Condiciones sociales favorables a la obra científica.
La producción del hombre de ciencia, como toda actividad del espíritu,
hállase rigurosamente condicionada por el medio físico y moral. Con
razón se ha dicho que el sabio es planta delicada, susceptible de
prosperar solamente en un terreno especial formado por el aluvión de
secular cultura y labrado por la solicitud y estimación sociales.
En ambiente favorable, hasta el apocado siente crecer sus fuerzas;
un medio hostil o indiferente abate el ánimo mejor templado. ¿Cómo
proseguir cuando a nadie interesa nuestra obra? Solo un carácter
férreo y heroico sería capaz de sobreponerse a un medio adverso, y
esperar, resignado y obscuro, la aprobación de la posteridad. Pero la
sociedad no debe contar con los héroes, por si no tienen a comodidad
de aparecer. Atengámonos, sobre todo, a los caracteres medios y a
los talentos regulares, como vengan asistidos de noble patriotismo
y de hidalga ambición. A la formación y cultivo de estos patriotas
del Laboratorio deben contribuir Gobiernos e Instituciones docentes,
creándoles un ambiente social propicio y librándoles, en lo posible, de
las preocupaciones de la vida material.
Sin duda que, durante algún tiempo todavía, y en virtud de causas
cuyo examen dejamos para otro lugar, la investigación científica en
España será obra de abnegación y de sacrificio. Con todo eso, fuerza
es declarar que se han exagerado mucho las resistencias morales y
materiales opuestas al trabajo científico. Nuestros Jeremías de la
Universidad deploran, a veces con razón, la falta de medios; pero más a
menudo se quejan un poco teatralmente, adoptando posturas retóricas, de
abandono y hasta de persecución.
Tengamos la sinceridad de confesarlo: en la mayoría de los casos,
frases desalentadoras como las siguientes: «Carezco de laboratorio;
ejerzo una profesión incompatible con el vagar indispensable a la labor
científica; las obligaciones de la familia me roban el tiempo y dinero
exigidos por el trabajo de investigación», etc., etc., representan
alegatos del _dolce far niente_ o disculpas de un patriotismo desmayado.
Fácil será reducir a su cabal valor tales lamentaciones e insistir de
pasada en esta verdad capital: para _la obra científica los medios son
casi nada y el hombre lo es casi todo_.
_Deficiencia de medios materiales._-- He aquí la cómoda excusa que
muchos profesores y no pocos doctores ajenos a la enseñanza, aunque
aptos para la investigación, ponen por delante en cuanto se les
interroga por sus trabajos. Si el quejumbroso es _filósofo_, _jurista_,
_filólogo_, etc., alegará la falta de lectores y, sobre todo, la
ausencia de biblioteca de Revistas especiales; si _bacteriólogo_,
_histólogo_ o _naturalista_, echará de menos un buen microscopio,
reactivos, local adecuado, etc.; si _físico_, _químico_ e _ingeniero_,
repetirá la misma cantinela, deplorando la mezquindad del instrumental
y la indotación del laboratorio; si astrónomo, se tenderá en el surco
hasta que el Gobierno le proporcione magníficos telescopios, etc.
Todos, en fin, coincidirán en que nuestros políticos, procedentes en su
inmensa mayoría del gremio de juristas y literatos, desdeña la ciencia
experimental y la enseñanza objetiva. E incurriendo en un tópico
vulgar, no vacilarán en suponerlos principales responsables de nuestro
atraso[18].
Pueril fuera desconocer que hemos padecido, a menudo, ministros del
viejo tipo retórico, sin orientación europea, y funestos, por tanto,
al resurgimiento intelectual de nuestro país. Mas tales políticos,
orientados hacia el pasado, devotos de la tradición y recelosos de la
moderna cultura, han desaparecido casi por completo.
Nuestros estadistas de hoy adolecen, sin duda, de algunos defectos (uno
de ellos es ignorar o no sentir con suficiente energía que la grandeza
y poderío de las naciones es obra de la ciencia, y que la justicia,
el orden y las buenas leyes constituyen factores de prosperidad
positivos, pero secundarios); pero en todo caso no incurrirán en el
error antipatriótico de negar protección y subsidios a las eminencias
de la cátedra y a las capacidades científicas indiscutibles. En su
ingenuo optimismo han hecho más, y es doloroso consignarlo: han
creado espléndidos laboratorios a beneficio de varones cuya aptitud
y patriotismo parecen harto dudosos. Y si para los hábiles de la
intriga y del favor se crean sinecuras y se acumulan espléndidos medios
materiales, ¿cómo les serán estos negados a maestros esclarecidos,
ilustrados por notorios descubrimientos o por trabajos científicos de
positiva valía?
