
—¡Déjeme, por Dios, señor conde, déjeme! ¡Si entrase él ahora...!
—No, él no entrará. A él no le importa nada de ti. Él nos deja así,
solos, porque no te quiere... ¡No, no te quiere! ¡No te quiere, Julia,
no te quiere!
—Es que tiene absoluta confianza en mí...
—¡En ti, no! En sí mismo. ¡Tiene absoluta confianza, ciego, en sí
mismo! Cree que a él, por ser él, él, Alejandro Gómez, el que ha
fraguado una fortuna..., no quiero saber cómo..., cree que a él no es
posible que le falte mujer alguna. A mí me desprecia, lo sé...
—Sí, le desprecia a usted...
—¡Lo sabía! Pero tanto como a mí te desprecia a ti...
—¡Por Dios, señor conde, por Dios, cállese, que me está matando!
—Quien te matará es él, él, tu marido. ¡Y no serás la primera!
—¡Eso es una infamia, señor conde; eso es una infamia! ¡Mi marido no
mató a su mujer! ¡Y váyase, váyase; váyase y no vuelva!
—Me voy; pero... volveré. Me llamarás tú.
Y se fué, dejándola malherida en el alma. «¿Tendrá razón este
hombre?—se decía—. ¿Será así? Porque él me ha revelado lo que yo no
quería decirme ni a mí misma. ¿Será verdad que me desprecia? ¿Será
verdad que no me quiere?»
* * * * *
Empezó a ser pasto de los cotarros de maledicencia de la corte lo de
las relaciones entre Julia y el conde de Bordaviella. Y Alejandro, o no
se enteraba de ello, o hacía como si no se enterase. A algún amigo que
empezó a hacerle veladas insinuaciones le atajó diciéndole: «Ya sé lo
que me va usted a decir; pero déjelo. Esas no son más que habladurías
de las gentes. ¿A mí? ¿A mí con ésas? ¡Hay que dejar que las mujeres
románticas se hagan las interesantes!» ¿Sería un...? ¿Sería un cobarde?
Pero una vez que en el Casino se permitió uno, delante de él, una
broma de ambiguo sentido respecto a cuernos, cogió una botella y se la
arrojó a la cabeza, descalabrándole. El escándalo fué formidable.
—¿A mí? ¿A mí con bromitas de ésas?—decía con su voz y su tono más
contenidos—. Como si no le entendiese... Como si no supiera las
necedades que corren por ahí, entre los majaderos, a propósito de los
caprichos novelescos de mi pobre mujer... Y estoy dispuesto a cortar de
raíz esas hablillas...
—Pero no así, don Alejandro—se atrevió a decirle uno.
—¿Pues cómo? ¡Dígame cómo!
—¡Cortando la raíz y motivo de las tales hablillas!
—¡Ah, ya! ¿Que prohiba la entrada del conde en mi casa?
—Sería lo mejor.
—Eso sería dar la razón a los maldicientes. Y yo no soy un tirano. Si a
mi pobre mujer le divierte el conde ese, que es un perfecto y absoluto
mentecato, se lo juro a usted, es un mentecato inofensivo, que se las
echa de tenorio...; si a mi pobre mujer le divierte ese fantoche, ¿voy
a quitarle la diversión porque los demás mentecatos den en decir esto
o lo otro? ¡Pues no faltaba más...! Pero, ¿pegármela a mí? ¿A mí?
¡Ustedes no me conocen!
—Pero don Alejandro, las apariencias...
—¡Yo no vivo de apariencias, sino de realidades!
Al día siguiente se presentaron en casa de Alejandro dos caballeros,
muy graves, a pedirle una satisfacción en nombre del ofendido.
—Díganle ustedes—les contestó—que me pase la cuenta del médico
o cirujano que le asista, y que la pagaré, así como los daños y
perjuicios a que haya lugar.
—Pero don Alejandro...
