¿Está claro?
La lucha, por dar claridad a nuestras creaciones, es otra tragedia.
Y este prólogo es otra novela. Es la novela de mis novelas, desde _Paz
en la Guerra_ y _Amor y Pedagogía_, y mis cuentos—que novelas son—y
_Niebla_ y _Abel Sánchez_—ésta acaso la más trágica de todas—, hasta
las TRES NOVELAS EJEMPLARES que vas a leer, lector. Si este prólogo no
te ha quitado la gana de leerlas.
¿Ves, lector, por qué las llamo ejemplares a estas novelas? ¡Y ojalá
sirvan de ejemplo!
Sé que en España, hoy, el consumo de novelas lo hacen principalmente
mujeres. ¡Es decir, mujeres, no!, sino señoras y señoritas. Y sé
que estas señoras y señoritas se aficionan principalmente a leer
aquellas novelas que les dan sus confesores o aquellas otras que se
las prohiben; o sensiblerías que destilan mangla o pornografías que
chorrean pus. Y no es que huyan de lo que les haga pensar; huyen de lo
que les haga conmoverse. Con conmoción que no sea la que acaba en...
¡Bueno, más vale callarlo!
Esas señoras y señoritas se extasían, o ante un traje montado sobre un
maniquí, si el traje es de moda, o ante el desvestido o semi-desnudo;
pero el desnudo franco y noble les repugna. Sobre todo el desnudo del
alma.
¡Y así anda nuestra literatura novelesca!
Literatura... sí, literatura. Y nada más que literatura. Lo cual es un
género de subsistencia, sujeta a la ley de la oferta y la demanda, y a
exportación e importación, y a registro de aduana y a tasa.
Allá van, en fin, lectores y lectoras, señores, señoras y señoritas,
estas tres novelas ejemplares, que aunque sus agonistas tengan que
vivir aislados y desconocidos, yo sé que vivirán. Tan seguro estoy de
esto como de que viviré yo.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dios sólo lo sabe...