Tiene el político sus debilidades, pero tiene también sus noblezas. Y
por encima de todo cultiva la habilidad y la travesura. Precisamente,
esos mismos ministros, cuya voluntad flaquea ante los requerimientos de
la amistad o de la clientela política, suelen ser los más solícitos en
galardonar al mérito positivo.
Claro es que las susodichas facilidades de trabajo se dispensan de
preferencia a profesores aventajados y de indiscutible autoridad. Con
mayores obstáculos tropezarán los aficionados ansiosos de renombre.
Harán mal, empero, en desanimarse. Para seguir adelante y fomentar
la noble vocación, tendrán que escoger entre el sacrificio o la
subordinación, es decir, entre el laboratorio propio y el laboratorio
oficial.
En ausencia total de recursos materiales, todo principiante deberá
recurrir al laboratorio oficial. Y conseguirá, si se lo propone,
figurar entre los íntimos del maestro. Como su fuerza de trabajo y
preparación científica sean suficientes, ¿qué profesor le negará una
mesa de labor y paternales consejos?
Y, sin embargo, nosotros veríamos con más gusto al principiante (a
poco que se lo consintieran sus recursos pecuniarios) iniciar su
aprendizaje en laboratorio propio, organizado y sostenido con sus
modestas economías. Sin duda que el Establecimiento oficial nos ofrece,
con el maestro, guía valioso y, en muchos casos, irreemplazable. Pero
la labor en común adolece de muchos inconvenientes. La brevedad de las
horas de trabajo, la conversación y bullicio continuos, el ir y venir
de alumnos y ayudantes, la lucha por la posesión de los instrumentos
analíticos, y otras molestias anejas a los laboratorios universitarios,
además de implicar pérdida de tiempo, producen una despolarización de
la atención, nada favorable a la pesquisa científica.
En condiciones tales, y más si el guía deja algo que desear, vale más
trabajar a solas. Sean nuestros maestros los libros: mentores sabios,
serenos, sin eclipses ni mal humor. Con ellos daremos cima al empeño
soberano, que consiste, antes de descubrir, en descubrirnos; antes de
modelar la naturaleza, en modelarnos. Forjarnos un cerebro fuerte, un
cerebro original, exclusivamente nuestro: he ahí la labor preliminar,
absolutamente inexcusable. Y luego, llegada la madurez técnica, ¡qué
holguras y facilidades para la indagación personal! Ibsen pone en boca
de un personaje este consejo dirigido a un amigo: «Sé tú mismo.» Nada
mejor para lograrlo que laborar a solas.
¡Oh soledad confortadora, cuán propicia eres a la originalidad del
pensamiento! ¡Cuán dulces y fecundas las invernales veladas pasadas
en el _hogar-laboratorio_, durante las cuales los Centros docentes
rechazan a sus devotos! Ellas nos libran de fatales improvisaciones,
doman nuestra impaciencia y refinan la capacidad de observación. ¡Con
qué cariño cuidamos de los instrumentos propios, cada uno de los cuales
representa una vanidad negada o un vicio insatisfecho! ¡En nuestro
amor hacia ellos, apreciamos sus excelencias, notamos sus defectos,
esquivamos sus lazos, penetramos, en fin, en su alma amiga, que
responde siempre, sumisa y simpáticamente, a los requerimientos de la
nuestra!
Pero un laboratorio de investigación --reparará el lector-- debe ser
cosa dispendiosa. Error lamentable. Procurarse las herramientas
necesarias, cuesta muy poco. Misérrimos habrán de ser los profesores,
naturalistas, médicos, farmacéuticos, etc., para quienes sea empresa
inaccesible costear y sostener un Centro privado de estudios
experimentales.
Permítasenos la inmodestia de citarnos a este propósito. Con las
exiguas economías del haber de un catedrático de provincias, y sin más
ingresos extraordinarios que algunas lecciones particulares, hubimos
nosotros de crear y mantener, durante quince años, un laboratorio
micrográfico y suficiente biblioteca de Revistas. Nuestro primer
microscopio --un Verick estimable-- fue adquirido a plazos. Y el caso
no es excepcional. Lo corriente es inaugurar la propia obra con penuria
de medios, pero con medios propios, que precisamente por serlo resultan
singularmente educadores y fecundos. Notorio es que la mayoría de los
descubrimientos fisiológicos, histológicos y bacteriológicos, etc.,
fueron obra de jóvenes entusiastas, sin nombre y sin fortuna, que
trabajaron en buhardillas o graneros. El laboratorio oficial, cómodo y
suntuoso, llegó más adelante, como galardón del éxito científico.
