Sí, ya sé la canción de los críticos que se han agarrado a lo de
la _nívola_; novelas de tesis, filosóficas, símbolos, conceptos
personificados, ensayos en forma dialogada... y lo demás.
Pues bien; un hombre, y un hombre real, que quiere ser o que quiera
no ser, es un símbolo, y un símbolo puede hacerse hombre. Y hasta un
concepto. Un concepto puede llegar a hacerse persona. Yo creo que la
rama de una hipérbola quiere—¡así, quiere!—llegar a tocar a su asíntota
y no lo logra, y que el geómetra que sintiera ese querer desesperado de
la unión de la hipérbola con su asíntota nos crearía a esa hipérbola
como a una persona, y persona trágica. Y creo que la elipse quiere
tener dos focos. Y creo en la tragedia o en la novela del binomio de
Newton. Lo que no sé es si Newton la sintió.
¡A cualquier cosa llaman puros conceptos o entes de ficción los
críticos!
Te aseguro, lector, que si Gustavo Flaubert sintió, como dicen, señales
de envenenamiento cuando estaba escribiendo, es decir, creando, el de
Ema Bovary, en aquella novela que pasa por ejemplar de novelas, y de
novelas realistas, cuando mi Augusto Pérez gemía delante de mí—dentro
de mí más bien—: «Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir,
quiero vivir...»—_Niebla_, página 287—sentía yo morirme.
«¡Es que Augusto Pérez eres tú mismo...!»—se me dirá—. ¡Pero no! Una
cosa es que todos mis personajes novelescos, que todos los agonistas
que he creado, los haya sacado de mi alma, de mi realidad íntima—que es
todo un pueblo—y otra cosa es que sean yo mismo. Porque, ¿quién soy yo
mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues... uno de mis
personajes, una de mis criaturas, uno de mis agonistas. Y ese yo último
e íntimo y supremo, ese yo trascendente—o inmanente—¿quién es? Dios lo
sabe... Acaso Dios mismo...
Y ahora os digo que esos personajes crepusculares—no de medio día ni
de media noche—que ni quieren ser ni quieren no ser, sino que se dejan
llevar y traer, que todos esos personajes de que están llenas nuestras
novelas contemporáneas españolas no son, con todos los pelos y señales
que les distinguen con sus muletillas y sus tics y sus gestos, no son
en su mayoría personas, y que no tienen realidad íntima. No hay un
momento en que se vacíen, en que desnuden su alma.
A un hombre de verdad se le descubre, se le crea, en un momento, en
una frase, en un grito. Tal en Shakespeare. Y luego que le hayáis así
descubierto, creado, lo conocéis mejor que él se conoce a sí mismo
acaso.
Si quieres crear, lector, por el arte personas, agonistas-trágicos,
cómicos o novelescos, no acumules detalles, no te dediques a observar
exterioridades de los que contigo conviven, sino trátalos, excítalos si
puedes, quiérelos sobre todo, y espera a que un día—acaso nunca—saquen
a luz y desnuda el alma de su alma, el que quieren ser, en un grito, en
un acto, en una frase, y entonces toma ese su momento, mételo en ti y
deja que como un germen se te desarrolle en el personaje de verdad, en
el que es de veras real. Acaso tú llegues a saber mejor que tu amigo
Juan o que tu amigo Tomás quién es el que quiere ser Juan o el que
quiere ser Tomás o quién es el que cada uno de ellos quiere no ser.
Balzac no era un hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempo
tomando notas de lo que veía en los demás o de lo que les oía. Llevaba
el mundo dentro de sí.
V
Y es que todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes y
sus siete opuestos vicios capitales; es orgulloso y humilde, glotón
y sobrio, rijoso y casto, envidioso y caritativo, avaro y liberal,
perezoso y diligente, iracundo y sufrido. Y saca de sí mismo lo mismo
al tirano que al esclavo, al criminal que al santo, a Caín que a Abel.
No digo que Don Quijote y Sancho brotaron de la misma fuente porque no
se oponen entre sí, y Don Quijote era Sancho-pancesco, y Sancho Panza
era quijotesco como creo haber probado en mi _Vida de Don Quijote y
Sancho_. Aunque no falte acaso quien me salte diciendo que el Don
Quijote y el Sancho de esa mi obra no son los de Cervantes. Lo cual es
muy cierto. Porque ni Don Quijote ni Sancho son de Cervantes ni míos,
sino que son de todos los que los crean y recrean. O mejor, son de sí
mismos, y nosotros, cuando los contemplamos y creamos, somos de ellos.
Y yo no sé si mi Don Quijote es otro que el de Cervantes, o si siendo
el mismo he descubierto en su alma honduras que el primero que nos le
descubrió, que fué Cervantes, no las descubrió. Porque estoy seguro,
entre otras cosas, de que Cervantes no apreció todo lo que en el sueño
de la vida del Caballero significó aquel amor vergonzoso y callado que
sintió por Aldonza Lorenzo. Ni Cervantes caló todo el quijotismo de
Sancho Panza.
Resumiendo: todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes
capitales y sus siete vicios opuestos, y con ellos es capaz de crear
agonistas de todas clases.
Los pobres sujetos que temen la tragedia, esas sombras de hombres
que leen para no enterarse o para matar el tiempo—tendrán que matar
la eternidad—, al encontrarse en una tragedia o en una comedia o en
una novela, o en una nívola si queréis, con un hombre, con nada menos
que todo un hombre, o con una mujer, con nada menos que una mujer, se
preguntan: «¿Pero de dónde habrá sacado este autor esto?» A lo que no
cabe sino una respuesta, y es: «¡De ti, no!» Y como no lo ha sacado uno
de él, del hombre cotidiano y crepuscular, es inútil presentárselo,
porque no lo reconoce por hombre. Y es capaz de llamarle símbolo o
alegoría.
Y ese sujeto cotidiano y aparencial, ese que huye de la tragedia, no es
mi sueño de una sombra, que es como Píndaro llamó al hombre. A lo sumo
será sombra de un sueño, que dijo el Tasso. Porque el que siendo sueño
de una sombra y teniendo conciencia de serlo sufra con ello y quiera
serlo o quiera no serlo, será un personaje trágico y capaz de crear y
de recrear en sí mismo personajes trágicos—o cómicos—, capaz de ser
novelista; esto es: poeta y capaz de gustar de una novela, es decir, de
un poema.