Deberes del Estado en relación con la producción científica.
Nuestro atraso científico y sus causas pretendidas. Explicaciones
físicas, históricas y morales de la infecundidad científica española.
Los remedios.
La prosperidad duradera de las naciones es obra de la ciencia
y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los
intereses materiales. De esta indiscutible verdad síguese la
obligación inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura,
desarrollando una _política científica_, encaminada a generalizar la
instrucción y a beneficiar en provecho común todos los talentos útiles
y fecundos brotados en el seno de la raza.
La política científica implica el empleo simultáneo de estos cuatro
modos de acción:
1.º Elevar el nivel intelectual de la masa para formar ambiente moral
susceptible de comprender, estimular y galardonar al sabio.
2.º Proporcionar a las clases sociales más humildes ocasión de recibir
en Liceos, Institutos o Centros de enseñanza popular, instrucción
científica general suficiente a fin de que el joven reconozca su
vocación y sean aprovechadas, en bien de la nación, todas las elevadas
aptitudes intelectuales.
3.º Transformar la Universidad, hasta hoy casi exclusivamente
consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza profesional, en
un Centro de impulsión intelectual, al modo de Alemania, donde la
Universidad representa el órgano principal de la producción filosófica,
científica e industrial[27].
4.º En fin, formar y cultivar, mediante el pensionado en el extranjero
o por otros métodos de selección y contagio cultural, un plantel de
profesores eméritos, capacitados para descubrir nuevas verdades y para
transmitir a la juventud el gusto y la pasión por la investigación
original.
Carecemos de espacio para estudiar minuciosamente todos estos aspectos
de la política cultural. Consideramos, por otra parte, innecesario
entrar en pormenores, ya que son temas repetidamente tratados y
discutidos desde hace muchos años por la prensa política y las obras
pedagógicas. Sobre ellos hay, por fortuna, un conjunto de soluciones
que, con ligeras variantes, han sido generalmente aceptadas. Por ahora,
concretarémonos a exponer algunas consideraciones tocantes al último
punto, esto es, a los métodos más apropiados y rápidos para refinar en
lo posible el personal docente actual y formar el futuro profesorado
universitario, instrumento esencial, aunque no exclusivo, de nuestro
resurgimiento intelectual.
Mas para justificar lo que sigue y fundamentar sólidamente nuestras
conclusiones, importa resolver una cuestión previa sobre la cual, desde
hace cincuenta años, y sobre todo a partir del desastre colonial, se
han ejercitado con varia fortuna casi todos nuestros grandes escritores.
_Resurgir_, _renacer_, _regenerarse_, son procesos dinámicos que
implican estado anterior de agotamiento, decadencia o regresión.
Importa, pues, desde luego dilucidar este importante punto: ¿Es
exacto que, en orden a la filosofía y a la ciencia, hemos decaído
verdaderamente? Como productores de civilización en su más amplio
sentido, ¿es lícito afirmar que hemos degenerado con relación a
nuestros antepasados de los siglos XVI y XVII?
_España es un país intelectualmente atrasado, no decadente._ Estudiando
imparcialmente la historia de la producción científica y filosófica
española durante la Edad Media, durante el siglo XVI (considerado
con alguna exageración, a nuestro juicio, como la cima de nuestra
intelectualidad) y, en fin, durante las últimas centurias; comparando,
con absoluta sinceridad, intensiva y extensivamente, la ciencia
española forjada en cada uno de esos períodos (descontando las alzas
y bajas causadas por fortuitos accidentes, quiero decir, el avance
cultural producido por el descubrimiento de América, que abrió de
repente a nuestros sabios espléndido campo de investigación, y la
postración mental provocada por las guerras desastrosas y errores
políticos de la época de Felipe IV); si cotejamos, en fin, en cada
una de las citadas épocas, las conquistas intelectuales positivas
hechas por españoles con las debidas a sabios extranjeros, nos veremos
obligados a reconocer que ni la raza ni la ciencia española han
decaído ni se han estacionado por completo. Sobre poco más o menos, su
rendimiento científico se mantuvo siempre al mismo nivel.
