El pobre Juan, ya sin don, temblaba entre las dos mujeres, entre su
ángel y su demonio redentores. Detrás de sí tenía a Raquel, y delante,
a Berta, y ambas le empujaban. ¿Hacia dónde? Él presentía que hacia
su perdición. Habíase de perder en ellas. Entre una y otra le estaban
desgarrando. Sentíase como aquel niño que ante Salomón se disputaban
las dos madres, sólo que no sabía cuál de ellas, si Raquel o Berta, le
quería entero para la otra y cuál quería partirlo a muerte. Los ojos
azules y claros de Berta, la doncella, como un mar sin fondo y sin
orillas, le llamaban al abismo, y detrás de él, o mejor en torno de él,
envolviéndole, los ojos negros y tenebrosos de Raquel, la viuda, como
una noche sin fondo y sin estrellas, empujábanle al mismo abismo.
BERTA.—¿Pero qué te pasa, Juan? Desahógate de una vez conmigo. ¿No soy
tu amiga de la niñez, casi tu hermana...?
DON JUAN.—Hermana... Hermana...
BERTA.—¿Qué? No te gusta eso de hermana...
DON JUAN.—No la tuve; apenas si conocí a mi madre... No puedo decir que
he conocido mujer...
BERTA.—Que no, ¿eh? Vamos...
DON JUAN.—¡Mujeres... sí! ¡Pero mujer, lo que se dice mujer, no!
BERTA.—¿Y la viuda esa, Raquel?
Berta se sorprendió de que le hubiese salido esto sin violencia alguna,
sin que le tambaleara la voz, y de que Juan se lo oyera con absoluta
tranquilidad.
DON JUAN.—Esa mujer, Berta, me ha salvado; me ha salvado de las mujeres.
BERTA.—Te creo. Pero ahora...
DON JUAN.—Ahora sí, ahora necesito salvarme de ella.
Y al decir esto sintió Juan que la mirada de los tenebrosos ojos viudos
le empujaba con más violencia.
BERTA.—Y puedo yo servirte de algo en eso...
DON JUAN.—Oh, Berta, Berta...
BERTA.—Vamos, sí, tú, por lo visto, quieres que sea yo quien me
declare...
DON JUAN.—Pero Berta...
BERTA.—¿Cuándo te vas a sentir hombre, Juan? ¿Cuándo has de tener
voluntad propia?
DON JUAN.—Pues bien, sí, ¿quieres salvarme?
BERTA.—¿Cómo?
DON JUAN.—¡Casándote conmigo!
BERTA.—¡Acabáramos! ¿Quieres, pues, casarte conmigo?
DON JUAN.—¡Claro!
BERTA.—¿Claro? ¡Obscuro! ¿Quieres casarte conmigo?
DON JUAN.—¡Sí!
BERTA.—¿De propia voluntad?
Juan tembló al percatar tinieblas en el fondo de los ojos azules y
claros de la doncella. «¿Habrá adivinado la verdad?», se dijo, y
estuvo por arredrarse; pero los ojos negros de la viuda le empujaron
diciéndole: «Digas lo que dijeres, tú no puedes mentir...»
DON JUAN.—¡De propia voluntad!
BERTA.—¿Pero la tienes, Juan?
DON JUAN.—Es para tenerla para lo que quiero hacerte mi mujer...
BERTA.—Y entonces...
DON JUAN.—Entonces, ¿qué?
BERTA.—¿Vas a dejar antes a esa otra?
DON JUAN.—Berta... Berta...
BERTA.—Bien, no hablemos más de ello, si quieres. Porque todo esto
quiere decir que sintiéndote impotente para desprenderte de esa mujer
quieres que sea yo quien te desprenda de ella. ¿No es así?
DON JUAN.—Sí, así es—y bajó la cabeza.
BERTA.—Y que te dé una voluntad de que careces...
DON JUAN.—Así es...
BERTA.—Y que luche con la voluntad de ella...
DON JUAN.—Así es...
BERTA.—¡Pues así será!
DON JUAN.—¡Oh Berta..., Berta...!
BERTA.—Estáte quieto. Mírame y no me toques. Pueden de un momento a
otro aparecer mis padres.
DON JUAN.—¿Y ellos, Berta?
BERTA.—¿Pero eres tan simple, Juan, como para no ver que esto lo
teníamos previsto y tratado de ello...?
DON JUAN.—Entonces...
BERTA.—Que acudiremos todos a salvarte.