IV

El arreglo de la boda con Berta emponzoñó los cimientos todos del alma

del pobre Juan. Los padres de Berta, los señores Lapeira, ponían un

gran empeño en dejar bien asegurado y a cubierto de toda contingencia

el porvenir económico de su hija, y acaso pensaban en el suyo propio.

No era, como algunos creían, hija única, sino que tenían un hijo que

de muy joven se había ido a América y del que no se volvió a hablar,

y menos en su casa. Los señores Lapeira pretendían que Juan dotase a

Berta antes de tomarla por mujer, y resistíanse por su parte a darle a

su futuro yerno cuenta del estado de su fortuna. Y Juan se resistía,

a su vez, a ese dotamiento, alegando que luego de casado haría un

testamento en que dejase heredera universal de sus bienes a su mujer,

después de haber entregado un pequeño caudal—y en esto sus futuros

suegros estaban de acuerdo—a Raquel.

No era Raquel un obstáculo ni para los señores Lapeira ni para su

hija. Aveníanse a vivir en buenas relaciones con ella, como con una

amiga inteligente y que había sido en cierto modo una salvadora de

Juan, seguros padres e hija de que ésta sabría ganar con suavidad y

maña el corazón de su marido por entero, y que al cabo Raquel misma

contribuiría a la felicidad del nuevo matrimonio. ¡Con tal de que se

le asegurase la vida y la consideración de las gentes decentes y de

bien! No era, después de todo, ni una aventurera vulgar ni una que se

hubiese nunca vendido al mejor postor. Su enredo con Juan fué obra de

pura pasión, de compasión acaso—pensaban y querían pensar los señores

Lapeira.

Pero lo grave del conflicto, lo que ni los padres de la angelical Berta

ni nadie en la ciudad—¡y eso que se pretendía conocer a la viuda!—podía

presumir era que Raquel había hecho firmar a Juan una escritura por

la cual los bienes inmuebles todos de éste aparecían comprados por

aquélla, y todos los otros valores que poseía estaban a nombre de ella.

El pobre Juan no aparecía ya sino como su administrador y apoderado. Y

esto supo la astuta mujer mantenerlo secreto. Y a la vez conocía mejor

que nadie el estado de la fortuna de los señores Lapeira.

RAQUEL.—Mira, Juan, dentro de poco, tal vez antes de que os caséis, y

en todo caso poco después de vuestra boda, la pequeña fortuna de los

padres de Berta, la de tu futura esposa..., esposa, ¿eh?, no mujer,

¡esposa...!, la de tu futura esposa, será mía..., es decir, nuestra...

DON JUAN.—¿Nuestra?

RAQUEL.—Sí, será para el hijo que tengamos, si es que tu esposa nos lo

da... Y si no...

DON JUAN.—Me estás matando, Quelina...

RAQUEL.—Cállate, michino. Ya le tengo echada la garra a esa fortuna.

Voy a comprar créditos e hipotecas... ¡Oh, sí, después de todo, esa

Raquel es una buena persona, toda una señora, y ha salvado al que ha de

ser el marido de nuestra hija y el salvador de nuestra situación y el

amparo de nuestra vejez! ¡Y lo será, vaya si lo será! ¿Por qué no?

DON JUAN.—¡Raquel! ¡Raquel!

RAQUEL.—No gimas así, Juan, que pareces un cordero al que están

degollando...

DON JUAN.—Y así es...

RAQUEL.—¡No, no es así! ¡Yo voy a hacerte hombre; yo voy a hacerte

padre!

DON JUAN.—¿Tú?

RAQUEL.—¡Sí, yo, Juan; yo, Raquel!

Juan se sintió como en agonía.

DON JUAN.—Pero dime, Quelina, dime—y al decirlo le lloraba la voz—,

¿por qué te enamoraste de mí? ¿Por qué me arrebataste? ¿Por qué me

has sorbido el tuétano de la voluntad? ¿Por qué me has dejado como un

pelele? ¿Por qué no me dejaste en la vida que llevaba...?

RAQUEL.—¡A estas horas estarías, después de arruinado, muerto de

miseria y de podredumbre!

DON JUAN.—¡Mejor, Raquel, mejor! Muerto, sí; muerto de miseria y de

podredumbre. ¿No es esto miseria? ¿No es podredumbre? ¿Es que soy mío?

¿Es que soy yo? ¿Por qué me has robado el cuerpo y el alma?

El pobre don Juan se ahogaba en sollozos.

Volvió a cogerle Raquel como otras veces, maternalmente, le sentó sobre

sus piernas, le abrazó, le apechugó a su seno estéril, contra sus

pechos, henchidos de roja sangre que no logró hacerse blanca leche, y

hundiendo su cabeza sobre la cabeza del hombre, cubriéndole los oídos

con su desgreñada cabellera suelta, lloró, entre hipos, sobre él. Y le

decía:

RAQUEL.—¡Hijo mío, hijo mío, hijo mío...! No te robé yo; me robaste tú

el alma, tú, tú. Y me robaste el cuerpo... ¡Hijo mío... hijo mío...

hijo mío...! Te vi perdido, perdido, perdido... Te vi buscando lo que

no se encuentra... Y yo buscaba un hijo... Y creí encontrarlo en ti. Y

creí que me darías el hijo por el que me muero... Y ahora quiero que me

le des...

