TEORÍAS POLÍTICO-MORALES

_Teoría económico-política._-- Corolario de la precedente (porque

la escasa fertilidad del suelo trae consigo la flaqueza política

y militar), esta concepción fue sostenida por casi todos nuestros

estadistas y pensadores, desde Cánovas y Silvela hasta Pi y Margall y

Costa, para no citar sino muertos ilustres. Por lo demás, como _Azorín_

recuerda oportunamente, escritores muy pretéritos, como Saavedra

Fajardo, Gracián, Cadalso, Mor de Fuentes, _Fígaro_ y otros, pusieron

ya el dedo en la llaga, señalando la pobreza de nuestros recursos y la

frecuencia de guerras inútiles como principales factores de nuestro

atraso.

Oigamos primero al insigne Cánovas, que, en su libro _El Solitario y su

tiempo_, estampa estas palabras, desbordantes de patriótica sinceridad:

«No cabe positiva y duradera grandeza militar y nacional donde hay

pobreza e impotencia económica... Toda la historia de España está

en este hecho al parecer insignificante: los soldados que el Gran

Capitán llevó a Málaga para conquistar a Nápoles, iban ya descalzos y

hambrientos. Así se corren aventuras a las veces gloriosísimas; mas no

se fundan permanentes imperios... En vano se busca en la Inquisición,

en la amortización, en la exageración del principio monárquico, en los

defectos de los reyes, en la incapacidad de sus privados, etc., la

causa única de nuestras desgracias; hay allí muchos vanidosos sofismas

de secta o escuela, y numerosas preocupaciones de la ignorancia», etc.

La historia de España fue siempre, según hace notar Cánovas, un proceso

de perpetua, de angustiosa penuria económica. «Al subir al trono Felipe

II, estaban las cosas de modo que su favorito Ruy Gómez de Silva

hubo de decir a cierto enviado de nación amiga “que se hallaba el

reino _sensa prattica, sensa soldati, sensa dennari_”». De esta gran

postración, no obstante la cual se acometieron nuevas y desastrosas

campañas, hace Cánovas responsable al atraso antiguo de la agricultura,

producido por las guerras de ocho siglos; a la falta de brazos que

se comenzaba a sentir por la expulsión de los judíos (agravada más

adelante por la expulsión de los moriscos); a los destierros forzosos

de muchos; a las persecuciones del Santo Oficio; a la amortización

civil y eclesiástica; al sinnúmero de soldados que exigieron las

dilatadas y sangrientas campañas del siglo XVI, y, sobre todo, a la

despoblación, causada por el descubrimiento de América.

Cánovas señala, además, como factor de la debilidad nacional, el

_provincialismo_ o _regionalismo_ y podríamos añadir el _caciquismo_,

reliquia feudal tan funesta como la miseria económica. Esta falta de

solidaridad social, notada también por Hume y otros historiadores

modernos (_kabilismo_ del insigne Unamuno), quebrantó la unidad y

energía del Poder central, obligado a respetar los fueros y franquicias

de las regiones más ricas y pobladas, y a gravar casi exclusivamente

con levas y exacciones a las esquilmadas Castillas, Extremadura

y Andalucía. Ante los ahogos de una pobreza creciente, el Estado

español empeñó todas sus rentas, alteró repetidas veces el valor de la

moneda, se incautó de los bienes de los particulares y se entregó,

en fin, para llevar adelante sus empresas guerreras, a toda suerte de

atropellos y desafueros.

La población, que, según cálculos de un economista alemán (Haebler)

que ha consagrado un libro a esclarecer las condiciones económicas del

pueblo español durante nuestro auge político, pasaba de seis millones

en la época de los Reyes Católicos, descendió, en tiempos de Carlos II,

a menos de cuatro[30].

Y apuntando remedios, nos dice Cánovas: «Trabajad, inventad, economizad

sin tregua; no contraigáis más deudas; no pretendáis tanto adquirir

como conservar; no fiéis sino en vosotros mismos, dejando de tener

fe en la fortuna...; que vuestro patriotismo sea, en fin, callado,

melancólico, paciente, aunque intencionado, constante, implacable».

De este mal de la despoblación y pobreza quejábanse ya nuestros

escritores del siglo XVI y XVII. Recordemos que Fernández Navarrete,

que escribía en el primer tercio del siglo XVII, hablaba ya en su

_Conservación de monarquías_ de que «la despoblación de Castilla, que

tanto baldonan los extranjeros, debíase a las guerras incesantes, a

los tributos intolerables, a la colonización de América y, sobre todo,

a la expulsión de los tres millones de moriscos y dos millones de

judíos». Laméntase Navarrete, con razón, de que las razas laboriosas

e industriosas hubieran sido expatriadas y no los _gitanos_, pueblo

maleante, entregado sistemáticamente al robo y la depredación.