A docenas podrían citarse ejemplos clásicos de modestos comienzos.
Faraday, aprendiz de encuadernador, llevado de su entusiasmo
científico, asentó de mozo o de mecánico en el laboratorio de Davy,
alejado del cual, y sin haber seguido carrera alguna, montó un Centro
de investigaciones, del que brotaron admirables conquistas, renovadoras
de la ciencia de la electricidad. El gran Berzelius inició sus
descubrimientos químicos en el obrador de su botica. Buena parte de los
astrónomos de genio exploraron el cielo desde la azotea de sus casas,
armados de medianos anteojos. Sirva de ejemplo Goldschmidt, quien desde
las ventanas de su habitación, y ayudado de modestísimo refractor (105
mil.), descubrió, a fuerza de paciencia, muchos pequeños planetas.
En suma: más que escasez de medios, hay miseria de voluntad. El
entusiasmo y la perseverancia hacen milagros. Lo excepcional es que,
en lujosos y bien provistos laboratorios sostenidos por el Estado, un
novel investigador logre estrenarse con memorable hazaña científica.
Desde el punto de vista del éxito, lo costoso, lo que pide tiempo, brío
y paciencia, no son los instrumentos, sino, según dejamos apuntado,
desarrollar y madurar una aptitud. A lo más, la mezquindad económica
nos condenará a limitar nuestras iniciativas, a achicar el marco de la
indagación. Pero, ¿no es esto una ventaja?
Desde este aspecto, cabe distinguir dos ciencias: una dispendiosa,
aristocrática, cuyo culto exige templos suntuosos y ricas ofrendas;
y otra barata, casera, democrática, accesible a los más humildes
peculios. Y esta Minerva de los humildes muéstrase singularmente
propicia: en su bondad acoge mejor las flores de la meditación intensa
que aparatosas y regias hecatombes. Hay, además, un noble orgullo
en triunfar con pobres medios: el orgullo de la elegancia y de la
sobriedad. Por otra parte, nada realza mejor la enérgica personalidad
del investigador, distinguiéndole de la caterva de trabajadores
automáticos, que aquellos descubrimientos donde la voluntad y la lógica
dominan el mecanismo, y para los cuales el cerebro es casi todo y los
medios materiales casi nada.
Con el propósito de ser útil a nuestros lectores y desterrar
preocupaciones económicas, vamos a descender un momento al terreno de
las cifras, puntualizando algún presupuesto de laboratorios baratos.
El aficionado a la _botánica_, _anatomía comparada_, _histología_,
_embriología_, etc, necesita, por junto, como instrumental: un
_microscopio Zeiss_, mediano modelo, con _concentrador luminoso Abbe_;
un _objetivo de inmersión homogénea_, dos a seco y una pareja de
_oculares_ (400 a 500 pesetas); pequeño _microtomo_ de Reichert o de
Schanze (150); y _algunos reactivos y materias colorantes_ (de 30 a 50
pesetas). En suma, un presupuesto total de 1.000 a 1.200 pesetas[19].
El _bacteriólogo_ y _anatomopatólogo_ han menester material algo más
variado y dispendioso, aunque todavía abordable para el médico o
naturalista noveles: _Microscopio_ igual al anterior, dos _estufas_,
una de temperatura constante y otra de esterilización, _tubos de
ensayo_, _matraces_, _jaulas_ para animales, etc. Total: de 1.800 a
2.000 pesetas.
El _fisiólogo_ podrá inaugurar sus estudios con una _caja de
vivisecciones_, _aparato de contención_, de animales, _cilindro
registrador_ de Marey, _carrete de inducción_, _pilas eléctricas_, etc.
Todo ello costará alrededor de 1.000 pesetas.
Con menos instrumental todavía satisfarán sus gustos el _zoólogo_, el
_geólogo_, y, sobre todo, el aficionado a la _psicología comparada y
experimental_ Nada más económico ni más cautivador para un espíritu
medianamente filosófico que el estudio de los instintos; del modo
de reacción de los animales en presencia de los excitantes; de las
leyes del hábito y de la memoria; del efecto perturbador causado por
la alteración del medio físico (variación, herencia, mutación _per
saltum_, etc.); la materia, en fin, de las observaciones y experimentos
clásicos de los Fabre, Réaumur, Huber, Lubbock, Forel, Perrier, Bohm,
etcétera.
