Quedamos, pues—digo, me parece que hemos quedado en ello...—, en que
el hombre más real, _realis_, más _res_, más cosa, es decir, más
causa—sólo existe lo que obra—, es el que quiere ser o el que quiere
no ser, el creador. Sólo que este hombre que podríamos llamar, al modo
kantiano, numénico, este hombre volitivo e ideal—de idea-voluntad o
fuerza—tiene que vivir en un mundo fenoménico, aparencial, racional, en
el mundo de los llamados realistas. Y tiene que soñar la vida que es
sueño. Y de aquí, del choque de esos hombres reales, unos con otros,
surgen la tragedia y la comedia y la novela y la nívola. Pero la
realidad es la íntima. La realidad no la constituyen las bambalinas ni
las decoraciones, ni el traje, ni el paisaje, ni el mobiliario, ni las
acotaciones, ni...
Comparad a Segismundo con Don Quijote, dos soñadores de la vida. La
realidad en la vida de Don Quijote no fueron los molinos de viento,
sino los gigantes. Los molinos eran fenoménicos, aparenciales; los
gigantes eran numénicos, sustanciales. El sueño es el que es vida,
realidad, creación. La fe misma no es, según San Pablo, sino la
sustancia de las cosas que se esperan, y lo que se espera es sueño. Y
la fe es la fuente de la realidad, porque es la vida. Creer es crear.
¿O es que la _Odisea_, esa epopeya que es una novela, y una novela
real, muy real, no es menos real cuando nos cuenta prodigios de ensueño
que un realista excluiría de su arte?