—¿Pues qué es lo que ustedes quieren?
—¡Nosotros, no! El ofendido exige una reparación..., una
satisfacción..., una explicación honrosa...
—No les entiendo a ustedes..., ¡o no quiero entenderles!
—¡Y si no, un duelo!
—¡Muy bien! Cuando quiera. Díganle que cuando quiera. Pero para eso no
es menester que ustedes se molesten. No hacen falta padrinos. Díganle
que en cuanto se cure de la cabeza..., quiero decir del botellazo...,
que me avise, que iremos donde él quiera, nos encerraremos y la
emprenderemos uno con otro a trompada y a patada limpias. No admito
otras armas. Y ya verá quién es Alejandro Gómez.
—¡Pero don Alejandro, usted se está burlando de nosotros!—exclamó uno
de los padrinos.
—¡Nada de eso! Ustedes son de un mundo y yo de otro. Ustedes vienen de
padres ilustres, de familias linajudas... Yo, se puede decir que no
he tenido padres ni tengo otra familia que la que yo me he hecho. Yo
vengo de la nada, y no quiero entender esas andróminas del Código del
honor. ¡Conque ya lo saben ustedes!
Levantáronse los padrinos, y uno de ellos, poniéndose muy solemne,
con cierta energía, mas no sin respeto—que al cabo se trataba de un
poderoso millonario y hombre de misteriosa procedencia—, exclamó:
—Entonces, señor don Alejandro Gómez, permítame que se lo diga...
—Diga usted todo lo que quiera; pero midiendo sus palabras, que ahí
tengo a la mano otra botella.
—¡Entonces—y levantó más la voz—, señor don Alejandro Gómez, usted no
es un caballero!
—¡Y claro que no lo soy, hombre, claro que no lo soy! ¡Caballero yo!
¿Cuándo? ¿De dónde? Yo me crié burrero y no caballero, hombre. Y ni en
burro siquiera solía ir a llevar la merienda al que decían que era mi
padre, sino a pie, a pie y andando. ¡Claro que no soy un caballero!
¿Caballerías? ¿Caballerías a mí? ¿A mí? Vamos..., vamos...
—Vámonos, sí—dijo un padrino al otro—, que aquí no hacemos ya nada.
Usted, señor don Alejandro, sufrirá las consecuencias de esta su
incalificable conducta.
—Entendido, y a ellas me atengo. Y en cuanto a ese..., a ese caballero
de lengua desenfrenada a quien descalabré la cabeza, díganle, se lo
repito, que me pase la cuenta del médico, y que tenga en adelante
cuenta con lo que dice. Y ustedes, si alguna vez—que todo pudiera
ser—necesitaran algo de este descalificado, de este millonario salvaje,
sin sentido del honor caballeresco, pueden acudir a mí, que los
serviré, como he servido y sirvo a otros caballeros.
—¡Esto no se puede tolerar, vámonos!—exclamó uno de los padrinos.
Y se fueron.
* * * * *
Aquella noche contaba Alejandro a su mujer la escena de la entrevista
con los padrinos, después de haberle contado lo del botellazo, y se
regodeaba en el relato de su hazaña. Ella le oía despavorida.
—¿Caballero yo? ¿Yo caballero?—exclamaba él—. ¿Yo? ¿Alejandro Gómez?
¡Nunca! ¡Yo no soy más que un hombre, pero todo un hombre, nada menos
que todo un hombre!
—¿Y yo?—dijo ella, por decir algo.
—¿Tú? ¡Toda una mujer! Y una mujer que lee novelas. ¡Y él, el condesito
ese del ajedrez, un nadie, nada más que un nadie! ¿Por qué te he de
privar el que te diviertas con él como te divertirías con un perro
faldero? Porque compres un perrito de esos de lanas, o un gatito de
Angora, o un tití, y le acaricies y hasta le besuquees, ¿voy a coger
el perrito, o el michino, o el tití, y voy a echarlos por el balcón a
la calle? ¡Pues estaría bueno! Mayormente, que podían caerle encima a
uno que pasase. Pues lo mismo es el condesito ese, otro gozquecillo, o
michino, o tití. ¡Diviértete con él cuanto te plazca!