Ciertamente, mayores sacrificios impone el cultivo de la _física_ y de
la _química_. Requiérese a menudo el laboratorio oficial, bien provisto
de costosos aparatos de medida o de análisis y de potentes generadores
de energía motriz. Y, sin embargo, si nuestro físico en cierne sabe
encerrarse en los límites de un tema especial, perteneciente a los
grandes capítulos de la electricidad, luz, radioactividad, magnetismo,
etc., podrá con ayuda de pocos instrumentos, trabajar también
eficazmente a domicilio e ilustrarse con indagaciones estimables.
La norma de confinarse en uno o en corto número de temas, posee valor
absoluto. Quien ambicione explorar el dominio total de una ciencia (si
ello fuera posible hoy) necesitaría, además de amplio local, disponer
de un arsenal de instrumentos variadísimos, y, por consiguiente,
enormemente dispendiosos. He aquí un inconveniente más de la manía
enciclopédica, contra la cual hemos protestado en capítulos anteriores.
_Compatibilidad entre el ejercicio profesional y la labor
investigadora._-- Poco hay que esforzarse en demostrar que, lejos de
excluirse, ambas tareas se completan e iluminan mutuamente. Para el
amante de la observación la práctica profesional constituye el mejor
aliado del laboratorio. Aquella proporciona la materia inquisitiva, a
cambio de la cual este presta al ejercicio profesional normas teóricas
y soluciones prácticas.
Supongamos que el hombre de carrera sea médico con regular clientela.
Sin vacilar declaramos que no ejercerá a conciencia su misión sin el
concurso del laboratorio privado u oficial, donde personalmente se
ocupe en dilucidar, con el microscopio y la técnica química, los arduos
problemas de la clínica. Ni valga alegar que falta tiempo para ello
y que a la realización de tales trabajos responden los laboratorios
micrográficos y químicos dirigidos por especialistas (análisis
pericial de sangre, orinas, tumores, microbios, etc.). Sin duda que
estos laboratorios rinden servicios útiles; pero su eficacia máxima
se obtiene solamente cuando concurre, en quien los dirige, la doble
cualidad de técnico y de clínico.
Lejos estamos de condenar las excelencias de la división del trabajo.
Pero convengamos en que la excesiva fragmentación de la labor
científica entraña algunos inconvenientes. Uno de los cuales consiste
en separar lo inseparable, es decir, en localizar en cabezas diferentes
los términos de un mismo razonamiento. Alejados, el dato experimental
y el juicio médico apenas se prestan ayuda; asociados en el mismo
intelecto, se iluminan y fecundan mutuamente.
Y viniendo a nuestro asunto, ocurre preguntar ahora: si el médico,
entregado a la dilucidación de los problemas prácticos, adquiere,
como no puede menos de suceder, pericia experimental y dominio de los
métodos analíticos, ¿qué le costaría avanzar un paso más y consagrarse,
sin abandonar su profesión, a la indagación científica original? Que
ello es posible, y aun hacedero y llano, pruébase con la conducta de
muchos médicos prácticos del extranjero, quienes, inspirados en nobles
ideales, supieron, entre las inquietudes y apremios del ejercicio
profesional, organizar laboratorios privados, honrándose y honrando a
su país con descubrimientos biológicos de valía. Citemos, entre mil,
al ilustre Virchow, que, siendo médico de Francfort, escribió su
célebre obra sobre la Patología celular; a Roberto Koch, también médico
práctico, domiciliado en Postdam, cuyas investigaciones renovaron la
bacteriología con hallazgos técnicos fecundísimos y observaciones
admirables; a la brillante pléyade de neurólogos de Francfort, ciudad
no universitaria, donde los Weigert, los Ehrlich, los Edinger, etc.,
crearon valiosos métodos de investigación histológica, etc.
_El investigador y la familia._-- Los afanes y gastos exigidos por
la creación y sostenimiento de una familia, en contraste con las
mezquinas retribuciones con que el Estado sufraga la función docente,
constituyen, según es harto sabido, otra de las razones alegadas por
muchos de nuestros profesores para desertar del laboratorio y enderezar
sus actividades a más lucrativas empresas. «La ciencia y la familia
--afirman-- son incompatibles. Puesto que la base física del profesor
--añaden-- representa mera ración de entretenimiento, ¿cómo invitar a
nadie a compartirla? El sabio debe escoger, por tanto, entre su familia
espiritual y su familia real; entre sus ideas y sus hijos.»
