¿Cómo se le había ocurrido a Raquel proponerle para esposa legítima a
Berta Lapeira? ¿Cómo había descubierto no que Berta estuviese enamorada
de él, de don Juan, sino que él, en sueños, estando dormido, cuando
perdía aquella voluntad que no era suya, sino de Raquel, soñaba en que
la angelical criatura viniese en su ayuda a redimirle? Y si en esto
había un germen de amor futuro, ¿buscaba Raquel extinguirlo haciéndole
que se casase con ella para hacer madre a la viuda estéril?
Don Juan conocía a Berta desde la infancia. Eran relaciones de familia.
Los padres de don Juan, huérfano y solo desde muy joven, habían sido
grandes amigos de don Pedro Lapeira y de su señora. Éstos se habían
siempre interesado por aquél y habíanse dolido como nadie de sus
devaneos y de sus enredos con aventureras de ocasión. De tal modo, que
cuando el pobre náufrago de los amores—que no del amor—recaló en el
puerto de la viuda estéril, alegráronse como de una ventura del hijo de
sus amigos, sin sospechar que aquel puerto era un puerto de tormentas.
Porque contra lo que creía don Juan, el sesudo matrimonio Lapeira
estimaba que aquella relación era ya a modo de un matrimonio, que don
Juan necesitaba de una voluntad que supliera a la que le faltaba, y que
si llegaban a tener hijos, el de sus amigos estaba salvado. Y de esto
hablaban con frecuencia en sus comentarios domésticos, en la mesa, a
la tragicomedia de la ciudad, sin recatarse delante de su hija, de la
angelical Berta, que de tal modo fué interesándose por don Juan.
Pero Berta, cuando oía a sus padres lamentarse de que Raquel no fuese
hecha madre por don Juan y que luego se anudase para siempre y ante
toda ley divina y humana—o mejor teocrática y democrática—aquel enlace
de aventura, sentía dentro de sí el deseo de que no fuera eso, y soñaba
luego, a solas, con poder llegar a ser el ángel redentor de aquel
náufrago de los amores y el que le sacase del puerto de las tormentas.
¿Cómo es que don Juan y Berta habían tenido el mismo sueño? Alguna vez,
al encontrarse sus miradas, al darse las manos, en las no raras visitas
que don Juan hacía a casa de los señores Lapeira, había nacido aquel
sueño. Y hasta había sucedido tal vez, no hacía mucho, que fué Berta
quien recibió al compañero de juegos de su infancia y que los padres
tardaron algo en llegar.
Don Juan previó el peligro, y dominado por la voluntad de Raquel, que
era la suya, fué espaciando cada vez más sus visitas a aquella casa.
Cuyos dueños adivinaron la causa de aquella abstención. «¡Cómo le tiene
dominado! ¡Le aisla de todo el mundo!»—se dijeron los padres. Y a la
hija, a la angelical Berta, un angelito caído le susurró en el silencio
de la noche y del sueño, al oído del corazón: «Te teme...»
Y ahora era Raquel, Raquel misma, la que le empujaba al regazo de
Berta. ¿Al regazo?
El pobre don Juan echaba de menos el piélago encrespado de sus pasados
amores de paso, presintiendo que Raquel le llevaba a la muerte. ¡Pero
si él no tenía ningún apetito de paternidad...! ¿Para qué iba a dejar
en el mundo otro como él?
¡Mas, qué iba a hacer...!
Y volvió, empujado y guiado por Raquel, a frecuentar la casa Lapeira.
Con lo que se les ensanchó el alma a la hija y a sus padres. Y más
cuando adivinaron sus intenciones. Empezando a compadecerse como nunca
de la fascinación bajo que vivía. Y lo comentaban don Pedro y doña
Marta.
DON PEDRO.—¡Pobre chico! Cómo se ve que sufre...
DOÑA MARTA.—Y no es para menos, Pedro, no es para menos...
DON PEDRO.—Nuestra Tomasa, ¿te recuerdas?, hablaría de un bebedizo...
DOÑA MARTA.—Sí, tenía gracia lo del bebedizo... Si la pobre se hubiese
mirado a un espejo...
DON PEDRO.—Y si hubiese visto cómo le habían dejado sus nueve partos y
el tener que trabajar tan duro... Y si hubiese sido capaz de ver bien a
la otra...
DOÑA MARTA.—Así sois los hombres... Unos puercos todos...
DON PEDRO.—¿Todos?
DOÑA MARTA.—Perdona, Pedro, ¡tú... no! Tú...
DON PEDRO.—Pero, después de todo, se comprende el bebedizo de la
viudita esa...
DOÑA MARTA.—Ah, picarón, con que...
DON PEDRO.—Tengo ojos en la cara, Marta, y los ojos siempre son
jóvenes...
DOÑA MARTA.—Más que nosotros...
DON PEDRO.—¿Y qué será de este chico ahora?
DOÑA MARTA.—Dejémosle venir, Pedro... Porque yo le veo venir...
DON PEDRO.—¡Y yo! ¿Y ella?
DOÑA MARTA.—A ella ya iré preparándole yo por si acaso...
DON PEDRO.—Y esa relación...
DOÑA MARTA.—¿Pero no ves, hombre de Dios, que lo que busca es romperla?
¿No lo conoces?
DON PEDRO.—Sin duda. Pero esa ruptura tendrá que costarle algún
sacrificio...
DOÑA MARTA.—Y aunque así sea... Tiene mucho, mucho, y aunque sacrifique
algo...
DON PEDRO.—Es verdad...
DOÑA MARTA.—Tenemos que redimirle, Pedro; nos lo piden sus padres...
DON PEDRO.—Y hay que hacer que nos lo pida también nuestra hija.
La cual estaba por su parte ansiando la redención de don Juan. ¿La de
don Juan, o la suya propia? Y se decía: «Arrancarle ese hombre y ver
cómo es el hombre de ella, el hombre que ha hecho ella, el que se le ha
rendido en cuerpo y alma... ¡Lo que le habrá enseñado...! ¡Lo que sabrá
mi pobre Juan...! Y él me hará como ella...»
De quien estaba Berta perdidamente enamorada era de Raquel. Raquel era
su ídolo.