—Pero, Alejandro, tienen razón en lo que te dicen... Tienes que negarle
la entrada a ese hombre...
—¿Hombre?
—Bueno. Tienes que negarle la entrada al conde de Bordaviella.
—¡Niégasela tú! Cuando no se la niegas es que maldito lo que ha
conseguido ganar tu corazón. Porque si hubieras llegado a empezar
a interesarte por él, ya le habrías despachado para defenderte del
peligro.
—¿Y si estuviese interesada...?
—¡Bueno, bueno...! ¡Ya salió aquello! ¡Ya salió lo de querer darme
celos! ¿A mí? ¿Pero cuándo te convencerás, mujer, de que yo no soy como
los demás?
* * * * *
Cada vez comprendía menos Julia a su marido, pero cada vez se
encontraba más subyugada a él y más ansiosa de asegurarse de si le
quería o no. Alejandro, por su parte, aunque seguro de la fidelidad
de su mujer, o mejor de que a él, a Alejandro—¡nada menos que todo un
hombre!—, no podía faltarle su mujer—¡la suya!—diciéndose: «A esta
pobre mujer le está trastornando la vida de la corte y la lectura de
novelas», decidió llevarla al campo. Y se fueron a una de sus dehesas.
—Una temporadita de campo te vendrá muy bien—le dijo—. Eso templa los
nervios. Por supuesto, si es que piensas aburrirte sin tu michino,
puedes invitarle al condezuelo ese a que nos acompañe. Porque ya sabes
que yo no tengo celos, y estoy seguro de ti, de mi mujer.
Allí, en el campo, las cavilaciones de la pobre Julia se exacerbaron.
Aburríase grandemente. Su marido no la dejaba leer.
—Te he traído para eso, para apartarte de los libros y cortar de raíz
tu neurastenia, antes de que se vuelva cosa peor.
—¿Mi neurastenia?
—¡Pues claro! Todo lo tuyo no es más que eso. La culpa de todo ello la
tienen los libros.
—¡Pues no volveré a leer más!
—No, yo no exijo tanto... Yo no te exijo nada. ¿Soy acaso algún tirano
yo? ¿Te he exigido nunca nada?
—No. ¡Ni siquiera exiges que te quiera!
—¡Naturalmente, como que eso no se puede exigir! Y, además, como sé que
me quieres y no puedes querer a otro... Después de haberme conocido
y de saber, gracias a mí, lo que es un hombre, no puedes ya querer a
otro, aunque te lo propusieras. Te lo aseguro yo... Pero no hablemos de
cosas de libros. Ya te he dicho que no me gustan novelerías. Esas son
bobadas para hablar con condesitos al tomar el te.
Vino a aumentar la congoja de la pobre Julia el que llegó a descubrir
que su marido andaba en torpes enredos con una criada zafia y nada
bonita. Y una noche, después de cenar, encontrándose los dos solos, la
mujer dijo de pronto:
—No creas, Alejandro, que no me he percatado del lío que traes con la
Simona...
—Ni yo lo he ocultado mucho. Pero eso no tiene importancia. Siempre
gallina, amarga la cocina.
—¿Qué quieres decir?
—Que eres demasiado hermosa para diario.
La mujer tembló. Era la primera vez que su marido la llamaba así, a
boca llena: hermosa. Pero, ¿la querría de veras?
—¡Pero con ese pingo...!—dijo Julia por decir algo.
—Por lo mismo. Hasta su mismo desaseo me hace gracia. No olvides que
yo casi me crié en un estercolero, y tengo algo de lo que un amigo mío
llama la voluptuosidad del pringue. Y ahora, después de este entremés
rústico, apreciaré mejor tu hermosura, tu elegancia y tu pulcritud.