Preciso es reconocerlo: en tales exageraciones late un fondo de
verdad. Los afanes del hogar restan fuerzas morales y económicas a
la obra de investigación. El ideal universitario sería un monasterio,
cuyos monjes, consagrados de por vida al estudio de la naturaleza, se
distrajeran un tanto de sus deberes religiosos.
Porque somos demasiado imperfectos para consagrar por igual nuestro
fervor a dos nobles causas. El ansia del cielo desinteresa de la
tierra. Notorio es que los psicólogos, abismados en la contemplación
del espíritu, desprecian el cerebro. Quienes se preocupan del diablo,
se ríen del microbio. Y la aspiración a la gloria eterna nos aleja de
la gloria humana. ¡La gloria!... Vana ilusión, sin duda, pero capaz
de remover montañas y de impulsar ardientemente la humanidad hacia la
verdad y el bien. Como el patriotismo, la pasión de la gloria debe
sugerirse y nunca analizarse.
Mas la vida cenobítica resultaría para la mayoría de los sabios
intolerable sacrificio. Parece que este ideal de íntima convivencia
fue realidad en la famosa escuela de Alejandría. Sin embargo, aquellos
célebres geómetras y astrónomos fueron sin duda casados. Si la mujer
es un mal, convengamos en que es un mal necesario. Poquísimos son los
austeros para quienes la bella mitad del género humano representa
algo así como vistoso ejemplar de colección ornitológica. Además,
mala táctica de conquistar adeptos sería brindarles la abstención y
el martirio. Sea abnegado quien pueda, pero no impongamos a nadie la
abnegación.
He aquí un punto en que la tutela del Estado resulta necesaria. Es mera
cuestión económica. Obligación sagrada de aquel es conciliar la obra
científica con la holgada vida de familia, ahorrando al investigador
dolorosas renuncias. Como todo ciudadano celoso del bien público, el
científico debe hallarse en situación de satisfacer la plenitud de sus
irrefrenables instintos sociales. En países más adelantados, donde se
sabe harto bien que la prosperidad nacional es fruto de la ciencia,
este problema económico recibió hace tiempo satisfactoria solución. Y
en Alemania e Inglaterra han hecho más: en su generosidad hacia los
maestros, han convertido el aula y el laboratorio en pingües sinecuras.
Y el sabio ha acabado por tener firma tan acreditada en el libro
científico como en el libro talonario.
En esas felices naciones se cumple siempre lo que escribía Liebig a
Gerhard: «Apuntad a un fin elevado, y al fin los honores y riquezas
llegarán sin que tenga uno que tomarse el trabajo de buscarlos».
Muy alejados nos hallamos todavía en España de este ideal económico.
Hacia él se camina, sin embargo. Notorio es, según dejamos apuntado
más atrás, que las condiciones materiales de nuestro Profesorado y, en
general, de los devotos del laboratorio, han mejorado mucho, gracias
a plausibles iniciativas de los Gobiernos[20]. Pero aunque el Estado
fuera sordo a nuestros clamores, no debemos amilanarnos. Sea nuestra
divisa la de los grandes financieros: ganar mucho para satisfacer
todas nuestras necesidades, y singularmente las de orden elevado, en
vez de constreñirnos a una vida de mezquina economía y de cobardes
abstenciones.
Pongámonos en el peor de los casos, y veamos cómo el novel profesor
puede servir a la vez su familia y sus proyectos. Doy por supuesto
que nuestro catedrático reside en ciudad de provincias, de ambiente
sórdido, sin posible clientela y falto, por tanto, de los recursos
necesarios para satisfacer conjuntamente inexcusables exigencias del
hogar y de sus queridas investigaciones.
¿Se privará de todo en aras de su vocación? ¿Vivirá solitario
renunciando al matrimonio? De ninguna manera. Sirva con igual devoción
sus ideales y sus buenos instintos. Para su labor, entréguese a las
investigaciones baratas, que piden poco material y mucho esfuerzo.
