Nada hay más ambiguo que eso que se llama realismo en el arte
literario. Porque, ¿qué realidad es la de ese realismo?
Verdad es que el llamado realismo, cosa puramente externa, aparencial,
cortical y anecdótica, se refiere al arte literario y no al poético
o creativo. En un poema—y las mejores novelas son poemas—, en una
creación, la realidad no es la del que llaman los críticos realismo.
En una creación, la realidad es una realidad íntima, creativa y de
voluntad. Un poeta no saca sus criaturas—criaturas vivas—por los modos
del llamado realismo. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes
vestidos, que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un
fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y
plazuelas y cafés y apuntó en su cartera.
¿Cuál es la realidad íntima, la realidad real, la realidad eterna, la
realidad poética o creativa de un hombre? Sea hombre de carne y hueso,
o sea de los que llamamos ficción, que es igual. Porque Don Quijote es
tan real como Cervantes; Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare, y mi
Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme, como me dijo—véase
mi novela (¡y tan novela!) _Niebla_, páginas 280 a 281—que tal vez no
fuese yo sino un pretexto para que su historia y las de otros, incluso
la mía misma, lleguen al mundo.
¿Qué es lo más íntimo, lo más creativo, lo más real de un hombre?
Aquí tengo que referirme una vez más a aquella ingeniosísima teoría
de Oliver Wendell Holmes—en su _The autocrat of the breakfast table,
III_—sobre los tres Juanes y los tres Tomases. Y es que nos dice que
cuando conversan dos, Juan y Tomás, hay seis en conversación, que son:
{ 1. El Juan real; conocido sólo para su Hacedor.
{ 2. El Juan ideal de Juan; nunca el real, y a
{ menudo muy desemejante de él.
Tres Juanes. { 3. El Juan ideal de Tomás; nunca el Juan
{ real ni el Juan de Juan, sino a menudo
{ muy desemejante de ambos.
{ 1. El Tomás real.
Tres Tomases. { 2. El Tomás ideal de Tomás.
{ 3. El Tomás ideal de Juan.
Es decir: el que uno es, el que se cree ser y el que le cree otro. Y
Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de
ellos.
Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el intelectualista
yanqui Wendell Holmes. Y digo que además del que uno es para Dios—si
para Dios es uno alguien—, y del que es para los otros y del que se
cree ser, hay el que quisiera ser. Y que éste, el que uno quiere ser,
es en él, en su seno, el creador, y es el real de verdad. Y por el
que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o
perderemos. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la
eternidad lo que quiso ser.
Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser, y lo mismo en
hombres reales encarnados en carne y hueso que en hombres reales
encarnados en ficción novelesca o nivolesca. Hay héroes del querer no
ser, de la _noluntad_.
Mas antes de pasar más adelante cúmpleme explicar que no es lo mismo
querer no ser que no querer ser.
Hay, en efecto, cuatro posiciones, que son: dos positivas: _a_) querer
ser; _b_) querer no ser; y dos negativas: _c_) no querer ser; _d_) no
querer no ser. Como se puede: creer que hay Dios; creer que no hay
Dios; no creer que hay Dios, y no creer que no hay Dios. Y ni creer que
no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios, ni querer no ser
es no querer ser. De uno que no quiere ser, difícilmente se saca una
criatura poética, de novela; pero de uno que quiere no ser, sí. Y el
que quiere no ser, no es, ¡claro!, un suicida.
El que quiere no ser lo quiere siendo.
¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un lío, y no sois
capaces, no ya sólo de comprenderlo, mas de sentirlo y de sentirlo
apasionada y trágicamente, no llegaréis nunca a crear criaturas
reales, y, por tanto, no llegaréis a gozar de ninguna novela, ni de
la de vuestra vida. Porque sabido es que el que goza de una obra de
arte es porque la crea en sí, la re-crea y se recrea con ella. Y por
eso Cervantes en el prólogo a sus _Novelas Ejemplares_ hablaba de
«horas de recreación». Y yo me he recreado con su Licenciado Vidriera,
recreándolo en mí al re-crearme. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo.