VI

Y era verdad que Berta estudiaba en Raquel la manera de ganarse a su

marido, y a la vez la manera de ganarse a sí misma, de ser ella, de

ser mujer. Y así se dejaba absorber por la dueña de Juan, y se iba

descubriendo a sí misma al través de la otra. Al fin, un día no pudo

resistir, y en ocasión en que las dos, Raquel y Berta, le habían

mandado a su Juan a una partida de caza con los amigos, fué la esposa a

ver a la viuda.

BERTA.—Le chocará verme por aquí, así, sola...

RAQUEL.—No, no me choca... Y hasta esperaba su visita...

BERTA.—¿Esperarla?

RAQUEL.—La esperaba, sí. Después de todo, algo me parece haber hecho

por su esposo, por nuestro buen Juan, y acaso el matrimonio...

BERTA.—Sí, yo sé que si usted, con su amistad, no le hubiese salvado de

las mujeres...

RAQUEL.—¡Bah! De las mujeres...

BERTA.—Y he sabido apreciar también su generosidad...

RAQUEL.—¿Generosidad? ¿Por qué? ¡Ah, sí, ya caigo! ¡Pues, no, no!

¿Cómo iba a ligarle a mi suerte? Porque, en efecto, él quiso casarse

conmigo...

BERTA.—Lo suponía...

RAQUEL.—Pero como estábamos a prueba y la bendición del párroco, aunque

nos hubiese casado y dado gracia de casados, no habría hecho que

criásemos hijos para el cielo... ¿Por qué se ruboriza así, Berta? ¿No

ha venido a que hablemos con el corazón desnudo en la mano...?

BERTA.—¡Sí, sí, Raquel, sí, hábleme así!

RAQUEL.—No podía sacrificarle así a mi egoísmo. ¡Lo que yo no he

logrado, que lo logre él!

BERTA.—¡Oh, gracias, gracias!

RAQUEL.—¿Gracias? ¡Gracias, no! ¡Lo he hecho por él!

BERTA.—Pues por haberlo hecho por él... ¡gracias!

RAQUEL.—¡Ah!

BERTA.—¿Le choca?

RAQUEL.—No, no me choca; pero ya irá usted aprendiendo...

BERTA.—¿A qué? ¿A fingir?

RAQUEL.—¡No; a ser sincera!

BERTA.—¿Cree que no lo soy?

RAQUEL.—Hay fingimientos muy sinceros. Y el matrimonio es una escuela

de ellos.

BERTA.—¿Y cómo...?

RAQUEL.—¡Fuí casada!

BERTA.—¡Ah, sí; es cierto que es usted viuda!

RAQUEL.—Viuda... Viuda... Siempre lo fuí. Creo que nací viuda... Mi

verdadero marido se me murió antes de yo nacer... ¡Pero dejémonos de

locuras y desvaríos! ¿Y cómo lleva a Juan?

BERTA.—Los hombres...

RAQUEL.—¡No, el hombre, el hombre! Cuando me dijo que yo le había

salvado a nuestro Juan de las mujeres me encogí de hombros. Y ahora le

digo, Berta, que tiene que atender al hombre, a su hombre. Y buscar al

hombre en él...

BERTA.—De eso trato; pero...

RAQUEL.—¿Pero qué?

BERTA.—Que no le encuentro la voluntad...

RAQUEL.—¿Y viene usted a buscarla aquí acaso?

BERTA.—¡Oh, no, no! Pero...

RAQUEL.—Con esos peros no irá usted a ninguna parte...

BERTA.—¿Y adónde he de ir?

RAQUEL.—¿Adónde? ¿Quiere usted que le diga adónde?

Berta, intensamente pálida, vaciló, mientras los ojos de Raquel,

acerados, hendían el silencio. Y al cabo:

BERTA.—Sí. ¿Adónde?

RAQUEL.—¡A ser madre! Esa es su obligación. ¡Ya que yo no he podido

serlo, séalo usted!

Hubo otro silencio opresor, que rompió Berta exclamando:

BERTA.—¡Y lo seré!

RAQUEL.—¡Gracias a Dios! ¿No le pregunté si venía acá a buscar la

voluntad de Juan? ¡Pues la voluntad de Juan, de nuestro hombre, es ésa,

es hacerse padre!

BERTA.—¿La suya?

RAQUEL.—Sí, la suya. ¡La suya, porque es la mía!

BERTA.—Ahora más que nunca admiro su generosidad...

RAQUEL.—¿Generosidad? No, no... Y cuenten siempre con mi firme amistad,

que aún puede serles útil...

BERTA.—No lo dudo...

Y al despedirle, acompañándole hasta la puerta, le dijo:

RAQUEL.—Ah, diga usted a sus padres que tengo que ir a verlos...

BERTA.—¿A mis padres?

RAQUEL.—Sí, cuestión de negocios... Para consolarme de mi viudez me

dedico a negocios, a empresas financieras...

Y después de cerrar la puerta, murmuró: ¡Pobre esposa!

Tres novelas ejemplares y un prólogo · 第 13 / 28 题