Y aproveche sus actividades sobrantes en el fomento de aquellas
industrias docentes menos alejadas del blanco de sus amores: la
del libro de texto y hasta de vulgarización, la de los análisis
periciales y, en fin, la de la enseñanza privada. Con estos ingresos
complementarios dará pábulo a sus nobles afanes, sin renunciar a
legítimas expansiones del hogar. Y espere pacientemente mejores
tiempos. Si su labor es realmente meritoria, el premio vendrá a
sorprenderle en su rincón. A la excelsa alegría que lleva aparejado
el cumplimiento austero del deber, se añadirán también el bienestar
material y los halagos de la nombradía.
Contra el parecer de muchos, hemos declarado que el hombre de
ciencia debe ser casado y arrostrar valerosamente las inquietudes y
responsabilidades de la vida de familia.
No imitará el egoísmo de Epicuro, que no se casó para ahorrarse
cuidados e inquietudes, ni el refinadísimo de Napoleón, que solo veía
en la mujer una enfermera utilísima para la vejez[21]. Para el hombre
de ciencia, el concurso de la esposa es tan necesario en la juventud
como en la ancianidad. Como la mochila en el combate es la mujer: sin
esta se lucha con desembarazo, pero ¿y al acabar?
En este punto solo haremos una restricción: que el sabio tenga en
cuenta su propia y especial psicología[22] antes de escoger compañera.
Y sobre todo, que evite a todo trance que se la elijan los demás. Poco
hay que insistir para justificar el matrimonio del sabio. En varón
robusto y normal, el celibato suele ser invitación permanente a la vida
irregular, cuando no a los abandonos del libertinaje. Y las ideas son
flores de virtud que no abren sus corolas, o se marchitan rápidamente,
en el vaho de la orgía. Por otra parte, el soltero vive en plena
preocupación sexual. En él la intriga galante interrumpe demasiado la
marcha de la intriga especulativa. Y, según es notorio, no hay más
seguro medio para despreocuparse de mujer que satisfacerse de mujer.
Además, según se ha dicho muchas veces, el hogar feliz destierra del
alma el egoísmo, ennoblece el instinto sexual, genera altos anhelos
sociales y fortalece el patriotismo.
¡Elección de compañera! Tocamos aquí a un punto delicadísimo. ¿Qué
cualidades han de adornar a la elegida de un hombre de ciencia?
Cuestión gravísima, porque harto sabido es que los atributos morales
de la esposa son decisivos para el éxito de la obra científica. Muchos
ciudadanos padecen mujer, pero se la padecen ellos solos; mas de la
mujer del sabio sufre, a veces, la sociedad y hasta la humanidad
entera. ¡Cuántas obras importantes fueron interrumpidas por el egoísmo
de la joven esposa! ¡Qué de vocaciones frustró la vanidad o el capricho
femenil! ¡Cuántos profesores esclarecidos rindiéronse al peso de la
coyunda matrimonial, convirtiéndose en vulgares buscadores de oro
y rebajándose y esterilizándose con el acaparamiento insaciable de
dignidades y prebendas![23].
Hasta los impulsos más humanos y nobles de la esposa, cuando alcanzan
excesiva expansión, constituyen formidables enemigos de la labor
científica. Según es notorio, alienta en la mujer el espíritu de
familia, la sana tendencia a la conservación física de la raza. ¡Santo
egoísmo, porque representa el supremo interés de la especie! No
sin razón y profundidad ha dicho Renan: «lo que quiere la mujer lo
quiere Dios». Concentra esta su amor y abnegación en la prole; menos
exclusivo, el varón sabe distribuir sus afectos entre la familia y la
sociedad. La mujer ama la tradición, adora el privilegio, siente poco
la justicia y suele ser indiferente a toda obra de renovación y de
progreso; al paso que el hombre verdaderamente digno de ese título,
el _homo socialis_, abomina de la rutina y del privilegio, venera la
justicia y antepone, en muchos casos, la causa de la humanidad al
interés de la familia. Por eso, la madre anhela vivir solamente en la
memoria de sus hijos; mientras que el padre ansía, además, sobrevivir
en los fastos de la historia.
Ambas tendencias, la centrípeta y la centrífuga, la de concentración
y de expansión, son legítimas y necesarias. De su armonía y acomodo
dependen la prosperidad de la raza y los avances de la civilización.