Con no menos vigor y alto espíritu crítico formula el insigne J. Costa

juicios parecidos. «Ha engañado --dice-- a nuestros políticos el

mapa, no viendo de la Península sino su extensión, no cuidándose de

apreciar su grado de productibilidad, la población que podía mantener,

los recursos con que podía acudir al Tesoro público. Dos accidentes

históricos, el desembarco de Colón en la Península con su lotería del

Nuevo Mundo, y el matrimonio de Doña Juana, con sus expectativas

en la Europa Central, desplegaron a la vista de España perspectivas

de grandeza y tentaciones de imperio universal, para resistir a las

cuales no había en la raza suficiente caudal de prudencia política, y

complicaron e hicieron irremediable aquella desorientación que nos ha

valido cuatro siglos de decadencia... El arte de gobernar declinó en

las manos de nuestros estadistas en una rama de la literatura». Suyo

también es este hermoso y exacto pensamiento: «Como la Venus de Milo,

España es una bella estatua, pero sin brazos».

En cuanto a remedios, propone la _política hidráulica_, es decir,

derivar hacia la agricultura, hacia la construcción de canales y

pantanos, los caudales locamente derrochados en guerras suicidas y

en vanidades de hidalgo venido a menos. Coincidiendo con Cánovas,

sugiere también a nuestros ministros el pensamiento de «gobernar con

tristeza, como Fernando VI, velando y consolando la desventura de

los gobernados». Aconseja además: «Abaratar la patria, de modo que

la condición de español deje de ser un mal negocio; y doble llave al

sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar... Hay que rehacer

al español en la escuela. Menos Universidades y más sabios... No se

encierra todo en levantar el nivel de cultura general; es preciso,

además, producir grandes individualidades científicas que tomen activa

participación en el movimiento intelectual del mundo y en la formación

de la ciencia contemporánea... Crear colegios españoles, a estilo del

de Bolonia, en los principales centros científicos de Europa, para

otras tantas colonias de estudiantes y profesores, a fin de crear en

breve tiempo una generación de jóvenes imbuidos en el pensamiento y las

prácticas de las naciones próceres para la investigación científica,

para la administración pública, la industria, la enseñanza y el

periodismo». En suma, _despensa_ y _escuela_: tales son los remedios de

nuestros males.

La teoría de Cánovas y de Costa es hoy doctrina inconcusa. Naciones

desangradas y empobrecidas por guerras inútiles, emigraciones continuas

y exacciones agotadoras, no suelen sentir ansias de cultura superior.

Harto hacen con vegetar obscuramente y conservar incólume la semilla

de la raza. Pero... ¿por qué naciones no menos asoladas por guerras

desastrosas y enflaquecidas por emigraciones continuas, se restauraron

rápidamente? ¿Cómo no pereció Italia saqueada, vejada, desgarrada y

afrentada por casi todos los ejércitos y aventureros de Europa? ¿Qué

secreto resorte mantuvo la vitalidad de Francia, no obstante vivir en

perpetua hostilidad con las naciones fronterizas? ¿Qué extraña virtud

hizo que Alemania, cuna y campo de batalla del cisma, y cuya población,

consumida por la guerra de treinta años, descendió, según cálculos

autorizados, a menos de cuatro millones, no agotara nunca su vena

productora de ilustres pensadores y de primorosos artífices, renaciendo

luego con irresistible pujanza? Falta, pues, algo en esta teoría para

esclarecer por completo el problema de nuestro atraso.

_Hipótesis del fanatismo religioso._-- Según esta concepción,

generalmente acogida en el extranjero[31], las causas principales de

nuestra decadencia política y de nuestro atraso científico fueron la

exageración del principio religioso y singularmente la Inquisición,

que podó y descuajó durante siglos lo más eminente y exquisito del

genio nacional. Fue una selección al revés, como dice Ostwald. El

Santo Oficio, limpiando la nación de judaizantes, moriscos y luteranos

y reduciendo al silencio o a la expatriación a todos los pensadores

heterodoxos, privó a España del concurso de las mentalidades más

originales y más renovadoras. Porque precisamente entre esos hombres

poco fervorosos del dogma y rebeldes al despotismo de escuela suelen

contarse los grandes iniciadores de la Filosofía y de la Ciencia. En el

cedazo quedaron, pues, los rutinarios, los dóciles, los intolerantes y

los meollos rudos y seniles.

Aun sin llegar a las violencias de la intolerancia, la exageración del

principio religioso entraña un germen de postración económica y de

apatía cultural.

