Y era verdad que Berta estudiaba en Raquel la manera de ganarse a su
marido, y a la vez la manera de ganarse a sí misma, de ser ella, de
ser mujer. Y así se dejaba absorber por la dueña de Juan, y se iba
descubriendo a sí misma al través de la otra. Al fin, un día no pudo
resistir, y en ocasión en que las dos, Raquel y Berta, le habían
mandado a su Juan a una partida de caza con los amigos, fué la esposa a
ver a la viuda.
BERTA.—Le chocará verme por aquí, así, sola...
RAQUEL.—No, no me choca... Y hasta esperaba su visita...
BERTA.—¿Esperarla?
RAQUEL.—La esperaba, sí. Después de todo, algo me parece haber hecho
por su esposo, por nuestro buen Juan, y acaso el matrimonio...
BERTA.—Sí, yo sé que si usted, con su amistad, no le hubiese salvado de
las mujeres...
RAQUEL.—¡Bah! De las mujeres...
BERTA.—Y he sabido apreciar también su generosidad...
RAQUEL.—¿Generosidad? ¿Por qué? ¡Ah, sí, ya caigo! ¡Pues, no, no!
¿Cómo iba a ligarle a mi suerte? Porque, en efecto, él quiso casarse
conmigo...
BERTA.—Lo suponía...
RAQUEL.—Pero como estábamos a prueba y la bendición del párroco, aunque
nos hubiese casado y dado gracia de casados, no habría hecho que
criásemos hijos para el cielo... ¿Por qué se ruboriza así, Berta? ¿No
ha venido a que hablemos con el corazón desnudo en la mano...?
BERTA.—¡Sí, sí, Raquel, sí, hábleme así!
RAQUEL.—No podía sacrificarle así a mi egoísmo. ¡Lo que yo no he
logrado, que lo logre él!
BERTA.—¡Oh, gracias, gracias!
RAQUEL.—¿Gracias? ¡Gracias, no! ¡Lo he hecho por él!
BERTA.—Pues por haberlo hecho por él... ¡gracias!
RAQUEL.—¡Ah!
BERTA.—¿Le choca?
RAQUEL.—No, no me choca; pero ya irá usted aprendiendo...
BERTA.—¿A qué? ¿A fingir?
RAQUEL.—¡No; a ser sincera!
BERTA.—¿Cree que no lo soy?
RAQUEL.—Hay fingimientos muy sinceros. Y el matrimonio es una escuela
de ellos.
BERTA.—¿Y cómo...?
RAQUEL.—¡Fuí casada!
BERTA.—¡Ah, sí; es cierto que es usted viuda!
RAQUEL.—Viuda... Viuda... Siempre lo fuí. Creo que nací viuda... Mi
verdadero marido se me murió antes de yo nacer... ¡Pero dejémonos de
locuras y desvaríos! ¿Y cómo lleva a Juan?
BERTA.—Los hombres...
RAQUEL.—¡No, el hombre, el hombre! Cuando me dijo que yo le había
salvado a nuestro Juan de las mujeres me encogí de hombros. Y ahora le
digo, Berta, que tiene que atender al hombre, a su hombre. Y buscar al
hombre en él...
BERTA.—De eso trato; pero...
RAQUEL.—¿Pero qué?
BERTA.—Que no le encuentro la voluntad...
RAQUEL.—¿Y viene usted a buscarla aquí acaso?
BERTA.—¡Oh, no, no! Pero...
RAQUEL.—Con esos peros no irá usted a ninguna parte...
BERTA.—¿Y adónde he de ir?
RAQUEL.—¿Adónde? ¿Quiere usted que le diga adónde?
Berta, intensamente pálida, vaciló, mientras los ojos de Raquel,
acerados, hendían el silencio. Y al cabo:
BERTA.—Sí. ¿Adónde?
RAQUEL.—¡A ser madre! Esa es su obligación. ¡Ya que yo no he podido
serlo, séalo usted!
Hubo otro silencio opresor, que rompió Berta exclamando:
BERTA.—¡Y lo seré!
RAQUEL.—¡Gracias a Dios! ¿No le pregunté si venía acá a buscar la
voluntad de Juan? ¡Pues la voluntad de Juan, de nuestro hombre, es ésa,
es hacerse padre!
BERTA.—¿La suya?
RAQUEL.—Sí, la suya. ¡La suya, porque es la mía!
BERTA.—Ahora más que nunca admiro su generosidad...
RAQUEL.—¿Generosidad? No, no... Y cuenten siempre con mi firme amistad,
que aún puede serles útil...
BERTA.—No lo dudo...
Y al despedirle, acompañándole hasta la puerta, le dijo:
RAQUEL.—Ah, diga usted a sus padres que tengo que ir a verlos...
BERTA.—¿A mis padres?
RAQUEL.—Sí, cuestión de negocios... Para consolarme de mi viudez me
dedico a negocios, a empresas financieras...
Y después de cerrar la puerta, murmuró: ¡Pobre esposa!