Cuando la tendencia altruísta del varón predomina demasiado, la prole
decae; por el contrario, si la tendencia femenil prepondera, medra la
familia, pero padecen la sociedad y el Estado. En el hogar del sabio,
como en el del político honrado, reinará el espíritu de abnegación y
de sacrificio; pero no hasta el punto de crear condiciones adversas al
desarrollo y educación de los hijos. Porque, aun colocándonos en el
punto de vista del interés colectivo, no es dudoso que las querellas y
preocupaciones domésticas, cuando son continuadas, acaban por agriar
la vida del pensador, dificultando por ende la prosecución de la obra
científica o social.
En suma: como norma general, aconsejamos al aficionado a la ciencia
buscar en la elegida de su corazón, más que belleza y caudal, adecuada
psicología, esto es: sentimientos, gustos y tendencias, en cierto
modo, complementarios de los suyos. No escogerá la mujer, sino _su_
mujer, cuya mejor dote será la tierna obediencia y la plena y cordial
aceptación del ideal de vida del esposo.
Llegados a este punto, deseará acaso el lector que, abandonando el
terreno de las generalidades, definamos el tipo de mujer más adecuado
al hombre de ciencia. Séanos lícito dar aquí nuestro parecer, con
las naturales reservas y miramientos. Y a los que sonrían al vernos
descender a estos menesteres, les diremos que no es cosa frívola
aquello que, como el amor, decide de la vida. Ni es indiferente que la
mujer sea para el hombre de estudio gas que lo eleve hasta el cielo o
lastre que le obligue, en lo mejor de su vuelo, a _aterrizar_ en el
pantano.
Entre las mujeres de la clase media, donde el hombre de estudio suele
buscar compañera, figuran cuatro tipos principales, a saber: _la
intelectual, la heredera rica, la artista y la hacendosa_.
La _mujer intelectual_, es decir, la joven adornada con carrera
científica o literaria, o que, llevada de vocación irresistible por
el estudio, ha logrado adquirir instrucción general bastante sólida
y variada, constituye especie muy rara en España. Hay, pues, que
renunciar a tan grata compañía. Ello es sensible, sin duda; aunque los
pocos ejemplares de doctoras (salvo un par de excepciones) que hemos
conocido en Ateneos, Laboratorios y salones, parecen empeñadas en
consolarnos de su inaccesibilidad.
Abunda, por lo contrario, en el extranjero esta categoría femenina,
de la cual destácase, con singular prestigio, la _mujer sabia_,
colaboradora en las empresas científicas del esposo, y exenta
(en cuanto ello es posible) de las fantasías y frivolidades del
temperamento femenil. Mujer semejante, inteligente y ecuánime,
rebosante de optimismo y fortaleza, constituye la compañera ideal del
investigador. Ella triunfa en el hogar y en el corazón del sabio,
ciñendo la triple corona de esposa amante, de confidente íntima y
de asidua colaboradora. El caso, repetimos, no es excepcional en las
venturosas naciones del Norte.
¡Con qué admiración, no exenta de envidia, hemos contemplado en
algunos Laboratorios esas parejas dichosas, entregadas afanosamente a
la misma labor, en la cual pone cada cónyuge lo más exquisito de su
temperamento mental y de sus aptitudes técnicas! Sin insistir en el
ejemplo conmovedor de los esposos Curie, descubridores del radio, y
concretándonos al reducido círculo de nuestras amistades y aficiones
científicas, surgen en nuestra memoria las imágenes de tres admirables
parejas: M. y Mad. Dejérine, de París, consagrados al estudio de la
anatomía normal y patológica del cerebro; M. y Mad. Nageotte, de la
misma ciudad, entregados en común a investigaciones histológicas
y neurológicas, y en fin, los esposos O. Vogt y Cécile Vogt, del
_Instituto neurobiológico_ de Berlín, ocupados en la magna empresa de
la cartografía parcelaria del cerebro humano, al modo de los astrónomos
que se pasan la vida absortos en la fotografía y catalogación de
estrellas y nebulosas.
Pero, repetimos, esta _ave fénix_, la doctora seria y discreta,
colaboradora asidua del esposo, no se ha dignado todavía aparecer en
nuestro horizonte social, donde, por caso extraño, los más grandes
talentos femeninos son autodidácticos y ajenos por completo a los
estudios universitarios regulares. El hombre de ciencia español debe,
pues, elegir entre las otras categorías femeniles.
¿Se dirigirá hacia la _mujer opulenta_? Nos parece peligrosísimo.
Habituada a una vida de molicie, de fausto y de exhibición, milagro
sería que no contagiara sus gustos al esposo; repitiéndose con ello
el caso del ilustre físico inglés Davy, quien por haberse enlazado
con hembra linajuda, suspendió casi del todo su brillante carrera de
investigador, consumiendo lo mejor de su vida en fiestas y recepciones
del gran mundo.
