Por curiosas, no obstante su paradojismo, vamos a mencionar brevemente
la _hipótesis térmica_ y la _hipótesis oligohídrica_.
a) _Hipótesis térmica._-- Según los adeptos de esta concepción, tenemos
la desgracia de morar en clima semiafricano. Durante el verano, un sol
calcinador suspende la vida vegetal y aplana nuestro espíritu; durante
la estación invernal un sol tibio, acariciador, nos infunde la alegría
de vivir. ¿Cómo permanecer en el laboratorio o en la biblioteca,
desoyendo el insinuante llamamiento de una naturaleza próvida y riente,
henchida de colores, frutos y perfumes y tempranamente desperezada del
letargo invernal?
Muy al contrario en los países del Norte. Allí el hombre vive rodeado
de ambiente duro e inclemente. Todo predispone a la concentración y
al recogimiento. El frío aproxima los espíritus y crea vida social
intensísima. Por recurso, las personas medianamente ociosas y cultas,
huyendo de la lluvia y de la nieve, reclúyense en el gabinete o en el
laboratorio, y se entregan, para no sucumbir al tedio, al rompecabezas
de la ciencia, a las charadas de la metafísica o a los ensueños de la
literatura.
El candoroso inventor de esta teoría olvidó explicarnos por qué las
antiguas civilizaciones surgieron en la India, Egipto, Caldea y Grecia,
países más calurosos que España, y cómo, mientras dichas civilizaciones
florecían, la lluvia y la nieve dejaron de surtir efectos filosóficos
y científicos en britanos, germanos, escitas y galos, sumergidos a
la sazón en las tinieblas de la barbarie; y, en fin, por qué razón,
a pesar de los ardores de Febo, la Edad Media tuvo en España, con
sus judíos, árabes y cristianos, período de espléndido florecimiento
intelectual y en el siglo XVI expansión política formidable. Ni es dado
olvidar que, según los escritores antiguos, la _Turdetania_, región la
más cálida de España, fue lo más civilizado de la Península Ibérica
antes de la conquista romana.
b) _Teoría oligohídrica._-- Enlazada con la anterior, de que es
obligado complemento, fue defendida por el insigne naturalista
Malladas, de quien tomamos no pocos datos. Costa, Picavea, Jiménez,
Valdivieso, Maeztu y otros muchos escritores han visto en ella la causa
principal de nuestro atraso.
Ya Columela notó que en España llueve poco con relación a los demás
países de Europa. Como es sabido, la fertilidad de un país, y, por
tanto, su población y riqueza, dependen de la abundancia y regularidad
de sus precipitaciones acuosas, singularmente durante la primavera y la
canícula. Inglaterra, Bélgica, Francia, Italia, Alemania, aprovechan
casi totalmente sus tierras para la agricultura o la ganadería, porque
en ellas caen anualmente, por término medio, de 600 a 1.400 milímetros
de agua pluvial. Por consecuencia de tan feliz régimen meteorológico,
la industria agrícola fue en tales países siempre floreciente: los
cereales, las hortalizas, las legumbres, la vid, el praderío y toda
suerte de árboles desarróllanse lozanamente; hasta las tierras y
montes abruptos aparecen cubiertos de un tapiz verde aun en agosto
y septiembre, criando espontáneamente pastos substanciosos. Son los
_países de yerba_, envidiosamente contemplados por nuestros enjutos
habitantes de la meseta central. El riego, necesario entre nosotros, es
en los citados pueblos casi desconocido: el sol y la lluvia garantizan
la regularidad y abundancia de las cosechas.
Tan envidiables ventajas naturales explican bien la densidad de
población del centro y Norte de Europa, la economía y consiguiente
acumulación de la riqueza, el poderío militar y político, y, en fin, el
desarrollo de las ciencias y de las artes útiles. Porque el progreso
científico, como la industria, son función combinada del bienestar
social y de cierta densidad de población. La ciencia cultívase por
lo común en países cuyos habitantes no descienden de 60 o 70 por
kilómetro cuadrado. En España no pasan de 37 en la misma superficie.