La imparcialidad obliga, empero, a confesar que, apreciado globalmente
_dicho rendimiento, ha sido pobre y discontinuo, mostrando, con
relación al resto de Europa, un atraso y, sobre todo, una mezquindad
teórica deplorable_[28]. Dominó en nuestros cosmógrafos, físicos,
metalurgistas, matemáticos y médicos la tendencia hacia lo útil
inmediato, al practicismo estrecho. Se ignoró que solo las ideas
son realmente fecundas. Y buscando recetas y fórmulas de acción,
atrofiáronse las alas del espíritu, incapacitándonos para las grandes
invenciones. Además, en cada período nuestros hombres de ciencia fueron
escasos, y los genios, como las cumbres más elevadas, surgen solamente
en las cordilleras. Para producir un Galileo o un Newton es preciso una
legión de investigadores estimables.
A semejanza de Rusia o del Japón, hasta hace poco tiempo, o de los
germanos y francos antes del Renacimiento, España ha permanecido en
estado semibárbaro, atenida a la religión y a la política y casi del
todo ajena a la preocupación de ensanchar los horizontes del espíritu.
Pero la semibarbarie no es la decadencia, como el estado embrionario no
es la decrepitud. Fuera indisculpable ligereza desesperar de una raza
casi virgen, riquísima en subtipos y variedades (gran ventaja en sentir
de los antropólogos), creadora en todo tiempo de individualidades
geniales y vigorosas, detenida en casi todas sus capas sociales en
la fase infantil, y, por tanto, muy lejos todavía de la plenitud de
su expansión espiritual. ¿Habrá que recordar a los pesimistas que
la mayoría de los españoles son analfabetos? ¿Declararemos ciego
al privado de luz? Probemos antes si es capaz de ver y de pensar,
proporcionándole la antorcha de la cultura.
Mientras nuestra raza ha dormido secularmente el sueño de la ignorancia
y cultivado la religión y el arte (preferentes y casi únicas
actividades de los pueblos primitivos), las naciones del centro y Norte
de Europa se nos han adelantado prodigiosamente. No vamos hacia atrás,
sino muy detrás. Úrgenos, pues, alcanzarlas corriendo vertiginosamente
para colaborar en la medida de nuestra escasa población y del exiguo
sobrante de nuestras energías morales y económicas, en la obra de la
conquista de la naturaleza.
En suma, España _no es un pueblo degenerado, sino ineducado_. Una
minoría gloriosa de intelectuales existió siempre, y aunque con escasez
y esporádicamente, la ciencia fue en todo tiempo cultivada. Nuestros
males no son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios. El
problema agitado por algunos de si la raza ibera es capaz de elevarse
a las esferas de la invención filosófica y científica, es cuestión
tan ociosa como molesta. Solo fuera lícito el desaliento cuando,
desaparecido el analfabetismo, generalizada la instrucción y el
bienestar, como en Inglaterra o Alemania, y ensayadas las fuerzas de
nuestros mejores talentos en los tajos fecundos de la investigación,
fracasáramos repetidamente. Pero esta prueba no se ha hecho y merece la
pena de ensayarse.
Despréndese de todo lo apuntado que el problema del atraso español debe
plantearse exclusivamente en estos términos:
¿Por qué, encerrando España una población igual a la suma de los
habitantes de Suiza, Suecia y Holanda, han surgido en ella menos
verdades filosóficas, morales, y sobre todo científicas, que en
cualquiera de estas naciones?
Hemos anticipado ya nuestra opinión sobre el problema. Sin embargo, en
prueba de imparcialidad, vamos a consignar aquí el sentir de algunos de
nuestros estadistas y escritores más insignes. A nadie se oculta que
señalar las causas de nuestra insuficiencia vale tanto como mostrar sus
remedios.
Casi todas las siguientes teorías enfocan especialmente nuestra
postración política y social. Pero todas ellas pueden extenderse
al terreno de la actividad científica, ya que el poderío militar y
político y la prosperidad intelectual e industrial suelen ser cosas
solidarias, como ramas brotadas del mismo tronco cultural.