Profundamente penetrados del misticismo y de la existencia de otra vida

mejor, los pueblos miran la ciencia como algo frívolo, profano, de

dignidad inferior a la teología, a la literatura y a la política. En

muchos escritores del siglo de oro, singularmente en Gracián, Quevedo

y Saavedra Fajardo, apuntan estos sentimientos. En lo cual, fuerza es

confesarlo, son severamente lógicos. Puesto que la vida terrestre no

es sino preparación para el cielo, natural es cultivar exclusivamente

la teología, la mística y la moral, es decir, las sagradas disciplinas

que nos apartan de frivolidades mundanas y señalan el camino de la

perfección espiritual. ¿A qué afanarse por las artes útiles, el

comercio, la industria? Fuera de la moral, el derecho y un poco de

literatura necesaria para hablar con decoro de las cosas santas, solo

parece plausible y deseable el esfuerzo para conservar la pureza del

dogma y la imposición, mediante la guerra, de la unidad religiosa a

todas las naciones.

Y España peleó locamente contra Inglaterra, Flandes, Francia, Italia,

África, las razas de América, etc. Empresa enorme, sobrehumana, que

hubiera exigido en el Gobierno genios, en vez de vulgares privados;

en el ejército las huestes de Jerjes dirigidas por Aníbales, y en la

Hacienda pública los tesoros de la Francia o de la Inglaterra actuales.

Solo Dios puede hacer lo imposible, y así todo se fió en Dios. A la

Santa Cruzada contra el protestantismo fueron sacrificados vasallos y

tesoros, cerebros y corazones.

Arrastrados por esta fiebre de ciego proselitismo, desterramos de la

Península a los judíos y a los moriscos, en cuyas manos florecieron

el comercio y la agricultura. Quedó la poca tierra cultivable yerma

y esquilmada. Sobre ella crecieron y se extendieron, como legión

de voraces parásitos, los frailes y los nobles, paralizando con la

amortización material las fuentes de la riqueza patria y aniquilando

con la amortización espiritual las iniciativas científicas y audacias

especulativas de la raza... Tal es, en sus líneas generales, la teoría

económico-política.

Nacida en el extranjero con Buckle, Tiknor, Draper, Macaulay, Hume, G.

Le Bon, etc., sostenida entre nosotros por intelectuales de prestigio

(Sanz del Río, Revilla, Pi y Margall, José del Perojo, etc.), esta

hipótesis forma casi parte del ideario de nuestra democracia. Sobre las

otras concepciones posee la ventaja inapreciable de referir nuestro

atraso a una condición adventicia, en cierto modo exterior y extraña

al carácter mental de la raza. Como toda explicación simplista, se

ofrece cómoda, y por tanto sugestiva. Seduce a primera vista porque nos

promete, según nota Maeztu, para un plazo breve, fácil y llano remedio.

Barrida la intolerancia, emancipado el espíritu crítico, la ciencia

deberá surgir por sí misma como espontánea floración de la cultura y

de la prosperidad material.

No negaremos nosotros que la exageración del sentimiento religioso,

que ya Cánovas, Valera y otros consideraron como uno de tantos

motivos de nuestra decadencia, y, sobre todo, las crueldades del

Santo Oficio, hayan contribuido bastante a marchitar la flor de

nuestra originalidad científica y filosófica. Dejamos apuntado ya que

el sabio, por religioso que sea, gana mucho en un ambiente de libre

expansión espiritual. Creemos más: que en la actualidad (hay gloriosas

excepciones), los hombres más ocupados en los problemas del mundo

suelen ser los menos preocupados de las beatitudes celestiales.

Pero aun reconociendo y proclamando todo esto, pensamos sinceramente

que la hipótesis del _fanatismo religioso_ es, en el terreno histórico,

notoriamente exagerada, y en el terreno práctico, _peligrosísima_

para las esperanzas puestas en el resurgimiento de España y en los

altos destinos de la raza, esperanzas que todos, y señaladamente los

maestros, debemos infundir reiteradamente en la juventud.

Que se ha extremado el papel anticultural de la Inquisición, probáronlo

(cayendo también en opuestas exageraciones) Laverde, Vidart, Adolfo de

Castro, muchos de nuestros tradicionalistas, y singularmente el fogoso

patriota y prodigioso erudito Menéndez Pelayo[32]. En respuesta a los

denigradores del Santo Oficio, alegaron que precisamente el auge de la

producción científica y filosófica española corresponde a los siglos

XVI y XVII, época de la prepotencia del terrible Tribunal. Y citaban

abrumadoras listas de filósofos moralistas y científicos, que brillaron

con luz propia en nuestra edad de oro. Afirmaban, además, que en

los calabozos del Santo Oficio no perecieron hombres de ciencia ni

pensadores eximios, sino judaizantes, luteranos, musulmanes, y, sobre

todo, brujos y endemoniados, según ocurría a la sazón, aunque bajo

otras instituciones, en todos los países de Europa. Recordaban, en fin,

que Servet fue inmolado fuera de España por el feroz Calvino, y que la

tolerante Italia quemó a G. Bruno y encarceló a Galileo.