La aproximación espacial crea el acercamiento espiritual. Por donde
la estrecha convivencia, junto con la abundancia de mantenimientos,
producen el ocio ilustrado, la curiosidad científica y la inquietud
espiritual. Cualquiera aptitud útil o simplemente agradable halla, en
tan favorable ambiente, estímulo y aplauso.
Bien diferentemente pasan las cosas en nuestro desgraciado país.
Abierta la Península a los asoladores vientos africanos, con latitud
geográfica que la condena a calor tórrido y evaporación excesiva,
necesitaría un coeficiente pluvial superior al de Francia, cuando en
realidad es muy inferior. Estímasele, por término medio, en 300 o 350
milímetros[29]. Exceptúase el litoral cantábrico; es decir, Galicia,
Asturias, Santander, las Provincias Vascas, una parte de Navarra y
de Cataluña, regiones en que el régimen meteorológico es francamente
europeo. Provincias hay, como Almería, Murcia, Alicante, Valencia, tan
desoladamente secas, que en ciertos años no llueve ni aun en invierno
(el _contrapolo_ de la lluvia); sin la irrigación artificial de la
tierra serían verdaderos desiertos. En la meseta central, comprensiva
de la mayor parte de España, cabe afirmar que no existen sino dos
estaciones: la de la sequía, que dura desde junio a octubre, y la de
las lluvias, que va de octubre a mayo.
Merced a la exigüidad y desigual reparto del agua, la mayor parte
del territorio nacional hállase sin roturar y las mejores tierras
labrantías rinden cosechas mediocres y aleatorias. Nada mejor revela la
pobreza de la meseta central (salvo la tierra de Campos, la región de
Burgos y Vitoria y algunas otras zonas) que este dato desconsolador:
mientras el trigo rinde en Bélgica, Inglaterra y Francia, casi
constantemente, de 17 a 25 hectolitros por hectárea, en España no da,
por término medio, sino de cinco a seis, y eso los años prósperos,
bastante raros, por desgracia. Indicio y manifestación de esta perpetua
lucha entre el cerebro y el estómago es nuestra literatura picaresca,
según ha hecho notar elocuentemente don Rafael Salillas.
Ahora bien: la pobreza engendra la ignorancia. La cultura aun elemental
implica cierto desahogo económico. ¿Cómo podrá asistir el niño a la
escuela, si en la mayoría de nuestras aldeas constituyen los hijos
para el miserable labrador factor de producción indispensable? Por lo
que hace a la ciencia, representa lujo que solo pueden costearse las
naciones ricas.
La _teoría oligohídrica_ es cierta, por desgracia, y ella explica
cumplidamente la escasez de población y la pobreza casi general del
agricultor de nuestra Península. Por donde resulta natural que sus
partidarios proclamen, cual supremo remedio, la _política hidráulica_.
Pero dicha hipótesis deja en la sombra la verdadera cuestión, que,
según dejamos apuntado, es esta: ¿por qué naciones más pobres y menos
pobladas absolutamente que España, son más cultas y producen más
ciencia que nosotros? Además, si todo consiste en el buen régimen
pluvial y en la riqueza y densidad de población, no se comprende
cómo las provincias del litoral cantábrico, en donde llueve 1.500
y más milímetros y cuentan 100 habitantes, sobre poco más o menos,
por kilómetro cuadrado, no han aventajado en producción científica
y en invenciones industriales (no aludimos a la riqueza minera e
industrial, pura lotería aprovechada por extranjeros las más veces)
al resto de la Península. Tampoco queda suficientemente esclarecido
cómo Irlanda, pobladísima, y el Sur de China, región cuya densidad de
población es sorprendente (500 habitantes por kilómetro cuadrado),
han colaborado menos en las empresas de la civilización moderna
que las relativamente pobres y escasamente habitadas (absoluta y
relativamente), Suecia y Noruega, y la colosal Rusia con sus 19
habitantes por kilómetro cuadrado. No debe, pues, consistir todo en la
abundancia de mantenimientos y número relativo de habitantes, aunque no
sea lícito negar importante influjo a estos factores en el adelanto de
las ciencias y en la prosperidad de las naciones.