Gran fortuna sería topar con heredera rica e ilustrada que, abandonando
los caprichos y vanidades del sexo, consagrara su oro al servicio de
la ciencia. Admirables mujeres de este género abundan en Francia e
Inglaterra. En nuestro país no hemos conocido un profesor aficionado al
laboratorio para cuya obra no haya sido fatal la riqueza de la esposa.
Si la discreción no sellara nuestros labios, podríamos demostrar aquí
con ejemplos vivos cómo los gustos frívolamente ostentosos de la
cónyuge o el egoísmo exagerado de la madre de familia, han interrumpido
carreras brillantes, obligando al novel hombre de ciencia a trocar
el estudio por la política, el microscopio por el automóvil, y las
redentoras veladas del laboratorio por las ociosas horas de la tertulia
o del teatro.
Pero no censuremos demasiado a estas ricas hembras, excelentes en
el fondo, aunque víctimas de su incultura; al fin, los reproches
inacabables con que paralizan las honradas iniciativas del esposo
(¿para qué esforzarte si tienes con qué vivir holgadamente, etc.?),
son disculpables, ya que se inspiran en el amor conyugal. ¡Harto más
antipáticas son esas altivas herederas que, sin miramiento alguno,
echan en cara al infeliz consorte su condición parásita e incapacidad
financiera, y que, mortificándole con diarias pullas, oblíganle a
trabajar como bestia de carga, a fin de sufragar por entero (la dote
de la mujer se disipa en adornos, alhajas, muebles lujosos y giras
a balnearios y playas a la moda) el fausto de una vida tan llena de
vanidad como vacía de ideales!
¿Preferirá el sabio la _mujer artista o la literata profesional_?
Salvo honrosas excepciones, tales hembras constituyen constante
perturbación o perenne ocasión de disgustos para el cultivador de
la ciencia. Desconsuela reconocer que, en cuanto goza de un talento
y cultura viriles, suele la mujer perder el encanto de la modestia,
adquiere aires de dómine, y vive en perpetua exhibición de primores y
habilidades. La mujer es siempre un poco teatral, pero la literata o la
artista están siempre en escena. ¡Y luego tienen gustos tan señoriles
y complicados!... Al fin, la esposa opulenta suele subvenir a sus
antojos. Poco amiga de libros y revistas, curiosea solamente joyerías y
tiendas de modas; pero la literata pasea con igual codicia sus miradas
por los escaparates de alhajas y sombreros y por las muestras de los
libreros.
No queda, pues, a nuestro sabio en cierne, como probable y apetecible
compañera de glorias y fatigas, más que la _señorita hacendosa_ y
económica, dotada de salud física y mental, adornada de optimismo y
_buen carácter_, con instrucción bastante para comprender y alentar
al esposo, con la pasión necesaria para creer en él y soñar con la
hora del triunfo, que ella diputa segurísimo. Inclinada a la dicha
sencilla y enemiga de la notoriedad y exhibición, cifrará su orgullo en
la salud y felicidad del esposo. El cual, en lugar de reconvenciones
y resistencias, hallará en el hogar ambiente grato, propicio a la
germinación y crecimiento de las ideas. Y si, por fortuna, sonríe
la gloria, sus fulgores rodearán, con una sola aureola, dos frentes
gemelas.
¡La gloria!... La esposa modesta la merece también, porque gracias a
sus abnegaciones, sacrificando galas y joyas para que no falten libros
y revistas, consolando y confortando al genio en horas de desaliento,
hizo al fin posible la ejecución de la magna empresa.
Por fortuna, este tipo delicioso de mujer no es raro en nuestra clase
media. Muy desventurado será, quien, buscándola con empeño, no logre
encontrarla o no sepa asociarla de todo corazón a sus destinos. El
toque está en conquistarla para la obra común, en constituirse en
su director espiritual, en modelar su carácter, plegándolo a las
exigencias de una vida seria de trabajo intenso y de recato austero;
en hacer, en suma, de ella, según decíamos antes, un órgano mental
complementario, absorbido en lo pequeño (si pequeñez puede llamarse
el gobierno del hogar y la educación de los hijos), para que el
esposo, libre de inquietudes, pueda ocuparse en lo grande, esto es,
en la germinación y crianza de sus queridos descubrimientos y de sus
especulaciones científicas.
[Ilustración]