—No sé si me estás adulando o insultando.
—¡Bueno! ¡La neurastenia! ¡Y yo que te creía en camino de curación...!
—Por supuesto, vosotros los hombres podéis hacer lo que se os antoje, y
faltarnos...
—¿Quién te ha faltado?
—¡Tú!
—¿A eso llamas faltarte? ¡Bah, bah! ¡Los libros, los libros! Ni a mí se
me da un pitoche de la Simona, ni...
—¡Claro! ¡Ella es para ti como una perrita, o una gatita, o una mona!
—¡Una mona, exacto; nada más que una mona! Es a lo que más se parece.
¡Tú lo has dicho: una mona! ¿Pero he dejado por eso de ser tu marido?
—Querrás decir que no he dejado yo por eso de ser tu mujer...
—Veo, Julia, que vas tomando talento...
—¡Claro, todo se pega!
—¿Pero de mí, por supuesto, y no del michino?
—¡Claro que de ti!
—Pues bueno; no creo que este incidente rústico te ponga celosa...
¿Celos tú? ¿Tú? ¿Mi mujer? ¿Y de esa mona? Y en cuanto a ella, ¡la
doto, y encantada!
—Claro, en teniendo dinero...
—Y con esa dote se casa volando, y le aporta ya al marido, con la dote,
un hijo. Y si el hijo sale a su padre, que es nada menos que todo un
hombre, pues el novio sale con doble ganancia.
—¡Calla, calla, calla!
La pobre Julia se echó a llorar.
—Yo creí—concluyó Alejandro—que el campo te había curado la
neurastenia. ¡Cuidado con empeorar!
A los dos días de esto volvíanse a la corte.
* * * * *
Y Julia volvió a sus congojas, y el conde de Bordaviella a sus visitas,
aunque con más cautela. Y ya fué ella, Julia, la que, exasperada,
empezó a prestar oídos a las venenosas insinuaciones del amigo, pero
sobre todo a hacer ostentación de la amistad ante su marido, que alguna
vez se limitaba a decir: «Habrá que volver al campo y someterte a
tratamiento.»
Un día, en el colmo de la exasperación, asaltó Julia a su marido,
diciéndole:
—¡Tú no eres un hombre, Alejandro, no, no eres un hombre!
—¿Quién, yo? ¿Y por qué?
—¡No, no eres un hombre, no lo eres!
—Explícate.
—Ya sé que no me quieres, que no te importa de mí nada, que no soy
para ti ni la madre de tu hijo; que no te casaste conmigo nada más
que por vanidad, por jactancia, por exhibirme, por envanecerte con mi
hermosura, por...
—¡Bueno, bueno; ésas son novelerías! ¿Por qué no soy hombre?
—Ya sé que no me quieres...
—Ya te he dicho cien veces que eso de querer y no querer, y amor, y
todas esas andróminas, son conversaciones de te condal o danzante.
—Ya sé que no me quieres...
—Bueno, ¿y qué más...?
—Pero eso de que consientas que el conde, el michino, como tú le
llamas, entre aquí a todas horas...
—¡Quien lo consiente eres tú!
—¿Pues no he de consentirlo, si es mi amante? Ya lo has oído, mi
amante. ¡El michino es mi amante!
Alejandro permanecía impasible mirando a su mujer. Y ésta, que esperaba
un estallido del hombre, exaltándose aún más, gritó:
—¿Y qué? ¿No me matas ahora como a la otra?
—Ni es verdad que maté a la otra, ni es verdad que el michino sea tu
amante. Estás mintiendo para provocarme. Quieres convertirme en un
Otelo. Y mi casa no es teatro. Y si sigues así, va a acabar todo ello
en volverte loca y en que tengamos que encerrarte.
—¿Loca? ¿Loca yo?
—¡De remate! ¡Llegarse a creer que tiene un amante! ¡Es decir,
querer hacérmelo creer! ¡Como si mi mujer pudiese faltarme a mí! ¡A
mí! Alejandro Gómez no es ningún michino; ¡es nada menos que todo un
hombre! Y no, no conseguirás lo que buscas, no conseguirás que yo te
regale los oídos con palabras de novelas y de tes danzantes o condales.
Mi casa no es un teatro.
—¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!—gritó ya Julia, fuera de sí—.¡Cobarde!
—Aquí va a haber que tomar medidas—dijo el marido.
Y se fué.
* * * * *
A los dos días de esta escena, y después de haberla tenido encerrada
a su mujer durante ellos, Alejandro la llamó a su despacho. La pobre
Julia iba aterrada. En el despacho la esperaban, con su marido, el
conde de Bordaviella y otros dos señores.
—Mira, Julia—le dijo con terrible calma su marido—. Estos dos señores
son dos médicos alienistas, que vienen, a petición mía, a informar
sobre tu estado para que podamos ponerte en cura. Tú no estás bien de
la cabeza, y en tus ratos lúcidos debes comprenderlo así.
—¿Y qué haces tú aquí, Juan?—preguntó Julia al conde, sin hacer caso a
su marido.
—¿Lo ven ustedes?—dijo éste dirigiéndose a los médicos—. Persiste en su
alucinación; se empeña en que este señor es...
—¡Sí, es mi amante!—le interrumpió ella—. Y si no, que lo diga él.
El conde miraba al suelo.
—Ya ve usted, señor conde—dijo Alejandro al de Bordaviella—, cómo
persiste en su locura. Porque usted no ha tenido, no ha podido tener,
ningún género de esas relaciones con mi mujer...
—¡Claro que no!—exclamó el conde.
—¿Lo ven ustedes?—añadió Alejandro volviéndose a los médicos.
—Pero cómo—gritó Julia—, ¿te atreves tú, tú, Juan, tú, mi michino, a
negar que he sido tuya?
El conde temblaba bajo la mirada fría de Alejandro, y dijo:
—Repórtese, señora, y vuelva en sí. Usted sabe que nada de eso es
verdad. Usted sabe que si yo frecuentaba esta casa, era como amigo de
ella, tanto de su marido como de usted misma, señora, y que yo, un
conde de Bordaviella, jamás afrentaría así a un amigo como...
—Como yo—le interrumpió Alejandro—. ¿A mí? ¿A mí? ¿A Alejandro Gómez?
Ningún conde puede afrentarme, ni puede mi mujer faltarme. Ya ven
ustedes, señores, que la pobre está loca...
—¿Pero también tú, Juan? ¿También tú, michino?—gritó ella—. ¡Cobarde!
¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Mi marido te ha amenazado, y por miedo, por miedo,
cobarde, cobarde, cobarde, no te atreves a decir la verdad y te prestas
a esta farsa infame para declararme loca! ¡Cobarde, cobarde, villano! Y
tú también, como mi marido...
—¿Lo ven ustedes, señores?—dijo Alejandro a los médicos.
La pobre Julia sufrió un ataque, y quedó como deshecha.
—Bueno; ahora, señor mío—dijo Alejandro dirigiéndose al conde—,
nosotros nos vamos, y dejemos que estos dos señores facultativos, a
solas con mi pobre mujer, completen su reconocimiento.
El conde le siguió. Y ya fuera de la estancia, le dijo Alejandro:
—Conque ya lo sabe usted, señor conde: o mi mujer resulta loca, o les
levanto a usted y a ella las tapas de los sesos. Usted escogerá.
—Lo que tengo que hacer es pagarle lo que le debo, para no tener más
cuentas con usted.
—No; lo que debe hacer es guardar la lengua. Conque quedamos en que mi
mujer está loca de remate y usted es un tonto de capirote. ¡Y ojo con
ésta!—y le enseñó una pistola.