«En Francia --dice Valera--, sin contar los horrores de las guerras

civiles, solo en la espantosa noche de San Bartolomé hubo más víctimas

del fanatismo religioso que las que hizo el Santo Oficio desde su

fundación hasta su caída... Ni iguala en número --continúa-- por

confesión de Schack a solo las infelices brujas quemadas vivas en

Alemania nada más que en el siglo XVII.»

Y es menester reconocer que los hechos citados por los precedentes

autores poseen alguna fuerza. Maeztu, uno de nuestros jóvenes

escritores más vigorosos y mejor orientados, nota oportunamente que

mal pudo la Inquisición sacrificar a filósofos y sabios, cuando España

no los tuvo nunca (de primer orden, se entiende). Otras son, pues, las

esenciales causas de nuestro atraso, y no la intolerancia religiosa,

que adquirió también, entre los cismáticos de Inglaterra, Suiza y

Alemania, formas y sentimientos singularmente agresivos e inhumanos.

Pero, conforme dejamos apuntado, lo más grave de la teoría religiosa no

consiste en su tendencia sectaria, ya advertida por Cánovas, sino en

que, fiados en ella, corremos el riesgo de echarnos definitivamente en

el surco, dejando de aplicar al mal los verdaderos remedios.

En efecto: hace más de un siglo que, salvo algún chispazo aislado, la

Inquisición apagó sus hogueras. Hemos hecho cinco o seis revoluciones,

decretado la desamortización e instaurado un régimen de tolerancia

religiosa. Reconoce nuestra Constitución la libertad de conciencia,

de palabra, de asociación y de imprenta, Profesores eminentes han

importado a nuestras aulas filosofías más o menos heterodoxas, tales

como el krausismo, el positivismo y el evolucionismo materialista,

desarrollándolas libremente, sin molestias ni cortapisas. Aunque

no forman todavía mayoría, abundan entre nosotros los políticos,

periodistas, magistrados y catedráticos librepensadores. Contra lo

que suponen los extranjeros, cierta tolerancia práctica reina entre

nuestra sociedad ilustrada. Se citarán, acaso, excepciones más o menos

antiguas; pero en la actualidad, quien positivamente vale, llega en

España a los primeros puestos, cualquiera que sea su credo filosófico,

a condición de que no lo proclame harto ruidosa y estridentemente,

lastimando los sentimientos de la mayoría.

Sin embargo..., con muy ligeros avances sobre nuestro anterior estado,

continuamos a la zaga de las pequeñas nacionalidades del Norte de

Europa. Pueblos hermanos como Portugal y las Repúblicas sudamericanas,

donde la despreocupación dogmática es acaso mayor que entre nosotros,

viven, sobre poco más o menos, en el mismo plano cultural.

Si esta situación continúa y se acentúa, la posición de los adeptos

de la teoría del fanatismo religioso resultará singularmente

comprometida. Y si discurren serenamente, llegarán pronto a la

desconsoladora conclusión de la incapacidad de los pueblos peninsulares

para las altas empresas de la civilización. No se trataría ya de la

bancarrota de un _principio_, sino de la bancarrota de una _raza_.

Y esto, aunque fuera verdad, que no lo es, ningún peninsular puede

honradamente declararlo, sin haber agotado antes, para demostrar lo

contrario, todas las capacidades de su intelecto y todas las energías

de su voluntad.

_Hipótesis del orgullo y arrogancia españoles._-- Muchos extranjeros,

varios españoles y no pocos hispanoamericanos (Bunge, entre otros)

achacan en parte nuestro atraso a este defecto del carácter nacional,

en cuya virtud se consideraron siempre entre nosotros como cosas viles

el trabajo mecánico, la industria y el comercio. Muy elocuentemente

habla acerca de ello el insigne Valera.

«La tiranía --dice Valera-- de los reyes de la Casa de Austria, su

mal gobierno y las crueldades del Santo Oficio, no fueron causa de

nuestra decadencia; fueron meros síntomas de una enfermedad espantosa

que devoraba el cuerpo social entero... Fue una fiebre de orgullo,

un delirio de soberbia que la prosperidad hizo brotar en los ánimos

al triunfar después de ocho siglos en la lucha contra los infieles.

Nos llenamos de fanatismo a la judaica. De aquí nuestro divorcio y

aislamiento del resto de Europa... Nos creímos el nuevo pueblo de Dios;

confundimos la religión con el egoísmo patriótico; nos propusimos el

dominio universal, sirviéndonos la cruz de enseña o de lábaro para

alcanzar el imperio. El gran movimiento de que han nacido la ciencia y

la civilización moderna, y al cual dio España el primer impulso, pasó

sin que lo notásemos, merced al desdén ignorante y al engreimiento

fanático»[33].

