I
¡TRES NOVELAS EJEMPLARES Y UN PRÓLOGO! Lo mismo pude haber puesto en la
portada de este libro _Cuatro novelas ejemplares_. ¿Cuatro? ¿Por qué?
Porque este prólogo es también una novela. Una novela, entendámonos, y
no una _nívola_; una novela.
Eso de _nívola_, como bauticé a mi novela—¡y tan novela!—_Niebla_, y
en ella misma, página 158, lo explico—, fué una salida que encontré
para mis...—¿críticos? Bueno; pase—críticos. Y lo han sabido aprovechar
porque ello favorecía su pereza mental. La pereza mental, el no saber
juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se
consagran a críticos.
Hemos de volver aquí en este prólogo—novela o nívola—más de una
vez sobre la nivolería. Y digo hemos de volver así en episcopal
primera persona del plural, porque hemos de ser tú, lector, y yo, es
decir, nosotros, los que volvamos sobre ello. Ahora, pues, a lo de
_ejemplares_.
¿Ejemplares? ¿Por qué?
Miguel de Cervantes llamó ejemplares a las novelas que publicó después
de su _Quijote_, porque, según en el prólogo a ellas nos dice, «no hay
ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». Y luego
añade: «Mi intento ha sido poner en la gloria de nuestra república una
mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de
barras, digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios
honestos y agradables antes aprovechan que dañan.» Y en seguida:
«Sí; que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los
oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que
sean; horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse;
para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se
allanan las cuestiones y se cultivan con curiosidad los jardines.»
Y agrega: «Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo
alcanzara que la lección de estas novelas pudiera inducir a quien
las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano
con que las escribí que sacarlas en público; mi edad no está ya para
burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano
por nueve más y por la mano.»
De lo que se colige: primero, que Cervantes más buscó la ejemplaridad
que hoy llamaríamos estética que no la moral en sus novelas, buscando
dar con ellas horas de recreación donde el afligido espíritu descanse,
y segundo, que lo de llamarlas ejemplares fué ocurrencia posterior a
haberlas escrito. Lo que es mi caso.
Este prólogo es posterior a las novelas a que precede y prologa como
una gramática es posterior a la lengua que trata de regular y una
doctrina moral posterior a los actos de virtud o de vicio que con ella
tratan de explicarse. Y este prólogo es, en cierto modo, otra novela;
la novela de mis novelas. Y a la vez la explicación de mi novelería. O
si se quiere, _nivolería_.
Y llamo ejemplares a estas novelas porque las doy como ejemplo—así,
como suena—, ejemplo de vida y y de realidad.
¡De realidad! ¡De realidad, sí!
Sus agonistas, es decir, luchadores—o si queréis los llamaremos
personajes—, son reales, realísimos, y con la realidad más íntima, con
la que se dan ellos mismos, en puro querer ser, o en puro querer no
ser, y no con la que le den los lectores.