Cuando, algo después, salían los médicos del despacho de Alejandro,
decíanse:
—Esta es una tremenda tragedia. ¿Y qué hacemos?
—¿Qué vamos a hacer sino declararla loca? Porque, de otro modo, ese
hombre la mata a ella y le mata a ese desdichado conde.
—Pero ¿y la conciencia profesional?
—La conciencia consiste aquí en evitar un crimen mayor.
—¿No sería mejor declararle loco a él, a don Alejandro?
—No, él no es loco: es otra cosa.
—Nada menos que todo un hombre, como dice él.
—¡Pobre mujer! ¡Daba pena oírle! Lo que yo me temo es que acabe por
volverse de veras loca.
—Pues con declararla tal, acaso la salvemos. Por lo menos se la
apartaría de esta casa.
Y, en efecto, la declararon loca. Y con esa declaración fué encerrada
por su marido en un manicomio.
* * * * *
Toda una noche espesa, tenebrosa y fría, sin estrellas, cayó sobre el
alma de la pobre Julia al verse encerrada en el manicomio. El único
consuelo que le dejaban es el de que le llevaran casi a diario a su
hijito para que lo viera. Tomábalo en brazos y le bañaba la carita con
sus lágrimas. Y el pobrecito niño lloraba sin saber por qué.
—¡Ay, hijo mío, hijo mío!—le decía—. ¡Si pudiese sacarte toda la sangre
de tu padre...! ¡Porque es tu padre!
Y a solas se decía la pobre mujer, sintiéndose al borde de la locura:
«¿Pero no acabaré por volverme de veras loca en esta casa, y creer
que no fué sino sueño y alucinación lo de mi trato con ese infame
conde? ¡Cobarde, sí, cobarde, villano! ¡Abandonarme así! ¡Dejar que me
encerraran aquí! ¡El michino, sí, el michino! Tiene razón mi marido.
Y él, Alejandro, ¿por qué no nos mató? ¡Ah, no! ¡Esta es más terrible
venganza! ¡Matarle a ese villano michino...! No, humillarle, hacerle
mentir y abandonarme. ¡Temblaba ante mi marido, sí, temblaba ante él!
¡Ah, es que mi marido es un hombre! ¿Y por qué no me mató? ¡Otelo me
habría matado! Pero Alejandro no es Otelo, no es tan bruto como Otelo.
Otelo era un moro impetuoso, pero poco inteligente. Y Alejandro...
Alejandro tiene una poderosa inteligencia al servicio de su infernal
soberbia plebeya. No, ese hombre no necesitó matar a su primera mujer;
la hizo morir. Se murió ella de miedo ante él. ¿Y a mí me quiere?»
Y allí, en el manicomio, dió otra vez en trillar su corazón y su mente
con el triturador dilema: «¿Me quiere, o no me quiere?» Y se decía
luego: «¡Yo sí que le quiero! ¡Y ciegamente!»
Y por temor a enloquecer de veras, se fingió curada, asegurando
que habían sido alucinaciones lo de su trato con el de Bordaviella.
Avisáronselo al marido.
Un día llamaron a Julia adonde su marido la esperaba, en un locutorio.
Entró en él, y se arrojó a sus pies sollozando:
—¡Perdóname, Alejandro, perdóname!
—Levántate, mujer—y la levantó.
—¡Perdóname!
—¿Perdonarte? ¿Pero de qué? Si me habían dicho que estabas ya
curada..., que se te habían quitado las alucinaciones...
Julia miró a la mirada fría y penetrante de su marido con terror. Con
terror y con un loco cariño. Era un amor ciego, fundido con un terror
no menos ciego.
—Sí, tienes razón, Alejandro, tienes razón; he estado loca, loca de
remate. Y por darte celos, nada más que por darte celos, inventé
aquellas cosas. Todo fué mentira. ¿Cómo iba a faltarte yo? ¿Yo? ¿A ti?
