CAPÍTULO X

Deberes del Estado en relación con la producción científica.

Nuestro atraso científico y sus causas pretendidas. Explicaciones

físicas, históricas y morales de la infecundidad científica española.

Los remedios.

La prosperidad duradera de las naciones es obra de la ciencia

y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los

intereses materiales. De esta indiscutible verdad síguese la

obligación inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura,

desarrollando una _política científica_, encaminada a generalizar la

instrucción y a beneficiar en provecho común todos los talentos útiles

y fecundos brotados en el seno de la raza.

La política científica implica el empleo simultáneo de estos cuatro

modos de acción:

1.º Elevar el nivel intelectual de la masa para formar ambiente moral

susceptible de comprender, estimular y galardonar al sabio.

2.º Proporcionar a las clases sociales más humildes ocasión de recibir

en Liceos, Institutos o Centros de enseñanza popular, instrucción

científica general suficiente a fin de que el joven reconozca su

vocación y sean aprovechadas, en bien de la nación, todas las elevadas

aptitudes intelectuales.

3.º Transformar la Universidad, hasta hoy casi exclusivamente

consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza profesional, en

un Centro de impulsión intelectual, al modo de Alemania, donde la

Universidad representa el órgano principal de la producción filosófica,

científica e industrial[27].

4.º En fin, formar y cultivar, mediante el pensionado en el extranjero

o por otros métodos de selección y contagio cultural, un plantel de

profesores eméritos, capacitados para descubrir nuevas verdades y para

transmitir a la juventud el gusto y la pasión por la investigación

original.

Carecemos de espacio para estudiar minuciosamente todos estos aspectos

de la política cultural. Consideramos, por otra parte, innecesario

entrar en pormenores, ya que son temas repetidamente tratados y

discutidos desde hace muchos años por la prensa política y las obras

pedagógicas. Sobre ellos hay, por fortuna, un conjunto de soluciones

que, con ligeras variantes, han sido generalmente aceptadas. Por ahora,

concretarémonos a exponer algunas consideraciones tocantes al último

punto, esto es, a los métodos más apropiados y rápidos para refinar en

lo posible el personal docente actual y formar el futuro profesorado

universitario, instrumento esencial, aunque no exclusivo, de nuestro

resurgimiento intelectual.

Mas para justificar lo que sigue y fundamentar sólidamente nuestras

conclusiones, importa resolver una cuestión previa sobre la cual, desde

hace cincuenta años, y sobre todo a partir del desastre colonial, se

han ejercitado con varia fortuna casi todos nuestros grandes escritores.

_Resurgir_, _renacer_, _regenerarse_, son procesos dinámicos que

implican estado anterior de agotamiento, decadencia o regresión.

Importa, pues, desde luego dilucidar este importante punto: ¿Es

exacto que, en orden a la filosofía y a la ciencia, hemos decaído

verdaderamente? Como productores de civilización en su más amplio

sentido, ¿es lícito afirmar que hemos degenerado con relación a

nuestros antepasados de los siglos XVI y XVII?

_España es un país intelectualmente atrasado, no decadente._ Estudiando

imparcialmente la historia de la producción científica y filosófica

española durante la Edad Media, durante el siglo XVI (considerado

con alguna exageración, a nuestro juicio, como la cima de nuestra

intelectualidad) y, en fin, durante las últimas centurias; comparando,

con absoluta sinceridad, intensiva y extensivamente, la ciencia

española forjada en cada uno de esos períodos (descontando las alzas

y bajas causadas por fortuitos accidentes, quiero decir, el avance

cultural producido por el descubrimiento de América, que abrió de

repente a nuestros sabios espléndido campo de investigación, y la

postración mental provocada por las guerras desastrosas y errores

políticos de la época de Felipe IV); si cotejamos, en fin, en cada

una de las citadas épocas, las conquistas intelectuales positivas

hechas por españoles con las debidas a sabios extranjeros, nos veremos

obligados a reconocer que ni la raza ni la ciencia española han

decaído ni se han estacionado por completo. Sobre poco más o menos, su

rendimiento científico se mantuvo siempre al mismo nivel.