DON JUAN.—Pero, Quelina, no será tuyo...

RAQUEL.—Sí, será mío, mío, mío... Como lo eres tú... ¿No soy tu mujer?

DON JUAN.—Sí, tú eres mi mujer...

RAQUEL.—Y ella será tu esposa. ¡Esposa!, así dicen los zapateros: «¡Mi

esposa!» Y yo seré tu madre y la madre de vuestro hijo..., de mi hijo...

DON JUAN.—¿Y si no le tenemos?

RAQUEL.—¡Calla, Juan, calla! ¿Si no le tenéis? ¿Si no nos lo da...? Soy

capaz de...

DON JUAN.—¡Calla, Raquel, que la ronquera de tu voz me da miedo!

RAQUEL.—¡Sí, y de casarte luego con otra!

DON JUAN.—¿Y si consiste en mí...?

Raquel le echó de sí con gesto brusco, se puso en pie como herida, miró

a Juan con una mirada de taladro; pero al punto, pasado el sablazo de

hielo de su pecho, abrió los brazos a su hombre gritándole:

RAQUEL.—¡No, ven; ven, Juan, ven! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Para qué

quiero más hijo que tú? ¿No eres mi hijo?

Y tuvo que acostarle, calenturiento y desvanecido.

V

No, Raquel no consintió en asistir a la boda como Berta y sus padres

habían querido, ni tuvo que fingir enfermedad para ello, pues de veras

estaba enferma.

RAQUEL.—No creí, Juan, que llegaran a tanto. Conocía su fatuidad y su

presunción, la de la niña y la de sus papás; pero no los creía capaces

de disponerse a afrontar, así, las conveniencias sociales. Cierto es

que nuestras relaciones no han sido nunca escandalosas, que no nos

hemos presentado en público haciendo alarde de ellas; pero son algo

bien conocido de la ciudad toda. Y al empeñarse en que me convidaras

a la boda no pretendían sino hacer más patente el triunfo de su hija.

¡Imbéciles! ¿Y ella? ¿Tu esposa?

DON JUAN.—Por Dios, Raquel, mira que...

RAQUEL.—¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué tal sus abrazos? ¿Le has enseñado algo

de lo que aprendiste de aquellas mujeres? ¡Porque de lo que yo te he

enseñado no puedes enseñarle nada! ¿Qué tal _tu_ esposa? Tú... tú no

eres de ella...

DON JUAN.—No, ni soy mío...

RAQUEL.—Tú eres mío, mío, mío, michino, mío... Y ahora ya sabes

vuestra obligación. A tener juicio, pues. Y ven lo menos que puedas por

esta nuestra casa.

DON JUAN.—Pero, Raquel...

RAQUEL.—No hay Raquel que valga. Ahora te debes a tu esposa.

¡Atiéndela!

DON JUAN.—Pero si es ella la que me aconseja que venga de vez

en cuando a verte...

RAQUEL.—Lo sabía. ¡Mentecata! Y hasta se pone a imitarme, ¿no

es eso?

DON JUAN.—Sí, te imita en cuanto puede; en el vestir, en el

peinado, en los ademanes, en el aire...

RAQUEL.—Sí, cuando vinisteis a verme la primera vez, en aquella

visita de ceremonia casi, observé que me estudiaba...

DON JUAN.—Y dice que debemos intimar más, ya que vivimos tan

cerca, tan cerquita, casi al lado...

RAQUEL.—Es su táctica para sustituirme. Quiere que nos veas a

menudo juntas, que compares...

DON JUAN.—Yo creo otra cosa...

RAQUEL.—¿Qué?

DON JUAN.—Que está prendada de ti, que la subyugas...

Raquel dobló al suelo la cara, que se le puso de repente intensamente

pálida, y se llevó las manos al pecho, atravesado por una estocada de

ahogo. Y dijo:

RAQUEL.—Lo que hace falta es que todo ello fructifique...

Como Juan se le acercara en busca del beso de despedida—beso húmedo y

largo y de toda la boca otras veces—, la viuda le rechazó diciéndole:

RAQUEL.—No, ¡ahora ya no! Ni quiero que se lo lleves a ella ni quiero

quitárselo.

DON JUAN.—¿Celos?

RAQUEL.—¿Celos? ¡Mentecato! ¿Pero crees, michino, que puedo sentir

celos de tu esposa...? ¿De tu esposa? Y yo, ¿tu mujer...? ¡Para casar

y dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo! ¡Para el

cielo y para mí!

DON JUAN.—Que eres mi cielo...

RAQUEL.—Otras veces dices que tu infierno...

DON JUAN.—Es verdad.

RAQUEL.—Pero ven, ven acá, hijo mío, toma...

Le cogió la cabeza entre las manos, le dió un beso seco y ardiente

sobre la frente, y le dijo en despedida:

RAQUEL.—Ahora vete y cumple bien con ella. Y cumplid bien los dos

conmigo. Si no, ya lo sabes, soy capaz...

Tres novelas ejemplares y un prólogo · 第 12 / 28 题