También Cadalso (citado por _Azorín_), antes que Valera, notó ya esta

lacra moral de la gente hispana. «No estudiamos --decía--. Nuestro

defecto fundamental es el orgullo... Las ciencias van decayendo

de día en día... Los verdaderos estudiosos son tenidos por sabios

superficiales en el concepto de los que saben poner setenta y siete

silogismos sobre si los cielos son fluidos o sólidos...» «Trabajemos

--dice-- en las ciencias positivas para que no nos llamen bárbaros los

extranjeros...»

Las páginas de la Historia de España ofrecen numerosos testimonios de

este irritante sentimiento aristocrático, que nos llevó a repudiar,

como innobles y propios solo de judíos y gente servil, la agricultura,

el comercio, la industria y las artes mecánicas. La nobleza y la clase

media, preocupadas con la limpieza de sangre, solo podían subsistir

vegetando parásitamente sobre una masa de pecheros, comerciantes e

industriales. No obstante lo cual, cometiose la monstruosa aberración

de decretar, según dijimos antes, primeramente, la expulsión de los

judíos monopolizadores del comercio, y después, la de los moriscos, en

cuyas manos estaban la agricultura y la industria. Nubes de extranjeros

voraces, incapaces de nacionalizarse porque nos odiaban cordialmente,

vinieron a reemplazar a moriscos y judíos, absorbiendo el oro de

América, fomentando la industria de sus sendos países, con daño de

la nuestra, y convirtiéndose en usureros y esquilmadores del Estado.

Entristecen las descripciones que extranjeros como Campanella, Mad.

d’Aulnoy y otros hacen de la incuria de nuestros hidalgos y del casi

total abandono del agro castellano, a causa del desprecio suicida del

trabajo manual. Así como el comercio y la banca cayeron en poder de

genoveses, flamencos y franceses, el cultivo mismo de la tierra (es

decir, lo poco de ella cultivado) vino a manos de braceros extranjeros,

con los cuales emigraban anualmente muchos millones, importe de

salarios.

La teoría del orgullo explica algo mejor que la hipótesis

económico-política la escasez de nuestra producción científica

e industrial. La ciencia exige instrumentos, y estos solo puede

proporcionarlos una industria floreciente. Y en aquel tiempo era

difícil importarlos de fuera. Deja, sin embargo, esta concepción en la

sombra algunos puntos, entre ellos la pobreza filosófica, astronómica y

matemática de la nación y el gusto casi exclusivo hacia el saber, que

nuestro ilustre Carracido llama _ornamental_ (literatura, humanidades

y filosofía escolástica, etc.), con el consiguiente desprecio de las

ciencias de la naturaleza. Creímos que era bastante dominar, sin

reparar que solo imperan duraderamente la ciencia, la industria y el

comercio.

_Teoría de la segregación intelectual._-- En todas las hipótesis

expuestas, singularmente en las de Cánovas, Costa y Valera, late

un fondo de verdad, pero ellas no lo dicen todo. A nuestro atraso

contribuyeron indudablemente las guerras inútiles, la Inquisición, el

finchado aristocratismo, la emigración a América, el desdén por el

trabajo mecánico y la irreparable esterilidad de una tierra eternamente

sedienta. Pero estas calamidades (que muchos países han sufrido),

con ser grandes habrían moderado nuestra producción en orden al

conocimiento de la naturaleza, mas no la habrían reducido a un mínimo

casi despreciable de no intervenir otro factor, felizmente modificable,

a que apenas aluden nuestros escritores. La causa culminante de nuestro

retardo cultural no es otra que el _enquistamiento espiritual_ de la

Península. A la manera de un tumor, el talento hispano desarrollose,

viciosa y monolateralmente, nutriéndose exclusivamente de la pobre

savia nacional. La frase «Santiago, cierra España», citada por Bunge

(que le da un sentido erróneo, sin duda por imperfecto conocimiento del

castellano), no fue solo el grito de combate de nuestros guerreros,

sino la divisa de nuestros sabios[34]. Cerramos las fronteras para

que no se infiltrase el espíritu de Europa, y Europa se vengó alzando

sobre los Pirineos una barrera moral mucho más alta: la muralla del

desprecio. Desde fines del siglo XVII, nuestros sabios, nuestros

filósofos, nuestros literatos, dejaron casi enteramente de ser leídos y

citados. Entre los científicos, solo se salvó del olvido Azara, el gran

naturalista que brilló en el siglo XVIII.