La imparcialidad obliga, empero, a confesar que, apreciado globalmente

_dicho rendimiento, ha sido pobre y discontinuo, mostrando, con

relación al resto de Europa, un atraso y, sobre todo, una mezquindad

teórica deplorable_[28]. Dominó en nuestros cosmógrafos, físicos,

metalurgistas, matemáticos y médicos la tendencia hacia lo útil

inmediato, al practicismo estrecho. Se ignoró que solo las ideas

son realmente fecundas. Y buscando recetas y fórmulas de acción,

atrofiáronse las alas del espíritu, incapacitándonos para las grandes

invenciones. Además, en cada período nuestros hombres de ciencia fueron

escasos, y los genios, como las cumbres más elevadas, surgen solamente

en las cordilleras. Para producir un Galileo o un Newton es preciso una

legión de investigadores estimables.

A semejanza de Rusia o del Japón, hasta hace poco tiempo, o de los

germanos y francos antes del Renacimiento, España ha permanecido en

estado semibárbaro, atenida a la religión y a la política y casi del

todo ajena a la preocupación de ensanchar los horizontes del espíritu.

Pero la semibarbarie no es la decadencia, como el estado embrionario no

es la decrepitud. Fuera indisculpable ligereza desesperar de una raza

casi virgen, riquísima en subtipos y variedades (gran ventaja en sentir

de los antropólogos), creadora en todo tiempo de individualidades

geniales y vigorosas, detenida en casi todas sus capas sociales en

la fase infantil, y, por tanto, muy lejos todavía de la plenitud de

su expansión espiritual. ¿Habrá que recordar a los pesimistas que

la mayoría de los españoles son analfabetos? ¿Declararemos ciego

al privado de luz? Probemos antes si es capaz de ver y de pensar,

proporcionándole la antorcha de la cultura.

Mientras nuestra raza ha dormido secularmente el sueño de la ignorancia

y cultivado la religión y el arte (preferentes y casi únicas

actividades de los pueblos primitivos), las naciones del centro y Norte

de Europa se nos han adelantado prodigiosamente. No vamos hacia atrás,

sino muy detrás. Úrgenos, pues, alcanzarlas corriendo vertiginosamente

para colaborar en la medida de nuestra escasa población y del exiguo

sobrante de nuestras energías morales y económicas, en la obra de la

conquista de la naturaleza.

En suma, España _no es un pueblo degenerado, sino ineducado_. Una

minoría gloriosa de intelectuales existió siempre, y aunque con escasez

y esporádicamente, la ciencia fue en todo tiempo cultivada. Nuestros

males no son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios. El

problema agitado por algunos de si la raza ibera es capaz de elevarse

a las esferas de la invención filosófica y científica, es cuestión

tan ociosa como molesta. Solo fuera lícito el desaliento cuando,

desaparecido el analfabetismo, generalizada la instrucción y el

bienestar, como en Inglaterra o Alemania, y ensayadas las fuerzas de

nuestros mejores talentos en los tajos fecundos de la investigación,

fracasáramos repetidamente. Pero esta prueba no se ha hecho y merece la

pena de ensayarse.

Despréndese de todo lo apuntado que el problema del atraso español debe

plantearse exclusivamente en estos términos:

¿Por qué, encerrando España una población igual a la suma de los

habitantes de Suiza, Suecia y Holanda, han surgido en ella menos

verdades filosóficas, morales, y sobre todo científicas, que en

cualquiera de estas naciones?

Hemos anticipado ya nuestra opinión sobre el problema. Sin embargo, en

prueba de imparcialidad, vamos a consignar aquí el sentir de algunos de

nuestros estadistas y escritores más insignes. A nadie se oculta que

señalar las causas de nuestra insuficiencia vale tanto como mostrar sus

remedios.

Casi todas las siguientes teorías enfocan especialmente nuestra

postración política y social. Pero todas ellas pueden extenderse

al terreno de la actividad científica, ya que el poderío militar y

político y la prosperidad intelectual e industrial suelen ser cosas

solidarias, como ramas brotadas del mismo tronco cultural.

Reglas y consejos sobre investigación científica (Los tónicos de la voluntad) · 第 16 / 29 题