¿A ti? ¿Me crees ahora?
—Una vez, Julia—le dijo con voz de hielo su marido—, me preguntaste si
era o no verdad que yo maté a mi primera mujer, y, por contestación, te
pregunté yo a mi vez que si podías creerlo. ¿Y qué me dijiste?
—¡Que no, que no lo creía, que no podía creerlo!
—Pues ahora yo te digo que no creí nunca, que no pude creer, que tú te
hubieses entregado al michino ese. ¿Te basta?
Julia temblaba, sintiéndose al borde de la locura; de la locura de
terror y de amor fundidos.
—¿Y ahora—añadió la pobre mujer abrazando a su marido y hablándole al
oído—, ahora, Alejandro, dime, me quieres?
Y entonces vió en Alejandro, su pobre mujer, por vez primera, algo
que nunca antes en él viera; le descubrió un fondo del alma terrible
y hermética que el hombre de la fortuna guardaba celosamente sellado.
Fué como si un relámpago de luz tempestuosa alumbrase por un momento el
lago negro, tenebroso de aquella alma, haciendo relucir su sobrehaz.
Y fué que vió asomar dos lágrimas en los ojos fríos y cortantes como
navajas de aquel hombre. Y estalló:
—¡Pues no he de quererte, hija mía, pues no he de quererte! ¡Con toda
el alma, y con toda la sangre, y con todas las entrañas; más que a mí
mismo! Al principio, cuando nos casamos, no. ¿Pero ahora? ¡Ahora sí!
Ciegamente, locamente. Soy yo tuyo más que tú mía.
Y besándola con furia animal, febril, encendido, como loco, balbuceaba:
«¡Julia! ¡Julia! ¡Mi diosa! ¡Mi todo!»
Ella creyó volverse loca al ver desnuda el alma de su marido.
—Ahora quisiera morirme, Alejandro—le murmuró al oído, reclinando la
cabeza sobre su hombro.
A estas palabras, el hombre pareció despertar y volver en sí como de
un sueño; y como si se hubiese tragado con los ojos, ahora otra vez
fríos y cortantes, aquellas dos lágrimas, dijo:
—Esto no ha pasado, ¿eh, Julia? Ya lo sabes; pero yo no he dicho lo que
he dicho... ¡Olvídalo!
—¿Olvidarlo?
—¡Bueno, guárdatelo, y como si no lo hubieses oído!
—Lo callaré...
—¡Cállatelo a ti misma!
—Me lo callaré; pero...
—¡Basta!
—Pero, por Dios, Alejandro, déjame un momento, un momento siquiera...
¿Me quieres por mí, por mí, y aunque fuese de otro, o por ser yo cosa
tuya?
—Ya te he dicho que lo debes olvidar. Y no me insistas, porque si
insistes, te dejo aquí. He venido a sacarte; pero has de salir curada.
—¡Y curada estoy!—afirmó la mujer con brío.
Y Alejandro se llevó su mujer a su casa.
* * * * *
Pocos días después de haber vuelto Julia del manicomio, recibía el
conde de Bordaviella, no una invitación, sino un mandato de Alejandro
para ir a comer a su casa.
«Como ya sabrá usted, señor conde—le decía en una carta—, mi mujer
ha salido del manicomio completamente curada; y como la pobre, en la
época triste de su delirio, le ofendió a usted gravemente, aunque sin
intención ofensiva, suponiéndole capaz de infamias de que es usted, un
perfecto caballero, absolutamente incapaz, le ruego, por mi conducto,
que venga pasado mañana, jueves, a acompañarnos a comer, para darle
las satisfacciones que a un caballero, como es usted, se le deben. Mi
mujer se lo ruega y yo se lo ordeno. Porque si usted no viene ese día a
recibir esas satisfacciones y explicaciones, sufrirá las consecuencias
de ello. Y usted sabe bien de lo que es capaz