Como consecuencia de esta segregación intelectual, no prendió apenas en

España la semilla del Renacimiento, según nota oportunamente Federico

de Onís. Los inyectores de la savia nueva, tales como Lebrija, el

Brocense, Pedro Ciruelo y otros, fueron perseguidos. Y no digamos

nada de Servet y del Dr. F. Sánchez, el precursor del cartesianismo

y del agnosticismo moderno, porque ambos tuvieron que expatriarse

para escribir. El terror a lo nuevo, a lo extranjero, obsesionaba a

nuestros Claustros profesorales, más inquisidores que la Inquisición

misma, que recelaban no solo de las ciencias naturales, sino hasta de

las inofensivas filología, gramática e historia. Y semejante estado de

espíritu perduró muchos años, según revelan los escritos de Villarroel

y los más modernos de Feijóo, Campomanes y Jovellanos.

Hubo, ciertamente, algunas excepciones de dicha incomunicación. Durante

una parte del siglo XVI, con ocasión de nuestras guerras de Italia, las

auras del Renacimiento vivificaron un tanto el petrificado espíritu

español, despertándole parcialmente de sus éxtasis religiosos y de

sus ensueños imperialistas. Otra ventana hacia Europa abriose también

durante el siglo XVIII; por ella recibieron algunos intelectuales

bien dotados el influjo bienhechor de la crítica y de la renovación

científica que agitaban la Europa.

En corroboración de esta doctrina, nótese que casi todos nuestros

grandes escritores y sabios surgieron en esas épocas de relativo

intercambio cultural, y fueron, naturalmente, infatigables viajeros.

No pocos, desde el final de la Edad Media, perfeccionaron sus estudios

en el extranjero y regentaron cátedras en Roma, Bolonia, París,

Montpellier, Tolosa, etc. Recordemos a Arnaldo de Vilanova, Raimundo

Lulio, Servet, Luis Vives, Saavedra Fajardo, el padre Acosta, el

médico Hernández, Garcilaso, Quevedo, etc. El mismo Cervantes, no

obstante su original genialidad, debió mucho a la refinada cultura

de Italia. Pero, en general, salvando gloriosas excepciones, nuestro

orgullo aristocrático, secundado por la desdichada posición geográfica

de la Península (confín de Europa y camino solamente de África),

nos condujo a una reclusión mental deplorable. A semejanza de esos

animales habitadores de la Australia, que segregados en remotas edades

del Continente, adquirieron formas insólitas y estrafalarias, así el

entendimiento español, no vivificado por la conjugación intelectual ni

corregido por la crítica europea, apartose de las normas de la cultura

mundial y se expandió en la viciosa y casi exclusiva vegetación de

las sutilezas escolásticas, de los transportes de la mística y de los

juegos del conceptismo y culteranismo.

Y sin embargo, no faltó nunca algún español, flor de la raza, que

apuntara, aunque predicando en desierto, los inconvenientes del

aislamiento nacional. En su famoso libro de _Las Empresas_, Saavedra

Fajardo decía: «La renovación da perpetuidad a las cosas caducas por

naturaleza... Ninguna juventud sale acertada en la misma patria...

Los parientes y amigos la hacen licenciosa y atrevida. No así en las

tierras extrañas, donde la necesidad obliga a la consideración en

componer las acciones y en granjear voluntades. Fuera de la patria se

pierde aquella rudeza y encogimiento natural; aquella altivez necia e

inhumana que ordinariamente nace y dura en los que no han practicado

con diversas naciones... Los españoles, que con más comodidad pudieran

practicar el mundo, por lo que en todas partes se extiende su

monarquía, son los que más retirados están en sus patrias, si no es

cuando las armas les sacan de ellas.» (_Empresa_ LXVI)[35].

Que durante nuestra supremacía militar viajábamos poco, y no llevamos

a Flandes e Italia comerciantes, sabios y colonos que acompañaran a

nuestros soldados y crearan vínculos materiales y espirituales con la

metrópoli, persuádelo el hecho harto elocuente de que en la actualidad

no queda en dichos países el menor rastro de la raza, la lengua y las

costumbres españolas. Verdad es que en tales empresas se trataba casi

siempre de defender el patrimonio, bien o mal adquirido, de los reyes,

no los intereses positivos de nuestro pueblo, según hace notar muy

sagazmente Cristóbal de Reyna[36].

Hemos vivido, pues, durante siglos, recluidos en nuestra concha,

dando vueltas a la noria del aristotelismo y del escolasticismo, y

desinteresados y desdeñosos (con excepción de pocos paréntesis) del

poderoso movimiento crítico y revisionista que impulsó en Europa a

las ciencias y las artes. Fuera, empero, injusticia olvidar que

algunos de nuestros sabios y filósofos conocieron y profesaron las

novísimas verdades matemáticas, astronómicas, y físicas y biológicas,

conquistadas por Copérnico, Galileo, Torricelli, Newton, Descartes,

Vesalio, Harveo, Lavoisier; pero poquísimos de ellos tuvieron el

arranque necesario para trasladarse a los grandes centros culturales, y

adquirir el contagio tonificante de la genialidad creadora.

A causa de esta incompleta conjugación con Europa, nuestros maestros

profesaron una _ciencia muerta_, esencialmente formal, la ciencia de

los libros, donde todo parece definitivo (cuando nuestro saber hállase

en perpetuo _devenir_), e ignoraron la _ciencia viva_, dinámica,

en flujo y reflujo perennes, que solo se aprende conviviendo con

los grandes investigadores, respirando esa atmósfera tónica de sano

escepticismo, de sugestión directa, de imitación y de impulsión, sin

las cuales las mejores aptitudes se petrifican en la rutinaria labor

del repetidor o del comentarista.

EL REMEDIO DE NUESTRO ATRASO. MÉTODO HISTÓRICO DE ELEVACIÓN CIENTÍFICA

Y CULTURAL

La ciencia, como todas las actividades específicas del entendimiento,

es simple consecuencia de la imitación y del ejemplo. Trátase siempre

de un contagio, a veces a distancia, por la semilla latente en los

libros, mucho más a menudo de cerca, por gérmenes arribados por el

oído, escapados, como en surtidor luminoso, de las cabezas geniales.

Del mismo modo que el hijo aprende el oficio del padre, _mirando

y ensayándose_, así el sabio en perspectiva aprende a investigar

mirando al investigador y trabajando bajo su vigilancia. Como dice

acertadamente Castillejo, uno de los apóstoles más fervientes y

desinteresados de nuestro renacimiento intelectual, «los florecimientos

culturales son producto del contacto de civilizaciones diferentes.

Hay una especie de fecundación que, sin ahondar ahora más, puede bien

referirse al carácter de producto social que la cultura tiene, lo mismo

referida a las colectividades de individuos que a las de los pueblos».

Tan palmaria verdad es que la ciencia brota de la fecundación

intelectual inmediata, que no se citará un solo país en donde el ansia

de saber haya surgido con absoluta espontaneidad. Por rica y plástica

que parezca la mentalidad de un sabio, jamás será poderosa a crear _in

toto_ una disciplina científica. Su misión se reduce a desenvolver un

germen recibido, a consolidar y acrecentar el patrimonio heredado.

¿Habrá que recordar ejemplos históricos de tan trivial y vulgar

aserto? Nadie ignora que los filósofos y sabios de la Grecia fueron

infatigables viajeros. Cada una de aquellas inteligencias vírgenes y

ansiosas de sabiduría, solía dividir su vida en dos fases: durante la

primera asistía a los focos culturales de Egipto, Asiria, Persia, la

India y la Gran Grecia; durante la segunda, recogíase en sí misma,

sistematizaba lo aprendido y fundaba nueva escuela. El viejo Egipto

adoctrinó a Grecia, como, andando el tiempo, Grecia adoctrinó a

Italia y a las naciones mahometanas; y, en fin, estas y sobre todo la

cultísima Italia del Renacimiento (esa Italia, siempre pagana, a pesar

del cristianismo, y fervorosamente enamorada de la sabiduría antigua),

difundieron la ciencia clásica por el resto de Europa.

Y para recordar ejemplos más cercanos, hoy mismo, ¿no vemos al Japón,

pueblo de raza amarilla, pasar bruscamente desde las tinieblas de

la Edad Media a los esplendores de la cultura y de la civilización

occidentales? Obra estupenda, que parece milagro, y representa

simplemente un caso particular de sistemática pero intensiva y

extensiva inoculación de la ciencia europea. No fue, ciertamente,

según se complacen en afirmar algunos de nuestros políticos, la

revolución japonesa del 68 con sus reivindicaciones liberales y la

consiguiente emancipación económica del agricultor, la causa eficiente

de tan asombroso renacimiento. No; los artífices de la grandiosa

ascensión fueron, en primer término, el alto sentido político del

Emperador y sus ministros y, a guisa de instrumentos, esos miles de

jóvenes pacientes, silenciosos, concentrados, que, por mandato del

Gobierno, vinieron a Europa a escudriñar, llenos de fervor patriótico,

en laboratorios, seminarios, talleres, fábricas y arsenales, los

secretos de la sabiduría y de la fuerza occidentales.

Menos resonantes y notorios, pero igualmente significativos ejemplos,

nos ofrecen algunos pueblos de pura cepa europea, en donde por

diversos motivos decayeron las ciencias o no adelantaron con el brío

necesario. Recordemos a Italia, cuyas Universidades, un tanto enervadas

durante la primera mitad de la pasada centuria, supieron remozar la

caduca savia, importando profesores alemanes y, sobre todo, educando

sistemáticamente en el extranjero la flor de su juventud intelectual y

docente. Igual salvadora conducta han seguido los Estados Unidos (en

donde por diversas causas el espíritu científico aparecía ahogado por

el bajo mercantilismo), inundando de jóvenes doctores los laboratorios

y seminarios ingleses, franceses y alemanes.

Patentes están los frutos de esta inoculación reiterada y metódica del

germen del progreso científico. Italia ha decuplicado su rendimiento

intelectual; y en ciertas esferas del saber, figura ya a la cabeza

del movimiento cultural europeo. En cuanto a los Estados Unidos, el

espíritu de indagación hállase en rápido _crescendo_; la pléyade de

inventores ingeniosos, aunque empíricos, ha sido allí reforzada por

lucida cohorte de sabios creadores, cuyos descubrimientos promueven el

aprovechamiento, de cada vez mayor, de las riquezas del suelo y del

subsuelo, y han sido causa del asombroso florecimiento de las empresas

industriales. Poderosos Institutos, como el célebre de Rockefeller,

legado de millonarios patriotas, se han creado para cultivar la

ciencia pura. Por este mismo sendero marchan con éxito brillante, o

con esperanzas justificadas, Rumanía, Egipto, Chile, la República

Argentina, etcétera.

Y nótese que la elevación cultural de los citados pueblos ha surgido,

no por lenta evolución, conforme pide la teoría, sido súbita y

teatralmente; verdadera revolución desde arriba, para la cual la

_Gaceta_, tan desacreditada entre nosotros, obró cual talismán mirífico.

La panacea que en Italia, en los Estados Unidos, en el Japón[37],

en Hungría, en Rumanía, en la misma Rusia, es decir, en países de

razas y genio tan diversos, ha tenido éxitos resonantes, ¿fracasará

precisamente en España, crisol donde se fundieron casi todas las razas

europeas?

Desde ahora declaramos que el remedio que obró milagros en todos los

países, dará también resultados excelentes en España. Si hay fracaso,

nuestra será la culpa, por no haber sabido servirnos de la heroica

panacea. El fiasco, y tras él la decadencia definitiva y mortal,

vendrán solamente si la aplicamos sin fe ni perseverancia; si por

espíritu de tacañería la administramos a dosis homeopáticas, o de

manera intermitente; si no sabemos reclutar y preparar mentalmente

a nuestra juventud para recibir, allende el Pirineo, la suprema

iniciación; si, a la vez que establecemos íntima comunicación

espiritual con el extranjero, no acertamos a mantener en los iniciados

el fuego sagrado de la investigación, organizando, para retenerlos y

estimularlos, laboratorios y seminarios, talleres y demás centros de

laboreo intelectual y profesional; si, en fin, por respeto a rancios

prejuicios o a funestos formalismos, no procedemos a incorporar

rápidamente a la enseñanza el nuevo plantel docente, renovando y

fecundando con él la vieja Universidad, órgano principal, según dejamos

dicho, de civilización y de progreso.

Porque, lo hemos proclamado mil veces y lo repetiremos otras mil,

España no saldrá de su abatimiento mental mientras no reemplace las

_viejas cabezas de sus profesores_ (Universidades, Institutos, Escuelas

especiales), _orientadas hacia el pasado, por otras nuevas orientadas

al porvenir_. No reside, pues, el daño en los que aprenden, ni en el

Estado que, en la medida de lo posible, sufraga los gastos, sino en

los que enseñan. De unos salen los otros. Ideal del discípulo será

siempre parecerse a su maestro. ¿Cómo superarse si no halla cerca de sí

otro término más alto de comparación? Y pues es fuerza romper la cadena

de hierro de nuestro atraso, rómpase por el _anillo docente_, único

sobre el cual puede obrar directa y eficazmente el Estado. Europeizando

rápidamente al catedrático, europeizaremos al discípulo y a la nación

entera.

Como dice luminosamente Castillejo, «no queda otro recurso que formar

gente nueva y unirla a los elementos aprovechables de la antigua». Pero

esa gente nueva no lo será de veras, se parecerá irremediablemente a

nosotros, adolecerá de nuestras rutinas y defectos, como no respire por

mucho tiempo el ambiente de la Universidad extranjera.

Tal es el plan salvador. No ha habido que inventar la panacea. Es

remedio probado, norma seguida por cuantos pueblos tuvieron clara

conciencia de su postración y quisieron regenerarse de veras.

Descendamos ahora a formular algunas reglas tocantes a la manera de

aplicar la terapéutica.

[Ilustración]

[Ilustración]

Reglas y consejos sobre investigación científica (Los tónicos de la voluntad) · 第 18 / 29 题